martes, 20 de septiembre de 2011

Notte Sento

 
Notte Sento de Daniele Napolitano

Ego te Absolvo


     I
Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y manchadas por el polvo de los caminos, los soldados de Miralles tienen caras de bandidos, con su piel color hollín y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier momento con una rabia creciente.
     ¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de las fatigas de Estella, España sería suya.
    Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la alegría de verterla es la que les mantiene en pie, por muy cansados y rendidos que se encuentren.
    Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que murieron de hambre y de miseria en tierras extranjeras, sienten rabia de fieras contra aquellos soldados que les disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey para repartirse, sobre las gradas del trono restaurado, los cargos del reino y las riquezas de los vencidos.
    Entre estos montañeses y los hombres de los partidos nuevos no median únicamente rencores políticos: existen, sobre todo, y antes que nada, viejas cuentas de asesinatos impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha.
    Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus manos, ¡infeliz de él!, paga por los demás, por los que se escurren.
     —Hermano, hay que morir —le dicen, apoyándole contra una roca.
     El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien desciende su mano en un amén más lento, los fusiles, alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la muerte.
    La víctima se desploma como un guiñapo y no se vuelve a hablar de la cosa.
    Los buitres de los Pirineos hacen lo demás.
    Si el cura de Miralles, un hombrecillo rechoncho y encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su fusil al hombro y absuelve o bendice al moribundo con gesto rápido.
    A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le sirve para escudriñar rocas o encinares, confiesa al prisionero.
    ¡Un general es responsable de la vida de sus tropas, qué diantre!
    Liberal, pero, eso sí, católico, el prisionero no parece sorprendido del extraño doble oficio del sacerdote soldado.
    Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle, y es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado coger y porque él fusilaría lo mismo si hubiera cogido un prisionero.
    Esta lógica satisface por completo las débiles exigencias de su cerebro de campesino arrancado del terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares.
    Y, además, ¿para qué luchar con este hecho brutal de la muerte amenazadora, inmediata, inevitable?
     Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer el equipaje bien para presentarse con todo en orden cuando le corresponda hacer su entrada en el más allá inevitable.



                                                                               II

     Aquella noche, al ponerse el sol, hallábase Pedro Careaga de centinela en la sima de Mallorta, cuando una mujer con un mulo dobló por el sendero de Buenavista.
     Tiró al azar y fue el mulo el que cayó. La mujer corrió hacia él sin darle tiempo a cargar otra vez, y cuando la tuvo en la punta del cañón, el navarro no pudo decidirse a tirar.
     La hembra era bella y deseable, con sus largos cabellos negros que caían en cascada hasta sus piernas, sus labios rojos y sus pupilas brillantes.
     Pedro Careaga olvidó, por su prisionera, la causa de don Carlos y la Libertad.
     La mujer, que tenía miedo, le juró además que adoraba al «rey neto». Le probó que no detestaba las caricias perfumadas con pólvora de guerra y que Pedro Careaga era, si no el más hermoso de los mortales, por lo menos el más mimado de los vencedores: todo esto entre las moles de piedra de la sima de Mallorta.
     Los brazos de la prisionera rodeaban aún, como un collar de oro moreno, el cuello curtido de Careaga, cuando llegó Joaquín Martínez a relevarle.
     —¡Eh, poquito a poco! —dijo—. Hay que repartir, caballerito. Las noches son frescas. No es bueno dormir sin capote, compañero. Ya veo que eres hombre precavido: dosel de pelo, brazos tibios como pañuelo del cuello y manta de carne suave. ¡Me llegó la vez, amigo!
     Careaga se levantó y, colocando detrás de él a la prisionera, respondió:
     —¡Te llegó la vez, mequetrefe! Donde reina Careaga, no hay otro rey. Si las noches son frescas, ve a calentarte contra esa mula que ha tirado patas arriba mi carabina, o si no tira tú otra. ¡Mi botín es mío, como Navarra es del rey Carlos, hijo de judía!
     Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar, cuando la mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y mandó la bala a perderse en las nubes.
     Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma descargada y de un navajazo en pleno vientre tendió en el suelo a la prisionera de Careaga.
     —¡Ah canalla! —aulló el navarro precipitándose hacia adelante y blandiendo su carabina.
     Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario de las blasfemias. Y se desplomó arrojando una espuma blanquecina por la comisura de los labios en el charco de sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada.
     Atraído por el ruido de la detonación, llegaba Aliralles seguido de unos cuantos hombres.
     Con sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido de un mal fusil, el cura bandolero abarcó la escena.
     —¡Puercos! —gruñó sordamente—. Veamos la hembra. ¡Hermosa mujer despachada de un negro navajazo! ¡De qué te ha servido, inocente narciso! Careaga, por lo menos, ha gozado. Bien, muchacho —repuso dirigiéndose a Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él—, ¡es muy bonito eso de querer robar el botín de un compañero! ¡Eh, vosotros! Dejadme confesar a este pagano; aquí no se os necesita para nada. Di tu «confiteor» Martínez, y haz acto de contrición.
     —«Ego te absolvo» —murmuró Miralles con un gesto de bendición—. ¡Puercos, malditos hijos de p... que se destrozan por una hembra!
     Y en seguida, encañonando bruscamente su fusil hacia el individuo, le abrasó los sesos sobre los dos cadáveres.
     —¡Si les dejase uno hacer a estos mocitos —refunfuñó— no tendría don Carlos ejército dentro de poco!

