"Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros (Φάρος)". Cuando se levantó quiso ir a la isla y se dio cuenta de su situación privilegiada y más aún si, por medio de un dique, se la unía a la costa. Entonces mandó traer harina para marcar él mismo el enclave de la futura Alejandría (pues no se disponía del yeso con que solía hacerse) y él mismo dibujó el círculo en forma de manto macedonio. No bien hubo terminado cuando empezaron a llegar desde el río y desde el mar pájaros grandes y diversos que se dedicaron a comer toda la harina esparcida. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, Alejandro se turbó muy preocupado pensando que se trataba de un mal augurio. Pero Aristandro, el vidente que lo acompañaba supo interpretar el buen augurio y que el proceder de los pájaros pronosticaba que la ciudad sería tan rica y próspera que podría nutrir a todos los hombres de todas las razas.
sábado, 19 de noviembre de 2011
viernes, 18 de noviembre de 2011
Loco parentis
Papá: Es hermoso, ¿verdad?
Mamá: ¡Tan nuevo, sin un rasguño! ¡Igual que un coche de la sala de muestras o una turbina que nunca
ha girado! ¡Como un reloj nuevo!
Papá: Estás entusiasmada, ¿eh? ¿Intentas decirme algo?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: Oh, yo sé de todo eso. He estado observando.
Mamá: Querrás decir que los dos sabemos.
Enfermera: Ambos aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Papá: ¿Por qué has hablado de una turbina? He oído decir que, debido a que hay tantas parejas como
nosotros, que desean tener hijos pero no pueden tenerlos, construyen robots, simulacros semivivientes,
igual que niños, para satisfacer el instinto. Una noche al mes los cambian por otros mayores, de manera que los propietarios creen que el niño está creciendo. Algo así como comer fruta de cera.
Mamá: Eso es absurdo. Pero mutan el plasma germinal de los chimpancés (Pan satyrus) para que se
parezcan a los humanos, produciendo simios semihumanos para que se ocupen de ellos. Es como si el
órgano ofreciera su música cuando nadie escuchara salvo el mono que lo toca.
Papá: (Apartando la sábana del bebé). Él no es un chimpancé mutado. Fíjate en lo rectas que son sus
piernas.
Mamá: (Tocando al niño). No es una máquina. Nota lo caliente que está. Calor auténtico. Y lo tiene aun
cuando ninguna de sus partes esté moviéndose.
Hijo: ¿Puedo irme a jugar?
Mamá: ¿Con quién?
Hijo: Con Jock y Ford. Jugaremos con cometas y nos subiremos a los árboles.
Mamá: En tu lugar, yo no jugaría con Ford. Le vi cuando cayó y se hirió la rodilla. La sangre no brotaba
en chorros normales. Salía, eso es todo, como algo que se está vaciando.
Papá: En tu lugar evitaría a Jock. Come demasiada fruta y no apruebo su gusto para vestir.
Hijo: Jock no se pone ropa.
Mamá: A eso se refiere tu padre.
Hijo: Quiero a su hermana. (Se va).
Papá: No llores. Crecen tan de prisa... Todo el mundo te lo ha dicho siempre, ¿no?
Mamá: (Todavía sollozando). No es eso. ¡La hermana de Jock!
Papá: Una chica encantadora. Perturbadoramente hermosa, de hecho.
Mamá: ¡La hermana de Jock!
Hijo: (Vuelve a entrar, seguido de un matrimonio de edad madura). Mamá, papá, estos señores me
dicen que ellos son mis verdaderos padres. Y que ahora que ya he crecido lo bastante como para no darles
demasiados problemas, aparte de la enseñanza, han venido a reclamarme.
Señor Dumbrouski: Hemos explicado al muchacho lo útiles que son unos seudopadres adoptivos, al
permitir a la gente auténtica el necesario tiempo de ocio.
Señora Dumbrouski: Siempre he opinado que es una profesión honorable. Además, al ocupar el lugar
de personas en oficinas donde se supone que éstas se encuentran trabajando, los seudopadres incrementan
de un modo provechoso el prestigio de sus supervisores nominales. ¿No es cierto, querido?
Señor Dumbrouski: Sí, muy cierto. Tengo varios trabajando en mi lugar, aunque jamás lo reconocería en
la oficina.
Hijo: Adiós, mamá y papá. Sé que uno de vosotros, o los dos, podéis ser una máquina, o un mono, o
ambas cosas a la vez, pero nunca os olvidaré. No vendré a visitarlos, porque alguien podría verme, pero
nunca los olvidaré. (Se vuelve hacia el señor Dumbrouski). ¿Distinguiré cuál es el uno y cuál es el otro
cuando haya tenido tiempo de pensar en ello?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: ¡Como un renuevo de bambú!
Mamá: ¡Igual que el reflector de un faro que acaba de salir del tanque plateado!
Enfermera: Aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Niño: ¿Puedo sentarme aquí, junto al reloj, para comer mi plátano?
Mamá y Papá: ¡Hijo mío!
Gene Wolfe
Mamá: ¡Tan nuevo, sin un rasguño! ¡Igual que un coche de la sala de muestras o una turbina que nunca
ha girado! ¡Como un reloj nuevo!
Papá: Estás entusiasmada, ¿eh? ¿Intentas decirme algo?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: Oh, yo sé de todo eso. He estado observando.
Mamá: Querrás decir que los dos sabemos.
Enfermera: Ambos aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Papá: ¿Por qué has hablado de una turbina? He oído decir que, debido a que hay tantas parejas como
nosotros, que desean tener hijos pero no pueden tenerlos, construyen robots, simulacros semivivientes,
igual que niños, para satisfacer el instinto. Una noche al mes los cambian por otros mayores, de manera que los propietarios creen que el niño está creciendo. Algo así como comer fruta de cera.
Mamá: Eso es absurdo. Pero mutan el plasma germinal de los chimpancés (Pan satyrus) para que se
parezcan a los humanos, produciendo simios semihumanos para que se ocupen de ellos. Es como si el
órgano ofreciera su música cuando nadie escuchara salvo el mono que lo toca.
Papá: (Apartando la sábana del bebé). Él no es un chimpancé mutado. Fíjate en lo rectas que son sus
piernas.
Mamá: (Tocando al niño). No es una máquina. Nota lo caliente que está. Calor auténtico. Y lo tiene aun
cuando ninguna de sus partes esté moviéndose.
Hijo: ¿Puedo irme a jugar?
