lunes, 5 de septiembre de 2011

El pescadorcito Urashima


   Vivía muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.
     Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años; al menos las japonesas los viven.
     Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:
     -Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizá mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.
     Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.
     Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al mediodía a echar una siesta.
     Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:
     -Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.
     Tomó entonces Urashima un remo y la princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía o imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh, qué sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente [1008] que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable princesa?
     Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.
     Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:
     -Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.
     -No gusto de que te vayas -contestó ella-. Mucho temo que te suceda algo terrible; pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.
     Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.
     Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes; pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo; pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.
     Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:
     -¿Puedes decirme, te ruego, dónde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?
     El hombre contestó:
     -¿Urashima? ¿Cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.
     De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años en compañía de la princesa, habían sido cuatrocientos. De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.
     Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿Quién se le marcaría?
     -Tal vez -caviló él- si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.
     Así desobedeció las órdenes que le había dado la princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.
     Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al palacio del dios de la mar.
     Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr hacia la playa en pos de la nube.
     De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.
     ¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la princesa, hubiese vivido aún más de mil años.
     Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?

Juan Varela

viernes, 2 de septiembre de 2011

Día internacional del buitre




Quien no ha sentido repelús al ver aquella famosa foto de Kevin Carter en donde  se ve a  una niña desnutrida y un buitre acercándosele, supuestamente esperando su muerte. Es posible que el pobre buitre estuviese allí por casualidad y sólo quisiese  echar un vistazo como cualquier hijo de vecino. Pero cuando el karma marca que uno debe alimentarse de carroña no puedes ir por la vida de animal de compañía por muy sociable y buen rollo que tenga. Así que si eres buitre tienes que fastidiarte y aceptar que te vean como un ser que carece de dulzura e incluso algo cruel. A mí me encanta verlos volar, sus planeos, su tranquilidad al anochecer cuando se reunen a charlar sobre lo mal que va el mundo de los buitres pero también reconozco que les tengo cierto respeto y no me gustaría que me acompañasen mi último día. Aún así me  caen simpáticos ¡Vivan los buitres!
El 3 de septiembre se celebra el Día Internacional de Concienciación sobre los Buitres, una iniciativa  para promover el conocimiento sobre el esencial papel ecológico de los buitres, las amenazas que les afectan y las necesidades de conservación.







 
 


De pronto, mi cuerpo

        


             

                          
                       http://www.escritorasypensadoras.com/fichatecnica.php/98|

jueves, 1 de septiembre de 2011

Paso del Mendigo

Escena I


Sucedía en el jardín de la torre del Paso de Valverde, en días de verano, cuando la guerra de los Ducados tocaba a su fin. Comienza el paso estando en el jardín AMA MODESTA y el MENDIGO.

AMA MODESTA. — ¿De qué te quejas? ¿No hay caridad en el mundo?
MENDIGO. — ¡Tengo asco de algún pan!
AMA MODESTA. — El pan, cualquier pan, es santo.
MENDIGO. — Desde que se revolvieron los Ducados, las gentes ricas les tienen miedo a los pobres, y dan más pan, pero escupen en él antes de darlo.
AMA MODESTA. — En todo este reino no hay quien escupa en el pan. Además, un gargajo no le llegará nunca al pan. ¡Sería el fin del mundo que le llegase !
MENDIGO. — ¡Si me trajeses una jarra de vino!
AMA MODESTA. — ¿Escupo en él?
MENDIGO. — ¡Aún estás de buen ver! ¡Igual te cuesta ese salivazo una noche agarrada!
AMA MODESTA. — ¡Eres muy pícaro! ¡Ni que fueses ciego!
(AMA MODESTA va a buscar el vino para el MENDIGO.)

Escena II

Entra DOÑA INÉS. Viste de luto. Como siempre, una flor en la mano.

