De vuelta a su lugar cierto joven estudiante muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más
aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos
pasados por agua que había en un plato escondió uno con ligereza. Luego preguntó a su padre:
-¿Cuántos huevos hay en el plato?
El padre contestó:
-Uno.
El estudiante puso en el plato el otro que tenía en la mano diciendo:
-¿Y ahora cuántos hay?
El padre volvió a contestar:
-Dos.
-Pues entonces -replicó el estudiante,- dos que hay ahora y uno que había antes suman tres. Luego son
tres los huevos que hay en el plato.
El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó a desenredarse del
sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba a afirmar que había tres.
La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le
comiera; tomó otro huevo para ella, y dijo a su sabio vástago:
-El tercero cómetele tú.
Juan Varela
viernes, 17 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
Sobre el teatro de títeres
Cuando pasaba el invierno de 1801 en M..., encontré allí, una noche, en un jardín público, al señor C... que hacía poco que estaba contratado en esa ciudad como primer bailarín de la Ópera y despertaba un entusiasmo extraordinario en el público.
Le dije que me asombraba por haberlo encontrado ya varias veces en un teatro de títeres que, armado al azar en la plaza, divertía al populacho con sus sainetillos, entretejidos de baile y canto.
Me aseguró que la pantomima de los muñecos le causaba gran placer, dejando entrever bien a las claras que un bailarín que quisiera perfeccionarse podría aprender de ellos no poca cosa.
Como tal manifestación, por el modo en que la hizo, me pareciera más que mera ocurrencia, me senté a su lado para cerciorarme de las razones con que pudiese fundar tan extraño aserto.
Me preguntó si no había encontrado yo, realmente, muy graciosos algunos de los movimientos en la danza de los títeres, sobre todo de los pequeños.
No pude negar esta circunstancia. Un grupo de cuatro aldeanos que en rápido compás bailaran la ronda, no habría podido ser pintado con más garbo ni siquiera por un Teniers.
Lo interrogué luego por el mecanismo de estas figuras y como era posible dirigir los distintos miembros de las mismas y sus distintas partes, tal como lo exige el ritmo de los movimientos o el baile, sin tener entre los dedos miríadas de hilos.
Respondió que yo no debía representármelo como si el animador ajustase cada extremidad y tirase de ellas por separado en los distintos momentos de un baile.
Dijo que cada movimiento tenía un centro de gravedad, y que bastaba desplazar a éste en el interior de la figura; los miembros, que no eran sino péndulos, le seguirían sin más, mecánicamente y por sí mismos.
Añadió que este movimiento era muy sencillo; que cada vez que el centro de gravedad es movido en linea recta, las extremidades ya describen curvas, y que a menudo el conjunto, agitado por mera casualidad, entra en una suerte de movimiento rítmico, análogo al baile.
Esta observación parecíame, entonces, explicar en algo aquel placer que él pretendiera encontrar en el teatro de los títeres. Mas entretanto, ni lejanamente presentí las conclusiones que el otro iba a sacar, más tarde, de ello.
Le pregunté si creía que el animador mismo, para mover estos títeres, debía ser bailarín o tener al menos una idea de lo bello en el baile.
Replicó que del solo hecho de que una tarea era fácil en su aspecto mecánico, no era de deducir que podía ser realizada sin sentimiento alguno.
La línea que el centro de gravedad ha de describir era, dijo, muy sencilla y, según creía, recta en la mayoría de los casos. En casos en que sea curva, la fórmula de su inflexión parecería, por lo menos, de primer orden, o a lo sumo una de segundo; y hasta en este último caso sólo elíptica, forma de movimiento está que no costaría gran esfuerzo al animador para trazarla, por ser ella en sí la más natural a las prominencias del cuerpo humano (debido a sus articulaciones).
Por el otro lado, en cambio, esta línea sería algo muy misterioso. Pues no sería sino el camino del alma del bailarín; y él añadió, dudaba de que pudiera darse con ella, a no ser que el animador se imaginara trasladado al centro de gravedad del fantoche, o, en otras palabras, que bailara.
Repliqué que había supuesto la tarea de éste como algo casi carente de espíritu: como algo semejante a girar la manivela que pone en marcha un organillo.
–De ninguna manera –contestó–. Más bien, los movimientos de sus dedos son tan complejamente proporcionales al movimiento de los títeres pendientes de ellos, como por ejemplo lo son los números a sus logaritmos o la asíntota a su hipérbola.
Prosiguió diciendo que sin embargo consideraba factible que aun esta última fracción de espíritu, que ya mencionara, podía ser quitada a los muñecos de modo que su baile pasaría en un todo al dominio de las fuerzas mecánicas, susceptible entonces de ser producido por una manivela, como había pensado yo.
Di a entender, entonces, que me extrañaba observar la atención que él dedicaba a esta variedad de las bellas artes inventada para la plebe, y el ver que no sólo la estimaba capaz de un desarrollo superior, sino que también él mismo parecía ocuparse en ella.
Sonrió y dijo que osaba afirmar que él –siempre que un mecánico lograse construirle un títere según las indicaciones que él pensaba hacerle– representaría mediante éste un baile tan perfecto que ni él ni cualquier otro bailarín coetáneo, aunque fuera tan hábil como el mismo Vestris, sería capaz de alcanzarlo.
–¿Usted habrá oído –preguntó, mientras yo calladamente bajaba la mirada al suelo–, habrá oído hablar de aquellas piernas mecánicas que artistas ingleses confeccionan para los desdichados que han perdido sus piernas?
Dije que no: que tal cosa jamás había llegado a mis ojos.
–Lo lamento –replicó él–, pues si le digo que aquellos infortunados, mediante ellas, vuelven a bailar, he de temer que no lo crea. ¿Qué digo, bailar? Es verdad que es limitado el ámbito de sus movimientos, pero aquellos que están a su alcance se efectúan con suavidad, facilidad y gracia tales que maravillan a toda mente capaz de pensar.
Di a entender que él, de este modo, había encontrado ya a su hombre. Pues un artista capaz de construir una pierna tan maravillosa lograría componerle, indudablemente, un títere completo, de acuerdo con sus exigencias.
–Y ¿cuáles... –pregunté al verlo bajar a su vez los ojos, algo molesto– cuáles son, pues, las exigencias que usted piensa hacer al arte de aquél?
–Nada –contestó él– que ya no se encontrara allí: armonía, agilidad, suavidad, mas todas ellas en un grado superior; y en particular una distribución natural de los centros de gravedad.
–Y ¿qué ventaja llevaría tal muñeco sobre los bailarines humanos?
–¿La ventaja? Ante todo una ventaja negativa, mi distinguido amigo: que jamás sería remilgado. Pues los remilgos aparecen, como usted sabe, cada vez que el alma (vis motrix) se halla en cualquier punto distinto del centro de gravedad del movimiento. Y como el animador, mediante el hilo o el alambre, no tiene ni puede tener en su poder otro punto que éste, todos los demás miembros son lo que deben ser, miembros muertos, meros péndulos, que obedecen al exclusivo principio de gravedad; condición óptima ésta que uno busca en vano en la mayor parte de nuestros bailarines.
–Mire usted tan sólo a la P... –continuó– cuando ella, haciendo de Dafne, vuelve la cabeza hacia Apolo que la persigue. Tiene el alma en las vértebras lumbares, se inclina cual si quisiera quebrarse en dos como una náyade de la escuela de Bernini. Mire al joven F..., cuando en el rol de París, se halla entre las tres diosas entregándole la manzana a Venus; su alma está (¡qué horror el verlo!) en su codo.
–Tales desaciertos –añadió finalizando– son inevitables desde que hemos comido del árbol de la ciencia. Pero al Paraíso se le ha echado el cerrojo y el querube anda tras nosotros; hemos de hacer el viaje alrededor del Mundo para ver si quizá esté abierto en alguna parte por detrás.
Me reí... De todos modos, pensaba yo, no puede errar el espíritu allí donde no existe. Mas al darme cuenta de que aquél tenía aún algo más que revelarme, le rogué que continuara.