Mamá: ¿Con quién?
Hijo: Con Jock y Ford. Jugaremos con cometas y nos subiremos a los árboles.
Mamá: En tu lugar, yo no jugaría con Ford. Le vi cuando cayó y se hirió la rodilla. La sangre no brotaba
en chorros normales. Salía, eso es todo, como algo que se está vaciando.
Papá: En tu lugar evitaría a Jock. Come demasiada fruta y no apruebo su gusto para vestir.
Hijo: Jock no se pone ropa.
Mamá: A eso se refiere tu padre.
Hijo: Quiero a su hermana. (Se va).
Papá: No llores. Crecen tan de prisa... Todo el mundo te lo ha dicho siempre, ¿no?
Mamá: (Todavía sollozando). No es eso. ¡La hermana de Jock!
Papá: Una chica encantadora. Perturbadoramente hermosa, de hecho.
Mamá: ¡La hermana de Jock!
Hijo: (Vuelve a entrar, seguido de un matrimonio de edad madura). Mamá, papá, estos señores me
dicen que ellos son mis verdaderos padres. Y que ahora que ya he crecido lo bastante como para no darles
demasiados problemas, aparte de la enseñanza, han venido a reclamarme.
Señor Dumbrouski: Hemos explicado al muchacho lo útiles que son unos seudopadres adoptivos, al
permitir a la gente auténtica el necesario tiempo de ocio.
Señora Dumbrouski: Siempre he opinado que es una profesión honorable. Además, al ocupar el lugar
de personas en oficinas donde se supone que éstas se encuentran trabajando, los seudopadres incrementan
de un modo provechoso el prestigio de sus supervisores nominales. ¿No es cierto, querido?
Señor Dumbrouski: Sí, muy cierto. Tengo varios trabajando en mi lugar, aunque jamás lo reconocería en
la oficina.
Hijo: Adiós, mamá y papá. Sé que uno de vosotros, o los dos, podéis ser una máquina, o un mono, o
ambas cosas a la vez, pero nunca os olvidaré. No vendré a visitarlos, porque alguien podría verme, pero
nunca los olvidaré. (Se vuelve hacia el señor Dumbrouski). ¿Distinguiré cuál es el uno y cuál es el otro
cuando haya tenido tiempo de pensar en ello?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: ¡Como un renuevo de bambú!
Mamá: ¡Igual que el reflector de un faro que acaba de salir del tanque plateado!
Enfermera: Aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Niño: ¿Puedo sentarme aquí, junto al reloj, para comer mi plátano?
Mamá y Papá: ¡Hijo mío!
Gene Wolfe
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Fatuidad humana
Cuando el rey don Juan de Portugal
se vio forzado, en los primeros años del siglo XIX, a refugiarse en el Brasil,
tuvo, pues su majestad fue muy braguetero, por combleza o manfla, querida o
menina, a la más linda mulatica de Río de Janeiro, relaciones pecaminosas que,
a la larga, dieron por fruto un muchacho, lo que nada tiene de maravilloso,
sino de muy natural y corriente. ¡Esos polvos traen esos lodos!
Entiendo que la moza exprimió al
rey don Juan, dejándolo con menos jugo que a limón de fresquería.
Dicen las crónicas que Patrocinio,
tal se llamaba la bagaza, era caliente y alborotada de rabadilla, lo que la
producía gran titilación y reconcomio en el clítoris.
Con ella, los cortesanos no tenían
más que invitarla a beber una copa de onfacomelí (licor africano), y ... a
cabalgar se ha dicho ...
Sospecho que Patrocinio era tan
puta como cualquier chuchumeca de Atenas; cuando a un hombre le venía en gana
echar un polvo con una de esas pécoras, no tenía para qué gastar palabras;
bastábale con cerrar el puño, levantando el dedo índice. Si la hembra no estaba
con patente sucia, o tenía otro compromiso ajustado, le contestaba cerrando el
pulgar, en la forma de anillo o círculo.
Y ya saben ustedes, por si lo
ignoraban, cuál fue el origen de esta mímica, que hasta ahora subsiste, entre
las mozas de burdel. El macho también formaba anillo, metía en él el índice, y
daba luego un taponazo, que era como decir: All right.
Barruntos tenía el rey de las
frecuentes jugarretas de su coima, pero no se atrevía a rezongar, por falta de
pruebas; al cabo, durmiósele un día el diablo a la muchacha y sorprendiéndola
su señor, como dice la Epístola de San Pablo illa sub, ille super, allí fue
Troya. Don Juan la encerró, por un año, en la prisión de prostitutas, y mandó
al chico al Seminario de Lisboa; corriendo los tiempos, lo hizo arzobispo de
Coimbra.
Jubilada ya Patrocinio en la
milicia de Venus, aunque nunca había estado en correspondencia con su
ilustrísimo y reverendísimo hijo, no pudo negarse a dar una carta de
recomendación, a su confesor, para el arzobispo de Coimbra, llamado a entender
en el asunto que lo llevara a Portugal.
Leyó su ilustrísima la carta,
complació al portador en sus pretensiones, y cuando éste fue a despedirse,
pidiéndole órdenes para Río de Janeiro, le dio la siguiente carta para
Patrocinio:
Señora: Su recomendado le dirá que
lo he servido a pedir de boca. No vuelva usted a escribirme, y menos tratándome
como cosa suya, porque os filhos naturales do rey non tenhem madre. Dios la
guarde.
No era Patrocinio de esas que
lloran a lágrimas de hormiga viuda, ni habría ido a Roma a consultar al Padre
Santo la respuesta que cabría dar a la fatuidad del arzobispillo.
He aquí su contestación:
Señor mío: Agradeciendo sus
atenciones que a mi confesor ha dispensado, cúmpleme decirle que os filhos de
puta non tenhem padre. Dios le guarde.
Ricardo Palma
domingo, 13 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
¡Diles Que No Me Maten!
¡Diles que no me maten, Justino!
Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por
caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento
que no quiere oír hablar nada de tí.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y
dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que
te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra
vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy
tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por
afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan
tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió
la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza
durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de
piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio
vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me
afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se
encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo
que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y
ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón,
esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato
para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el
hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir.
Ahora que sabía bien a bien que lo
iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las
puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel
asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto
de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás como quisieron
hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones.
Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la
Puerta de Piedra, por más señas su compadre.