Oscar Wilde


Aquellos maravillosos años



Hace nueve años de esta fotografía y diez del atentado de las Torres Gemelas. Lo que son las cosas. El atentado permanece en mi retina tan real como si hubiese estado en Nueva York aquel día observando aquellos cuerpos lanzándose al vacío o como si, recién acabada de comer, hubiese puesto las noticias de las tres. Sin embargo, esta escena la siento tan lejana que parece formar parte de una historia inventada que nunca sucedió.

Pasaba unos días, con mi hermana,  en casa de unos amigos brasileños. Era un caluroso día de domingo. Tocaba madrugar, no para ir a misa, sino para asistir a una jura de bandera a la que estaba invitada. La mañana pasó entre jovenzuelos militares y después de comer vino lo realmente bueno. Nos desplazamos hasta una cascada con la intención de tomar  unas cervecitas ya que no llevábamos ropa de baño. Había una sola niña en el grupo, tendría unos once años y había aguantado toda la mañana unos zapatos con unos tacones de vértigo. Sus pies estaban tan doloridos que lo primero que hizo al llegar fue descalzarse y chapotear en el agua. El calor era sofocante y mi hermana y yo la imitamos. Nos descalzamos y al agua. La moderación inicial, en dónde sólo  hubo alguna que otra  salquicadura, pasó en poco tiempo a ser  un desmadre total. El resto de los adultos ya estaban con sus cervecitas, correctamente sentados, sonriendo y mirándonos con cara de «qué locas».Yo había remangado el pantalón hasta encima de las rodillas , no sé como me las arreglo pero tengo esa torpeza innata que hace que  siempre sea la que que sale peor parada en todas las batallas, y  ya estaba completamente empapada por lo que decidí meterme bajo la cascada y la niña me acompañó. Al final acabamos bailando todas la Macarena ( que estaba muy de moda entonces en Brasil) arrastradas por el agua.  No llevábamos ropa para cambiarnos y creo que mojamos un poquitín el coche en el viaje de regreso. La niña recibió una broncaza pero nosotras nos libramos. ¡Ay se siente!  Luego, al atardecer nos fuimos a pescar y a cenar lo pescado. ¡Fue un día perfecto!

Cada vez que presiento que estoy algo triste, me da la sensación de haber crecido demasiado  y de que días así ya pocas veces se repetirán.




martes, 13 de septiembre de 2011

Poema em linha reta

Nunca conheci quem tivesse levado porrada.
Todos os meus conhecidos têm sido campeões em tudo.