–Además –prosiguió él– estos títeres tienen la ventaja de que son antigraves. No saben nada de la inercia de la materia, cualidad ésta entre todas la más antagónica al baile; pues la fuerza que los eleva es mayor que la que los retiene en el suelo. ¡Qué no daría la buena G... si tuviera sesenta libras menos o sí en sus entrechats y piruetas le ayudase un contrapeso de este volumen! Los muñecos, cual elfos, no necesitan del suelo sino para rozarlo ligeramente y para reavivar, por una fugaz detención, el empuje de sus miembros; nosotros, en cambio, lo precisamos para descansar en él y restablecernos del esfuerzo del baile, en un instante que evidentemente no es parte del mismo y con el que no se puede hacer otra cosa que abreviarlo en lo posible.
Dije que, por más hábilmente que defendiese la causa de sus paradojas, no lograría nunca hacerme creer que en un títere mecánico pudiera haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano.
Replicó que, en cuanto a gracia, al hombre le era completamente imposible igualarse siquiera al títere, pues, dijo, en este campo, sólo un dios podría rivalizar con la materia; y precisamente, éste sería el punto donde los dos extremos del Mundo circular llegarían a encontrarse.
Asombrándome cada vez más, no sabía qué decir frente a afirmaciones tan extrañas. Entonces aquél, tomando una pulgarada de rapé; dijo que yo le parecía no haber leído con atención el tercer capítulo del Génesis, y quien no conociese este primer período de toda la cultura humana, con éste no se podría conversar bien sobre los siguientes y mucho menos sobre el último.
Dije que conocía muy bien el desorden que la conciencia provoca en la gracia natural del hombre. Y relaté cómo un joven conocido mío, ante mis propios ojos, por decir así, y a causa de una sola observación, perdió su inocencia, sin volver a encontrar después el Paraíso que ella constituye, no obstante todos los empeños que puso en recuperarlo.
–Mas, ¿cuáles son las consecuencias –agregué– que usted podría sacar de ello?
Me preguntó a qué acontecimiento aludía yo.
–Me estaba bañando –referí– casi tres años ha, junto con un joven, sobre cuyo ser entonces se esparcía una maravillosa gracia. Tenía más o menos dieciséis años y sólo muy tenuemente, provocados por el favor de las mujeres, vislumbrábanse los primeros vestigios de la vanidad. Es un hecho que poco antes habíamos visto, en París, a aquel joven que se extrae una espina del pie; la reproducción de esa estatua es bien conocida y se halla en la mayoría de las colecciones alemanas. Una mirada, echada al azar en un gran espejo en momentos en que ponía el pie sobre un taburete para secárselo, se la recordó; de modo que sonriendo me habló del descubrimiento que acababa de hacer. Y, en verdad, en aquel instante vine yo de hacer la misma observación, mas sea para examinar la seguridad que la gracia le otorgaba, o fuera para oponer cierta resistencia saludable a su vanidad, me eché a reír replicando que él me parecía ver fantasmas. Sonrojó y por segunda vez levantó el pie para demostrármelo, pero el ensayo –como era fácil de prever– fracasó. Algo perturbado levantó el pie por tercera y cuarta vez y, creo, diez veces aún: en balde. Resultó incapaz de repetir el mismo movimiento... ¿qué digo?: los movimientos que hizo contenían un elemento tan cómico que yo apenas me contuve para no reír a carcajadas...
“Desde aquel día, por no decir desde aquel instante, se produjo en el joven un cambio inconcebible. Comenzó por colocarse ante el espejo durante días; y un encanto tras otro lo abandonó. Una fuerza invisible e inconcebible parecía encerrarlo cual red de hierro para inhibir el libre juego de sus gestos y, cuando hubo pasado un año, no se vio más en él ni rastro de aquella gracia que antes había deleitado los ojos de cuantos lo rodeaban. Vive aún quien fue testigo de aquel extraño y desdichado acaecimiento y lo confirmaría, palabra tras palabra, tal cual yo lo relaté.
–En esta oportunidad –dijo amablemente el señor C...– debo contarle otro suceso y fácilmente comprenderá usted cómo viene al caso.
“Encontrábame yo, de viaje a Rusia, en una estancia del señor von G..., noble livonio, cuyos hijos entonces estaban practicando mucho la esgrima. El mayor, en particular, que acababa de volver de la universidad, se hacía el campeón y, cuando yo estaba una mañana en su habitación, me ofreció un florete. Entramos en lucha, mas sucedió que yo le resulté superior; encegueciéndolo, además, la propia, pasión, casi cada estocada que hice lo alcanzó, hasta que al final su florete voló a un rincón. En broma a medias y a medias ofendido, dijo al levantar el florete, que había encontrado quien lo superara, mas como todo en el Mundo encuentra quien lo venciere, acto seguido me llevaría él hacia alguien que pudiera más que yo. Al reírse a carcajadas y exclamando: “¡Vamos, vamos, bajemos al depósito de leña!”, los hermanos me tomaron de la mano, conduciéndome hacia un oso que el señor G..., su padre, criaba en la quinta.
“Cuando yo, asombrado, me le puse delante el oso estaba sobre las patas traseras, apoyándose con la espalda contra un palo al que estaba atado; levantando la zarpa derecha, pronto a dar un golpe, me miró cara a cara: fue ésta su postura de esgrimista. No sabía yo si no soñaba al verme frente a tal adversario, pero: '¡Haga una estocada, hágala! –dijo el señor von G...– y ¡mire si puede entrarle una!' Y después de restablecerme un poco de mi asombro, yo lo asalté con el florete; el oso hizo un brusco movimiento con la zarpa y atajó el golpe. Traté de confundirlo valiéndome de fintas: el oso no se movió. Volví a atacarlo con un viraje tan hábil e instantáneo que infaliblemente habría alcanzado un pecho humano: el oso hizo un brusco movimiento con la zarpa y atajó el golpe. Ahora me encontré casi en la situación del joven señor von G.... Por añadidura, la seriedad del oso me hizo perder el tino; mezclé golpes y fintas, nadé en sudor: en vano. No sólo que el oso cual si fuera el primer esgrimista del Mundo, atajaba todas mis estocadas: a las fintas ni siquiera reaccionaba –cosa en que ningún esgrimista del Mundo lo puede imitar–; mirándome de hito en hito como si en mis ojos pudiera leer mi alma, así estaba él, levantando la zarpa, pronto a dar su golpe, y cuando mis estocadas no eran serias, no se movía.
“¿Cree usted esta historia?
–Por completo –exclamé, con alegre aplauso–, a cualquier desconocido la creería, tan verosímil es: y ¡cuánto más a usted!
–Ahora bien, mi distinguido amigo –dijo el señor C...– con ello usted se halla en posesión de cuanto es necesario para comprenderme. Vemos que a medida de obscurecer y decrecer la reflexión, dentro del Mundo orgánico, la gracia se destaca cada vez más radiante y dominante. Mas igual que la intersección de dos líneas, por un lado de un punto, habiendo pasado por el Infinito, reaparece por el otro lado, o como la imagen de un espejo cóncavo, después de que se ha alejado hacia el Infinito, de repente vuelve a surgir ante nosotros: así también, cuando el conocimiento haya pasado, por decir así, por algo Infinito, volverá a presentarse la gracia, de manera que ella, al mismo tiempo, aparecerá en la forma más pura en aquel cuerpo humano que poseyere o absolutamente ninguna conciencia o una conciencia infinita, es decir: en el títere o en el dios.
–De modo que –dije algo distraído– ¿deberíamos volver a comer del árbol de la ciencia para tornar al estado de inocencia?
–Naturalmente –contestó él–; éste es el último capítulo de la historia del Mundo.
Heinrich Von Kleist
sábado, 11 de junio de 2011
Los testigos
Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.
Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera- a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante descubrimiento.
Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.
Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, "scotchtape" y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del "habitat" de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.
Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.
Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.
Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.
-Es inútil, pibe -me dijo al fin-. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí...
-¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
-Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.
-¡Te digo que vuela así! -grité, sobresaltando a varios parroquianos.
-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto -dijo Polanco-. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.
Julio Cortazar
Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera- a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante descubrimiento.
Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.
Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, "scotchtape" y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del "habitat" de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.
Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.
Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.
Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.
-Es inútil, pibe -me dijo al fin-. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí...
-¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
-Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.
-¡Te digo que vuela así! -grité, sobresaltando a varios parroquianos.
-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto -dijo Polanco-. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.
