viernes, 12 de agosto de 2011

Amor rudo

Me dijo que se iba, que me abandonaba. Lo di por bueno, aceptándolo con tristeza, y no contesté. Oculté un intimo dolor, aunque ella debió de notarlo, pues desvié un momento mis ojos de los suyos, yo, que siempre la miraba de frente; pero como persistí en un completo mutismo, ella se sintió obligada a explicarme su huida. Así dijo que se había cansado de mis escasas palabras carentes de expresiones bellas, de mis silencios cuando sus oídos necesitaban declaraciones de amor, y también de mis gestos bruscos y un tanto rudos al hacerle el amor, que se había acabado por sentir dañada por la fuerza de mis arrebatos al amar; en fin, que no obtenía de mí la delicadeza de un sentimiento sensible y suave, que no era suficiente con el éxtasis violento, si no que anhelaba la ternura quieta aun a costa de disminuir el placer. Pues bien, así sea, pensé, pero seguí guardando silencio. Y ella, que deseaba oír de mí alguna queja, alguna palabra de daño, algún ruego, una frase de dolido amor despechado, seguía allí sin irse, explicándomelo todo una y otra vez. Que si la abrazaba con gestos bruscos, que si la acariciaba oprimiendo sus pechos y sus muslos con rudeza, que si mis besos en su cuerpo dejaban marcas rojas y duraderas, que si movía y giraba su cuerpo rodándolo por sobre el mío en un frenético baile de acoplamientos violentos. En fin, que pedía una delicadeza, una lentitud y suavidad de la que yo carecía, y que necesitaba de bellas palabras que le contasen mi amor a su belleza. Yo seguía callado. Por fin, tras decirme que no era suficiente con que mis ojos me traicionasen durante unos segundos para mostrar mi dolor y que necesitaba escapar de mi rudo amor y buscar otro de bellos gestos y hermosas palabras, se fue casi a la carrera. Se fue, en efecto, y la puerta, al cerrarse tras su marcha, sonó como un disparo directo a mi pecho, pero no me moví, no salí corriendo tras ella, aunque la adiviné esperando al otro lado de la puerta cerrada, pues no escuché, sino hasta algo después, sus pasos descendiendo por la escalera.
 Ha pasado el tiempo. No mucho, sólo unas semanas. Yo la sigo queriendo, y sigo sin saber decírselo: la voz se me niega. Me duele su lejanía, pero no sé ir a buscarla con abrazos o flores y decirle palabras de esas que le gustan. Sólo sé quedarme quieto, esperando que se canse de sus afeminados cantores y poetas, que añore las cálidas noches de esfuerzos sudorosos y gratos donde la cama nos quedaba pequeña. Pero decírselo de esta manera sería empeorar las cosas, supongo. 
José Manuel Fernández Argüelles