E eu, tantas vezes reles, tantas vezes porco, tantas vezes vil,
Eu tantas vezes irrespondivelmente parasita,
Indesculpavelmente sujo,
Eu, que tantas vezes não tenho tido paciência para tomar banho,
Eu, que tantas vezes tenho sido ridículo, absurdo,
Que tenho enrolado os pés publicamente nos tapetes das etiquetas,
Que tenho sido grotesco, mesquinho, submisso e arrogante,
Que tenho sofrido enxovalhos e calado,
Que quando não tenho calado, tenho sido mais ridículo ainda;
Eu, que tenho sido cômico às criadas de hotel,
Eu, que tenho sentido o piscar de olhos dos moços de fretes,
Eu, que tenho feito vergonhas financeiras, pedido emprestado sem pagar,
Eu, que, quando a hora do soco surgiu, me tenho agachado
Para fora da possibilidade do soco;
Eu, que tenho sofrido a angústia das pequenas coisas ridículas,
Eu verifico que não tenho par nisto tudo neste mundo.

Toda a gente que eu conheço e que fala comigo
Nunca teve um ato ridículo, nunca sofreu enxovalho,
Nunca foi senão príncipe - todos eles príncipes - na vida...

Quem me dera ouvir de alguém a voz humana
Que confessasse não um pecado, mas uma infâmia;
Que contasse, não uma violência, mas uma cobardia!
Não, são todos o Ideal, se os oiço e me falam.
Quem há neste largo mundo que me confesse que uma vez foi vil?
Ó príncipes, meus irmãos,

Arre, estou farto de semideuses!
Onde é que há gente no mundo?

Então sou só eu que é vil e errôneo nesta terra?

Poderão as mulheres não os terem amado,
Podem ter sido traídos - mas ridículos nunca!
E eu, que tenho sido ridículo sem ter sido traído,
Como posso eu falar com os meus superiores sem titubear?
Eu, que tenho sido vil, literalmente vil,
Vil no sentido mesquinho e infame da vileza.

Fernando Pessoa


jueves, 8 de septiembre de 2011

Islas flotantes de los Uros

 

Si me pregunteses  por un lugar del mundo que seguramente te sorprendería, aparte de mi país, que es el lugar más sorprendente que te puedas encontrar sobre la faz de la tierra, te diría, que las Islas flotantes de los Uros, llamadas así por sus antiguos habitantes. Hoy  están  habitadas, principalmente, por Quechuas y Aymaras.
Estas islas se encuentran en el Lago Titicaca y son islas construidas de forma artificial sobre totoras. Ponen capa sobre capa de totora, las amarran unas a otras y cada dos semanas ponen una capa nueva en la superficie, para reemplazar la que se va pudriendo por el contacto con el agua.  La totora la utilizan también  para la fabricación de artesaría y de sus botes.
Cuando uno se tumba sobre ese mullido suelo de totora y cree estar en el paraíso no piensa demasiado en lo dura que debe ser la vida de esta  gente y que les mueve, en estos días,  a vivir de esa manera. La mayoría acaba con problemas respiratorios y con reumatismo. No he escuchado a ninguno quejarse de la humedad, pero vivir todos los días de tu vida sobre agua no debe ser demasiado sano.















