miércoles, 18 de mayo de 2011

Hang

                                      

El Hang es un instrumento musical de percusión creado en un laboratorio por Felix Rohner y Sabina Schärer en un cantón de Suiza en el año 2000.El instrumento se compone de dos partes de metal soldados y los lados se llaman Ding y Gu. El lado Ding contiene 8 tonos musicales en forma de círculos que rodean a un circulo central mayor (el llamado Ding) y que tiene un sonido muy parecido al Gong. El otro lado, el lado Gu, tiene un agujero para la resonancia del sonido que se genera dentro.
http://es.wikipedia.org/wiki/Hang


                       

Vegetación en el desierto de Atacama

En el norte de Chile se encuentra el desierto de Atacama, el más árido del planeta. En ese árido y desolado suelo, en donde la vida casi no parece posible, llega a haber incluso coloridas praderas de hermosas flores.



lunes, 16 de mayo de 2011

LLA Koruña

Análise hemática do amor

Co amor que se interpón
entre vós
e o meu medo
altéranse os parámetros orgánicos
dos meus restos en fráxil equilibrio
ben restaurados e supervisados.

E podería facer un Lied amargo
adicado ós meus seres máis amados
modificando as miñas CD4
e baixando o nivel de protombina
deste corpo que aboia en endorfinas
sen xeringas ou fármacos
que as leven.

A sede por soñar aumenta a febre
e causa hemorraxias invisibles
exiliando do sangue ós hematíes.

Pero as bágoas lubrican o desexo
provocan máis nostalxia
e anestesian.

A amizade protexe e o amor cura
o odio contaxia e fire
a indiferencia mata.

Apagado este incendio sobrevivide libres
deste estertor final de quen vos ama.

Poesía última de amor e enfermidade, 1995


Lois Pereiro
Monforte, 1958- A Coruña, 1996. Obra poética: De amor e desamor (1984), De amor e desamor II (1985), Poemas (1981/1991), Poesía última de amor e enfermidade (1995), Poemas para unha loira (1997).


domingo, 15 de mayo de 2011

A la luna se le ve el ombligo

               

Piedra, papel y tijera

Bodhidharma ( Da Mo), un monje de origen indio fundador de la forma de budismo Zen o Chán, en el siglo V, se traslada a China con ánimo de difundir su enseñanza, estableciéndose en Shaolin.
Sus enseñanzas incluían mucha meditación y  los pobres monjes que se pasaban el día meditanto se volvieron algo vagos y debiluchos. Este problema lo solucionó el sabio maestro ideando un sistema de 18 ejercicios de brazos a fin de fortalecer la musculatura y que el hábito les sentase mejor. Dado que eran malos tiempos para la lírica, con mucho abusador y malvado, Da Mo también ideó  una nueva forma de defensa en donde combinó estos ejercicios con movimientos inspirados en en las leyes del universo (movimiento de los astros) y de la naturaleza (experiencia de animales),  y así apareció lo que nosotros conocemos como Kung Fu de Shaolin.

Damos un salto en el tiempo y en el espacio y nos encontramos con el personaje de una de mis series favoritas de la infancia: Kung Fu. En donde  Kwai Chang Caine, Un monje shaolín, que había huido de China tras poner  las autoridades precio a su linda cabeza,  viaja a través del Viejo Oeste en busca de un medio hermano con el que empezar una nueva vida.

http://es.wikipedia.org/wiki/Kung-fu

   

