sábado, 19 de noviembre de 2011

Alejandría



 "Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros (Φάρος)". Cuando se levantó quiso ir a la isla y se dio cuenta de su situación privilegiada y más aún si, por medio de un dique, se la unía a la costa. Entonces mandó traer harina para marcar él mismo el enclave de la futura Alejandría (pues no se disponía del yeso con que solía hacerse) y él mismo dibujó el círculo en forma de manto macedonio. No bien hubo terminado cuando empezaron a llegar desde el río y desde el mar pájaros grandes y diversos que se dedicaron a comer toda la harina esparcida. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, Alejandro se turbó muy preocupado pensando que se trataba de un mal augurio. Pero Aristandro, el vidente que lo acompañaba supo interpretar el buen augurio y que el proceder de los pájaros pronosticaba que la ciudad sería tan rica y próspera que podría nutrir a todos los hombres de todas las razas.

Fortaleza Qaitbay


Anfiteatro romano
Biblioteca
Mezquita Mursi Abul Abbas
Palacio de Montazah

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cuestión de química

Loco parentis

Papá: Es hermoso, ¿verdad?
Mamá: ¡Tan nuevo, sin un rasguño! ¡Igual que un coche de la sala de muestras o una turbina que nunca
ha girado! ¡Como un reloj nuevo!
Papá: Estás entusiasmada, ¿eh? ¿Intentas decirme algo?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: Oh, yo sé de todo eso. He estado observando.
Mamá: Querrás decir que los dos sabemos.
Enfermera: Ambos aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Papá: ¿Por qué has hablado de una turbina? He oído decir que, debido a que hay tantas parejas como
nosotros, que desean tener hijos pero no pueden tenerlos, construyen robots, simulacros semivivientes,
igual que niños, para satisfacer el instinto. Una noche al mes los cambian por otros mayores, de manera que los propietarios creen que el niño está creciendo. Algo así como comer fruta de cera.
Mamá: Eso es absurdo. Pero mutan el plasma germinal de los chimpancés (Pan satyrus) para que se
parezcan a los humanos, produciendo simios semihumanos para que se ocupen de ellos. Es como si el
órgano ofreciera su música cuando nadie escuchara salvo el mono que lo toca.
Papá: (Apartando la sábana del bebé). Él no es un chimpancé mutado. Fíjate en lo rectas que son sus
piernas.
Mamá: (Tocando al niño). No es una máquina. Nota lo caliente que está. Calor auténtico. Y lo tiene aun
cuando ninguna de sus partes esté moviéndose.
Hijo: ¿Puedo irme a jugar?
Mamá: ¿Con quién?
Hijo: Con Jock y Ford. Jugaremos con cometas y nos subiremos a los árboles.
Mamá: En tu lugar, yo no jugaría con Ford. Le vi cuando cayó y se hirió la rodilla. La sangre no brotaba
en chorros normales. Salía, eso es todo, como algo que se está vaciando.
Papá: En tu lugar evitaría a Jock. Come demasiada fruta y no apruebo su gusto para vestir.
Hijo: Jock no se pone ropa.
Mamá: A eso se refiere tu padre.
Hijo: Quiero a su hermana. (Se va).
Papá: No llores. Crecen tan de prisa... Todo el mundo te lo ha dicho siempre, ¿no?
Mamá: (Todavía sollozando). No es eso. ¡La hermana de Jock!
Papá: Una chica encantadora. Perturbadoramente hermosa, de hecho.
Mamá: ¡La hermana de Jock!
Hijo: (Vuelve a entrar, seguido de un matrimonio de edad madura). Mamá, papá, estos señores me
dicen que ellos son mis verdaderos padres. Y que ahora que ya he crecido lo bastante como para no darles
demasiados problemas, aparte de la enseñanza, han venido a reclamarme.
Señor Dumbrouski: Hemos explicado al muchacho lo útiles que son unos seudopadres adoptivos, al
permitir a la gente auténtica el necesario tiempo de ocio.
Señora Dumbrouski: Siempre he opinado que es una profesión honorable. Además, al ocupar el lugar
de personas en oficinas donde se supone que éstas se encuentran trabajando, los seudopadres incrementan
de un modo provechoso el prestigio de sus supervisores nominales. ¿No es cierto, querido?
Señor Dumbrouski: Sí, muy cierto. Tengo varios trabajando en mi lugar, aunque jamás lo reconocería en
la oficina.
Hijo: Adiós, mamá y papá. Sé que uno de vosotros, o los dos, podéis ser una máquina, o un mono, o
ambas cosas a la vez, pero nunca os olvidaré. No vendré a visitarlos, porque alguien podría verme, pero
nunca los olvidaré. (Se vuelve hacia el señor Dumbrouski). ¿Distinguiré cuál es el uno y cuál es el otro
cuando haya tenido tiempo de pensar en ello?
Enfermera: ¿No es precioso? Pero sólo tiene diez meses. Necesitará todo tipo de cuidados. Limpieza y
alimentación.
Papá: ¡Como un renuevo de bambú!
Mamá: ¡Igual que el reflector de un faro que acaba de salir del tanque plateado!
Enfermera: Aprenderán, estoy segura. (Deja al bebé y se va).
Niño: ¿Puedo sentarme aquí, junto al reloj, para comer mi plátano?
Mamá y Papá: ¡Hijo mío!