Ilia

Vivía en la región de Ufim un bachir llamado Ilia. Hacia apenas un año que lo había casado su padre, cuando éste murió, dejándole poca cosa.
Ilia tenía en aquel entonces siete yeguas, dos vacas y veinte carneros.
Pero era un muchacho trabajador y ahorrativo; en poco tiempo se acrecentó su patrimonio. Todo el día trabajaba, y su mujer lo ayudaba. Se levantaba más temprano, se acostaba más tarde que los demás, y se iba enriqueciendo poco a poco.
E Ilia vivió así, trabajando durante treinta y cinco años, y reunió una gran fortuna.
Tenía doscientos caballos, ciento cincuenta cabezas de ganado mayor y mil doscientos corderos. Los criados conducían los rebaños a los pastos; las criadas ordeñaban a las yeguas y a las vacas, y hacían kumiss, manteca y queso.
Todo era abundante en casa de Ilia, y sus paisanos lo envidiaban.
–¡Qué dichoso es este Ilia! –decían–. Está repleto de bienes. Bien puede decirse de él que ha hallado el paraíso en la vida.
La gente sencilla solicitaba su amistad, y de lejos acudían para verlo. El recibía bien a todos y les daba comida y bebida. A cuantos lo visitaban, Ilia hacía hervir kumiss, té, yerba y carnero. Si llegaba un forastero, mataba un carnero o dos; y si eran varios, hasta mataba una yegua.
Ilia tenia dos hijos y una hija. A los tres los casó. Cuando era pobre, sus hijos lo ayudaban en sus trabajos, y hasta guardaban las piaras de caballos. Cuando se vieron ricos, los varones empezaron a divertirse y uno se dio a beber.
Al mayor lo mataron en una riña; el otro, habiéndose casado con una mujer orgullosa, dejó de escuchar a su padre; Ilia se vio precisado a separarse de él.
Le dio una casa con ganados, lo que mermó la riqueza de Ilia. Al poco tiempo, se desarrolló una enfermedad entre los carneros, que le mató un gran número. Luego atravesaron un año de gran escasez; los prados no produjeron pastos y se murió el ganado en gran cantidad durante el invierno.
Después, las plagas se apoderaron de una buena parte de su tierra, y cada día disminuía la hacienda de Ilia. Su miseria aumentaba, mientras que sus fuerzas desaparecían.
Sucedió que, a los setenta años, se vio precisado a vender sus chubas, sus tapices, sus sillas de montar, sus kibitkas, y vendió también hasta su última cabeza de ganado. De modo que, sin advertirlo, no le quedó nada.
Y tuvo que irse con su mujer, en la vejez, a servir a los demás.
Sólo tenía en el mundo los vestidos que llevaba puestos, un bastón, un par de zapatos, un gorro, y su mujer, Scham-Schemaghi, tan anciana como él. Su hijo se había ido a países lejanos; su hija había muerto: a nadie tenían para ayudarlos.
Su vecino, Mukhamed-Schah, de regular posición, hacía la vida uniforme de un buen hombre. Recordó la bondad de Ilia, se compadeció de él y le dijo:
–Ven a vivir a mi casa con tu mujer. En verano, harás jornales para mí; en invierno te cuidarás de dar la comida al ganado y Scham-Schemaghi ordeñará las yeguas y hará kumiss. Yo os alimentaré, os vestiré a los dos y no dejaré que os falte nada.
Ilia dio las gracias a su vecino y se fue con su mujer a servir a Mukhamed-Schah.
Al principio, su nueva vida les pareció dura. Luego se acostumbraron y trabajaron según sus fuerzas.
El amo se felicitaba de haber tomado a aquellos criados, pues los dos ancianos, habiendo sido amos también, desempeñaban admirablemente los trabajos de la casa, y no estaban nunca sin hacer o en la medida que sus fuerzas se lo permitían. Pero a Mukhamed-Schah le daba mucha compasión verlos a ellos, antes tan ricos, y ahora sin nada suyo.
Llegó un día en que unos parientes vinieron desde muy lejos a visitar a Mukhamed-Schah. Entre ellos había un noble. Mandó que tomaran un carnero y que lo mataran. Ilia mató uno, lo hizo asar, y lo mandó a los huéspedes de su amo.
Estos comieron, pues, carnero, luego tomaron té y kummis y hablaron entre sí.
Pasó en aquel momento Ilia por delante de la puerta, ya que había concluido su trabajo, Mukhamed-Schah lo vio, y dijo a uno de sus comensales:
–¿Has visto al anciano que acaba de pasar?
–Lo he visto. ¿Qué tiene de notable ese hombre?
–Verás. Era el más rico del país. Se llama Ilia: quizá has oído nombrarle alguna vez...
–¡Ya lo creo! –dijo el otro–. No lo había visto nunca, pero su fama es grande.
–Pues ahora no tiene nada absolutamente. Vive en mi casa de criado y su mujer ordeña mis yeguas.