Los días del perro

Aquella tarde, cuando Norton Enfield volvía a casa por el parque, estaba contento y pesaroso por no tener consigo a «Dirk». Mientras lo tuviese escondido en su casa, «Dirk» estaba a salvo, igual que todo lo del apartamento. Además, Enfield nunca se sentía cómodo con el; «Dirk» se movía con gracia aterciopelada, sin que apenas bastase la mano de Enfield para sujetar su correa. El joven tenía que reconocer que se sentía más a gusto enfrentado a fotógrafos, desviados y otros diversos peligros, que bajo la vigilante mirada amarillenta del perro. Siempre se había sentido inquieto ante el aura de poder comprimido del Doberman, sus colmillos rutilantes, y los músculos tensos y acerados bajo el reluciente pelaje. «Dirk», cuando él y Myrna hablaban, les contemplaba paseando la mirada del uno al otro, y Enfield, más de una vez, había llevado a su esposa a la cocina, a fin de poder conversar con ella a solas. No podía ahuyentar la sensación de que el perro comprendía y desaprobaba cuanto él decía. Sin embargo, con «Dirk» a su lado, Enfield no habría perdido su cartera, ningún canalla se habría atrevido a atacarle y, ciertamente, nadie le habría vapuleado; al contrario, Enfield habría experimentado el placer de ver cómo «Dirk» desgarraba las gargantas de sus agresores antes de que pudieran gritar pidiendo auxilio.
Había dejado a «Dirk» en casa porque Myrna insistió en ello: las brigadas de contaminación empezaban a ampliar sus búsquedas y sus misiones de destrucción, y emboscados detrás de cada arbusto había vigilantes civiles con redes y automáticas bien cargadas. Al salir del apartamento, le pasó por la mente que, si perdía a «Dirk», él y Myrna estarían ya completamente solos, pero Myrna había dicho simplemente:
—No te llevarás a «Dirk», no; al menos, tal como están las cosas.
Y el perro enseñó los dientes, empezando a gruñir.
«Dirk» era el perro de Myrna, realmente; lo había llevado a casa después de que la habían atracado en el ascensor por cuarta vez en una semana. Enfield volvió del trabajo, y la encontró en la salita con un cachorro de patas delgadas que no correteó ni saltó como suelen hacer los cachorros, sino que levantó la cabeza como un caballo de carreras y le miró con un ojo bordeado de blanco.
—¿Qué es esto?
—Mi protección.
Myrna estaba acurrucada en el suelo, junto al perro, mirándole a través de una mata de pelo obscuro, muy brillante.
—¿Verdad que es adorable?.
La cabeza del perro tenía forma de diamante, como la de una serpiente, y dirigió a Enfield una mirada madura, de cálculo.
—¿Cómo se llama? —inquirió Enfield.
Myrna, que siempre había llamado Norty a Enfield, y se burlaba de él por no tener un nombre cortante como una daga, repuso:
—«Dirk». Es muy cariñoso, y es tan hermoso como un chiquillo. «Dirk Storm».
—Bien, supongo que vas a posponerlo al bebé.
—Por algún tiempo.
Graciosamente, la joven ladeó la cabeza, que era tan sedosa como la del cachorro.
—Bien, habrá que adiestrarlo.
De modo que el perro, desde el principio, fue de Myrna y vigilaba todos los movimientos de Enfield con gran celo, tensándose sobre sus patas traseras cuando éste pretendía abrazar a su esposa, y gruñendo roncamente cuando Enfield levantaba la voz.
Más de una vez, el joven se despertó sobresaltado, casi seguro de haber escuchado una respiración dentro de la habitación, y no había podido abrazar a su esposa en la cama sin pensar en el perro. Aunque «Dirk» estaba encerrado en la cocina, Enfield no lograba librarse de la vívida imagen del perro erguido en el tocador, dispuesto a abalanzarse al más ligero movimiento de Enfield hacia Myrna. Aunque «Dirk» le había salvado de que le robaran más de una vez y había atacado a un ladrón en el vestíbulo, salvándole de esta manera la vida, Enfield siempre lo consideraba con emociones encontradas. Precisamente con estas mismas emociones, había visto a los celosos vigilantes entrar en acción, por lo que pudo compartir el pesar de Myrna cuando el alcalde eligió su espectáculo nocturno musical del domingo para anunciar la creación de lo que, eufemísticamente, llamó la brigada anticontaminación.
