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domingo, 6 de noviembre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Ilusiones ópticas
A veces la vista nos lleva a percibir la realidad de forma errónea, entonces aparence lo que se conoce como ilusión óptica. A mí me encantan esas inmensas pinturas en la calle, en 3D, que tan de moda están y sigo sorprendiéndome con los más sencillos efectos ópticos, o esos dibujos, que tanto me gustaban de niña, y que ocultan lo imaginable a poco que concentres tu atención en ellos.
ALGUNAS ILUSIONES ÓPTICAS
| Mira por separado las dos zonas varias veces | y luego tapa con el dedo la parte donde se unen las dos partes del dibujo. |
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| El cuadrado A y el cuadrado B son del mismo color |
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| Michael Qi |

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| Tom French |
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| Felice Varini |
http://www.moillusions.com/
lunes, 26 de septiembre de 2011
domingo, 18 de septiembre de 2011
Antiguos carteles americanos de teatro
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| 1889 |
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| 1879 |
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| 1906 |
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| 1887 |
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| 1907 |
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| 1882 |
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| 1881 |
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| 1910 |
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| 1901 |
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| 1884 |
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| 1989 |
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| 1898 |
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| 1891 |
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| 1895 |
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| 1889 |
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| 1092 |
http://www.loc.gov/pictures/related/?fi=format&q=Theatrical%20posters--American.&co=var
domingo, 14 de agosto de 2011
El tren
De niña me encantaba viajar en tren.El viaje más largo nunca fue más allá de los doscientos kms. Cortas distancias recorridas en largos de periodos de tiempo, pero por aquel entonces aún no me consumía la impaciencia de llegar. Luego fui creciendo y mi profundo amor por los viajes en tren se fue apagando poco a poco. Cuando aún no había alcanzado el cuarto de siglo tuvo lugar uno de esos viajes que me sirvió de piedra de toque. Me dirigía de Madrid a Vigo y me tocó un vagón lleno de jovenzuelos porreros que consumían los porros a mayor velocidad que yo los chicles de fresa ácida y con la calefacción a todo gas, sin posibilidad de abrir la ventana y respirar aire puro. Aquel ambiente era asesino. Menos mal que a pesar de mi corta edad tuve algo de «sentidiño» y me pasé la mayor parte del viaje en un estrecho pasillo entre militares que supongo regresaban a sus casas para celebrar las fiesta navideñas. Tuve que escuchar rocambolescas historias sobre la mili pero eso no fue nada comparado con lo que me podría haber ocurrido en aquel vagón infernal. Ese viaje supuso un punto de inflexión. A partir de entonces empecé a usar otros medios de transporte alternativos, el autobús primero, y el avión después, cuando ya me pude permitir pagar los billetes. Sólo ocasionalmente hice algún viaje en tren por causas de fuerza mayor ( que si perdí el avión, que si huelga de autobuses...). Seguí creciendo y me hice aún más mayor, y tuve algo más de dinero, y me permití viajar a lugares más lejanos, en donde volví a reencontrarme con el tren.
Mi último gran viaje en tren fue en China. Cuatro mil kms sobre vías. Viajar en tren en China es toda una aventura. Desde comprar el billete, nada fácil, hay tanta variedad de billetes como habitantes tiene China ( a lo mejore exagero un poco) hasta conseguir encajar en tu cama si sientes claustrofobia o acostumbrarte a los costumbres locales (hacen filas en el lugar exacto donde se va abrir la puerta del tren para acceder a los trenes con asientos no numerados o lanzan a sus lindos bebés sin pañales sobre tu cabeza , cuántos rezos para evitar lluvias doradas, o conversan contigo todos sonrientes como si fueses políglota, no llegué a saber si no les resultaba extraño mi mudez). Fue un gran viaje que me volvió a aquella infancia en donde viajar en tren era la mayor de las aventuras. Espero pronto hacer otro gran viaje en tren: de Redondela a Vigo sobre la maravillosa ría. Os mantendré informados.
jueves, 11 de agosto de 2011
Sobre el arte de andar
Una anciana dama italiana, de ilustre familia toscana, preguntada a su regreso de los Estados Unidos por lo que en Nueva York más le había llamado la atención, respondió: «Que la gente no sabe andar. Quien ha visto pasear a la gente en Florencia y en Pisa, en Siena o en Parma, en los primeros años de este siglo, sabe cuan bella y armoniosamente puede caminar el ser humano». Sin duda, en los paseos provincianos de la vieja Europa, en las alamedas y en las pinetas, se dan las últimas lecciones de bien andar. El elogio de esta gracia es muy antiguo, y se podría fácilmente ser erudito ahora, haciendo un resumen de citas. Pero de lo que se trata es de preguntarse si al tiempo en que hay que abrir escuela para enseñar a las gentes esa facultad del alma que es el diálogo, también hay que hacerlo para esa facultad del cuerpo que es el andar. Ya se enseñó a andar, y por los jesuitas precisamente, en el siglo XVIII, en los colegios en los que había cátedra de danza. Paul Hazard y Baldensperger le han dedicado al programa de esta cátedra en los colegios de la Compañía deliciosas páginas; se enseñaba a andar como introducción a la danza, y salían los alumnos con un caminar grave y civil, y humanamente reverencioso. En Viena se enseñó el arte de andar en la Escuela de Pajes, y a subir reposado, erguido el cuerpo, las imperiales escaleras; se enseñaba a andar a la italiana, es decir, a la milanesa, con un braceo airoso, que Metternich conservó hasta el final de su vida; pero en Viena las reverencias se hacían a la española, con los tiempos que marcaba el ceremonial borgoñón de los Austrias, y que falta hacía ese corsé para sujetarnos a los españoles —vale decir a la gente de Toledo, Sevilla y Madrid—, que según Lope parecíamos «hijos del aire en el aire del andar».