Al que él, Juvencio Nava, tuvo que
matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su
compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro
compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno
tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe
seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper
la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se
hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra
vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el
agujero.
Así, de día se tapaba el agujero y
de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la
cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el
pasto sin poder probarlo.
Y él, y don Lupe alegaban y
volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.
Hasta que una vez don Lupe le
dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más
que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
Mire, don Lupe, yo no tengo la
culpa de que los animales busquen su acomodo.
Ellos son inocentes. Ahi se lo
haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y
cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del
exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de
mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo
que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por
eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que
se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y
tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar
olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con
unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente
con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió
también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos
parientes. Así que, por parte de ellos , no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron
a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada
que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"-Por ahí andan unos fureños,
Juvencio.
"Y yo echaba pal monte,
entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A
veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los
perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo
imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto
pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de
un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había
acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo
que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado
hasta que se le fuera su mujer ? Aquel día en que amaneció con la nueva de que
su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de
salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para
dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido
todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era
la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo
mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de
allá , de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él
anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que
no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas
secas, acalambradas por el miedo de morir.
Porque a eso iba. A morir. Se lo
dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a
sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de
cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca
con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa
que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón
le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a
la idea de que lo mataran. Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar
podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá
buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en
silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El
viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese
olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Su ojos, que se habían apeñuscado
con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la
oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre
de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el
sabor de la carne.
Se vino largo rato desmenuzándola
con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que
seria el último.
Luego, como queriendo decir algo,
miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que
lo dejaran que se fuera: " Yo no le he hecho daño a nadie,
muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. " Más adelantito
se lo diré", pensaba.
Y sólo los veía. Podía hasta
imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía
quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para
ver por dónde seguía el camino. Los había visto por primera vez al pardear de
la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían
atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles
que allí estaba comenzando a crecer la milpa.
Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo.
Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar
unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a
bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo
de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba
a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber
bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no
volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de
decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se
repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo
si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a
nadie- eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta.
Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido
dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada
más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó
caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de
aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del
boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando
ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel.
El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido
alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú ¿Que si has habitado en
Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá
mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a
Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a
Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo
conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro
cambió de tono:
- Ya sé que murió -dijo- Y siguió
hablando como si platicara con alguien allá , al otro lado de la pared de
carrizos:
- Guadalupe Terreros era mi padre.
Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer
sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con
nosotros esos pasó.
"Luego supe que lo habían
matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me
contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado
en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le
cuidaran a su familia." "Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno
trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo
aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida
eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se
haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él.
No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca," Desde
acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato,
para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame , coronel -pidió él!-. Ya
no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. !No me
mates!...
-!Llévenselo!- volvió a decir la
voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel. He
pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he
pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito
de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame
que, al menos, el Señor me perdone. !No me mates! !Diles que no me maten!.
Estaba allí, Como si lo hubieran
golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz
de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber
hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había
apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón.
Había venido su hijo Justino y su
hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo
apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le
metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego
le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo
de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te
extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se
les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena
de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
Juan Rulfo
viernes, 11 de noviembre de 2011
La intermitencia de la muerte
En el comunicado
oficial, finalmente difundido cuando la noche ya iba avanzada, el jefe del
gobierno ratificaba que no se había registrado ninguna defunción en todo el
país desde el inicio del nuevo año, pedía comedimiento y sentido de la responsabilidad
en los análisis e interpretaciones que del extraño suceso pudieran ser
elaborados, recordaba que no se debería excluir la posibilidad de que se
tratara de una casualidad fortuita, de una alteración cósmica meramente accidental