DOÑA INÉS. — ¿Por qué andas a pedir por puertas? ¿No eres un hombre fuerte y sano?
MENDIGO. — Pido para tener un motivo para andar. Si no tuviese que pedir por puertas, estaría lo más del día tumbado al sol, resoñando.
DOÑA INÉS. — ¿ Sueñas mucho?
MENDIGO. — Todos los días y a casi todas las horas. ¡No me cuesta nada! Y veo lo que sueño. Tanto, que algunas veces levanto la mano para tocar el sueño, que está muy cerca, de bulto.
DOÑA INÉS. — ¿Qué sueñas?
MENDIGO. — Que llego a Toledo, verbigracia, o a Damasco, y me saluda la Señoría, y me traen asados montados, y como en mesa de mantel. También sueño que ando vestido de paño merino.
DOÑA INÉS. — ¿Y con mujeres?
MENDIGO. — Sueño con dos.
DOÑA INÉS. — ¿Son dos de por aquí?
MENDIGO. — No, son dos que no hay. Son dos sobrinas. Vaya, les llamo sobrinas porque antes soñaba con una tía de ellas, que tampoco la hay. Sueño con la sobrina pequeña y con la mayor, que es morena. Ando con las dos a un tiempo, de galanteo, sin decidirme. Todo lo paso en charlas, hasta que me duermo.
DOÑA INÉS. — ¿Y qué más sueñas?
MENDIGO. — ¡No te rías! Sueño que me hacen rey.
DOÑA INÉS. — ¿Vestido de rey?
MENDIGO. — Sí, con sombrero con plumas, como Egisto, y me llevan en una silla cubierta por el condado, con una bota de vino colgada del techo.
DOÑA INÉS. — ¿Nunca has soñado conmigo? ¡Muchas veces me mirabas!
MENDIGO. — Un día en que estabas muy escotada, con una blusa verde, de codos en la ventana. Después, decías adiós a alguien con un pañuelo ¡No sé a quién despedías! Pero debía ser uno montado, y que iba con prisa, que poco después le ladraron los perros de las casas del vado.
DOÑA INÉS. — ¿No lo has visto salir?
MENDIGO. — No, solamente escuché los perros.
DOÑA INÉS. — ¡Lo viste salir!
MENDIGO. — ¡No vi a nadie! Te vi a ti, te contemplé desde debajo del tajo, y me eché a soñar, cubriéndome la cabeza con la chaqueta de pana. Era por mayo.
DOÑA INÉS. — ¡Era por mayo! Pasara toda la noche conmigo. ¡Mis besos lo tenían con la boca abierta! Apareció muerto en la selva, cuando fueron a cortar el roble bravo para las doblas de los yugos, en septiembre. Tenía una hoz clavada en el rostro, y el pecho desnudo comido del lobo.
MENDIGO. — ¿Lobo? Sería de una rata. En la selva hay ratas moriscas, el pelo ojo de perdiz, siempre hambrientas. Yo quería hacerme una bufanda con sus pieles, pero harían falta diez o doce.
Entra AMA MODESTA con la jarra de vino.