Yo no tengo a mano el estupendo libro de Hans Roger Madol, Godoy, el primer dictador de nuestro tiempo, para copiar literalmente la escena que presenció en Roma el caballero Hauser, agente de Viena, hallándose desterrados en la Ciudad Eterna Carlos IV y María Luisa, y con ellos el príncipe de la Paz. Godoy, que fue el último español que supo andar y hacer reverencias a la borgoñona, a instancias de María Luisa, se vistió de gran gala por distraer a sus señores y para que Hauser lo viese en todo su esplendor, aunque melancólico exiliado. Exil umbral, dijo el latino. «El exiliado es como una sombra». Entraba Godoy vestido de capitán general, vicioso de bandas y placas, y la reina le mandaba caminar, porque luciera su insólita gentileza. ¡Mucho mejor caminaba que Metternich! Y decía la reina:
—¡Qué hermoso es!
—¡Sí, qué hermoso es!—, respondía Carlos IV.
Y en verdad debía ser tan hermoso como ver evolucionar en el picadero a un caballo español de la alta escuela. En Viena se sabía apreciar eso, y Hauser era un conocedor.
En Brünn, la capital de Moravia, está el castillo de Spielberg, donde encerraban a los patriotas italianos que combatían al Austria en Venecia y en Milán. Silvia Pellico tuvo prisiones allí. Pues de un policía austriaco es esta observación: «Aún vestidos de harapos, sucios, enflaquecidos por la miseria y el dolor, hacen del patio del castillo un salón cuando se les deja subir a tomar el sol». Tanta era la animada gracia de sus conversaciones, de sus paseos, de sus juegos. Eran los más lombardos, vénetos, tridentinos.
Y volviendo a Godoy y a los Borbones: éstos podían ser jueces excelentes en maneras de andar en corte, campo y paseo. Era de rigor que se les enseñase a los infantes el andar de Nápoles, corregido en Versalles nada menos que por un mariscal de Francia, el señor mariscal de Villeroy, ayo de Luis XV. Pierre Gaxotte, en su extraordinario libro Le siécle de Louis XV, reproduce un informe del embajador turco en París, Mehemet Efiendi, el año 1720. «El rey —escribe el turco a la Sublime Puerta— parecía encantado examinando nuestros trajes y nuestras armas. El mariscal me preguntó:
—¿Qué decís de la hermosura de mi rey?
—¡Que Dios sea alabado —le respondí yo— y lo libre del mal de ojo!
—No tiene más que once años y cuatro meses —añadió él—. ¿No os parece maravillosamente proporcionado? Notad cuan hermosos son sus cabellos.
Diciendo esto, hizo girar al rey, y yo consideré sus cabellos de jacinto, acariciándolos. Eran como hilos de oro, bien iguales, y le llegaban a la cintura.
—Su marcha —dijo el ayo real—, es muy bella.
Y pidió al rey:
—Señor, caminad, que se os vea bien.
El rey, con el andar majestuoso de la perdiz, avanzó hacia el centro del salón y regresó hacia nosotros».
La escena, como ha comentado el propio Gaxotte en otro lugar, tient du piquante. El turco se retiró pidiendo a Dios que conservase tan hermosa y gentil criatura. .. Yo no digo que para consuelo de la ilustre dama italiana que regresa decepcionada de Nueva York, se enseñe el andar borgoñón y el de Nápoles, ni la démarche del señor mariscal. Pero el caminar sosegado, mientras se conversa, por las alamedas y las plazas de las ciudades provincianas de Europa, eso sí. Es una asignatura importante de la escuela civil de buenas maneras, en un siglo entregado a la barbarie de la prisa, el codazo y el empujón.
Álvaro Cunqueiro
miércoles, 27 de julio de 2011
El dia en que intenté domesticar un zorro
Un día, después de ver El Principito por sexta vez, consideré que ya estaba bien de vida solitaria. Ya era hora de buscar a un hombre al que domesticar y me dije: debes practicar antes de dar un salto de tal magnitud . Nada mejor que probar con unos encantadores zorros a los que me encontré por casualidad. Con chaqueta roja y todo, así de chula, ofrecí una galleta al zorro que consideré más empático, digamos que el que tenía cara de más hambriento. Nunca he tenido ningún animal doméstico por lo tanto tengo muy poca experiencia sobre el asunto de domesticar. El zorro era algo timidillo aunque parecía inteligente e intentaba no arriesgar demasiado. Observarán, en la foto que adjunto, que confianza lo que se llama confianza, no desperté en el animalito. Me quedé sin la galleta pero más que comer de mi mano casi me come la mano. Creo que mi vida no contará con los suficientes días como para poder domesticar un zorro. ¿será más fácil un hombre?
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