—¡Es un asesino! —gimió Myrna, echándose a llorar—. Es como en los campos de concentración.
—Los perros ensucian las aceras, Myrna. Nos hundimos hasta las rodillas en sus excrementos y, además, ellos despedazan a los chiquillos en las calles.
—Sus madres deberían tener más cuidado.
—Temo que este asunto haya ido ya demasiado lejos —replicó Enfield, y añadió—: Y ha escapado a nuestro control.
Así, cuando aquella tarde llegó a su casa por el parque, pudo oír el distante sonido de unos disparos y unos gritos de dolor, alaridos y gruñidos, y, más cerca, un búho que dejó oír su ulular en medio de los otros rumores, entremezclándose a los demás en su incalculable dolor. Cuando dobló la última esquina, Enfield tropezó con el origen de todo eso: una vieja dama con la nariz levantada y la garganta hinchada por la angustia, inclinada sobre el cadáver de un pequinés.
—Nunca ladraba —gimió cuando él trató de calmarla—. Nunca mordió a nadie ni apenas molestó, al menos que yo sepa, y siempre tuve mucho cuidado de él. Y cuando se ensuciaba, yo lo recogía con mi palita de plata, me lo llevaba a casa y lo tiraba por el retrete... y... oh, oh, oh... —sollozó, acabando por articular un gemido ronco.
—Estoy seguro de que significaba mucho para usted, señora —manifestó Enfield, que habría hecho cualquier cosa para que aquella dama dejara de sollozar—. Tal vez hubiera usted podido disecarlo.
—¡Disecarlo! —chilló la dama—. ¡Disecarlo!
Enfield se marchó precipitadamente, ya que la mujer se había vuelto hacia él con la sana intención de destrozarle.
En la avenida, otro dueño de un perro, muy alterado, luchaba por salvar su vida; la brigada de anticontaminación había atrapado a su animal y una manada de perros salvajes se había precipitado sobre su cadáver. Ahora ya habían terminado con él y estaban atacando al dueño, sedientos aún de sangre. Enfield miró a su alrededor en busca de un bastón u otro objeto contundente, pero no había nada.
—¡Póngase a salvo! —le gritó el otro, desapareciendo entre un torbellino de colmillos y garras.
Enfield miró otra vez en busca de la brigada anticontaminación, pensando que quizá ellos podrían hacer algo, pero debían de haberse metido ya en su camioneta tan pronto como concluyeron su trabajo. Al fin y al cabo, era más seguro perseguir a los perros sujetos por correas que correr tras los perros salvajes que se ocultaban en el parque. Era más fácil seguir la ley al pie de la letra y caer sobre el chucho bien educado de una casa de postín o sobre el grueso perro de aguas que sigue sumisamente la correa. Casi todos los dueños de perros los tenían dentro de sus casas, o los sacaban sólo de noche, intentando esquivar la brigada que patrullaba las veinticuatro horas del día. Cuando la brigada se abatía sobre un animal para cumplir su deber, el propietario de aquél contemplaba ensimismado el collar vacío, y la correa colgante, murmurando:
—¡Si el pobrecito gimió y suplicó hasta que no tuve más remedio que sacarlo!
Los que poseían más fuerza de carácter habían ya liberado a sus perros, esperando que sobreviviesen en el parque. Podían acudir a una cita nocturna ocasional y, con suerte, los dueños conseguían cruzar algunas palabras amables con el amado perrito, antes de que volviese a huir, perseguido por la manada de colegas salvajes. Enfield se preguntó si a «Dirk» le gustaría citarse con Myrna en el parque, pero ya tenía la respuesta: a veces, parecía como si ellos estuviesen al servicio del perro, y no éste al suyo.
A sus espaldas oyó gruñidos y ruidos más siniestros aún. Era la época en que un perro se zampaba a otro, era verdad, y Enfield huyó por la avenida.