Gene Wolfe

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ay Deus se sab' ora meu amigo

Fatuidad humana


Cuando el rey don Juan de Portugal se vio forzado, en los primeros años del siglo XIX, a refugiarse en el Brasil, tuvo, pues su majestad fue muy braguetero, por combleza o manfla, querida o menina, a la más linda mulatica de Río de Janeiro, relaciones pecaminosas que, a la larga, dieron por fruto un muchacho, lo que nada tiene de maravilloso, sino de muy natural y corriente. ¡Esos polvos traen esos lodos!
Entiendo que la moza exprimió al rey don Juan, dejándolo con menos jugo que a limón de fresquería.
Dicen las crónicas que Patrocinio, tal se llamaba la bagaza, era caliente y alborotada de rabadilla, lo que la producía gran titilación y reconcomio en el clítoris.
Con ella, los cortesanos no tenían más que invitarla a beber una copa de onfacomelí (licor africano), y ... a cabalgar se ha dicho ...
Sospecho que Patrocinio era tan puta como cualquier chuchumeca de Atenas; cuando a un hombre le venía en gana echar un polvo con una de esas pécoras, no tenía para qué gastar palabras; bastábale con cerrar el puño, levantando el dedo índice. Si la hembra no estaba con patente sucia, o tenía otro compromiso ajustado, le contestaba cerrando el pulgar, en la forma de anillo o círculo.
Y ya saben ustedes, por si lo ignoraban, cuál fue el origen de esta mímica, que hasta ahora subsiste, entre las mozas de burdel. El macho también formaba anillo, metía en él el índice, y daba luego un taponazo, que era como decir: All right.
Barruntos tenía el rey de las frecuentes jugarretas de su coima, pero no se atrevía a rezongar, por falta de pruebas; al cabo, durmiósele un día el diablo a la muchacha y sorprendiéndola su señor, como dice la Epístola de San Pablo illa sub, ille super, allí fue Troya. Don Juan la encerró, por un año, en la prisión de prostitutas, y mandó al chico al Seminario de Lisboa; corriendo los tiempos, lo hizo arzobispo de Coimbra.
Jubilada ya Patrocinio en la milicia de Venus, aunque nunca había estado en correspondencia con su ilustrísimo y reverendísimo hijo, no pudo negarse a dar una carta de recomendación, a su confesor, para el arzobispo de Coimbra, llamado a entender en el asunto que lo llevara a Portugal.
Leyó su ilustrísima la carta, complació al portador en sus pretensiones, y cuando éste fue a despedirse, pidiéndole órdenes para Río de Janeiro, le dio la siguiente carta para Patrocinio:
Señora: Su recomendado le dirá que lo he servido a pedir de boca. No vuelva usted a escribirme, y menos tratándome como cosa suya, porque os filhos naturales do rey non tenhem madre. Dios la guarde.
No era Patrocinio de esas que lloran a lágrimas de hormiga viuda, ni habría ido a Roma a consultar al Padre Santo la respuesta que cabría dar a la fatuidad del arzobispillo.
He aquí su contestación:
Señor mío: Agradeciendo sus atenciones que a mi confesor ha dispensado, cúmpleme decirle que os filhos de puta non tenhem padre. Dios le guarde.
Ricardo Palma

domingo, 13 de noviembre de 2011

Chispas de Quesada


  












   
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sábado, 12 de noviembre de 2011

Rosa




¡Diles Que No Me Maten!


¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de tí.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir.
Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones.
Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre.
Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero.
Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.
Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo.
Ellos son inocentes. Ahi se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos , no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida." Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer ? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá , de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir.
Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran. Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Su ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne.
Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que seria el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: " Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. " Más adelantito se lo diré", pensaba.
Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino. Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa.
Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie- eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
- Ya sé que murió -dijo- Y siguió hablando como si platicara con alguien allá , al otro lado de la pared de carrizos:
- Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros esos pasó.
"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia." "Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca," Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame , coronel -pidió él!-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. !No me mates!...
-!Llévenselo!- volvió a decir la voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. !No me mates! !Diles que no me maten!.
Estaba allí, Como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón.
Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
Juan Rulfo