y sin continuidad, de una conjunción excepcional de coincidencias intrusas en
la ecuación espacio-tiempo, pero que, por si acaso, ya se habían iniciado
contactos exploratorios ante los organismos internacionales competentes para
habilitar al gobierno en una acción tanto más eficaz cuanto más concertada
pudiera ser. Enunciadas estas vaguedades pseudocientíficas, destinadas también
a tranquilizar, por lo incomprensibles, el desbarajuste que reinaba en el
país, el primer ministro
concluía afirmando que el gobierno se encontraba preparado para todas las
eventualidades humanamente imaginables, decidido a encarar con valentía y con
el indispensable apoyo de la ciudadanía los complejos problemas sociales, económicos,
políticos y morales que la extinción definitiva de la muerte inevitablemente
suscitaría, en el caso, más que previsible, de que llegara a confirmarse.
Aceptaremos el reto de la inmortalidad del cuerpo, exclamó con tono arrebatado,
si es ésa la voluntad de dios, a quien agradeceremos por siempre jamás, con
nuestras oraciones, que haya escogido al buen pueblo de este país como su
instrumento. Significa esto, pensó el jefe del gobierno al terminar la
lectura, que estamos con la soga al cuello. No se podía imaginar hasta qué punto
la soga iba a apretarle. Todavía no había pasado media hora cuando, en el coche
oficial que lo conducía a casa, recibió una llamada del cardenal, Buenas
noches, señor primer ministro, Buenas noches, eminencia, Le telefoneo para decirle
que me siento profundamente consternado, También yo, eminencia, la situación
es muy grave, la más grave de cuantas el país ha vivido hasta hoy, No se trata
de eso, De qué se trata entonces, eminencia, Es deplorable desde todos los
puntos de vista que, al redactar la declaración que acabo de escuchar, usted
no tuviera en cuenta aquello que constituye los cimientos, la viga maestra, la
piedra angular, la llave de la bóveda de nuestra santa religión, Eminencia,
perdone, recelo no comprender adonde quiere llegar, Sin muerte, óigame bien,
señor primer ministro, sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no
hay iglesia, Demonios, No he entendido lo que ha dicho, repítalo, por favor,
Estaba callado, eminencia, probablemente habrá sido alguna interferencia
causada por la electricidad atmosférica, por la estática, o un problema de
cobertura, el satélite a veces falla, decía usted que, Decía lo que cualquier
católico, y usted no es excepción, tiene obligación de saber, que sin
resurrección no hay iglesia, además, cómo se le metió en la cabeza que dios
podría querer su propio fin, afirmarlo es una idea absolutamente sacrílega, tal
vez la peor de las blasfemias, Eminencia, no he dicho que dios quiera su propio
fin, No con esas exactas palabras, pero admitió la posibilidad de que la inmortalidad
del cuerpo resultara de la voluntad de dios, no es necesario estar doctorado
en lógica trascendental para darse cuenta de que quien dice una cosa dice la
otra, Eminencia, por favor, créame, fue una simple frase de efecto destinada a
impresionar, un remate del discurso, nada más, bien sabe que la política tiene
estas necesidades, También la iglesia las tiene, señor primer ministro, pero
nosotros meditamos mucho antes de abrir la boca, no hablamos por hablar,
calculamos los efectos a distancia, nuestra especialidad, si quiere que le dé
una imagen que se comprenda mejor, es la balística, Estoy desolado, eminencia,
En su lugar yo también lo estaría. Como si estuviera calculando el tiempo que
tardaría la granada en caer, el cardenal hizo una pausa, luego, en un tono más
suave, más cordial, dijo, Me gustaría saber si dio a conocer la declaración a
su majestad antes de leerla ante los medios de comunicación social,
Naturalmente, eminencia, tratándose de un asunto de tanto melindre, Y qué dice
el rey, si no es secreto de estado, Le pareció bien, Hizo algún comentario al
acabar, Estupendo, Estupendo, qué, Es lo que dijo su majestad, estupendo,
Quiere decirme que también blasfemó, No soy competente para formular juicios de
esa naturaleza, eminencia, vivir con mis propios errores ya me cuesta
demasiado trabajo, Tendré que hablar con el rey, recordarle que, en una
situación como ésta, tan confusa, tan delicada, sólo la observancia fiel y sin
desfallecimientos de las probadas doctrinas de nuestra santa madre iglesia
podrá salvar al país del pavoroso caos que se nos viene encima, Vuestra
eminencia decidirá, está en su papel, Le preguntaré a su majestad qué
prefiere, si ver a la reina madre siempre agonizante, postrada en un lecho del
que no volverá a levantarse, con el inmundo cuerpo reteniéndole indignamente
el alma, o verla, por morir, triunfadora de la muerte, en la gloria eterna y
resplandeciente de los cielos, Nadie dudaría la respuesta, Sí, pero al
contrario de lo que se cree, no son tanto las respuestas lo que me importa,
señor primer ministro, sino las preguntas, obviamente me refiero a las
nuestras, fíjese cómo suelen tener, al mismo tiempo, un objetivo a la vista y
una intención que va escondida detrás, si las hacemos no es sólo para que nos
respondan lo que en ese momento necesitamos que los interpelados escuchen de
su propia boca, es también para que se vaya preparando el camino de las
futuras respuestas, Más o menos como en la política, eminencia, Así es, pero
la ventaja de la iglesia es que, aunque a veces no lo parezca, al gestionar lo
que está arriba, gobierna lo que está abajo. Hubo una nueva pausa, que el
primer ministro interrumpió, Estoy casi llegando a casa, eminencia, pero, si me
lo permite, todavía me gustaría exponerle una breve cuestión, Dígame, Qué hará
la iglesia si nunca más muere nadie, Nunca más es demasiado tiempo, incluso
tratándose de la muerte, señor primer ministro, Creo que no me ha respondido,
eminencia, Le devuelvo la pregunta, qué hará el estado si no muere nadie nunca
más, El estado tratará de sobrevivir, aunque dudo mucho que lo consiga, pero la
iglesia, La iglesia, señor primer ministro, está de tal manera habituada a las
respuestas eternas que no puedo imaginarla dando otras, Aunque la realidad las
contradiga, Desde el principio no hemos hecho otra cosa que contradecir la
realidad, y aquí estamos, Qué dirá el papa, Si yo lo fuera, que dios me perdone
la estulta vanidad de pensarme como tal, mandaría poner en circulación una
nueva tesis, la de la muerte pospuesta, Sin más explicaciones, A la iglesia
nunca se le ha pedido que explicara esto o aquello, nuestra otra especialidad,
además de la balística, ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso,
Buenas noches, eminencia, hasta mañana, Si dios quiere, señor primer ministro,
siempre si dios quiere, Tal como están las cosas en este momento, no parece que
pueda evitarlo, No se olvide, señor primer ministro, que fuera de las
fronteras de nuestro país se sigue muriendo con toda normalidad, y eso es una
buena señal, Cuestión de punto de vista, eminencia, tal vez fuera nos estén
mirando como un oasis, un jardín, un nuevo paraíso, O un infierno, si fueran
inteligentes, Buenas noches, eminencia, le deseo un sueño tranquilo y
reparador, Buenas noches, señor primer ministro, si la muerte decide regresar
esta noche, espero que no tenga la ocurrencia de elegirlo a usted, Si la
justicia en este mundo no es una palabra vana, la reina madre debería irse
antes que yo, Le prometo no denunciarlo mañana ante el rey, Cuánto se lo
agradezco, eminencia, Buenas noches, Buenas noches.
José Saramago
José Saramago
jueves, 10 de noviembre de 2011
¿Le importa a una aveja?
La nave comenzó por ser un esqueleto mecánico. Poco a poco, se le fue cubriendo con una piel brillante por encima y con unas interioridades de extraña forma instaladas dentro.
Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que
hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave.
Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos
fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la
corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:
—Allí está. Ése es el hombre.
—¿Se refiere a Kane? —se fijó Hammer.
—El individuo del mono verde con una llave inglesa.
—Es Kane. ¿Qué es lo que tiene en contra de él?
—Quiero saber lo que hace. Es un idiota.
Lengyel tenía la cara redonda, gordezuela y con un leve temblor en la mandíbula.
Hammer se volvió a mirarle, reflejando en su flaco cuerpo un aire de absoluto desagrado.
—¿Ha estado usted molestándole?
—¿Molestarle yo? He estado hablando con él. Mi obligación es hablar con los hombres, averiguar sus
puntos de vista, recoger información con la que organizar campañas para mejorar la moral.
—¿Y en qué sentido le molesta Kane?
—Es insolente. Le pregunté qué efecto le hacía trabajar en una nave que pronto llegaría a la Luna.
Comenté que la nave era un camino hacia las estrellas. Quizá me pasé un poco con el discurso, exageré
algo, pero él se marchó de la forma más grosera. Le llamé y le pregunté:
—¿Por qué se marcha?
—Porque estoy harto de este tipo de discursos —dijo—. Me voy a mirar las estrellas.
—Bien —asintió Hammer—. A Kane le gusta mirar las estrellas.
—Era de día. Es un idiota. Desde entonces vengo observándole, y no trabaja nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo conservan?