La marcha le resultó pesada; el tráfico no avanzaba desde varias semanas antes, lo que significaba tener que saltar por encima de los «Volkswagen» mohosos, y de los taxis arrimados uno al otro. Los autos abandonados ocupaban tanto espacio que los perros estaban como aprisionados en las aceras, y por entonces éstas se hallaban llenas de basura, desperdicios y excrementos, con alguna carcasa que mostraba huellas de galantería o carnicería, según. Desde el anuncio del alcalde, sanidad se había dedicado al exterminio, y no parecía poder solucionar el problema. El programa se hallaba en su quinta semana y el maldito asunto no había mejorado, sino empeorado. Los perros vagabundos habían aumentado y, además, varios seres humanos habían tomado las aceras como lavabos, formando parte de un movimiento radical destinado a demostrar algo ignorado.
Tal vez debido a la falta de éxito, las brigadas de anticontaminación se tornaban cada vez más rudas y crueles; habían empezado ya a trabajar en los portales de los edificios, sobornando a los porteros para que les dijeran cuántos perros habitaban en ellos y cuándo solían sus dueños sacarlos fuera.
Ante la insistencia de Myrna, Enfield mantuvo a «Dirk» dentro del apartamento desde el principio. Myrna creía, por lo visto, que fuera de vista significaba también fuera de pensamiento, y había hecho cuanto pudo para ejercitar al perro dentro del apartamento, enseñándole a saltar sobre la mesita del café a rebotar contra la puerta y luego a dar otro salto. Cuando Enfield contemplaba a «Dirk» con expresión de duda la joven se ponía a la defensiva, y determinó enseñarle a «Dirk» a ir al lavabo. Enfield supuso que esta crisis terminaría como habían terminado otras, pero no le gustaba la expresión que ofrecía el perro, como si estuviese enterado de la amenaza exterior, ni le gustaba su aguzado nerviosismo ni la forma inquieta en que se paseaba, al no poder bajar al parque. El perro, decidió Enfield, estaba a punto de estallar, y a su regreso al hogar aquella tarde, el joven decidió también que aprovecharía el momento adecuado y pondría un poco de veneno en el plato del chucho; el veneno lo llevaba ya en el bolsillo. Myrna nada sabría, y a pesar de su subsiguiente vulnerabilidad a los ladrones y atracadores, estaba convencido de que todo saldría bien.
Myrna le recibió en la puerta..
—¿Te has enterado?
—¿De qué?
—Ya no atrapan a los perros en las calles. Los buscan de puerta en puerta.
Enfield miró hacia «Dirk»; el perro se hallaba encaramado a su silla favorita, contemplándole con una mirada tan salvaje, que Enfield balbució:
—Bien vamos a...
Su mujer le colocó un dedo en los labios.
—Chist..., lo entiende.
Enfield dedicó al perro una aguda mirada; «Dirk» se Iamía las costillas. Enfield empezó a deletrear:
—TENDREMOS QUE DEJAR QUE LO ATRAPEN.
Myrna le dirigió una mirada cargada de desesperación.
—¡Nunca nos dejará que...!
El perro volvió la cabeza a su alrededor.
—Chist... —pidió Enfield.
—No podemos permitir que lo cojan —exclamó Myrna, en tono demasiado alto—. ¿Lo has oído, «Dirk»? Nunca permitiremos que te atrapen... —su voz se convirtió en un susurro—. Ahora están en el edificio.
—Entonces, lo cogerán más pronto o más tarde —murmuró Enfield. Tenía la extraña sensación de que el perro sabía que él llevaba veneno en el bolsillo—. Y si vienen, NOSOTROS LES DEJAREMOS...
—¡No! —ella sacudió la cabeza—. He pensado algo mejor.
El perro saltó de la silla y se situó al lado de su cama.
Los tres pegaron un brinco cuando oyeron una fuerte llamada a la puerta.
—Son ellos —susurró Enfield. Luego—: ¿Qué es esto?
Myrna había cogido un objeto peludo de una silla.
—Tu disfraz.
—Estás bromeando...
La llamada a la puerta se había convertido en empujones. Otro minuto, y derribarían el obstáculo.
Myrna trasladó la mirada desde su marido al perro, y éste gruñó.
—No, no bromeo, Norty. Se trata de elegir entre él o tú.
—¡Pero yo soy tu esposo!
Enfield vio, alarmado, que había un batín suyo encima del diván, junto con un pañuelo y una toalla para envolver la cabeza.
—Cariño, tú no puedes...
El perro se dispuso a saltar.
—Lo siento, «Dirk» no me deja otra elección.
La puerta estaba cediendo. Myrna cogió el disfraz de perro, con decisión inexorable.
—Será mejor que te lo pongas sin rechistar.