Escena III

Dichos. AMA MODESTA
DOÑA INÉS. — ¡Fue él, ama Modesta! ¡Fue éste!
AMA MODESTA. — ¿Quién, madama?
DOÑA INÉS. — ¡El que mató!
MENDIGO. — ¡Tontería! ¡No mato las pulgas por no perder de dormir!
DOÑA INÉS. — ¡Al de Atenas! ¡Al que mandaba su retrato pintado en un vaso! ¡Al que apareció muerto en la selva!
AMA MODESTA. — ¡Nunca oí nada de ése!
DoÑA lNÉS. — ¿No oíste que me lo habían matado? ¿Quién me mata todos los amores? ¿Dónde se hacen sombra? ¿Cómo voy a poderme casar, agasajar un esposo querido, parir hijos, si me matan los amores no bien nacen? ¡No, parir hijos no! Se parecerían al padre, le quitarían el amor mío al padre. ¡El mío ha de ser un amor célebre, hasta morir, como en el teatro! ¿Cómo acostarme con el padre de mis hijos?
MENDIGO — ¡Eso es una vaguedad! A mí me da igual cualquiera de las dos sobrinas. La verdad es que la morena me salió algo más robusta.
AMA MODESTA. — ¡Nadie te mata los amores, prenda! ¡Hoy has dormido poco, reina mía!
DOÑA INÉS. — ¡Me los matan! Todos tienen celos, y yo siempre sola, un alfiler perdido en un suelo de arena. ¿Podía tener tanto amor yo sola? Todos los que pasan, todos, se enamoran de mí, todos me buscan en la noche. «¡Huimos de la guerra! », dicen. No hay guerra, no la hay. Inventan eso para estar a mi lado, para llorar en mis manos. (Se acerca al MENDIGO y le ofrece las manos.) ¡Bésame las manos! ¡No tengas miedo! (Retirándolas.) ¡No, no me las beses! ¡Tú matas, mataste, tienes sangre en los ojos!
AMA MODESTA. — ¡Siempre lo tuve por un hombre honrado!
MENDIGO. — Dejé mi casa por una vuelta de ánimo. Soy de los de la parada de los Ducados. ¡Pregunta por los de Onofre! El toro lucero todavía es mío.
DOÑA lNÉS. — ¿Un toro lucero? ¡No, no, no! Tiene que ser un hombre. Si mataste fue porque me amabas. ¿Te gusto? ¿Quieres que me desnude? ¡Cuida de mí, que no puedo con tanto soñar! ¡Algún día tiene que ser verdad, tiene que llegar la gran hora, la loca hora preciosa! ¡Dame una limosna! ¡Dame pan!
MENDIGO (sorprendido, revuelve en la bolsa que lleva al costado).— Esta corteza es de los ricos de Trizás. ¡Igual es de las salivadas!
DOÑA lNÉS. — ¡No me importa! ¡Dame una limosna! Te juro que no se la pediré a nadie más, que estaré toda la vida comiendo este pan a tus pies. (Se arrodilla a los pies del MENDIGO, se abraza a sus piernas.) ¡La comeré día a día, con los ojos alegres! ¡No te me vayas! ¡Por algo mataste!
MENDIGO. — ¡Una señora tan ilustre y tan ida!
AMA MODESTA. — ¡Una almita muerta de sed!
DOÑA INÉS. — ¡Átame a tus soñares con piedras del río, no me lleve el viento!
MENDIGO. — ¡Yo no me ato por nada! ¡ Ni por mil escudos de oro!
DOÑA INÉS. — ¡Yo me ato para no morir!
AMA MODESTA. — ¡No durmió nada mi reina! ¡Nunca duerme nada!
DOÑA INÉS. — ¡Para no morir, bien mío!
MENDIGO. — ¡En las casas de los pobres, te dan o no te dan, pero no hay estas farras!

Álvaro Cunqueiro- Un hombre que se parecía a Orestes 

jueves, 25 de agosto de 2011

                                            

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros...
 
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de mi vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?


Rosalia de Castro

domingo, 14 de agosto de 2011

Misty

El tren

                     