El otro, sorprendido, meneó la cabeza en señal de duda.
–Sí puedes creerme: la dicha da vueltas como una rueda que eleva a unos y baja a los otros.
–¿Y está triste ese anciano?
–¿Quién puede decirlo? Vive apaciblemente y trabaja bien.
–¿Será posible hablarle? –dijo el huésped entonces–; ¿preguntarle sobre su vida?
–¿Porqué no? –dijo el dueño.
Y gritó entonces fuera de la kibitka:
–¡Babai! (es decir, «abuelo», en lengua baschkir). Ven a beber kumiss con nosotros, y tráete a Scham-Schemaghi.
Entró Ilia con su mujer. Saludaron al dueño y a los huéspedes. Luego Ilia dijo la oración y se agachó cerca de la puerta, mientras que su mujer pasó por detrás de la cortina, y fue a sentarse con su amo.
Dieron una taza de kumiss a Ilia, se inclinó, bebió un sorbo y dejó la taza.
–Dime, abuelo –profirió el huésped–, debe afligirte el mirarnos, pensando en tu vida pasada, y comparando tu dicha de antes con la vida triste que tienes actualmente.
Sonrióse Ilia y contestó:
–Si te hablase yo mismo de mi felicidad o de mi desgracia, acaso no me creerías. Pregúntale mejor a mi babá; tiene el corazón en la lengua; te dirá la verdad.
Y el otro gritó hacia la cortina:
–Ea, babuchka, dime lo que piensas acerca de tu pasada dicha y de tu actual desgracia.
Y Scham-Shemaghi contestó desde su sitio:
–Verás lo que pienso: Hemos vivido cincuenta años con mi marido buscando la felicidad, sin poder hallarla. Sólo ahora, desde dos años que no tenemos nada y vivimos a expensas de otro, sólo ahora hemos hallado la verdadera dicha. No pedimos otra cosa.
Quedáronse el dueño y los huéspedes muy sorprendidos. El primero se levantó y alzó la cortina para ver a la babuchka. Y la vio en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se sonreía al mirar a su esposo, y el esposo se sonreía también.
Y la anciana prosiguió:
–He dicho la verdad, hablo en serio. Durante medio siglo habíamos buscado la dicha; siendo ricos no la encontramos. Y ahora que no nos queda nada nuestro, y que vivimos en casa ajena, hemos hallado la felicidad, y no deseamos otra cosa más.
–¿En qué consiste la dicha de que gozáis ahora?
–Sencillamente, en que cuando éramos ricos no teníamos ni él ni yo un momento de descanso. No podíamos ni hablar un rato solos, ni pensar en la salvación de nuestra alma, ni rogar a Dios. ¡Cuántas preocupaciones! A lo mejor nos llegaba un huésped, y pensábamos:
–«Qué le serviremos? ¿Qué le regalaremos, para que tenga buena opinión de nosotros?
«Luego, cuando el huésped se marchaba, era preciso vigilar a los criados, siempre dispuestos a no trabajar y a comer bien, y cuidábamos de que nuestra hacienda no se malgastara, y esto es un pecado. Otras veces temíamos que algún lobo se llevara un pollino o una ternera, o que nos robaran. Y una vez acostados, no podíamos dormir: ¡con tal de que los carneros no aplasten a los corderitos! Nos levantábamos, íbamos a verlo por la noche. En cuanto estábamos tranquilos por este lado, nuevas preocupaciones nos asaltaban. ¿Cómo haremos las provisiones para el ganado durante el invierno? No estábamos siempre de acuerdo mi marido y yo: él quería hacer esto y yo lo otro, y de ahí el pecado.
Así, pues, una angustia seguía a la otra y un pecado a otro: y no era feliz nuestra existencia».
–¿Y ahora?
Ahora nos levantamos con mi marido siempre unidos y en buen acuerdo. Ni una discusión, ni un disgusto. Sólo tenemos una preocupación: servir bien al amo. Trabajamos como podemos: trabajamos con gusto, para que las cosas sean de provecho para el amo y no lo perjudiquen. Llegamos: el kumiss está dispuesto, la comida servida. Si hace frío, tenemos kisiaks y chuba. Y podemos hablar cuanto queremos, pensar en la salvación de nuestra alma, y rogar a Dios. Buscamos la felicidad durante cincuenta años: y hasta ahora no la hemos encontrado.
Los invitados se echaron a reír. E Ilia les dijo:
–No os riáis, hermanos míos: no es broma lo que os ha dicho mi babá, así es toda la vida del hombre. ¡Cuán necios éramos, cuando al principio llorábamos por nuestras riquezas! Mas ahora, Dios nos ha hecho ver la verdad; y no es por gusto nuestro, sino por vuestro propio provecho que se la revelamos ahora.
Y el noble dijo:
–Eso es hablar con juicio. Ilia os ha dicho la verdad cierta: así la dice el Korán.
Y los invitados, dejando de reír, se quedaron pensativos.