Julio Cortazar
viernes, 10 de junio de 2011
El Teide
El Teide, la montaña más alta de España (3718m), es uno de los mejores lugares del
mundo para fotografiar a las estrellas. Allí se grabaron estas imágenres entre el 4 y el
11 de abril del 2011.
The Mountain from TSO Photography on Vimeo.
Peor que la muerte
Se lo llevaron esta mañana. Daba un poco de pena las últimas semanas, sentando en su silla frente a la ventana, apenas sin poder moverse, dejando que los rayos del sol de la mañana lo calentasen la piel, esa piel arrugada, tan vieja. Sin embargo su cabeza estaba bien, no podía casi hablar, pero eso era por el pecho, el pulmón que le quedaba casi corroído del todo no le daba aliento suficiente con el que hablar. Mentalmente estaba sano, muy sano. Mi padre siempre había tenido la cabeza llena de números, de ideas, de esas raras, aquellas que florecían en los viejos tiempos. Sabía incluso leer, fíjate en esos viejos tomos amarillentos, colección nova, antiquísimos. Solo pensar en desgastar la vista en ellos me cansa. Aunque ahora estaba muy separado de los tiempos era divertido. Se pillaba unos rebotes morrocotudos viendo la tele, empezaba a despotricar contra la programación actual. No sé que tiene de malo, a mí me gustan las ejecuciones, son divertidas y educativas, y la niña también le gustan, se ríe mirándolas.
Por una parte da pena, a pesar que estaba ya muy mal, era lo único que me quedaba de mi juventud, aquellos años locos y felices, me gustaba sentarme frente a él y recordarle muchos mas joven, los dos paseando por el retiro un Domingo, viendo los títeres, el sol las barcas, mucha gente riendo. Por otra parte, tenía que hacerlo, es lo normal, además de él dijeron que tenía un coeficiente 1,4, muy alto, no se puede desperdiciar un coeficiente 1,4. Yo apenas llego al uno. La niña, jugaban juntos... hoy me ha preguntado por el, ¿Dónde esta el abuelo? Pobre, tendrá que aprender que yo soy lo único que le queda.
Nos hemos quedado sin su pensión, y volver a trabajar, no.. no lo logro, lo he intentando todo menos venderme.... tampoco es que me fueran a dar mucho, pero ahora las cosas cambiaran, tendremos dinero hasta para un medico y un colegio.
Es triste, no debería estar contenta, al fin y al cabo a el le hubiera gustado ayudarnos, me lo decía, que si no fuera por la parálisis, por el asma, se levantaría y le ajustaría no se que cuentas a no se cuantos opresores. No se daba cuenta el pobre de los beneficios de esta sociedad, la competitividad que nos hace mejores. Me acuerdo como se cabreó el día que Juan se marchó. Luego me arrepentí, por el dinero claro, pero entonces me sentí orgullosa de él. Hacia poco que había llegado a casa a vivir con nosotros. Juan se había mantenido al margen, refunfuñando, yo sabía que aquello no duraría, que Juan no tardaría en cabrearse de haber traído a mi padre a casa, a pesar que su pensión era mayor que su sueldo de economista o quizás por eso mismo. Siempre se metía con él, cuando no le oía claro ¡Viejo de mierda! Era lo más suave. El viernes vino tarde, bebido, el y los de la oficina habían estado de cañas. Sabía lo que iba a pasar, lo sabía sin embargo le deje entrar, no se porque, quizás porque no me sentía tan desamparada con mi padre en casa. Entro y la emprendió a golpes con todo, incluido yo misma. No era la primera vez, solo que la rabia era mayor, los golpes más sañudos. No sabía ni donde estaba, tendida en un charco de mi propia sangre bajo la mesa de la cocina, sin embargo lo vi perfectamente. Erguido, todavía fuerte pese a su vejez, plantándole cara a Juan, a la mala bestia de Juan. Bastó una mirada para acojonarlo, yo sentía la furia de mi padre, una furia que no era solo contra Juan, de alguna manera él era un símbolo de todo la amargura de su vida actual. Fue rápido con el taburete, golpeo a Juan justo en la cabeza, partiendo el plástico, como disfrute de ese momento... a pesar que sabía que Juan se marcharía llevándose su sueldo, el futuro de la niña. Un momento de felicidad por años de terribles sacrificios. Con la pensión y el sueldo malvivíamos, solo con la pensión fue duro, muy duro.
A veces lo pienso... ¿Descansaran?, ¿Sentirán?, ¿Qué será de sus pensamientos tras la muerte? Dicen que no sienten nada, están muertos, pero dicen tantas mentiras, como que aquellas sustancias con las que trabajo mi padre eran inocuas. Tantos años después le comieron por dentro destruyendo sus nervios, sus pulmones, pero no su cabeza, su mirada altiva y clara aún en la silla de ruedas mientras los limpiaba, le daba de comer, como desafiando a la misma muerte.
Creo que él lo sabía, lo sospechaba, y por supuesto se oponía. Si hubiera tenido fuerzas para matarse quizás lo hubiera hecho cuando la niña y yo estuviéramos fuera, para que al encontrarle estuviese ya demasiado frío. Era a lo único que temía.
Con su sueldo ahora viviremos mejor, casi tendremos suficiente para una casa mejor, debería estar feliz, pero no lo estoy. Debería sentirme a gusto, una muerte eficaz para la sociedad, como dice el anuncio de la tele. Solo que la gente de la tele siempre es feliz y las personas reales, rara vez.
Por lo menos fueron rápidos, vinieron en cuanto les llame, apenas dos minutos y estaban aquí con aquel tanque helado que desprendía vaho blanco. Me hicieron firmar y después se pusieron a trabajar. No quise mirar, abrace a la niña y fuimos a la otra habitación. No paraba de decirme "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras". Se lo llevaron y un señor trajeado, muy amable nos pidió los datos de la cuenta, y acordamos la cantidad, el sueldo mensual por su trabajo. No sé si hice bien en contratar con esa compañía. Hay varias, no entiendo mucho, quizás en otra me hubieran pagado mas, Juan hubiera sabido sacar mejor partido, pero mejor que este lejos, que no haya vuelto en estos diez años. Le pregunte tímidamente en que consistía aquel trabajo, que iban a hacer con él y el señor trajeado me explicó que era algo completamente legal: el trabajo postmortem. Se toma el cerebro todavía sin daños de un recién fallecido, se le alimenta por métodos artificiales, se le mantiene vivo y se le reprograma hasta que se convierte en un potente ordenador biológico. Luego su uso concreto es difícil de determinar. Su padre, dado su alto coeficiente de computación trabajara en proyectos grandes, junto a enormes baterías de cerebros en paralelo que investigan o diseñan.
También me dijo con una sonrisa deslumbrante que no sufrían, que en realidad su personalidad se perdía con la muerte y la reprogramación, y que él seguir llamándole persona y pagándole un sueldo era consecuencia de leyes anticuadas, pero que se mantenían porque de alguna manera ayudaban a otras personas, como nosotras. Le creí, al principio sin dudas, luego tuve pesadillas, recordé las mentiras que personas trajeadas nos han contado en múltiples ocasiones y empece a dudar, a imaginar que mi padre despertaba en una oscuridad total, un silencio de piedra, la ausencia de todo estimulo, con pensamientos extraños taladrándole la consciencia, obligado a pensar por caminos cambiantes, sin sueño, sin descanso, en una eternidad muy parecida a un infierno, quizás recordando esos últimos momentos, cuando ya la muerte se le echaba encima con un peso intolerable, y me miraba con pánico, la única vez que vi pánico en sus ojos orgullosos, pánico no de la muerte, sino de lo que habría tras ella.
Eduardo Vaquerizo
Por una parte da pena, a pesar que estaba ya muy mal, era lo único que me quedaba de mi juventud, aquellos años locos y felices, me gustaba sentarme frente a él y recordarle muchos mas joven, los dos paseando por el retiro un Domingo, viendo los títeres, el sol las barcas, mucha gente riendo. Por otra parte, tenía que hacerlo, es lo normal, además de él dijeron que tenía un coeficiente 1,4, muy alto, no se puede desperdiciar un coeficiente 1,4. Yo apenas llego al uno. La niña, jugaban juntos... hoy me ha preguntado por el, ¿Dónde esta el abuelo? Pobre, tendrá que aprender que yo soy lo único que le queda.