jueves, 11 de agosto de 2011

Señales

Sobre el arte de andar


Una anciana dama italiana,‭ ‬de ilustre familia toscana,‭ ‬preguntada a su regreso de los Estados Unidos por lo que en Nueva York más le había llamado la atención,‭ ‬respondió:‭ «‬Que la gente no sabe andar.‭ ‬Quien ha visto pasear a la gente en Florencia y en Pisa,‭ ‬en Siena o en Parma,‭ ‬en los primeros años de este siglo,‭ ‬sabe cuan bella y armoniosamente puede caminar el ser humano‭»‬.‭ ‬Sin duda,‭ ‬en los paseos provincianos de la vieja Europa,‭ ‬en las alamedas y en las‭ ‬pinetas,‭ ‬se dan las últimas lecciones de bien andar.‭ ‬El elogio de esta gracia es muy antiguo,‭ ‬y se podría fácilmente ser erudito ahora,‭ ‬haciendo un resumen de citas.‭ ‬Pero de lo que se trata es de preguntarse si al tiempo en que hay que abrir escuela para enseñar a las gentes esa facultad del alma que es el diálogo,‭ ‬también hay que hacerlo para esa facultad del cuerpo que es el andar.‭ ‬Ya se enseñó a andar,‭ ‬y por los jesuitas precisamente,‭ ‬en el siglo‭ ‬XVIII,‭ ‬en los colegios en los que había cátedra de danza.‭ ‬Paul Hazard y Baldensperger le han dedicado al programa de esta cátedra en los colegios de la Compañía deliciosas páginas‭; ‬se enseñaba a andar como introducción a la danza,‭ ‬y salían los alumnos con un caminar grave y civil,‭ ‬y humanamente reverencioso.‭ ‬En Viena se enseñó el arte de andar en la Escuela de Pajes,‭ ‬y a subir reposado,‭ ‬erguido el cuerpo,‭ ‬las imperiales escaleras‭; ‬se enseñaba a‭ ‬andar a la italiana,‭ ‬es decir,‭ ‬a la milanesa,‭ ‬con un braceo airoso,‭ ‬que Metternich conservó hasta el final de su vida‭; ‬pero en Viena las reverencias se hacían a la española,‭ ‬con los tiempos que marcaba el ceremonial borgoñón de los Austrias,‭ ‬y que falta hacía ese corsé para sujetarnos a los españoles‭ —‬vale decir a la gente de Toledo,‭ ‬Sevilla y Madrid‭—‬,‭ ‬que según Lope parecíamos‭ «‬hijos del aire en el aire del andar‭»‬.
Yo no tengo a mano el estupendo libro de Hans Roger Madol,‭ ‬Godoy,‭ ‬el primer dictador de nuestro tiempo,‭ ‬para copiar literalmente la escena que presenció en Roma el caballero Hauser,‭ ‬agente‭ ‬ de‭ ‬ Viena,‭ ‬hallándose‭ ‬ desterrados en la Ciudad Eterna Carlos‭ ‬IV‭ ‬y María Luisa,‭ ‬y con ellos el príncipe de la Paz.‭ ‬Godoy,‭ ‬que fue el último español que supo andar y hacer reverencias a la borgoñona,‭ ‬a instancias de María Luisa,‭ ‬se vistió de gran gala por distraer a sus señores y para que Hauser lo viese en todo su esplendor,‭ ‬aunque melancólico exiliado.‭ ‬Exil umbral,‭ ‬dijo el latino.‭ «‬El exiliado es como una sombra‭»‬.‭ ‬Entraba Godoy vestido de capitán general,‭ ‬vicioso de bandas y placas,‭ ‬y la reina le mandaba caminar,‭ ‬porque luciera su insólita gentileza.‭ ¡‬Mucho mejor caminaba que Metternich‭! ‬Y decía la reina:
‭—¡‬Qué hermoso es‭!
—¡Sí,‭ ‬qué hermoso es‭!‬—,‭ ‬respondía Carlos‭ ‬IV.
Y en verdad debía ser tan hermoso como ver evolucionar en el picadero a un caballo español de la alta escuela.‭ ‬En Viena se sabía apreciar eso,‭ ‬y Hauser era un conocedor.
En Brünn,‭ ‬la capital de Moravia,‭ ‬está el castillo de Spielberg,‭ ‬donde encerraban a los patriotas italianos que combatían al Austria en Venecia y en Milán.‭ ‬Silvia Pellico tuvo prisiones allí.‭ ‬Pues de un policía austriaco es esta observación:‭ «‬Aún‭ ‬vestidos de harapos,‭ ‬sucios,‭ ‬enflaquecidos por la miseria y el dolor,‭ ‬hacen del patio del castillo un salón cuando se les deja subir a tomar el‭ ‬sol‭»‬.‭ ‬Tanta era la animada gracia de sus conversaciones,‭ ‬de sus paseos,‭ ‬de sus juegos.‭ ‬Eran los más lombardos,‭ ‬vénetos,‭ ‬tridentinos.
Y volviendo a Godoy y a los Borbones:‭ ‬éstos podían ser jueces excelentes en maneras de andar en corte,‭ ‬campo y paseo.‭ ‬Era de rigor que se les enseñase a los infantes el andar de Nápoles,‭ ‬corregido en Versalles nada menos que por un mariscal de Francia,‭ ‬el señor mariscal de Villeroy,‭ ‬ayo de Luis‭ ‬XV.‭ ‬Pierre Gaxotte,‭ ‬en su extraordinario libro‭ ‬Le siécle de Louis‭ ‬XV,‭ ‬reproduce un informe del embajador turco en París,‭ ‬Mehemet Efiendi,‭ ‬el año‭ ‬1720.‭ «‬El rey‭ —‬escribe el turco a la Sublime Puerta‭— ‬parecía encantado examinando nuestros trajes y nuestras armas.‭ ‬El mariscal me preguntó:
‭—¿‬Qué decís de la hermosura de mi rey‭?
—¡Que Dios sea alabado‭ —‬le respondí yo‭— ‬y lo libre del mal de ojo‭!
—No tiene más que once años y cuatro meses‭ —‬añadió él‭—‬.‭ ¿‬No os parece maravillosamente proporcionado‭? ‬Notad cuan hermosos son sus cabellos.
Diciendo esto,‭ ‬hizo girar al rey,‭ ‬y yo consideré sus cabellos de jacinto,‭ ‬acariciándolos.‭ ‬Eran como hilos de oro,‭ ‬bien iguales,‭ ‬y le llegaban a la cintura.
‭—‬Su marcha‭ —‬dijo el ayo real‭—‬,‭ ‬es muy bella.
Y‭ ‬pidió al rey:
‭—‬Señor,‭ ‬caminad,‭ ‬que se os vea bien.
El rey,‭ ‬con el andar majestuoso de la perdiz,‭ ‬avanzó hacia el centro del salón y regresó hacia nosotros‭»‬.
La escena,‭ ‬como ha comentado el propio Gaxotte en otro lugar,‭ ‬tient du piquante.‭ ‬El turco se retiró pidiendo a Dios que conservase tan hermosa y gentil criatura.‭ ‬..‭ ‬Yo no digo que para consuelo de la ilustre dama italiana que regresa decepcionada de Nueva York,‭ ‬se enseñe el andar borgoñón y el de Nápoles,‭ ‬ni la‭ ‬démarche‭ ‬del señor mariscal.‭ ‬Pero el caminar sosegado,‭ ‬mientras se conversa,‭ ‬por las alamedas y las plazas de las ciudades provincianas de Europa,‭ ‬eso sí.‭ ‬Es una asignatura importante de la escuela civil de buenas maneras,‭ ‬en un siglo entregado a la barbarie de la prisa,‭ ‬el codazo y el empujón.
Álvaro Cunqueiro