León Tolstói

lunes, 5 de septiembre de 2011

¿Se autodestruirá la raza humana?

El pescadorcito Urashima


   Vivía muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.
     Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años; al menos las japonesas los viven.
     Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:
     -Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizá mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.
     Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.
     Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al mediodía a echar una siesta.
     Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:
     -Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.
     Tomó entonces Urashima un remo y la princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía o imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh, qué sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente [1008] que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable princesa?
     Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.
     Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:
     -Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.
     -No gusto de que te vayas -contestó ella-. Mucho temo que te suceda algo terrible; pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.
     Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.
     Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes; pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo; pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.
     Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:
     -¿Puedes decirme, te ruego, dónde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?
     El hombre contestó:
     -¿Urashima? ¿Cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.
     De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años en compañía de la princesa, habían sido cuatrocientos. De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.
     Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿Quién se le marcaría?
     -Tal vez -caviló él- si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.
     Así desobedeció las órdenes que le había dado la princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.
     Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al palacio del dios de la mar.
     Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr hacia la playa en pos de la nube.
     De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.
     ¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la princesa, hubiese vivido aún más de mil años.
     Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?

Juan Varela

viernes, 2 de septiembre de 2011

Día internacional del buitre




Quien no ha sentido repelús al ver aquella famosa foto de Kevin Carter en donde  se ve a  una niña desnutrida y un buitre acercándosele, supuestamente esperando su muerte. Es posible que el pobre buitre estuviese allí por casualidad y sólo quisiese  echar un vistazo como cualquier hijo de vecino. Pero cuando el karma marca que uno debe alimentarse de carroña no puedes ir por la vida de animal de compañía por muy sociable y buen rollo que tenga. Así que si eres buitre tienes que fastidiarte y aceptar que te vean como un ser que carece de dulzura e incluso algo cruel. A mí me encanta verlos volar, sus planeos, su tranquilidad al anochecer cuando se reunen a charlar sobre lo mal que va el mundo de los buitres pero también reconozco que les tengo cierto respeto y no me gustaría que me acompañasen mi último día. Aún así me  caen simpáticos ¡Vivan los buitres!
El 3 de septiembre se celebra el Día Internacional de Concienciación sobre los Buitres, una iniciativa  para promover el conocimiento sobre el esencial papel ecológico de los buitres, las amenazas que les afectan y las necesidades de conservación.







 
 


De pronto, mi cuerpo

        


             

                          
                       http://www.escritorasypensadoras.com/fichatecnica.php/98|

jueves, 1 de septiembre de 2011

Paso del Mendigo

Escena I


Sucedía en el jardín de la torre del Paso de Valverde, en días de verano, cuando la guerra de los Ducados tocaba a su fin. Comienza el paso estando en el jardín AMA MODESTA y el MENDIGO.