Nos hemos quedado sin su pensión, y volver a trabajar, no.. no lo logro, lo he intentando todo menos venderme.... tampoco es que me fueran a dar mucho, pero ahora las cosas cambiaran, tendremos dinero hasta para un medico y un colegio.
Es triste, no debería estar contenta, al fin y al cabo a el le hubiera gustado ayudarnos, me lo decía, que si no fuera por la parálisis, por el asma, se levantaría y le ajustaría no se que cuentas a no se cuantos opresores. No se daba cuenta el pobre de los beneficios de esta sociedad, la competitividad que nos hace mejores. Me acuerdo como se cabreó el día que Juan se marchó. Luego me arrepentí, por el dinero claro, pero entonces me sentí orgullosa de él. Hacia poco que había llegado a casa a vivir con nosotros. Juan se había mantenido al margen, refunfuñando, yo sabía que aquello no duraría, que Juan no tardaría en cabrearse de haber traído a mi padre a casa, a pesar que su pensión era mayor que su sueldo de economista o quizás por eso mismo. Siempre se metía con él, cuando no le oía claro ¡Viejo de mierda! Era lo más suave. El viernes vino tarde, bebido, el y los de la oficina habían estado de cañas. Sabía lo que iba a pasar, lo sabía sin embargo le deje entrar, no se porque, quizás porque no me sentía tan desamparada con mi padre en casa. Entro y la emprendió a golpes con todo, incluido yo misma. No era la primera vez, solo que la rabia era mayor, los golpes más sañudos. No sabía ni donde estaba, tendida en un charco de mi propia sangre bajo la mesa de la cocina, sin embargo lo vi perfectamente. Erguido, todavía fuerte pese a su vejez, plantándole cara a Juan, a la mala bestia de Juan. Bastó una mirada para acojonarlo, yo sentía la furia de mi padre, una furia que no era solo contra Juan, de alguna manera él era un símbolo de todo la amargura de su vida actual. Fue rápido con el taburete, golpeo a Juan justo en la cabeza, partiendo el plástico, como disfrute de ese momento... a pesar que sabía que Juan se marcharía llevándose su sueldo, el futuro de la niña. Un momento de felicidad por años de terribles sacrificios. Con la pensión y el sueldo malvivíamos, solo con la pensión fue duro, muy duro.
A veces lo pienso... ¿Descansaran?, ¿Sentirán?, ¿Qué será de sus pensamientos tras la muerte? Dicen que no sienten nada, están muertos, pero dicen tantas mentiras, como que aquellas sustancias con las que trabajo mi padre eran inocuas. Tantos años después le comieron por dentro destruyendo sus nervios, sus pulmones, pero no su cabeza, su mirada altiva y clara aún en la silla de ruedas mientras los limpiaba, le daba de comer, como desafiando a la misma muerte.
Creo que él lo sabía, lo sospechaba, y por supuesto se oponía. Si hubiera tenido fuerzas para matarse quizás lo hubiera hecho cuando la niña y yo estuviéramos fuera, para que al encontrarle estuviese ya demasiado frío. Era a lo único que temía.
Con su sueldo ahora viviremos mejor, casi tendremos suficiente para una casa mejor, debería estar feliz, pero no lo estoy. Debería sentirme a gusto, una muerte eficaz para la sociedad, como dice el anuncio de la tele. Solo que la gente de la tele siempre es feliz y las personas reales, rara vez.
Por lo menos fueron rápidos, vinieron en cuanto les llame, apenas dos minutos y estaban aquí con aquel tanque helado que desprendía vaho blanco. Me hicieron firmar y después se pusieron a trabajar. No quise mirar, abrace a la niña y fuimos a la otra habitación. No paraba de decirme "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras". Se lo llevaron y un señor trajeado, muy amable nos pidió los datos de la cuenta, y acordamos la cantidad, el sueldo mensual por su trabajo. No sé si hice bien en contratar con esa compañía. Hay varias, no entiendo mucho, quizás en otra me hubieran pagado mas, Juan hubiera sabido sacar mejor partido, pero mejor que este lejos, que no haya vuelto en estos diez años. Le pregunte tímidamente en que consistía aquel trabajo, que iban a hacer con él y el señor trajeado me explicó que era algo completamente legal: el trabajo postmortem. Se toma el cerebro todavía sin daños de un recién fallecido, se le alimenta por métodos artificiales, se le mantiene vivo y se le reprograma hasta que se convierte en un potente ordenador biológico. Luego su uso concreto es difícil de determinar. Su padre, dado su alto coeficiente de computación trabajara en proyectos grandes, junto a enormes baterías de cerebros en paralelo que investigan o diseñan.
También me dijo con una sonrisa deslumbrante que no sufrían, que en realidad su personalidad se perdía con la muerte y la reprogramación, y que él seguir llamándole persona y pagándole un sueldo era consecuencia de leyes anticuadas, pero que se mantenían porque de alguna manera ayudaban a otras personas, como nosotras. Le creí, al principio sin dudas, luego tuve pesadillas, recordé las mentiras que personas trajeadas nos han contado en múltiples ocasiones y empece a dudar, a imaginar que mi padre despertaba en una oscuridad total, un silencio de piedra, la ausencia de todo estimulo, con pensamientos extraños taladrándole la consciencia, obligado a pensar por caminos cambiantes, sin sueño, sin descanso, en una eternidad muy parecida a un infierno, quizás recordando esos últimos momentos, cuando ya la muerte se le echaba encima con un peso intolerable, y me miraba con pánico, la única vez que vi pánico en sus ojos orgullosos, pánico no de la muerte, sino de lo que habría tras ella.
Eduardo Vaquerizo
jueves, 9 de junio de 2011
Kaifeng
Kaifeng es una pequeña , dirían los chinos, ciudad de cienco millones de habitantes situada en el centro de China a orillas del río Amarillo. Fue una de las siete capitales antiguas de China.
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| Templo Xiangguo |
| El Templo Xiangguo es uno de los monasterios budistas más importante de China. Fue fundado en el 555 dc y reconstruido durante la dinastía Tang |
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| Shaanxi Guild Hall |
| Shaanxi Guild Hall |
miércoles, 8 de junio de 2011
Los Peterkins
El fracasado es el hombre que ha cometido errores sin aprender nada de ellos. Flaubert
Había llegado el momento de ponerse a estudiar idiomas. Los Peterkins se acababan de instalar en su nueva casa, mucho más confortable que la anterior. Allí tenían sitio para cada cosa y cada cosa estaría en su sitio.
Elisabeth Elisa no olvidaría jamás lo poco práctica que era su anterior residencia. Por espacio de mucho tiempo, para tocar el piano tuvo que sentarse en la galería trasera. Mistress Peterkins recordaba las complicaciones que había tenido con los manteles. El mantel superior se guardaba en una maleta en el interior de un armario; el otro, en un cajón del mismo mueble. Cada vez que se cambiaban los manteles era necesario ladear la maleta a fin de sacar el primero y después abrir la misma maleta para extraer el segundo.
Tras estas manipulaciones, todavía continuaba la ya mencionada maleta obstaculizando el paso hasta la caja de los cubiertos. Todos estos cambios sucesivos originaban una lamentable pérdida de tiempo.
En aquella nueva casa, que era bastante grande, los Peterkins encontraron el modo de ponerlo todo en su sitio. Agamenón se sentía satisfecho, en especial con la biblioteca. En su antigua casa no tenían un lugar determinado para los libros. Los diccionarios se hallaban en el primer piso (cosa en extremo incómoda) y los volúmenes de la enciclopedia repartidos en diferentes lugares. Los tomos de la A a la P quedaron arrinconados en el desván y los de la Q a la Z estaban en distintas habitaciones del primer piso. Pero, por desgracia, nunca consiguieron recordar si en la sección de la A a la P se hallaba también incluida la P.
—Siempre iba hasta el desván —decía Agamenón— en busca de la P, advirtiendo entonces que dicho volumen estaba abajo. A cada momento me volvía a confundir.
Como es lógico, la nueva casa de los Peterkins era mucho más adecuada para la vida de estudios. Al tener los libros en el mismo lugar, todo iba a resultar infinitamente más cómodo.