Kit Reed

miércoles, 11 de mayo de 2011

Manual para engañar al cerebro

Macario

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer.
Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre.
Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que iré al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días.
Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno esta en la iglesia, esperando salir pronto a la cal le para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas esta lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía esta a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre.
Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija...
Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las animas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva.
Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infiemo. Y de allí ya no me sacara nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando...
De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...
Juan Rulfo

martes, 10 de mayo de 2011

Tango

                                                     

Estaba con mi querida hermana visitando la preciosa ciudad de Praga cuando vimos un cartel anunciando un festival de tango. Mi hermana amante de lo argentino propuso que fuésemos a una actuación de dicho festival. Al llegar al teatro ya nos soprendió, de entrada, lo elegantes que iban los checos para acudir a un simple evento musical  pero más fue nuestra sorpresa cuando en lugar de danzarines argentinos nos topamos con una orquesta y tango checos. Con el tiempo he aprendido que el tango es mucho más universal de lo que yo nunca hubiese podido imaginar.



                

El tango

¿Dónde estarán? pregunta la elegía                                       
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer, pudiera
ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.

¿Dónde estarán? (repito) el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de Los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano, el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualo los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
Una canción de gesta se ha perdido
entre sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,

en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,

que solo es tiempo. El Tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
el recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.

Jorge Luis Borges

http://tinyurl.com/67zvhbx



                  

                       

                       

                       




   

       



Bandoneón
me jode confesarlo
pero la vida es también un bandoneón
hay quien sostiene que lo toca dios
pero yo estoy seguro que es troilo
ya que dios apenas toca el arpa
y mal

fuere quien fuere lo cierto es
que nos estira en un solo ademán purísimo
y luego nos reduce de a poco a casi nada
y claro nos arranca confesiones
quejas que son clamores
vértebras de alegría
esperanzas que vuelven
como los hijos pródigos
y sobre todo como los estribillos

me jode confesarlo
porque lo cierto es que hoy en día
pocos
quieren ser tango
la natural tendencia
es a ser rumba o mambo o chachachá
o merengue o bolero o tal vez casino
en último caso valsecito o milonga
pasodoble jamás
pero cuando dios o pichuco o quien sea
toma entre sus manos la vida bandoneón
y le sugiere que llore o regocije
uno siente el tremendo decoro de ser tango
y se deja cantar y ni se acuerda
que allá espera
el estuche.
Bandoneón - Mario Benedetti














      
Tango para pareja de mujeres                     

Me diste, y yo te di, y las dos nos dimos.
Nos dimos tanto que ahora guardo dentro
esparadrapos, moratones. Entro
y veo con espanto lo que hicimos.

¿Vas tú mejor que yo? Nos avinimos
a dar y a dar, y en ese torpe encuentro
yo quedé a mil kilómetros del centro
que fue nuestro una vez, pues nos quisimos.

Espero, compañera, que tu vida
conozca resplandores nunca vistos;
que otra te dé otro trato y otra vida.

Si soy yo quien hoy paga con su herida
y tú sabes lanzarte a brazos listos,
ya doy por buena aquella despedida.

Enrique Cuesta
      
                     

lunes, 9 de mayo de 2011

La guerra que usted no ve

La nariz

No hay nadie, en todo Ike-no-wo, que no conozca la nariz de Zenchi Naigu. Medirá unos 16 centímetros, y es como un colgajo que desciende hasta más abajo del mentón. Es de grosor parejo desde el comienzo al fin; en una palabra, una cosa larga, con aspecto de embutido, le cae desde el centro de la cara.

Naigu tiene más de 50 años, y desde sus tiempos de novicio, y aun encontrándose al frente de los seminarios de la corte, ha vivido constantemente preocupado por su nariz. Por cierto que simula la mayor indiferencia, no ya porque su condición de sacerdote" que aspira a la salvación en la Tierra Pura del Oeste" le impida abstraerse en tales problemas, sino más bien porque le disgusta que los demás piensen que a él le preocupa. Naigu teme la aparición de la palabra nariz en las conversaciones cotidianas.