AMA MODESTA. — ¿De qué te quejas? ¿No hay caridad en el mundo?
MENDIGO. — ¡Tengo asco de algún pan!
AMA MODESTA. — El pan, cualquier pan, es santo.
MENDIGO. — Desde que se revolvieron los Ducados, las gentes ricas les tienen miedo a los pobres, y dan más pan, pero escupen en él antes de darlo.
AMA MODESTA. — En todo este reino no hay quien escupa en el pan. Además, un gargajo no le llegará nunca al pan. ¡Sería el fin del mundo que le llegase !
MENDIGO. — ¡Si me trajeses una jarra de vino!
AMA MODESTA. — ¿Escupo en él?
MENDIGO. — ¡Aún estás de buen ver! ¡Igual te cuesta ese salivazo una noche agarrada!
AMA MODESTA. — ¡Eres muy pícaro! ¡Ni que fueses ciego!
(AMA MODESTA va a buscar el vino para el MENDIGO.)

Escena II

Entra DOÑA INÉS. Viste de luto. Como siempre, una flor en la mano.

DOÑA INÉS. — ¿Por qué andas a pedir por puertas? ¿No eres un hombre fuerte y sano?
MENDIGO. — Pido para tener un motivo para andar. Si no tuviese que pedir por puertas, estaría lo más del día tumbado al sol, resoñando.
DOÑA INÉS. — ¿ Sueñas mucho?
MENDIGO. — Todos los días y a casi todas las horas. ¡No me cuesta nada! Y veo lo que sueño. Tanto, que algunas veces levanto la mano para tocar el sueño, que está muy cerca, de bulto.
DOÑA INÉS. — ¿Qué sueñas?
MENDIGO. — Que llego a Toledo, verbigracia, o a Damasco, y me saluda la Señoría, y me traen asados montados, y como en mesa de mantel. También sueño que ando vestido de paño merino.
DOÑA INÉS. — ¿Y con mujeres?
MENDIGO. — Sueño con dos.
DOÑA INÉS. — ¿Son dos de por aquí?
MENDIGO. — No, son dos que no hay. Son dos sobrinas. Vaya, les llamo sobrinas porque antes soñaba con una tía de ellas, que tampoco la hay. Sueño con la sobrina pequeña y con la mayor, que es morena. Ando con las dos a un tiempo, de galanteo, sin decidirme. Todo lo paso en charlas, hasta que me duermo.
DOÑA INÉS. — ¿Y qué más sueñas?
MENDIGO. — ¡No te rías! Sueño que me hacen rey.
DOÑA INÉS. — ¿Vestido de rey?
MENDIGO. — Sí, con sombrero con plumas, como Egisto, y me llevan en una silla cubierta por el condado, con una bota de vino colgada del techo.
DOÑA INÉS. — ¿Nunca has soñado conmigo? ¡Muchas veces me mirabas!
MENDIGO. — Un día en que estabas muy escotada, con una blusa verde, de codos en la ventana. Después, decías adiós a alguien con un pañuelo ¡No sé a quién despedías! Pero debía ser uno montado, y que iba con prisa, que poco después le ladraron los perros de las casas del vado.
DOÑA INÉS. — ¿No lo has visto salir?
MENDIGO. — No, solamente escuché los perros.
DOÑA INÉS. — ¡Lo viste salir!
MENDIGO. — ¡No vi a nadie! Te vi a ti, te contemplé desde debajo del tajo, y me eché a soñar, cubriéndome la cabeza con la chaqueta de pana. Era por mayo.
DOÑA INÉS. — ¡Era por mayo! Pasara toda la noche conmigo. ¡Mis besos lo tenían con la boca abierta! Apareció muerto en la selva, cuando fueron a cortar el roble bravo para las doblas de los yugos, en septiembre. Tenía una hoz clavada en el rostro, y el pecho desnudo comido del lobo.
MENDIGO. — ¿Lobo? Sería de una rata. En la selva hay ratas moriscas, el pelo ojo de perdiz, siempre hambrientas. Yo quería hacerme una bufanda con sus pieles, pero harían falta diez o doce.
Entra AMA MODESTA con la jarra de vino.