Mister Peterkins sugirió a cada uno de los suyos que aprendiese un idioma distinto. Si alguna vez iban al extranjero, el viaje les resultaría mucho más sencillo. Elisabeth Elisa podría hablar francés con los parisienses; Agamenón, alemán con los berlineses; Salomón John, italiano con los romanos, y mistress Peterkins castellano con los españoles. Él se encargaría de las lenguas orientales, entre ellas el ruso.
Mistress Peterkins no estaba resuelta a estudiar castellano, ya que toda la familia había jurado no visitar jamás España, debido al horror que en ellos ocasionara la Inquisición. Mistress Peterkins compartía el horror de sus hijos.
Los viajes al extranjero la atraían muy poco y siempre aseguró que no abandonaría su tierra natal antes de que hubieran tendido un puente sobre el Atlántico (obra todavía sin realizar). Agamenón objetó, no obstante, que esto no debía preocuparles, pues cada día se progresaba más y tender un puente no era mucho más difícil que inventar el teléfono. En la antigüedad ya hacían uso de los puentes.
Se puso entonces a discusión lo relativo a los profesores. Desde luego, los podrían encontrar en Boston. En un día hallarían, como mínimo, tres de los que necesitaban. Agamenón los llevaría hasta la casa, acostumbrándose así a su idioma.
Mister Peterkins se informó acerca de las lenguas mundiales. Le notificaron que el sánscrito era la base de todas ellas. Por consiguiente, propuso que, al principio, sólo estudiaran sánscrito. Así les bastaría con un solo profesor, y luego podrían derivar hacia otros idiomas.
Sin embargo, su familia prefirió estudiar diferentes lenguas. Elisabeth Elisa tenía ya unas ligeras nociones de francés. Procuró hacerse entender, sin ningún escrito, en la exposición del centenario, pero acabó advirtiendo que había trabado conversación con un argelino que no comprendía esa lengua.
Mister Peterkins adujo que serían necesarias muchas habitaciones para alojar a los distintos profesores, mientras daban clase a la misma hora. Pero Agamenón observó que así utilizarían los distintos diccionarios. Mister Peterkins creía que era mejor dar todas las clases a la vez y todos juntos en la sala, ya que cada alumno podría, además del idioma que estudiaba, aprender frases de otros. Y es que, sin duda, el mejor sistema de dominar un idioma era oír cómo se hablaban los otros en el mismo sitio.
Mistress Peterkins objetó que su casa parecería la torre de Babel. Decididamente, tomó sus resoluciones.
Agamenón apuntó otro inconveniente.
No cabía duda de que harían falta profesores extranjeros que sólo hablaran su lengua materna. Sin embargo, en tal caso, ¿cómo los invitarían a ir a su casa, a que subieran en el coche y cómo les indicarían su trabajo? Agamenón se preguntaba de qué modo harían comprender todo esto a un extranjero si no tenían medios de comunicarse.
Elisabeth Elisa contestó que en situaciones parecidas los ademanes y los gestos pueden ser de gran utilidad. Salomón John y los niños empezaron a ensayar inmediatamente. La hermana mayor explicó que "lengua" significa a la vez "idioma y órgano parlante" y que enseñando la suya se harían comprender.
Con el fin de entrenarse, los muchachos representaron el papel de profesores extranjeros, hablando cada uno en su idioma materno. Agamenón y Salomón John intentaron invitarles a instruir a la familia por medio de signos.
Mistress Peterkins afirmó que su representación era maravillosa y que muy bien podrían viajar al extranjero sin necesidad de aprender idiomas. Les animó, desde luego, a continuar los ensayos.
Como el puente sobre el Atlántico no había sido aún tendido, lo mejor era de momento dedicarse a estudiar idiomas. Mistress Peterkins temió que los profesores supusieran que se les había invitado a comer. Salomón John, en efecto, no paraba de abrir y cerrar la boca, mostrando la lengua y más parecía que les convidara a un banquete que a dar lecciones de idiomas. Se le ocurrió a Agamenón la idea de llevar unos diccionarios al encontrarse con los profesores. Así no cabría duda de que deseaban aprender idiomas y los maestros no imaginarían que les llevaban a un almuerzo gratuito. Mistress Peterkins consideró más prudente preparar una abundante comida por si acaso los profesores se equivocaban, pero desconocía lo que podía gustarles. Su marido se dijo que merecía la pena informarse de este pormenor tratando con extranjeros antes de abandonar su país natal, para acostumbrarse a comidas extrañas. A los niños les encantó la idea de probar algo nuevo. Agamenón había oído decir que la sopa de cerveza era el plato preferido por los alemanes y decidió, en la primera lección, pedir que le explicasen cómo era esta receta.
Salomón John tenía la certeza de que a todos los extranjeros les gusta mucho el ajo e imaginó que a los profesores les agradaría en gran manera aspirar su perfume en aquella casa, cuando dieran la primera lección, agradeciendo aquella prueba de delicadeza.
Elisabeth Elisa deseaba sorprender a sus familiares de Filadelfia hablándoles en francés. En consecuencia, anhelaba comenzar las lecciones antes de la visita anual de aquellos parientes. Hubo un leve inconveniente en la realización de estos proyectos. Mister Peterkins prefería contratar profesores que acabasen de llegar a América, ya que no deseaba caer en la tentación de recurrir al inglés.
Cierta noche volvió a casa con una lista completa de extranjeros recién llegados. La familia Peterkins resolvió que el padre y Agamenón fuesen en coche a la ciudad para buscarlos. Uno de ellos resultó ser un ruso que viajaba por puro placer y no tenía la más mínima intención de dedicarse a la enseñanza.
Mister Peterkins guardaba en la cartera tarjetas de varias personas que le recomendaron profesores. Acompañado de Agamenón, recorrió un hotel tras otro para reunirlos.
Todos parecían muy educados y muy decididos a ir con ellos después de las explicaciones dadas por medio de signos. Aunque habían olvidado los diccionarios, Agamenón tenía una guía que, por lo visto, dio buenos resultados.
Mister Peterkins tuvo que conformarse con un profesor ruso, ya que no halló ninguno de sánscrito que hubiera desembarcado recientemente.
Se suscitó, empero, una súbita dificultad cuando instalaron en el mismo coche al profesor ruso y al árabe. Este era un turco de imponente fez. Se miraron de través y comenzaron a insultarse en sus respectivos idiomas, sin que mister Peterkins pudiera comprender una palabra. ¿Era realmente aquello ruso? ¿Era, en realidad, árabe? De todas formas, saltaba a la vista (o mejor al oído) que los dos invitados no querían encontrarse en el mismo vehículo. Mister Peterkins se sintió desesperado. Había olvidado por completo la guerra ruso-turca. ¡Qué poco tacto tuvo al ponerlos juntos!
Un considerable número de curiosos se fue congregando ante el hotel. El profesor de francés pidió amablemente al ruso que subiera a su coche. Pero entonces surgió una nueva dificultad: el maestro de alemán estaba en aquel otro vehículo.
El francés había puesto el pie en el estribo cuando observó la presencia del otro y le insultó airadamente. El alemán, furibundo, saltó por la otra portezuela y dio la vuelta al coche, precipitándose sobre su colega y aferrándole por el cuello. Era indudable que el germano y el galo no podían permanecer juntos en el mismo vehículo. Mientras tanto, la multitud de espectadores se iba haciendo más numerosa.
Agamenón, afortunadamente, sabía pronunciar la palabra "señor" en alemán y dirigiéndose al maestro de este idioma le invitó, siempre por señas, a viajar con él.
El germano admitió sentarse al lado del turco. Por último, los coches se pusieron en marcha. Junto a mister Peterkins estaba el profesor italiano; el francés y el ruso se hallaban al fondo, discutiendo con acritud, lo que daba a entender que no conseguían ponerse de acuerdo.
El viaje de Agamenón se hizo en un absoluto silencio. El español, sentado junto a él, tenía un humor hermético y poco sociable, en tanto que el turco y el alemán no cambiaban una sola palabra.