Hammer contestó con inesperada violencia:
—Porque lo quiero por aquí. Porque es mi suerte.
—¿Su suerte? —barbotó Lengyel—. ¿Qué demonios quiere decir?
—Quiero decir que cuando le tengo cerca, pienso mejor. Cuando pasa por mi lado, con su maldita llave inglesa en la mano, se me ocurren ideas. Lo he notado ya tres veces. No me lo explico: ni me interesa explicármelo. Ha ocurrido. Se queda.
—Está bromeando.
—En absoluto. Ahora déjeme en paz.
Kane estaba con su mono verde y su llave inglesa en la mano.
Se daba cuenta vagamente que la nave estaba casi lista. No estaba diseñada para transportar a un
hombre, pero había sitio para él. Sabía esto como sabía muchas cosas más: cómo apartarse de la gente la mayor parte del tiempo; cómo llevar una llave inglesa hasta que la gente se acostumbró a verle con ella y dejaron de fijarse en él. La atmósfera protectora consistía en pequeñas cosas como esa..., llevar la llave inglesa.
Tenía deseos que no entendía del todo, como mirar a las estrellas. Después, poco a poco, su atención
se limitó a mirar las estrellas con un vago anhelo. Luego, a cierto punto determinado. Ignoraba por qué
precisamente aquel punto. Allí no había estrellas. No había nada que ver.
El punto se encontraba en lo más alto del cielo nocturno a final de primavera y en los meses de verano.
A veces se pasaba la mayor parte de la noche mirando el punto hasta que se hundía en el horizonte al
sudoeste. En otras épocas del año se quedaba mirando el punto durante el día.
Había algo en su pensamiento en relación con ese punto que no acababa de cristalizar del todo. Algo
cada vez más fuerte y, a medida que pasaban los años, más tangible y ahora casi estallaba en busca de
expresión. Pero aún no estaba del todo claro.
Kane se revolvió inquieto y se acercó a la nave. Estaba casi completa, casi entera. Casi todo encajaba
perfectamente.
Porque en su interior, bien entrada la proa, había un hueco algo mayor que un hombre. Mañana, el
camino estaría bloqueado por los últimos instrumentos y antes de eso había que llenar el hueco. Pero no con algo que ellos hubieran planeado.
Kane se acercó más. Nadie se fijó en él. Estaban acostumbrados a verle.
Había que subir por una escalerilla metálica y una maroma que había que arrastrar hasta llegar a la última abertura. Sabía dónde estaba, como si hubiera construido la nave con sus propias manos. Subió la escalerilla y trepó por la maroma. De momento no había nadie allí, na...
Estaba equivocado. Un hombre.
Éste le preguntó vivamente:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Kane se incorporó y sus ojos vagos se quedaron mirándole. Levantó la llave inglesa y la dejó caer sobre la cabeza del que le había hablado. El hombre (que no había hecho ningún esfuerzo para esquivar el golpe) se desplomó.
Kane le dejó en el suelo, despreocupado. El hombre no estaría inconsciente por mucho tiempo, pero lo
bastante para permitir a Kane meterse en el hueco. Cuando el hombre despertara no se acordaría para
nada de Kane, ni por qué había perdido el sentido. Habría simplemente cinco minutos borrados de su vida, cinco minutos que nunca encontraría, ni echaría en falta.
En el oscuro hueco no había, naturalmente, ninguna ventilación, pero Kane no le dio la menor
importancia. Con la seguridad del instinto, trepó hacia arriba en dirección al hueco que iba a recibirle, y se quedó allí, jadeando, perfectamente encajado en la cavidad, como si fuera un vientre.
Dentro de dos horas empezarían a introducir el último de los instrumentos, cerrarían las compuertas y
dejarían allí a Kane, sin saberlo. Kane sería el único pedazo de carne y sangre dentro de una cosa de
metal, cerámica y combustible.
Kane no temía ser descubierto antes de ser lanzada la nave. Nadie del proyecto sabía que existía esa
cavidad. En el diseño no estaba previsto. Los mecánicos y constructores ignoraban haberlo puesto.
Kane se lo había arreglado solo.
Ni sabía cómo se las había arreglado, pero sabía que lo había hecho.
Podía contemplar su propia influencia sin saberlo, sin saber cómo la ejercía. Tomen por ejemplo a un
hombre llamado Hammer, jefe del proyecto y el hombre más claramente influenciable. De todas las figuras vagas que rodeaban a Kane, él era el menos vago. A veces Kane se daba cuenta de él cuando se le acercaba con su andar lento y sin ruido por el terreno. Era lo único que necesitaba..., pasar junto a él.
Kane recordaba que le había ocurrido antes, especialmente con los teóricos. Cuando Lise Meitner
decidió hacer la prueba con bario entre los productos del bombardeo del uranio por neutrones, Kane
estuvo en un corredor cercano como un caminante en el que nadie se fija.
Estuvo recogiendo hojas secas y maleza en un parque en 1904, cuando el joven Einstein pasó junto a él reflexionando. Los pasos de Einstein se hicieron más vivos por el impacto de la súbita idea que se le
ocurrió. Kane lo sintió como un shock eléctrico.
No sabía cómo lo había hecho. ¿Acaso la araña conoce la teoría arquitectónica cuando comienza a tejer su primera tela?
Pero podía ir aún más lejos. El día en que el joven Newton miró hacia la luna con el principio de una
cierta idea, Kane estuvo allí. Y todavía antes.
El paisaje de Nuevo México, generalmente desierto, estaba repleto de hormigas humanas, arracimadas
junto a la rampa de lanzamiento. Esta nave era diferente a todas las estructuras similares que la habían
precedido.
Ésta se desprendería libremente de la Tierra, más que cualquier otra. Llegaría alrededor de la Luna
antes de volver a caer. Iría abarrotada de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían sus emisiones de calor, buscarían radioactividad y probarían las estructuras químicas mediante microondas. Haría, por automatización, casi todo lo que podía esperarse de una nave tripulada por el hombre y enseñaría lo bastante para asegurarse que la próxima nave enviada sí estaría tripulada.
Claro que, en realidad, la primera nave, después de todo, era una nave tripulada.
Había representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de varios grupos sociales, de varios
organismos económicos. Había cámaras de televisión y periodistas.
Aquellos que no habían podido estar allí, lo veían desde sus casas y oían los números de la cuenta
regresiva, en un tono monótono, en el que se ha hecho proverbial durante las tres últimas décadas.