Existen dos razones para que a Naigu le moleste su nariz. La primera de ellas, la gran incomodidad que provoca su tamaño. Esto no le permitió nunca comer solo pues la nariz se le hundía en las comidas. Entonces Naigu hacía sentar mesa por medio a un discípulo, a quien le ordenaba sostener la nariz con una tablilla de unos cuatro centímetros de ancho y sesenta y seis centímetros de largo mientras duraba la comida. Pero comer en esas condiciones no era tarea fácil ni para el uno ni para el otro. Cierta vez, un ayudante que reemplazaba a ese discípulo estornudó, y al perder el pulso, la nariz que sostenía se precipitó dentro de la sopa de arroz; la noticia se propaló hasta llegar a Kyoto. Pero no eran esas pequeñeces la verdadera causa del pesar de Naigu. Le mortificaba sentirse herido en su orgullo a causa de la nariz.

Las gentes del pueblo opinaban que Naigu debía de sentirse feliz, ya que al no poder casarse, se beneficiaba como sacerdote; pensaban que con esa nariz ninguna mujer aceptaría unirse a él. También se decía, maliciosamente, que él había decidido su vocación justamente a raíz de esa desgracia. Pero ni el mismo Naigu pensó jamás que el tomar los hábitos le aliviara esa preocupación. Empero, la dignidad de Naigu no podía ser turbada por un hecho tan accesorio como podía ser el de tomar una mujer. De ahí que tratara, activa o pasivamente, de restaurar su orgullo mal herido.

En primer lugar, pensó en encontrar algún modo de que la nariz aparentara ser más corta. Cuando se encontraba solo, frente al espejo, estudiaba su cara detenidamente desde diversos ángulos. Otras veces, no satisfecho con cambiar de posiciones, ensayaba pacientemente apoyar la cara entre las manos a sostener con un dedo el centro del mentón. Pero lamentablemente, no hubo una sola vez en que la nariz se viera satisfactoriamente más corta de lo que era. Ocurría además, que cuando más se empeñaba, más larga la veía cada vez. Entonces guardaba el espejo y suspirando hondamente, volvía descorazonado a la mesa de oraciones. De allí en adelante, mantuvo fija su atención en la nariz de los demás.

En el templo de Ike-no-wo funcionaban frecuentemente seminarios para los sacerdotes; en el interior del templo existen numerosas habitaciones destinadas a alojamiento, y las salas de baños se habilitan en forma permanente. De modo que allí el movimiento de sacerdotes era continuo. Naigu escrutaba pacientemente la cara de todos ellos con la esperanza de encontrar siquiera una persona que tuviera una nariz semejante a la suya. Nada le importaban los lujosos hábitos que vestían, sobre todo porque estaba habituado a verlos. Naigu no miraba a la gente, miraba las narices. Pero aunque las había aguileñas, no encontraba ninguna como la suya; y cada vez que comprobaba esto, su mal humor iba creciendo. Si al hablar con alguien inconscientemente se tocaba el extremo de su enorme nariz y se lo veía enrojecer de vergüenza a pesar de su edad, ello denunciaba su mal humor.

Recurrió entonces a los textos budistas en busca de alguna hipertrofia. Pero para desconsuelo de Naigu, nada le decía si el famoso sacerdote japonés Nichiren, o Sáriputra, uno de los diez discípulos de Buda, habían tenido narices largas. Seguramente tanto Nágárjuna, el conocido filósofo budista del siglo II, como Bamei, otro ilustre sacerdote, tenían una nariz normal. Cuando Naigu supo que Ryugentoku, personaje legendario del país Shu, de China, había tenido grandes orejas, pensó cuánto lo habría consolado si, en lugar de esas orejas, se hubiese tratado de la nariz.

Pero no es de extrañar que a pesar de estos lamentos, Naigu intentara en toda forma reducir el tamaño de su nariz. Hizo cuanto le fue dado hacer, desde beber una cocción de uñas de cuervo hasta frotar la nariz con orina de ratón. Pero nada. La nariz seguía colgando lánguidamente.

Hasta que un otoño, un discípulo enviado en una misión a Kyôto, reveló que había aprendido de un médico su tratamiento para acortar narices. Sin embargo, Naigu, dando á entender que no le importaba tener esa nariz, se negó a poner en práctica el tratamiento de ese médico de origen chino, si bien por otra parte, esperaba que el discípulo insistiera en ello, y a la hora de las comidas decía ante todos, intencionalmente, que no deseaba molestar al discípulo por semejante tontería. El discípulo, advirtiendo la maniobra, sintió más compasión que desagrado, y tal como Naigu lo esperaba, volvió a insistir para que ensayara el método. Naturalmente, Naigu accedió.