Al llegar a casa fueron recibidos por Elisabeth Elisa y por su madre. Ésta, como deferencia al profesor de castellano, se puso sobre la espalda una mantilla de encaje. Mister Peterkins hizo pasar a los profesores a la biblioteca, instalándolos alejados unos de otros. Salomón John cogió el diccionario de italiano y tomó asiento junto al maestro de ese idioma. Agamenón, también con su correspondiente diccionario, repitió la misma operación con el alemán. Los niños enseñaron al turco su libro de "narraciones árabes". Mister Peterkins intentó por todos los medios, ya que no disponía de diccionario, que el ruso entendiese que esperaba aprender sánscrito. A su vez, su esposa procuró explicar al español que no tenía libros castellanos.
Por un momento olvidó su horror hacia la Inquisición e hizo lo posible por enseñarle algunas palabras inglesas, pronunciándolas lentamente y con el mejor acento que pudo. El profesor se inclinó, evidenciando un notable interés por la conversación y comportándose de un modo muy amable.
Entretanto, Elisabeth Elisa dirigía al parisiense las frases que conocía de francés. Le resultaba más fácil hablar este idioma que entenderlo.
El comprendió perfectamente lo que le estaban diciendo. La muchacha recitó su vocabulario, incluido el siguiente ejercicio:
—J'ai le livre. As-tu le pain? L'enfant a une pierre. L'enfant sait-il sa leçon?
El profesor escuchó atentamente y después respondió a cada pregunta. De improviso, luego de haber pronunciado una de sus frases, la muchacha se levantó yendo al encuentro de su madre y le murmuró al oído:
—Creo que han caído en el error que tú temías. Piensan que han sido invitados a comer. Este señor me acaba de dar las gracias por nuestra amabilidad.
—Tal vez ni siquiera desayunaron —dijo mistress Peterkins, contemplando al español—. Parece algo flaco. ¿Qué haremos?
Elisabeth Elisa fue a consultar el asunto con su padre. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo iban a lograr explicarles que les invitaban a dar lecciones y no a un banquete? Elisabeth Elisa pidió a Agamenón que buscara en el diccionario la palabra "enseñar" (pues imaginaba que iba a servirles). Pero vieron, por desgracia, que significaba al mismo tiempo "mostrar" y "dar clases". ¿Qué podían hacer?
Los extranjeros permanecieron sentados en sus respectivos lugares, silenciosos. El español parecía cada vez más molesto. ¿Acaso le ofendía algo? El francés retorcía su engomado bigote en tanto que contemplaba al alemán. ¿Qué harían si el ruso se abalanzaba sobre el turco y si la fanfarronería del parisiense terminaba con la paciencia del germano?
—Es necesario darles algo de comer —dijo el cabeza de familia en tono bajo—. Esto les apaciguará.
—Si por lo menos supiera qué es lo que más les gusta —se lamentó la mujer.
Salomón John opinó que, teniendo en cuenta que ninguno de los profesores iba a sacarles de aquella duda, podían darles lo que quisieran.
Mistress Peterkins se mostró más hospitalaria que su hijo, diciendo que Amanda, la sirvienta, prepararía un buen café. Mister Peterkins sugirió un plato americano y mandaron a uno de los niños en busca de aceitunas.
En seguida sirvieron el café y habas cocidas; a continuación, aceitunas, pan, huevos fritos y varias botellas de cerveza. El resultado fue maravilloso. Cada individuo empezó a hablar en su idioma con volubilidad. La dueña de la casa sirvió café al español, el cual hizo una profunda reverencia para agradecerlo. A todos les gustó la cerveza y aceptaron las aceitunas.
El francés comenzó una larga disertación sobre las "costumbres americanas". Elisabeth Elisa pensó que se refería a la falta de manteles en la mesa. El turco sonreía y el ruso hablaba con gran animación. En medio de la confusión que provocaban tantos idiomas diferentes, mister Peterkins preguntó, con voz ingenua:
—¿Cómo les explicaremos que deben darnos lecciones?
En aquel momento se abrió la puerta y entró la parienta de Filadelfia que efectuaba su primera visita.
Al escuchar el escándalo de tantas conversaciones diferentes, retrocedió espantada. La familia corrió hacia ella, con gran júbilo. Todos a la vez le rogaron que hiciera de intérprete con los profesores. ¿Podía decir a los extranjeros que deseaban que les dieran lecciones? ¡Lecciones!
Apenas hubieron pronunciado esta palabra cuando sus huéspedes se adelantaron como un solo hombre, con la cara rebosando alegría. Era la única palabra inglesa que conocían. Habían ido a Boston para "dar lecciones". ¿El viajero ruso confiaba en aprender de este modo el inglés? La perspectiva de las lecciones parecía complacerles mucho más que la comida. Estaban dispuestos, desde luego, a dar clases. El turco sonreía con amabilidad. El hielo estaba roto. Los profesores ya sabían lo que de ellos se esperaba.
Mark Twain
Había llegado el momento de ponerse a estudiar idiomas. Los Peterkins se acababan de instalar en su nueva casa, mucho más confortable que la anterior. Allí tenían sitio para cada cosa y cada cosa estaría en su sitio.
Elisabeth Elisa no olvidaría jamás lo poco práctica que era su anterior residencia. Por espacio de mucho tiempo, para tocar el piano tuvo que sentarse en la galería trasera. Mistress Peterkins recordaba las complicaciones que había tenido con los manteles. El mantel superior se guardaba en una maleta en el interior de un armario; el otro, en un cajón del mismo mueble. Cada vez que se cambiaban los manteles era necesario ladear la maleta a fin de sacar el primero y después abrir la misma maleta para extraer el segundo.
Tras estas manipulaciones, todavía continuaba la ya mencionada maleta obstaculizando el paso hasta la caja de los cubiertos. Todos estos cambios sucesivos originaban una lamentable pérdida de tiempo.
En aquella nueva casa, que era bastante grande, los Peterkins encontraron el modo de ponerlo todo en su sitio. Agamenón se sentía satisfecho, en especial con la biblioteca. En su antigua casa no tenían un lugar determinado para los libros. Los diccionarios se hallaban en el primer piso (cosa en extremo incómoda) y los volúmenes de la enciclopedia repartidos en diferentes lugares. Los tomos de la A a la P quedaron arrinconados en el desván y los de la Q a la Z estaban en distintas habitaciones del primer piso. Pero, por desgracia, nunca consiguieron recordar si en la sección de la A a la P se hallaba también incluida la P.
—Siempre iba hasta el desván —decía Agamenón— en busca de la P, advirtiendo entonces que dicho volumen estaba abajo. A cada momento me volvía a confundir.
Como es lógico, la nueva casa de los Peterkins era mucho más adecuada para la vida de estudios. Al tener los libros en el mismo lugar, todo iba a resultar infinitamente más cómodo.
Mister Peterkins sugirió a cada uno de los suyos que aprendiese un idioma distinto. Si alguna vez iban al extranjero, el viaje les resultaría mucho más sencillo. Elisabeth Elisa podría hablar francés con los parisienses; Agamenón, alemán con los berlineses; Salomón John, italiano con los romanos, y mistress Peterkins castellano con los españoles. Él se encargaría de las lenguas orientales, entre ellas el ruso.
Mistress Peterkins no estaba resuelta a estudiar castellano, ya que toda la familia había jurado no visitar jamás España, debido al horror que en ellos ocasionara la Inquisición. Mistress Peterkins compartía el horror de sus hijos.
Los viajes al extranjero la atraían muy poco y siempre aseguró que no abandonaría su tierra natal antes de que hubieran tendido un puente sobre el Atlántico (obra todavía sin realizar). Agamenón objetó, no obstante, que esto no debía preocuparles, pues cada día se progresaba más y tender un puente no era mucho más difícil que inventar el teléfono. En la antigüedad ya hacían uso de los puentes.
Se puso entonces a discusión lo relativo a los profesores. Desde luego, los podrían encontrar en Boston. En un día hallarían, como mínimo, tres de los que necesitaban. Agamenón los llevaría hasta la casa, acostumbrándose así a su idioma.
Mister Peterkins se informó acerca de las lenguas mundiales. Le notificaron que el sánscrito era la base de todas ellas. Por consiguiente, propuso que, al principio, sólo estudiaran sánscrito. Así les bastaría con un solo profesor, y luego podrían derivar hacia otros idiomas.
Sin embargo, su familia prefirió estudiar diferentes lenguas. Elisabeth Elisa tenía ya unas ligeras nociones de francés. Procuró hacerse entender, sin ningún escrito, en la exposición del centenario, pero acabó advirtiendo que había trabado conversación con un argelino que no comprendía esa lengua.