Al llegar a cero, los reactores entraban en funcionamiento y la nave, imponentemente, se elevaba.
Kane percibió el ruido de los gases, como a distancia, y sintió la presión ejercida por la aceleración.
Desconectó su mente, elevándola hacia delante, liberándola de la conexión directa con su cuerpo a fin
de evitar el sentir dolor e incomodidad.
Medio mareado, se dio cuenta que su largo viaje casi había terminado. Ya no tendría que maniobrar
cuidadosamente para evitar que la gente se diera cuenta que era inmortal. Ya no tendría que fundirse en lo que le rodeaba, ni vagar eternamente de un lugar a otro, ni cambiar de nombre y de personalidad, ni
manipular mentes.
No había sido perfecto, claro. Cuando se dieron los mitos del judío errante y del holandés errante, él
estaba allí. Nadie le había molestado.
Podía ver su punto en el cielo. Podía verlo a través de la masa sólida de la nave. O no lo «veía»
realmente. No encontraba la palabra adecuada.
Pero sabía que dicha palabra existía. Desconocía cómo estaba enterado de muchas de las cosas que
sabía, pero era consciente que, a medida que pasaban los siglos, iba conociéndolas gradualmente con una seguridad que no requería razones.
Había comenzado como un ovum (o algo que la palabra ovum lo definía bien) depositado en la Tierra
antes que fueran edificadas las primeras ciudades por criaturas cazadoras y nómadas llamadas, desde
entonces, «hombres». La Tierra había sido cuidadosamente elegida por su progenitor. No todos los
mundos servían.
¿Qué mundo era el que servía? ¿Cuál era el criterio? Eso no lo sabía aún.
¿Conoce una avispa icneumona suficiente ornitología para poder encontrar la especie de araña que
cuidará sus huevos, y pincharla lo suficiente a fin que ésta siga con vida?
El ovum lo soltó por fin y adoptó la forma de hombre y vivió entre los hombres y se protegió de los
hombres. Y su único propósito fue organizar que los hombres viajaran a lo largo de un camino que
terminaría en una nave y dentro de la nave una cavidad y dentro de la cavidad, él.
Había tardado en conseguirlo ocho mil años con una lenta y continua lucha.
El punto en el cielo se hizo más visible ahora que la nave salía de la atmósfera. Ésta era la llave que abría su mente. Ésta era la pieza que completaba el rompecabezas.
Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que no podía ser visto por el hombre a simple vista.
Una en particular brillaba más que las otras y Kane anhelaba llegar a ella. La expresión que había ido
creciendo en su interior durante tanto tiempo, estalló ahora.
—Hogar —murmuró.
¿Lo sabía? ¿Acaso el salmón estudia cartografía para descubrir el manantial de donde surgió el arroyo
de agua clara en el que, años antes, nació?
El paso final se dio en el lento madurar que había tardado ocho mil años, y Kane había dejado ser larva
y era adulto.
El adulto Kane salió de la carne humana que había protegido la larva y también se desprendió de la
nave. Corrió adelante, a velocidades inconcebibles, hacia su hogar, del que algún día saldría de nuevo
paseando por el espacio para fertilizar algún planeta.
Y surcó el espacio, sin volver a pensar en la nave que llevaba su crisálida vacía. No pensó en que había
empujado a todo un mundo hacia la tecnología y los viajes espaciales, sólo para que la cosa que había sido Kane pudiera madurar y conseguir su culminación.
¿Le importa a una abeja lo que le ocurre a una flor cuando ella ha terminado de libar y se aleja?
Isaac Asimov
Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que
hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave.
Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos
fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la
corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:
—Allí está. Ése es el hombre.
—¿Se refiere a Kane? —se fijó Hammer.
—El individuo del mono verde con una llave inglesa.
—Es Kane. ¿Qué es lo que tiene en contra de él?
—Quiero saber lo que hace. Es un idiota.
Lengyel tenía la cara redonda, gordezuela y con un leve temblor en la mandíbula.
Hammer se volvió a mirarle, reflejando en su flaco cuerpo un aire de absoluto desagrado.
—¿Ha estado usted molestándole?
—¿Molestarle yo? He estado hablando con él. Mi obligación es hablar con los hombres, averiguar sus
puntos de vista, recoger información con la que organizar campañas para mejorar la moral.
—¿Y en qué sentido le molesta Kane?
—Es insolente. Le pregunté qué efecto le hacía trabajar en una nave que pronto llegaría a la Luna.
Comenté que la nave era un camino hacia las estrellas. Quizá me pasé un poco con el discurso, exageré
algo, pero él se marchó de la forma más grosera. Le llamé y le pregunté:
—¿Por qué se marcha?
—Porque estoy harto de este tipo de discursos —dijo—. Me voy a mirar las estrellas.
—Bien —asintió Hammer—. A Kane le gusta mirar las estrellas.
—Era de día. Es un idiota. Desde entonces vengo observándole, y no trabaja nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo conservan?
Hammer contestó con inesperada violencia:
—Porque lo quiero por aquí. Porque es mi suerte.
—¿Su suerte? —barbotó Lengyel—. ¿Qué demonios quiere decir?
—Quiero decir que cuando le tengo cerca, pienso mejor. Cuando pasa por mi lado, con su maldita llave inglesa en la mano, se me ocurren ideas. Lo he notado ya tres veces. No me lo explico: ni me interesa explicármelo. Ha ocurrido. Se queda.
—Está bromeando.
—En absoluto. Ahora déjeme en paz.
Kane estaba con su mono verde y su llave inglesa en la mano.
Se daba cuenta vagamente que la nave estaba casi lista. No estaba diseñada para transportar a un
hombre, pero había sitio para él. Sabía esto como sabía muchas cosas más: cómo apartarse de la gente la mayor parte del tiempo; cómo llevar una llave inglesa hasta que la gente se acostumbró a verle con ella y dejaron de fijarse en él. La atmósfera protectora consistía en pequeñas cosas como esa..., llevar la llave inglesa.
Tenía deseos que no entendía del todo, como mirar a las estrellas. Después, poco a poco, su atención
se limitó a mirar las estrellas con un vago anhelo. Luego, a cierto punto determinado. Ignoraba por qué
precisamente aquel punto. Allí no había estrellas. No había nada que ver.
El punto se encontraba en lo más alto del cielo nocturno a final de primavera y en los meses de verano.