De niña me encantaba viajar en tren.El viaje más largo nunca fue más allá de los doscientos kms. Cortas distancias recorridas en largos de periodos de tiempo, pero por aquel entonces  aún no me consumía la impaciencia de llegar. Luego fui creciendo y mi profundo amor por los viajes en tren se fue apagando poco a poco. Cuando aún no había alcanzado el cuarto de siglo tuvo lugar uno de esos viajes que me sirvió de piedra de toque. Me dirigía de Madrid a Vigo y  me tocó un vagón lleno de jovenzuelos porreros que consumían los porros a mayor velocidad que yo los chicles de fresa ácida y con la calefacción a todo gas, sin posibilidad de abrir la ventana y respirar aire puro. Aquel ambiente  era asesino. Menos mal que a pesar de mi corta edad tuve algo de «sentidiño» y me pasé la mayor parte del viaje en un estrecho pasillo entre militares que supongo regresaban a sus casas para celebrar las fiesta navideñas. Tuve que escuchar rocambolescas historias sobre la mili pero eso no fue nada comparado con lo que me podría haber ocurrido en aquel vagón infernal. Ese viaje supuso un punto de inflexión. A partir de entonces empecé a usar otros medios de transporte alternativos, el autobús primero, y el avión después, cuando ya me pude permitir pagar los billetes. Sólo ocasionalmente hice algún viaje en tren por causas de fuerza mayor ( que si perdí el avión, que si huelga de autobuses...). Seguí creciendo y me hice aún más mayor, y tuve algo más de dinero, y me permití viajar a lugares más lejanos, en donde volví a reencontrarme con el tren.
Mi último gran viaje en tren fue en China. Cuatro mil kms sobre vías. Viajar en tren en China es toda una aventura. Desde comprar el billete, nada fácil, hay tanta variedad de billetes como habitantes tiene China ( a lo mejore exagero un poco) hasta conseguir encajar en tu cama si sientes claustrofobia o acostumbrarte a los costumbres locales (hacen filas en el lugar exacto donde se va abrir la puerta del tren para acceder a los  trenes con asientos no numerados o lanzan a sus lindos bebés sin pañales sobre tu cabeza , cuántos rezos para evitar lluvias doradas, o conversan contigo todos sonrientes como si fueses políglota, no llegué a saber si no les resultaba extraño mi mudez). Fue un gran viaje que me volvió a aquella infancia en donde viajar en tren era la mayor de las aventuras. Espero pronto hacer otro gran viaje en tren: de Redondela a Vigo sobre la maravillosa ría. Os mantendré informados.






























                  

viernes, 12 de agosto de 2011

Maestro del camuflaje

Amor rudo

Me dijo que se iba, que me abandonaba. Lo di por bueno, aceptándolo con tristeza, y no contesté. Oculté un intimo dolor, aunque ella debió de notarlo, pues desvié un momento mis ojos de los suyos, yo, que siempre la miraba de frente; pero como persistí en un completo mutismo, ella se sintió obligada a explicarme su huida. Así dijo que se había cansado de mis escasas palabras carentes de expresiones bellas, de mis silencios cuando sus oídos necesitaban declaraciones de amor, y también de mis gestos bruscos y un tanto rudos al hacerle el amor, que se había acabado por sentir dañada por la fuerza de mis arrebatos al amar; en fin, que no obtenía de mí la delicadeza de un sentimiento sensible y suave, que no era suficiente con el éxtasis violento, si no que anhelaba la ternura quieta aun a costa de disminuir el placer. Pues bien, así sea, pensé, pero seguí guardando silencio. Y ella, que deseaba oír de mí alguna queja, alguna palabra de daño, algún ruego, una frase de dolido amor despechado, seguía allí sin irse, explicándomelo todo una y otra vez. Que si la abrazaba con gestos bruscos, que si la acariciaba oprimiendo sus pechos y sus muslos con rudeza, que si mis besos en su cuerpo dejaban marcas rojas y duraderas, que si movía y giraba su cuerpo rodándolo por sobre el mío en un frenético baile de acoplamientos violentos. En fin, que pedía una delicadeza, una lentitud y suavidad de la que yo carecía, y que necesitaba de bellas palabras que le contasen mi amor a su belleza. Yo seguía callado. Por fin, tras decirme que no era suficiente con que mis ojos me traicionasen durante unos segundos para mostrar mi dolor y que necesitaba escapar de mi rudo amor y buscar otro de bellos gestos y hermosas palabras, se fue casi a la carrera. Se fue, en efecto, y la puerta, al cerrarse tras su marcha, sonó como un disparo directo a mi pecho, pero no me moví, no salí corriendo tras ella, aunque la adiviné esperando al otro lado de la puerta cerrada, pues no escuché, sino hasta algo después, sus pasos descendiendo por la escalera.
 Ha pasado el tiempo. No mucho, sólo unas semanas. Yo la sigo queriendo, y sigo sin saber decírselo: la voz se me niega. Me duele su lejanía, pero no sé ir a buscarla con abrazos o flores y decirle palabras de esas que le gustan. Sólo sé quedarme quieto, esperando que se canse de sus afeminados cantores y poetas, que añore las cálidas noches de esfuerzos sudorosos y gratos donde la cama nos quedaba pequeña. Pero decírselo de esta manera sería empeorar las cosas, supongo. 
José Manuel Fernández Argüelles