Mister Peterkins adujo que serían necesarias muchas habitaciones para alojar a los distintos profesores, mientras daban clase a la misma hora. Pero Agamenón observó que así utilizarían los distintos diccionarios. Mister Peterkins creía que era mejor dar todas las clases a la vez y todos juntos en la sala, ya que cada alumno podría, además del idioma que estudiaba, aprender frases de otros. Y es que, sin duda, el mejor sistema de dominar un idioma era oír cómo se hablaban los otros en el mismo sitio.
Mistress Peterkins objetó que su casa parecería la torre de Babel. Decididamente, tomó sus resoluciones.
Agamenón apuntó otro inconveniente.
No cabía duda de que harían falta profesores extranjeros que sólo hablaran su lengua materna. Sin embargo, en tal caso, ¿cómo los invitarían a ir a su casa, a que subieran en el coche y cómo les indicarían su trabajo? Agamenón se preguntaba de qué modo harían comprender todo esto a un extranjero si no tenían medios de comunicarse.
Elisabeth Elisa contestó que en situaciones parecidas los ademanes y los gestos pueden ser de gran utilidad. Salomón John y los niños empezaron a ensayar inmediatamente. La hermana mayor explicó que "lengua" significa a la vez "idioma y órgano parlante" y que enseñando la suya se harían comprender.
Con el fin de entrenarse, los muchachos representaron el papel de profesores extranjeros, hablando cada uno en su idioma materno. Agamenón y Salomón John intentaron invitarles a instruir a la familia por medio de signos.
Mistress Peterkins afirmó que su representación era maravillosa y que muy bien podrían viajar al extranjero sin necesidad de aprender idiomas. Les animó, desde luego, a continuar los ensayos.
Como el puente sobre el Atlántico no había sido aún tendido, lo mejor era de momento dedicarse a estudiar idiomas. Mistress Peterkins temió que los profesores supusieran que se les había invitado a comer. Salomón John, en efecto, no paraba de abrir y cerrar la boca, mostrando la lengua y más parecía que les convidara a un banquete que a dar lecciones de idiomas. Se le ocurrió a Agamenón la idea de llevar unos diccionarios al encontrarse con los profesores. Así no cabría duda de que deseaban aprender idiomas y los maestros no imaginarían que les llevaban a un almuerzo gratuito. Mistress Peterkins consideró más prudente preparar una abundante comida por si acaso los profesores se equivocaban, pero desconocía lo que podía gustarles. Su marido se dijo que merecía la pena informarse de este pormenor tratando con extranjeros antes de abandonar su país natal, para acostumbrarse a comidas extrañas. A los niños les encantó la idea de probar algo nuevo. Agamenón había oído decir que la sopa de cerveza era el plato preferido por los alemanes y decidió, en la primera lección, pedir que le explicasen cómo era esta receta.
Salomón John tenía la certeza de que a todos los extranjeros les gusta mucho el ajo e imaginó que a los profesores les agradaría en gran manera aspirar su perfume en aquella casa, cuando dieran la primera lección, agradeciendo aquella prueba de delicadeza.
Elisabeth Elisa deseaba sorprender a sus familiares de Filadelfia hablándoles en francés. En consecuencia, anhelaba comenzar las lecciones antes de la visita anual de aquellos parientes. Hubo un leve inconveniente en la realización de estos proyectos. Mister Peterkins prefería contratar profesores que acabasen de llegar a América, ya que no deseaba caer en la tentación de recurrir al inglés.
Cierta noche volvió a casa con una lista completa de extranjeros recién llegados. La familia Peterkins resolvió que el padre y Agamenón fuesen en coche a la ciudad para buscarlos. Uno de ellos resultó ser un ruso que viajaba por puro placer y no tenía la más mínima intención de dedicarse a la enseñanza.
Mister Peterkins guardaba en la cartera tarjetas de varias personas que le recomendaron profesores. Acompañado de Agamenón, recorrió un hotel tras otro para reunirlos.
Todos parecían muy educados y muy decididos a ir con ellos después de las explicaciones dadas por medio de signos. Aunque habían olvidado los diccionarios, Agamenón tenía una guía que, por lo visto, dio buenos resultados.
Mister Peterkins tuvo que conformarse con un profesor ruso, ya que no halló ninguno de sánscrito que hubiera desembarcado recientemente.
Se suscitó, empero, una súbita dificultad cuando instalaron en el mismo coche al profesor ruso y al árabe. Este era un turco de imponente fez. Se miraron de través y comenzaron a insultarse en sus respectivos idiomas, sin que mister Peterkins pudiera comprender una palabra. ¿Era realmente aquello ruso? ¿Era, en realidad, árabe? De todas formas, saltaba a la vista (o mejor al oído) que los dos invitados no querían encontrarse en el mismo vehículo. Mister Peterkins se sintió desesperado. Había olvidado por completo la guerra ruso-turca. ¡Qué poco tacto tuvo al ponerlos juntos!
Un considerable número de curiosos se fue congregando ante el hotel. El profesor de francés pidió amablemente al ruso que subiera a su coche. Pero entonces surgió una nueva dificultad: el maestro de alemán estaba en aquel otro vehículo.
El francés había puesto el pie en el estribo cuando observó la presencia del otro y le insultó airadamente. El alemán, furibundo, saltó por la otra portezuela y dio la vuelta al coche, precipitándose sobre su colega y aferrándole por el cuello. Era indudable que el germano y el galo no podían permanecer juntos en el mismo vehículo. Mientras tanto, la multitud de espectadores se iba haciendo más numerosa.
Agamenón, afortunadamente, sabía pronunciar la palabra "señor" en alemán y dirigiéndose al maestro de este idioma le invitó, siempre por señas, a viajar con él.
El germano admitió sentarse al lado del turco. Por último, los coches se pusieron en marcha. Junto a mister Peterkins estaba el profesor italiano; el francés y el ruso se hallaban al fondo, discutiendo con acritud, lo que daba a entender que no conseguían ponerse de acuerdo.
El viaje de Agamenón se hizo en un absoluto silencio. El español, sentado junto a él, tenía un humor hermético y poco sociable, en tanto que el turco y el alemán no cambiaban una sola palabra.
Al llegar a casa fueron recibidos por Elisabeth Elisa y por su madre. Ésta, como deferencia al profesor de castellano, se puso sobre la espalda una mantilla de encaje. Mister Peterkins hizo pasar a los profesores a la biblioteca, instalándolos alejados unos de otros. Salomón John cogió el diccionario de italiano y tomó asiento junto al maestro de ese idioma. Agamenón, también con su correspondiente diccionario, repitió la misma operación con el alemán. Los niños enseñaron al turco su libro de "narraciones árabes". Mister Peterkins intentó por todos los medios, ya que no disponía de diccionario, que el ruso entendiese que esperaba aprender sánscrito. A su vez, su esposa procuró explicar al español que no tenía libros castellanos.
Por un momento olvidó su horror hacia la Inquisición e hizo lo posible por enseñarle algunas palabras inglesas, pronunciándolas lentamente y con el mejor acento que pudo. El profesor se inclinó, evidenciando un notable interés por la conversación y comportándose de un modo muy amable.
Entretanto, Elisabeth Elisa dirigía al parisiense las frases que conocía de francés. Le resultaba más fácil hablar este idioma que entenderlo.
El comprendió perfectamente lo que le estaban diciendo. La muchacha recitó su vocabulario, incluido el siguiente ejercicio:
—J'ai le livre. As-tu le pain? L'enfant a une pierre. L'enfant sait-il sa leçon?
El profesor escuchó atentamente y después respondió a cada pregunta. De improviso, luego de haber pronunciado una de sus frases, la muchacha se levantó yendo al encuentro de su madre y le murmuró al oído:
—Creo que han caído en el error que tú temías. Piensan que han sido invitados a comer. Este señor me acaba de dar las gracias por nuestra amabilidad.
—Tal vez ni siquiera desayunaron —dijo mistress Peterkins, contemplando al español—. Parece algo flaco. ¿Qué haremos?