martes, 9 de agosto de 2011

Isla Pan de Azúcar

Esta pequeña isla forma parte del Parte del Parque Nacional Pan de Azúcar. Su principal atractivo son los Pingüino Humboldt  (constituye la principal colonia nidificante de este pingüino) además hay otra mucha fauna compuesta principalmente  por aves marinas ( gaviotas, gaviotines, pelícanos, cormoranes, chorlitos, playeras, pilpilenes ) y  por los «pachorrentos» lobos de mar. La isla está localizada a pocos kms mar adentro de la Caleta Pan de Azúcar


 Estaba contenta porque  los encantadores guardaparques me habían invitado a una excursión en lancha a la isla de Pan de Azúcar. Respeto mucho toda cantidad de agua que supere el metro de altura por lo que estaba algo nerviosilla a pesar de llevar un chaleco salvavidas que casi me superaba en altura. Toda valiente, allá me fui con los guardas y  su lancha, a la busca de pingüinos y seres varios. Pero al llegar al mar, la mar no estaba lo calmada que debiese y allí los ves a todos con las manos en los bolsillos y durante un buen rato con la mirada perdida en el horizonte. Yo no sé lo que miraban pero miraba con el mismo ímpetu que todos ellos, a ver si encontraba algún indicio que me informase si iba haber o no excursión. Después de un buen rato los guardas hicieron algún intento de echar la lancha al mar pero fracasaron. Ya pensarán que me quedé sin excursión. Pues no. Al final, unos amables pescadores nos llevaron en su barca, Javiera,  convirtiéndose en uno de los viajes más bonitos que recuerdo.















miércoles, 3 de agosto de 2011

la molécula P53




Cuando estás acostado en la playa tomando el  sol 
quizá sea agradable para ti, pero para tu genoma no es nada divertido.
Los rayos UV dañan extremadamente tu ADN
y, en algunos casos, activa un oncogén.
Sin embargo, en todas tus células,
es cierto que hay una proteína que cuida de ti.
Este ángel de la guarda que nunca podrás ver
es una molécula llamada p53.
Una vez que el daño del ADN es inducido
activa una respuesta celular apropiada:
reparación del ADN o arresto del ciclo celular, apoptosis, senescencia
o lo que sea mejor.
Este factor de transcripción coordina la expresión
de un gran número de genes
de manera precisa
para mantener tu genoma libre de mutaciones.
Es la pasión concentrada de la p53.