jueves, 11 de agosto de 2011

Señales

Sobre el arte de andar


Una anciana dama italiana,‭ ‬de ilustre familia toscana,‭ ‬preguntada a su regreso de los Estados Unidos por lo que en Nueva York más le había llamado la atención,‭ ‬respondió:‭ «‬Que la gente no sabe andar.‭ ‬Quien ha visto pasear a la gente en Florencia y en Pisa,‭ ‬en Siena o en Parma,‭ ‬en los primeros años de este siglo,‭ ‬sabe cuan bella y armoniosamente puede caminar el ser humano‭»‬.‭ ‬Sin duda,‭ ‬en los paseos provincianos de la vieja Europa,‭ ‬en las alamedas y en las‭ ‬pinetas,‭ ‬se dan las últimas lecciones de bien andar.‭ ‬El elogio de esta gracia es muy antiguo,‭ ‬y se podría fácilmente ser erudito ahora,‭ ‬haciendo un resumen de citas.‭ ‬Pero de lo que se trata es de preguntarse si al tiempo en que hay que abrir escuela para enseñar a las gentes esa facultad del alma que es el diálogo,‭ ‬también hay que hacerlo para esa facultad del cuerpo que es el andar.‭ ‬Ya se enseñó a andar,‭ ‬y por los jesuitas precisamente,‭ ‬en el siglo‭ ‬XVIII,‭ ‬en los colegios en los que había cátedra de danza.‭ ‬Paul Hazard y Baldensperger le han dedicado al programa de esta cátedra en los colegios de la Compañía deliciosas páginas‭; ‬se enseñaba a andar como introducción a la danza,‭ ‬y salían los alumnos con un caminar grave y civil,‭ ‬y humanamente reverencioso.‭ ‬En Viena se enseñó el arte de andar en la Escuela de Pajes,‭ ‬y a subir reposado,‭ ‬erguido el cuerpo,‭ ‬las imperiales escaleras‭; ‬se enseñaba a‭ ‬andar a la italiana,‭ ‬es decir,‭ ‬a la milanesa,‭ ‬con un braceo airoso,‭ ‬que Metternich conservó hasta el final de su vida‭; ‬pero en Viena las reverencias se hacían a la española,‭ ‬con los tiempos que marcaba el ceremonial borgoñón de los Austrias,‭ ‬y que falta hacía ese corsé para sujetarnos a los españoles‭ —‬vale decir a la gente de Toledo,‭ ‬Sevilla y Madrid‭—‬,‭ ‬que según Lope parecíamos‭ «‬hijos del aire en el aire del andar‭»‬.
Yo no tengo a mano el estupendo libro de Hans Roger Madol,‭ ‬Godoy,‭ ‬el primer dictador de nuestro tiempo,‭ ‬para copiar literalmente la escena que presenció en Roma el caballero Hauser,‭ ‬agente‭ ‬ de‭ ‬ Viena,‭ ‬hallándose‭ ‬ desterrados en la Ciudad Eterna Carlos‭ ‬IV‭ ‬y María Luisa,‭ ‬y con ellos el príncipe de la Paz.‭ ‬Godoy,‭ ‬que fue el último español que supo andar y hacer reverencias a la borgoñona,‭ ‬a instancias de María Luisa,‭ ‬se vistió de gran gala por distraer a sus señores y para que Hauser lo viese en todo su esplendor,‭ ‬aunque melancólico exiliado.‭ ‬Exil umbral,‭ ‬dijo el latino.‭ «‬El exiliado es como una sombra‭»‬.‭ ‬Entraba Godoy vestido de capitán general,‭ ‬vicioso de bandas y placas,‭ ‬y la reina le mandaba caminar,‭ ‬porque luciera su insólita gentileza.‭ ¡‬Mucho mejor caminaba que Metternich‭! ‬Y decía la reina:
‭—¡‬Qué hermoso es‭!
—¡Sí,‭ ‬qué hermoso es‭!‬—,‭ ‬respondía Carlos‭ ‬IV.
Y en verdad debía ser tan hermoso como ver evolucionar en el picadero a un caballo español de la alta escuela.‭ ‬En Viena se sabía apreciar eso,‭ ‬y Hauser era un conocedor.
En Brünn,‭ ‬la capital de Moravia,‭ ‬está el castillo de Spielberg,‭ ‬donde encerraban a los patriotas italianos que combatían al Austria en Venecia y en Milán.‭ ‬Silvia Pellico tuvo prisiones allí.‭ ‬Pues de un policía austriaco es esta observación:‭ «‬Aún‭ ‬vestidos de harapos,‭ ‬sucios,‭ ‬enflaquecidos por la miseria y el dolor,‭ ‬hacen del patio del castillo un salón cuando se les deja subir a tomar el‭ ‬sol‭»‬.‭ ‬Tanta era la animada gracia de sus conversaciones,‭ ‬de sus paseos,‭ ‬de sus juegos.‭ ‬Eran los más lombardos,‭ ‬vénetos,‭ ‬tridentinos.
Y volviendo a Godoy y a los Borbones:‭ ‬éstos podían ser jueces excelentes en maneras de andar en corte,‭ ‬campo y paseo.‭ ‬Era de rigor que se les enseñase a los infantes el andar de Nápoles,‭ ‬corregido en Versalles nada menos que por un mariscal de Francia,‭ ‬el señor mariscal de Villeroy,‭ ‬ayo de Luis‭ ‬XV.‭ ‬Pierre Gaxotte,‭ ‬en su extraordinario libro‭ ‬Le siécle de Louis‭ ‬XV,‭ ‬reproduce un informe del embajador turco en París,‭ ‬Mehemet Efiendi,‭ ‬el año‭ ‬1720.‭ «‬El rey‭ —‬escribe el turco a la Sublime Puerta‭— ‬parecía encantado examinando nuestros trajes y nuestras armas.‭ ‬El mariscal me preguntó:
‭—¿‬Qué decís de la hermosura de mi rey‭?
—¡Que Dios sea alabado‭ —‬le respondí yo‭— ‬y lo libre del mal de ojo‭!
—No tiene más que once años y cuatro meses‭ —‬añadió él‭—‬.‭ ¿‬No os parece maravillosamente proporcionado‭? ‬Notad cuan hermosos son sus cabellos.
Diciendo esto,‭ ‬hizo girar al rey,‭ ‬y yo consideré sus cabellos de jacinto,‭ ‬acariciándolos.‭ ‬Eran como hilos de oro,‭ ‬bien iguales,‭ ‬y le llegaban a la cintura.
‭—‬Su marcha‭ —‬dijo el ayo real‭—‬,‭ ‬es muy bella.
Y‭ ‬pidió al rey:
‭—‬Señor,‭ ‬caminad,‭ ‬que se os vea bien.
El rey,‭ ‬con el andar majestuoso de la perdiz,‭ ‬avanzó hacia el centro del salón y regresó hacia nosotros‭»‬.
La escena,‭ ‬como ha comentado el propio Gaxotte en otro lugar,‭ ‬tient du piquante.‭ ‬El turco se retiró pidiendo a Dios que conservase tan hermosa y gentil criatura.‭ ‬..‭ ‬Yo no digo que para consuelo de la ilustre dama italiana que regresa decepcionada de Nueva York,‭ ‬se enseñe el andar borgoñón y el de Nápoles,‭ ‬ni la‭ ‬démarche‭ ‬del señor mariscal.‭ ‬Pero el caminar sosegado,‭ ‬mientras se conversa,‭ ‬por las alamedas y las plazas de las ciudades provincianas de Europa,‭ ‬eso sí.‭ ‬Es una asignatura importante de la escuela civil de buenas maneras,‭ ‬en un siglo entregado a la barbarie de la prisa,‭ ‬el codazo y el empujón.
Álvaro Cunqueiro