A veces se pasaba la mayor parte de la noche mirando el punto hasta que se hundía en el horizonte al
sudoeste. En otras épocas del año se quedaba mirando el punto durante el día.
Había algo en su pensamiento en relación con ese punto que no acababa de cristalizar del todo. Algo
cada vez más fuerte y, a medida que pasaban los años, más tangible y ahora casi estallaba en busca de
expresión. Pero aún no estaba del todo claro.
Kane se revolvió inquieto y se acercó a la nave. Estaba casi completa, casi entera. Casi todo encajaba
perfectamente.
Porque en su interior, bien entrada la proa, había un hueco algo mayor que un hombre. Mañana, el
camino estaría bloqueado por los últimos instrumentos y antes de eso había que llenar el hueco. Pero no con algo que ellos hubieran planeado.
Kane se acercó más. Nadie se fijó en él. Estaban acostumbrados a verle.
Había que subir por una escalerilla metálica y una maroma que había que arrastrar hasta llegar a la última abertura. Sabía dónde estaba, como si hubiera construido la nave con sus propias manos. Subió la escalerilla y trepó por la maroma. De momento no había nadie allí, na...
Estaba equivocado. Un hombre.
Éste le preguntó vivamente:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Kane se incorporó y sus ojos vagos se quedaron mirándole. Levantó la llave inglesa y la dejó caer sobre la cabeza del que le había hablado. El hombre (que no había hecho ningún esfuerzo para esquivar el golpe) se desplomó.
Kane le dejó en el suelo, despreocupado. El hombre no estaría inconsciente por mucho tiempo, pero lo
bastante para permitir a Kane meterse en el hueco. Cuando el hombre despertara no se acordaría para
nada de Kane, ni por qué había perdido el sentido. Habría simplemente cinco minutos borrados de su vida, cinco minutos que nunca encontraría, ni echaría en falta.
En el oscuro hueco no había, naturalmente, ninguna ventilación, pero Kane no le dio la menor
importancia. Con la seguridad del instinto, trepó hacia arriba en dirección al hueco que iba a recibirle, y se quedó allí, jadeando, perfectamente encajado en la cavidad, como si fuera un vientre.
Dentro de dos horas empezarían a introducir el último de los instrumentos, cerrarían las compuertas y
dejarían allí a Kane, sin saberlo. Kane sería el único pedazo de carne y sangre dentro de una cosa de
metal, cerámica y combustible.
Kane no temía ser descubierto antes de ser lanzada la nave. Nadie del proyecto sabía que existía esa
cavidad. En el diseño no estaba previsto. Los mecánicos y constructores ignoraban haberlo puesto.
Kane se lo había arreglado solo.
Ni sabía cómo se las había arreglado, pero sabía que lo había hecho.
Podía contemplar su propia influencia sin saberlo, sin saber cómo la ejercía. Tomen por ejemplo a un
hombre llamado Hammer, jefe del proyecto y el hombre más claramente influenciable. De todas las figuras vagas que rodeaban a Kane, él era el menos vago. A veces Kane se daba cuenta de él cuando se le acercaba con su andar lento y sin ruido por el terreno. Era lo único que necesitaba..., pasar junto a él.
Kane recordaba que le había ocurrido antes, especialmente con los teóricos. Cuando Lise Meitner
decidió hacer la prueba con bario entre los productos del bombardeo del uranio por neutrones, Kane
estuvo en un corredor cercano como un caminante en el que nadie se fija.
Estuvo recogiendo hojas secas y maleza en un parque en 1904, cuando el joven Einstein pasó junto a él reflexionando. Los pasos de Einstein se hicieron más vivos por el impacto de la súbita idea que se le
ocurrió. Kane lo sintió como un shock eléctrico.
No sabía cómo lo había hecho. ¿Acaso la araña conoce la teoría arquitectónica cuando comienza a tejer su primera tela?
Pero podía ir aún más lejos. El día en que el joven Newton miró hacia la luna con el principio de una
cierta idea, Kane estuvo allí. Y todavía antes.
El paisaje de Nuevo México, generalmente desierto, estaba repleto de hormigas humanas, arracimadas
junto a la rampa de lanzamiento. Esta nave era diferente a todas las estructuras similares que la habían
precedido.
Ésta se desprendería libremente de la Tierra, más que cualquier otra. Llegaría alrededor de la Luna
antes de volver a caer. Iría abarrotada de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían sus emisiones de calor, buscarían radioactividad y probarían las estructuras químicas mediante microondas. Haría, por automatización, casi todo lo que podía esperarse de una nave tripulada por el hombre y enseñaría lo bastante para asegurarse que la próxima nave enviada sí estaría tripulada.
Claro que, en realidad, la primera nave, después de todo, era una nave tripulada.
Había representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de varios grupos sociales, de varios
organismos económicos. Había cámaras de televisión y periodistas.
Aquellos que no habían podido estar allí, lo veían desde sus casas y oían los números de la cuenta
regresiva, en un tono monótono, en el que se ha hecho proverbial durante las tres últimas décadas.
Al llegar a cero, los reactores entraban en funcionamiento y la nave, imponentemente, se elevaba.
Kane percibió el ruido de los gases, como a distancia, y sintió la presión ejercida por la aceleración.
Desconectó su mente, elevándola hacia delante, liberándola de la conexión directa con su cuerpo a fin
de evitar el sentir dolor e incomodidad.
Medio mareado, se dio cuenta que su largo viaje casi había terminado. Ya no tendría que maniobrar
cuidadosamente para evitar que la gente se diera cuenta que era inmortal. Ya no tendría que fundirse en lo que le rodeaba, ni vagar eternamente de un lugar a otro, ni cambiar de nombre y de personalidad, ni
manipular mentes.
No había sido perfecto, claro. Cuando se dieron los mitos del judío errante y del holandés errante, él
estaba allí. Nadie le había molestado.
Podía ver su punto en el cielo. Podía verlo a través de la masa sólida de la nave. O no lo «veía»
realmente. No encontraba la palabra adecuada.
Pero sabía que dicha palabra existía. Desconocía cómo estaba enterado de muchas de las cosas que
sabía, pero era consciente que, a medida que pasaban los siglos, iba conociéndolas gradualmente con una seguridad que no requería razones.
Había comenzado como un ovum (o algo que la palabra ovum lo definía bien) depositado en la Tierra
antes que fueran edificadas las primeras ciudades por criaturas cazadoras y nómadas llamadas, desde
entonces, «hombres». La Tierra había sido cuidadosamente elegida por su progenitor. No todos los
mundos servían.