Un prerrequisito para desarrollar un cáncer
es superar la protección de este valiente héroe.
Aproximadamente en la mitad de los tumores malignos
hay mutaciones puntuales negativas que son dominantes
porque actúan a manera de un homotetrámero
y la función del alelo normal se ve afectada.
Por lo tanto, creo que estás de acuerdo,
mantén el ritmo, sigue funcionando, p53.
Este factor de transcripción coordina la expresión
de un gran número de genes
de manera precisa
para mantener tu genoma libre de mutaciones.
Es la pasión concentrada de la p53.

sábado, 30 de julio de 2011

Danzad, danzad, malditos










A falta de tigres, buenos son leones

Aunque ahora estamos peleados, me divierto mucho cada vez que el tigre me come. En casa me buscan y me buscan hasta que se cansan. Yo no les digo nada cuando estamos cenando y tampoco cuando se acuerdan y me preguntan dónde estuve. El tigre aparece cuando tiene ganas de comer. A veces yo no tengo ganas de que me coma pero él insiste; me dice que si no me puede comer enseguida no va a venir más. Entonces tengo que aflojar y dejarme comer. Ya conozco todo adentro del tigre y la verdad que me gusta mas la parte de afuera; a veces me llevo una historieta y si me come mucho rato puedo leer bastante. La última vez me encontré con una nenita que hacía ya tiempo que la estaba comiendo y ella seguía de lo más contenta. No me gustó que el tigre comiera a otra persona aparte de mí y se lo dije. Él me respondió algo que no entendí pero igual me empaqué y no dejé que me comiera ni una sola vez más.
Él se creerá muy señor y dueño de hacer lo que quiera pero yo también tengo derecho. La nena se asomó y me quiso convencer pero le hice pito catalán. El pobre tigre me dio lástima cuando repetía lo que me dijo antes y que ahora entendí, decía algo así como que en la variación está el gusto.
Yo sé que nos vamos a amigar de nuevo pero igual. Me fui para atrás de la casa y le dije al león, que hace mucho me esperaba: Hola, Rey de la Selva. ¿Tienes hambre hoy?
Ramón Funes

miércoles, 27 de julio de 2011

El dia en que intenté domesticar un zorro

              
                  



Un día, después de ver El Principito por sexta vez, consideré que ya estaba bien de vida solitaria. Ya era hora de buscar a un hombre al que domesticar y  me dije: debes practicar antes de dar un salto de tal magnitud . Nada mejor que probar con unos encantadores zorros a los que me encontré por casualidad. Con chaqueta roja y todo, así de chula,  ofrecí una galleta al zorro que consideré más empático, digamos que el que tenía cara de más hambriento. Nunca he tenido ningún animal doméstico por lo tanto tengo muy poca experiencia sobre el asunto de domesticar. El zorro era algo timidillo aunque parecía inteligente e intentaba no arriesgar demasiado. Observarán, en la foto que adjunto, que confianza lo que se llama confianza, no desperté en el animalito. Me quedé sin la galleta pero más que comer de mi mano casi me come la mano. Creo que mi vida no contará con los suficientes días como para poder domesticar un zorro. ¿será más fácil un hombre?