Elisabeth Elisa fue a consultar el asunto con su padre. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo iban a lograr explicarles que les invitaban a dar lecciones y no a un banquete? Elisabeth Elisa pidió a Agamenón que buscara en el diccionario la palabra "enseñar" (pues imaginaba que iba a servirles). Pero vieron, por desgracia, que significaba al mismo tiempo "mostrar" y "dar clases". ¿Qué podían hacer?
Los extranjeros permanecieron sentados en sus respectivos lugares, silenciosos. El español parecía cada vez más molesto. ¿Acaso le ofendía algo? El francés retorcía su engomado bigote en tanto que contemplaba al alemán. ¿Qué harían si el ruso se abalanzaba sobre el turco y si la fanfarronería del parisiense terminaba con la paciencia del germano?
—Es necesario darles algo de comer —dijo el cabeza de familia en tono bajo—. Esto les apaciguará.
—Si por lo menos supiera qué es lo que más les gusta —se lamentó la mujer.
Salomón John opinó que, teniendo en cuenta que ninguno de los profesores iba a sacarles de aquella duda, podían darles lo que quisieran.
Mistress Peterkins se mostró más hospitalaria que su hijo, diciendo que Amanda, la sirvienta, prepararía un buen café. Mister Peterkins sugirió un plato americano y mandaron a uno de los niños en busca de aceitunas.
En seguida sirvieron el café y habas cocidas; a continuación, aceitunas, pan, huevos fritos y varias botellas de cerveza. El resultado fue maravilloso. Cada individuo empezó a hablar en su idioma con volubilidad. La dueña de la casa sirvió café al español, el cual hizo una profunda reverencia para agradecerlo. A todos les gustó la cerveza y aceptaron las aceitunas.
El francés comenzó una larga disertación sobre las "costumbres americanas". Elisabeth Elisa pensó que se refería a la falta de manteles en la mesa. El turco sonreía y el ruso hablaba con gran animación. En medio de la confusión que provocaban tantos idiomas diferentes, mister Peterkins preguntó, con voz ingenua:
—¿Cómo les explicaremos que deben darnos lecciones?
En aquel momento se abrió la puerta y entró la parienta de Filadelfia que efectuaba su primera visita.
Al escuchar el escándalo de tantas conversaciones diferentes, retrocedió espantada. La familia corrió hacia ella, con gran júbilo. Todos a la vez le rogaron que hiciera de intérprete con los profesores. ¿Podía decir a los extranjeros que deseaban que les dieran lecciones? ¡Lecciones!
Apenas hubieron pronunciado esta palabra cuando sus huéspedes se adelantaron como un solo hombre, con la cara rebosando alegría. Era la única palabra inglesa que conocían. Habían ido a Boston para "dar lecciones". ¿El viajero ruso confiaba en aprender de este modo el inglés? La perspectiva de las lecciones parecía complacerles mucho más que la comida. Estaban dispuestos, desde luego, a dar clases. El turco sonreía con amabilidad. El hielo estaba roto. Los profesores ya sabían lo que de ellos se esperaba.
Mark Twain
lunes, 6 de junio de 2011
sábado, 4 de junio de 2011
El viejo Portomarín
Seguimos bajando desde Loyo a Portomarín. Aquí es el ancho Miño. El estiaje hizo escasas sus aguas, que van mansas, de un fino color verde. Unas mujeres se dirigen en lancha a unas piedras que están en el centro del río y que les sirven de lavadero. El arco de la antigua Ponte Miña preside la corriente. Otro, junto a la orilla, lo están desmontando con ayuda de una grúa. Construyen el elevado puente nuevo junto al actual. En lo alto, blanc, la nueva villa con aire de cuartel o de casas baratas de suburbio (...) Me acerco al arco que están desmontando y recojo una pequeña piedra. Se dice por algún estudio que es muy probable que Mestro Mateo, el del Pórtico haya sido el constructor de la puente sobre el Miño (...)
El nuevo pueblo, ¿cómo va a gustarle a uno? Es un pueblo de "casas baratas", sin gracia. Harán falta unos cientos de años de uso para que Portomarín sea una villa, y claro es que nunca será el Portomarín de antes, el de las plazuelas y callejas que dormirá bajo las aguas. Haría falta que cada nuevo habitante del nuevo Portomarín le añadiese algo a su casa, algo que eshiciese la monotonía, algo que se saliese de la serie.
Me llevan a visitar algunas casas. Las que veo tienen un pequeño patio, unas cuadras. En el establo ya hay anillas para las vacas. Pero, ¿para qué vacas? Porque los labriegos que puedan venir aquí dejando el viejo Portomarín no tienen tierras, no tienen pasteiros, no tienen prados.
-Hay ahí unhas terras- me dice un paisano que está esperando por el abogado de Fenosa, que viene de la Coruña- pro había que regalas. Our Fenosa ou o Instituto de Colonización. Pro naide quere saber nada:
-¿E vosté vaise ou quédase?
-¿E seino eu mismo? ¡Se houbera terras non me iba!. Si esto es verdad y en este grado, el nuevo Portomarín es inviable, sin agricultura, sin prados.
-¿podráis seguir penscando troitas e anguilas no pantano coma no río? -preguntó
- ¿E quen sabe o que farán as anguilas? (...) Antes de seguir camino volvemos a darle una vuelta al viejo Portomarín, del que nos despedimos con pena. Los ojos quisieran no olvidar estas dulces orillas, las viñas en las laderas, el arco del puente peregrino, ese corredor del que cuelgan a secas unas ristras de amarillo maíz, el mismo río dejando ver las piedras rodadas de su fondo y la verde ouca, aquel blanco palomar junto a una cerca de laurel (...).
Alvaro CunqueiroEl nuevo pueblo, ¿cómo va a gustarle a uno? Es un pueblo de "casas baratas", sin gracia. Harán falta unos cientos de años de uso para que Portomarín sea una villa, y claro es que nunca será el Portomarín de antes, el de las plazuelas y callejas que dormirá bajo las aguas. Haría falta que cada nuevo habitante del nuevo Portomarín le añadiese algo a su casa, algo que eshiciese la monotonía, algo que se saliese de la serie.
Me llevan a visitar algunas casas. Las que veo tienen un pequeño patio, unas cuadras. En el establo ya hay anillas para las vacas. Pero, ¿para qué vacas? Porque los labriegos que puedan venir aquí dejando el viejo Portomarín no tienen tierras, no tienen pasteiros, no tienen prados.
-Hay ahí unhas terras- me dice un paisano que está esperando por el abogado de Fenosa, que viene de la Coruña- pro había que regalas. Our Fenosa ou o Instituto de Colonización. Pro naide quere saber nada:
-¿E vosté vaise ou quédase?
-¿E seino eu mismo? ¡Se houbera terras non me iba!. Si esto es verdad y en este grado, el nuevo Portomarín es inviable, sin agricultura, sin prados.
-¿podráis seguir penscando troitas e anguilas no pantano coma no río? -preguntó
- ¿E quen sabe o que farán as anguilas? (...) Antes de seguir camino volvemos a darle una vuelta al viejo Portomarín, del que nos despedimos con pena. Los ojos quisieran no olvidar estas dulces orillas, las viñas en las laderas, el arco del puente peregrino, ese corredor del que cuelgan a secas unas ristras de amarillo maíz, el mismo río dejando ver las piedras rodadas de su fondo y la verde ouca, aquel blanco palomar junto a una cerca de laurel (...).
Compartiendo templo
Las religiones no teistas suelen tener mucho mejor rollo que aquellas en donde hay unos dioses a los que alabar. En un mismo templo se pueden juntar creyentes de diferentes religiones. Aquí tenemos el ejemplo de un templo de Saigón en donde confucionistas y budistas comparten lugar de rezo tan panchos. En occidente ni siquiera compartirían iglesia cristianos de diferentes corrientes.
viernes, 3 de junio de 2011
El espejo de Matsuyama
Mucho tiempo ha vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.
Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.
La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.
No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
-¡A ti -dijo a su mujer- te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo! Mírale y dime qué ves dentro.
Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
-¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.
-Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.
-Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
-Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti. Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.
En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla, en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
-Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
-Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.
Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.
Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.
Juan Valera
Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.
La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.
No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
-¡A ti -dijo a su mujer- te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo! Mírale y dime qué ves dentro.
Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
-¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.
-Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.
-Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
-Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti. Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.
En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla, en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
-Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
-Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.
Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.
Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.
Juan Valera
jueves, 2 de junio de 2011
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