¿Qué mundo era el que servía? ¿Cuál era el criterio? Eso no lo sabía aún.
¿Conoce una avispa icneumona suficiente ornitología para poder encontrar la especie de araña que
cuidará sus huevos, y pincharla lo suficiente a fin que ésta siga con vida?
El ovum lo soltó por fin y adoptó la forma de hombre y vivió entre los hombres y se protegió de los
hombres. Y su único propósito fue organizar que los hombres viajaran a lo largo de un camino que
terminaría en una nave y dentro de la nave una cavidad y dentro de la cavidad, él.
Había tardado en conseguirlo ocho mil años con una lenta y continua lucha.
El punto en el cielo se hizo más visible ahora que la nave salía de la atmósfera. Ésta era la llave que abría su mente. Ésta era la pieza que completaba el rompecabezas.
Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que no podía ser visto por el hombre a simple vista.
Una en particular brillaba más que las otras y Kane anhelaba llegar a ella. La expresión que había ido
creciendo en su interior durante tanto tiempo, estalló ahora.
—Hogar —murmuró.
¿Lo sabía? ¿Acaso el salmón estudia cartografía para descubrir el manantial de donde surgió el arroyo
de agua clara en el que, años antes, nació?
El paso final se dio en el lento madurar que había tardado ocho mil años, y Kane había dejado ser larva
y era adulto.
El adulto Kane salió de la carne humana que había protegido la larva y también se desprendió de la
nave. Corrió adelante, a velocidades inconcebibles, hacia su hogar, del que algún día saldría de nuevo
paseando por el espacio para fertilizar algún planeta.
Y surcó el espacio, sin volver a pensar en la nave que llevaba su crisálida vacía. No pensó en que había
empujado a todo un mundo hacia la tecnología y los viajes espaciales, sólo para que la cosa que había sido Kane pudiera madurar y conseguir su culminación.
¿Le importa a una abeja lo que le ocurre a una flor cuando ella ha terminado de libar y se aleja?
Isaac Asimov
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Vamos Maikel

Desde el año 2009 Melamed había intentado participar en el maratón de Nueva Jork, para probar que a base de esfuerzo, nada es imposible, incluso para una personas con discapacidades físicas. Este año, por fin, le han permitido participar.
—¿Mamá que pasa? Mamá no entiendo.
En muy breves palabras, lo
más potables para mi floreciente raciocinio, ella me explicó la
conversación con la junta médica. Me dijo que, después de muchos años de
ejercicios y de tanto esfuerzo, los análisis de las tendencias
indicaban que, a pesar de haber detenido la fase degenerativa, no podía
mejorar mucho mas y, por supuesto, nunca llegaría a "ser normal"
Ante esas frases, de pronto
sentí un devastador terremoto bajo mis pies, literalmente se abría la
tierra para tragarse consigo todo lo que para mi era importante. Y
comencé a llorar, como nunca creí que se podía llorar, el dolor me
desvanecía en gotas saladas, como regando aquel infierno a ver si
lograba apagarlo. Lloré y lloré, por minutos, por horas quizás, ya el
tiempo no era importante. Hiciera lo que hiciera sabía que ni mañana, ni
nunca las cosas iban a cambiar.
Solo después de mucho rato,
después de velarme a mí mismo, aquel niño paró instantáneamente de
llorar. La corriente se secó y su mirada húmeda cambiaba para
posiblemente tomar la primera decisión autónoma y contundente de su
vida.
Fuerte y seco le dije a mi madre:
— ¡Vámonos mama, vámonos!
Y ella comprensiva y cariñosa me tomó del brazo para salir de ese lugar.
Ya el sol caía y ni el
heladero de la esquina, quien se quedaba extrañando que su amiguito de
los jueves le pidiera una merengada y jugara con él, tenia sentido para
mí, ya no. Ese jueves fue el último día que pise aquel juzgado. Ese
jueves fue el último día que ejercité mi cuerpo, que a partir de ese
momento quedó totalmente inexistente.
La oscuridad lo cubrió todo...
Por mucho tiempo me dediqué
a triunfar sólo intelectualmente pero en cuanto a mi físico permanecía
en abandono, lo que afectaba mi salud, bienestar, relaciones y, por si
fuera poco, quedando sin más del 80% de mis posibilidades subutilizadas,
por colocarle una cifra.
Tuvo que pasar 17 años para
tomar otro rumbo. Ya autónomo, darme ciertas licencias y mirar atónito
como mi cuerpo reaccionaba positivamente ante algunos desafíos,
disfrutando de ellos no importando el resultado. Ya había descubierto
que ser "normal" no era un anhelo, sino la peor trampa. El dolor, dio
paso a la curiosidad y la curiosidad dio paso a la ilusión. Al final, la
ilusión bien llevada dio paso al éxito, que hoy vivo y comparto.
Se iniciaron caminos donde
arrostrar la negativa y los diagnósticos previos han sido el quehacer
diario. Hemos logrado cambios y mejorías desde lo cotidiano hasta en las
actividades más extraordinarias e inconcebibles. Desde subir un simple
escalón de forma independiente o bailar toda la noche, hasta tirarme en
paracaídas, en parapente, hacer excursiones, buceo, surfing, carreras y,
por supuesto, llegar a la cumbre de la montaña mas alta de mi país: el
pico Bolívar (5007 mts), y ahora en camino al maratón de Nueva York.
Intento tras intento
siempre frente a un NO. Continuamente frente la historia negadora de lo
nuevo, aceptando su papel como parte del camino, pero dándole prioridad
al sueño de turno.
Aventurándome siempre al
limite para probarme hasta donde verdaderamente soy capaz de llegar, sin
que nadie mas que la experiencia me oriente hacia mi horizonte, mi
frontera.
Así es. "El día más oscuro de la historia", mi historia o la tuya, es trágico, terrible y devastador. Es el día que dejas de escucharte, de reconocerte en tu propia sabiduría interna. El día en que dejas que otros fijen por ti tus expectativas, tus deseos de ti mismo y, por tanto, tus acciones. Es el día que te niegas en tu genio, tu plena potencialidad.
http://www.maickelmelamed.com
![]() |
| Maickel Melamed terminó la carrera a las 11:50 pm, 15 horas y 22 minutos después de comenzar. |
martes, 8 de noviembre de 2011
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