martes, 9 de agosto de 2011

Isla Pan de Azúcar

Esta pequeña isla forma parte del Parte del Parque Nacional Pan de Azúcar. Su principal atractivo son los Pingüino Humboldt  (constituye la principal colonia nidificante de este pingüino) además hay otra mucha fauna compuesta principalmente  por aves marinas ( gaviotas, gaviotines, pelícanos, cormoranes, chorlitos, playeras, pilpilenes ) y  por los «pachorrentos» lobos de mar. La isla está localizada a pocos kms mar adentro de la Caleta Pan de Azúcar


 Estaba contenta porque  los encantadores guardaparques me habían invitado a una excursión en lancha a la isla de Pan de Azúcar. Respeto mucho toda cantidad de agua que supere el metro de altura por lo que estaba algo nerviosilla a pesar de llevar un chaleco salvavidas que casi me superaba en altura. Toda valiente, allá me fui con los guardas y  su lancha, a la busca de pingüinos y seres varios. Pero al llegar al mar, la mar no estaba lo calmada que debiese y allí los ves a todos con las manos en los bolsillos y durante un buen rato con la mirada perdida en el horizonte. Yo no sé lo que miraban pero miraba con el mismo ímpetu que todos ellos, a ver si encontraba algún indicio que me informase si iba haber o no excursión. Después de un buen rato los guardas hicieron algún intento de echar la lancha al mar pero fracasaron. Ya pensarán que me quedé sin excursión. Pues no. Al final, unos amables pescadores nos llevaron en su barca, Javiera,  convirtiéndose en uno de los viajes más bonitos que recuerdo.















miércoles, 3 de agosto de 2011

la molécula P53




Cuando estás acostado en la playa tomando el  sol 
quizá sea agradable para ti, pero para tu genoma no es nada divertido.
Los rayos UV dañan extremadamente tu ADN
y, en algunos casos, activa un oncogén.
Sin embargo, en todas tus células,
es cierto que hay una proteína que cuida de ti.
Este ángel de la guarda que nunca podrás ver
es una molécula llamada p53.
Una vez que el daño del ADN es inducido
activa una respuesta celular apropiada:
reparación del ADN o arresto del ciclo celular, apoptosis, senescencia
o lo que sea mejor.
Este factor de transcripción coordina la expresión
de un gran número de genes
de manera precisa
para mantener tu genoma libre de mutaciones.
Es la pasión concentrada de la p53.

Un prerrequisito para desarrollar un cáncer
es superar la protección de este valiente héroe.
Aproximadamente en la mitad de los tumores malignos
hay mutaciones puntuales negativas que son dominantes
porque actúan a manera de un homotetrámero
y la función del alelo normal se ve afectada.
Por lo tanto, creo que estás de acuerdo,
mantén el ritmo, sigue funcionando, p53.
Este factor de transcripción coordina la expresión
de un gran número de genes
de manera precisa
para mantener tu genoma libre de mutaciones.
Es la pasión concentrada de la p53.