El método era muy simple, y consistía en hervir la nariz y pisotearla después. El discípulo trajo del baño un balde de agua tan caliente que no podía introducirse en ella el dedo. Como había peligro de quemarse con el vapor, el discípulo abrió un agujero en una tabla redonda, y tapando con ella el balde hizo introducir la nariz de Naigu en el orificio. La nariz no experimentó ninguna sensación al sumergirse en el agua caliente. Pasado un momento dijo el discípulo:

- Creo que ya ha hervido.

Naigu sonrió amargamente; oyendo sólo estas palabras nadie hubiera imaginado que lo que se estaba hirviendo era su nariz. Le picaba intensamente. El discípulo la recogió del balde y empezó a pisotear el promontorio humeante. Acostado y con la nariz sobre una tabla, Naigu observaba cómo los pies del discípulo subían y bajaban delante de sus ojos. Mirando la cabeza calva del maestro aquél le decía de vez en cuando, apesadumbrado:

- ¿No os duele? ¿Sabéis?... el médico me dijo que pisara con fuerza. Pero, ¿no os duele?

En verdad, no sentía ni el más mínimo dolor, puesto que le aliviaba la picazón en el lugar exacto.

Al cabo de un momento unos granitos empezaron a formarse en la nariz. Era como si se hubiera asado un pájaro desplumado. Al ver esto, el discípulo dejó de pisar y dijo como si hablara consigo mismo:" El médico dijo que había que sacar los granos con una pinza."

Expresando en el rostro su disconformidad con el trato que le daba el discípulo, Naigu callaba. No dejaba de valorar la amabilidad de éste. Pero tampoco podía tolerar que tratase su nariz como una cosa cualquiera. Como el paciente que duda de la eficacia de un tratamiento, Naigu miraba con desconfianza cómo el discípulo arrancaba los granos de su nariz.

Al término de esta operación, el discípulo le anunció con cierto alivio:

- Tendréis que hervirla de nuevo.
La segunda vez, comprobaron que se había acortado mucho más que antes. Acariciándola aún, Naigu se miró avergonzado en el espejo que le tendía el discípulo. La nariz, que antes le llegara a la mandíbula, se había reducido hasta quedar sólo a la altura del labio superior. Estaba, naturalmente, enrojecida a consecuencia del pisoteo.

"En adelante ya nadie podrá burlarse de mi nariz". El rostro reflejado en el espejo contemplaba satisfecho a Naigu. Pasó el resto del día con el temor de que la nariz recuperara su tamaño anterior. Mientras leía los sutras, o durante las comidas, en fin, en todo momento, se tanteaba la nariz para poder desechar sus dudas. Pero la nariz se mantenía respetuosamente en su nuevo estado. Cuando despertó al día siguiente, de nuevo se llevó la mano a la nariz, y comprobó que no había vuelto a sufrir ningún cambio. Naigu experimentó un alivio y una satisfacción sólo comparables a los que sentía cada vez que terminaba de copiar los sutras.

Pero después de dos o tres días comprobó que algo extraño ocurría. Un conocido samurai que de visita al templo lo había entrevistado, no había hecho otra cosa que mirar su nariz y, conteniendo la risa, apenas si le había hablado. Y para colmo, el ayudante que había hecho caer la nariz dentro de la sopa de arroz, al cruzarse con Naigu fuera del recinto de lectura, había bajado la cabeza, pero luego, sin poder contenerse más, se había reído abiertamente. Los practicantes que recibían de él alguna orden lo escuchaban ceremoniosamente, pero una vez que él se alejaba rompían a reír. Eso no ocurrió ni una ni dos veces. Al principio Naigu lo interpretó como una consecuencia natural del cambio de su fisonomía. Pero esta explicación no era suficiente; aunque el motivo fuera ése, el modo de burlarse era " diferente" al de antes, cuando ostentaba su larga nariz. Si en Naigu la nariz corta resultaba más cómica que la anterior, ésa era otra cuestión; al parecer, ahí había algo más que eso...