domingo, 24 de julio de 2011

El caballo blanco

Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador en el mar de Tiberíades, vio que ni un solo pez había caído en sus redes; solo que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora, aunque en tiempos de pesca estamos, el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación, siquiera milagrosa, de los que amaba mucho.
  Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; a pesar de que no pocos de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto a reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heroicas abolladuras y roturas causadas por el hendiente o el tajo; espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una herida; yataganes cogidos a los moros; turbantes arrancados en unión con la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por
mosquetería; el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto a él con fuerte cadena de hierro, se veía un ser hermosísimo, un corcel de batalla luminoso a fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía a traernos la victoria.
  Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluida ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos cual tobillo de mujer; la especie de electricidad que desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con solo advertir que le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: "¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos a estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las campales batallas?"
  Levantóse el Apóstol guerrero y fue a halagar con las manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y avivarle el recuerdo aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como desorientada e incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la patria cayó de rodillas y le besó los pies con infinita ternura.
  -Bonaerges, hijo del trueno -murmuraba devotamente el español-, ¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo o lloviese sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que cerraban las puertas de su ciudad a Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta: hemos sido hecho espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido a ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte a nuestra cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar el grito de "cierra España"? Desciende: te esperan "allá". Te aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!
  Al oír tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje... Y alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó a vendarle las heridas cruentas, hecho lo cual llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corveteó gallardamente y, batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calzábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible. Entre tanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le
ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo calzado con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este aguardó; en el villano de tez curtida y de rústico atavío acababa de reconocer a San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de trigo, porque los llevaba a la molienda.
  -¡Orden del Señor! -voceaba el labriego descompasadamente-. ¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude a destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga a llevar la Junta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: "Los que quieran ser mayores, beban primero su cáliz." Paisano mío, a arar con paciencia y sin perder minuto...
Emilia Pardo Bazán

Feliz día de Santiago Apóstol

Vista alegre

Un instante


Todo el que disfrute habitualmente de algún loco bajito sabe de esa facultad innata que tienen para decicir  la mayor de las maldades en décimas de segundo. 

¡Cuánta importancia tiene a veces un instante!

Un cerebro desequilibrado,  alimentado durante decadas de un odio ignorante,  llevó a su dueño a realizar una masacre. En un instante la vida de un montón de chavales cambió su rumbo.

Una dulce chica con cara de niña  se echó a la mala vida por un instante en donde le sucedió lo que nunca le debía haber sucedido. Ella lo atribuye a Dios por haber cruzado en su camino una maldita botella que estaba donde nunca debía haber estado y que ella estampó  con todos sus fuerzas en la cabeza de un chico al que se cargó

Una vida , con sus instantes, llevó a Seni a ser lo que es.

Creo que siempre he decidido con cordura. Mi gran capacidad para tomar decisiones repentinas viene de mi entrenamiento infantil. Cuando era niña y en mi casa la abundancia no hacía mucho acto de presencia, montábamos una verdadera fiesta cuando nos hacíamos con una caja de galletas surtidas Cuétara. Había un ritual que seguíamos al pie de la letra, más que cualquier  cura de antaño en una eucarestía en latín. Nos juntábamos toda la familia alrededor de la caja y después de abrir cuidadosamente la primera capa , solía haber dos, nos repartíamos las galletas escogiendo en un riguroso orden. En un fugaz instante  tenías que decidirte o por la galleta de barquillo bañada de chocolate o por la galleta de doble capa rellena de limón, pues casi, con seguridad, la excluida no llegase a una segunda ronda. Mi madre se quedaba siempre con las más sosas que a nadie interesaban, ella decía que eran las que más le gustaban. Durante  muchos años se repitió ese ritual y  aún ahora cuando me ofrencen galletas surtidas siento ese deseo infantil de  enfrentarme a un escuadrón de aguerridos luchadores antes de alcanzar la galleta deseada.

Después de ese duro entrenamiento  he llegado a la edad adulta preparada. Pienso que casi todas mis decisiones adultas importantes, arriesgadas en un instante,  han tenido que ver con los hombres que se han cruzado en mi vida. Un giro de cabeza cuando unos morros vienen a tropezarse con los tuyos, un alejar el aliento de un extraño de tu nuca (nada que ver con esos casos en donde el ansioso de turno, que te precede en una cola, no sabe respetar tu espacio vital), un mantener una distancia de seguridad cuando un cuerpo se empeña en fusionarse con el tuyo... Esas pequeñas decisiones han influido sustancialmente en mi vida. Se podría decir que sigo soltera  por la gracia de galletas surtidas Cuétara.

viernes, 22 de julio de 2011

Bichos

Tengo un amigo, Enrique, que  no sé si podría catalogarlo de bicho raro, pero desde luego bicho sí que es. Es un chico con una sensiblidad especial para apreciar lo bello en  todo lo que le rodea, le encanta hacer fotos, disfrutando con el momento. Me ha pasado las siguientes fotos sobre bichos varios.







      El siguiente vídeo está dedicado a mi amigo, en agradecimiento por tus fotos.