Escena III

Dichos. AMA MODESTA
DOÑA INÉS. — ¡Fue él, ama Modesta! ¡Fue éste!
AMA MODESTA. — ¿Quién, madama?
DOÑA INÉS. — ¡El que mató!
MENDIGO. — ¡Tontería! ¡No mato las pulgas por no perder de dormir!
DOÑA INÉS. — ¡Al de Atenas! ¡Al que mandaba su retrato pintado en un vaso! ¡Al que apareció muerto en la selva!
AMA MODESTA. — ¡Nunca oí nada de ése!
DoÑA lNÉS. — ¿No oíste que me lo habían matado? ¿Quién me mata todos los amores? ¿Dónde se hacen sombra? ¿Cómo voy a poderme casar, agasajar un esposo querido, parir hijos, si me matan los amores no bien nacen? ¡No, parir hijos no! Se parecerían al padre, le quitarían el amor mío al padre. ¡El mío ha de ser un amor célebre, hasta morir, como en el teatro! ¿Cómo acostarme con el padre de mis hijos?
MENDIGO — ¡Eso es una vaguedad! A mí me da igual cualquiera de las dos sobrinas. La verdad es que la morena me salió algo más robusta.
AMA MODESTA. — ¡Nadie te mata los amores, prenda! ¡Hoy has dormido poco, reina mía!
DOÑA INÉS. — ¡Me los matan! Todos tienen celos, y yo siempre sola, un alfiler perdido en un suelo de arena. ¿Podía tener tanto amor yo sola? Todos los que pasan, todos, se enamoran de mí, todos me buscan en la noche. «¡Huimos de la guerra! », dicen. No hay guerra, no la hay. Inventan eso para estar a mi lado, para llorar en mis manos. (Se acerca al MENDIGO y le ofrece las manos.) ¡Bésame las manos! ¡No tengas miedo! (Retirándolas.) ¡No, no me las beses! ¡Tú matas, mataste, tienes sangre en los ojos!
AMA MODESTA. — ¡Siempre lo tuve por un hombre honrado!
MENDIGO. — Dejé mi casa por una vuelta de ánimo. Soy de los de la parada de los Ducados. ¡Pregunta por los de Onofre! El toro lucero todavía es mío.
DOÑA lNÉS. — ¿Un toro lucero? ¡No, no, no! Tiene que ser un hombre. Si mataste fue porque me amabas. ¿Te gusto? ¿Quieres que me desnude? ¡Cuida de mí, que no puedo con tanto soñar! ¡Algún día tiene que ser verdad, tiene que llegar la gran hora, la loca hora preciosa! ¡Dame una limosna! ¡Dame pan!
MENDIGO (sorprendido, revuelve en la bolsa que lleva al costado).— Esta corteza es de los ricos de Trizás. ¡Igual es de las salivadas!
DOÑA lNÉS. — ¡No me importa! ¡Dame una limosna! Te juro que no se la pediré a nadie más, que estaré toda la vida comiendo este pan a tus pies. (Se arrodilla a los pies del MENDIGO, se abraza a sus piernas.) ¡La comeré día a día, con los ojos alegres! ¡No te me vayas! ¡Por algo mataste!
MENDIGO. — ¡Una señora tan ilustre y tan ida!
AMA MODESTA. — ¡Una almita muerta de sed!
DOÑA INÉS. — ¡Átame a tus soñares con piedras del río, no me lleve el viento!
MENDIGO. — ¡Yo no me ato por nada! ¡ Ni por mil escudos de oro!
DOÑA INÉS. — ¡Yo me ato para no morir!
AMA MODESTA. — ¡No durmió nada mi reina! ¡Nunca duerme nada!
DOÑA INÉS. — ¡Para no morir, bien mío!
MENDIGO. — ¡En las casas de los pobres, te dan o no te dan, pero no hay estas farras!

Álvaro Cunqueiro- Un hombre que se parecía a Orestes