"Pero si antes no se reían tan abiertamente..." Así cavilaba Naigu, dejando de leer el sutra e inclinando su cabeza calva. Contemplando la pintura de Samantabhadra, recordó su larga nariz de días atrás, y se quedó meditando, como" aquel ser repudiado y desterrado que recuerda tristemente su glorioso pasado". Naigu no poseía, lamentablemente, la inteligencia suficiente para responder a este problema.

En el hombre conviven dos sentimientos opuestos. No hay nadie, por ejemplo, que ante la desgracia del prójimo, no sienta compasión. Pero si esa misma persona consigue superar esa desgracia ya no nos emociona mayormente. Exagerando, nos tienta a hacerla caer de nuevo en su anterior estado. Y sin darnos cuenta sentimos cierta hostilidad hacia ella. Lo que Naigu sintió en la actitud de todos ellos fue, aunque él no lo supiera con exactitud, precisamente ese egoísmo del observador ajeno ante la desgracia del prójimo.

Día a día Naigu se volvía más irritable e irascible. Se enfadaba por cualquier insignificancia. El mismo discípulo que le había practicado la cura con la mejor voluntad, empezó a decir que Naigu recibiría el castigo de Buda. Lo que enfureció particularmente a Naigu fue que, cierto día, escuchó agudos ladridos y al asomarse para ver qué ocurría, se encontró con que el ayudante perseguía a un perro de pelos largos con una tabla de unos setenta centímetros de largo, gritando:" La nariz, le pegaré en la nariz".

Naigu le arrebató el palo y le pegó en la cara al ayudante. Era la misma tabla que había servido antes para sostener su nariz cuando comía.

Naigu lamentó lo sucedido, y se arrepintió más que nunca de haber acortado su nariz.

Una noche soplaba el viento y se escuchaba el tañido de la campana del templo. El anciano Naigu trataba de dormir, pero el frío que comenzaba a llegar se lo impedía. Daba vueltas en el lecho tratando de conciliar el sueño, cuando sintió una picazón en la nariz. Al pasarse la mano, la notó algo hinchada e incluso afiebrada.

- Debo haber enfermado por el tratamiento.

En actitud de elevar una ofrenda, ceremoniosamente, sujetó la nariz con ambas manos. A la mañana siguiente, al levantarse temprano como de costumbre, vio el jardín del templo cubierto por las hojas muertas de las breneas y los castaños, caídas en la noche anterior. El jardín brillaba como si fuera de oro por las hojas amarillentas. El sol empezaba a asomarse. Naigu salió a la galería que daba al jardín y aspiró profundamente.

En ese momento, sintió retornar una sensación que había estado a punto de olvidar. Instintivamente se llevó las manos a la nariz.¡ Era la nariz de antes, con sus 16 centímetros! Naigu volvió a sentirse tan lleno de júbilo como cuando comprobó su reducción.

- Desde ahora nadie volverá a burlarse de mí.

Así murmuró para sí mismo, haciendo oscilar con delicia la larga nariz en la brisa matinal del otoño.
Akutagawa

martes, 3 de mayo de 2011

Pastillitas de colores

Dicen que ha muerto Osama Bin Laden. Dicen que vivía en una mansión en Pakistan y que un grupo de élite americano acabó con su vida pegándole un tiro en la cabeza. Dicen que tiraron su cuerpo al mar según las tradiciones del Islam, dicen que tiraron su cuerpo al mar en contra de las tradiciones del Islam. Dicen que hay gente que lo celebra, dicen que hay gente que siente su pérdida. Dicen que ahora vivimos en un mundo más seguro, dicen que se ha desatado la alerta mundial por peligro de atentandos. Vivimos tiempos convulsos. Tal vez, no sería un mal momento para que, A lo Matrix, nos diesen a elegir entre pastillitas. Si elegimos la pastilla azul nos quedamos con lo que tenemos si elegimos la pastilla roja entramos en otra dimensión, la verdadera realidad, y comprobaremos que nuestra vida anterior fue sólo una ilusión.