viernes, 11 de noviembre de 2011

Death is the Road to Awe

La intermitencia de la muerte

En el comunicado oficial, finalmente difun­dido cuando la noche ya iba avanzada, el jefe del gobierno ratificaba que no se había registrado nin­guna defunción en todo el país desde el inicio del nuevo año, pedía comedimiento y sentido de la res­ponsabilidad en los análisis e interpretaciones que del extraño suceso pudieran ser elaborados, recorda­ba que no se debería excluir la posibilidad de que se tratara de una casualidad fortuita, de una altera­ción cósmica meramente accidental y sin continui­dad, de una conjunción excepcional de coinciden­cias intrusas en la ecuación espacio-tiempo, pero que, por si acaso, ya se habían iniciado contactos ex­ploratorios ante los organismos internacionales com­petentes para habilitar al gobierno en una acción tanto más eficaz cuanto más concertada pudiera ser. Enunciadas estas vaguedades pseudocientíficas, destinadas también a tranquilizar, por lo incompren­sibles, el desbarajuste que reinaba en el país, el primer ministro concluía afirmando que el gobierno se encontraba preparado para todas las eventuali­dades humanamente imaginables, decidido a enca­rar con valentía y con el indispensable apoyo de la ciudadanía los complejos problemas sociales, eco­nómicos, políticos y morales que la extinción defi­nitiva de la muerte inevitablemente suscitaría, en el caso, más que previsible, de que llegara a confir­marse. Aceptaremos el reto de la inmortalidad del cuerpo, exclamó con tono arrebatado, si es ésa la vo­luntad de dios, a quien agradeceremos por siempre jamás, con nuestras oraciones, que haya escogido al buen pueblo de este país como su instrumento. Significa esto, pensó el jefe del gobierno al termi­nar la lectura, que estamos con la soga al cuello. No se podía imaginar hasta qué punto la soga iba a apretarle. Todavía no había pasado media hora cuando, en el coche oficial que lo conducía a casa, recibió una llamada del cardenal, Buenas noches, señor primer ministro, Buenas noches, eminencia, Le telefoneo para decirle que me siento profunda­mente consternado, También yo, eminencia, la si­tuación es muy grave, la más grave de cuantas el país ha vivido hasta hoy, No se trata de eso, De qué se trata entonces, eminencia, Es deplorable desde todos los puntos de vista que, al redactar la decla­ración que acabo de escuchar, usted no tuviera en cuenta aquello que constituye los cimientos, la viga maestra, la piedra angular, la llave de la bóveda de nuestra santa religión, Eminencia, perdone, recelo no comprender adonde quiere llegar, Sin muerte, óigame bien, señor primer ministro, sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay iglesia, Demonios, No he entendido lo que ha dicho, repí­talo, por favor, Estaba callado, eminencia, proba­blemente habrá sido alguna interferencia causada por la electricidad atmosférica, por la estática, o un problema de cobertura, el satélite a veces falla, decía usted que, Decía lo que cualquier católico, y usted no es excepción, tiene obligación de saber, que sin resurrección no hay iglesia, además, cómo se le me­tió en la cabeza que dios podría querer su propio fin, afirmarlo es una idea absolutamente sacrílega, tal vez la peor de las blasfemias, Eminencia, no he dicho que dios quiera su propio fin, No con esas exactas palabras, pero admitió la posibilidad de que la inmortalidad del cuerpo resultara de la volun­tad de dios, no es necesario estar doctorado en ló­gica trascendental para darse cuenta de que quien dice una cosa dice la otra, Eminencia, por favor, créame, fue una simple frase de efecto destinada a impresionar, un remate del discurso, nada más, bien sabe que la política tiene estas necesidades, Tam­bién la iglesia las tiene, señor primer ministro, pero nosotros meditamos mucho antes de abrir la boca, no hablamos por hablar, calculamos los efectos a dis­tancia, nuestra especialidad, si quiere que le dé una imagen que se comprenda mejor, es la balística, Estoy desolado, eminencia, En su lugar yo también lo estaría. Como si estuviera calculando el tiempo que tardaría la granada en caer, el cardenal hizo una pausa, luego, en un tono más suave, más cordial, dijo, Me gustaría saber si dio a conocer la declara­ción a su majestad antes de leerla ante los medios de comunicación social, Naturalmente, eminencia, tratándose de un asunto de tanto melindre, Y qué dice el rey, si no es secreto de estado, Le pareció bien, Hizo algún comentario al acabar, Estupendo, Estupendo, qué, Es lo que dijo su majestad, estu­pendo, Quiere decirme que también blasfemó, No soy competente para formular juicios de esa natu­raleza, eminencia, vivir con mis propios errores ya me cuesta demasiado trabajo, Tendré que hablar con el rey, recordarle que, en una situación como ésta, tan confusa, tan delicada, sólo la observancia fiel y sin desfallecimientos de las probadas doctrinas de nuestra santa madre iglesia podrá salvar al país del pavoroso caos que se nos viene encima, Vuestra eminencia decidirá, está en su papel, Le pregunta­ré a su majestad qué prefiere, si ver a la reina madre siempre agonizante, postrada en un lecho del que no volverá a levantarse, con el inmundo cuerpo re­teniéndole indignamente el alma, o verla, por mo­rir, triunfadora de la muerte, en la gloria eterna y resplandeciente de los cielos, Nadie dudaría la res­puesta, Sí, pero al contrario de lo que se cree, no son tanto las respuestas lo que me importa, señor primer ministro, sino las preguntas, obviamente me refiero a las nuestras, fíjese cómo suelen tener, al mismo tiempo, un objetivo a la vista y una inten­ción que va escondida detrás, si las hacemos no es sólo para que nos respondan lo que en ese momen­to necesitamos que los interpelados escuchen de su propia boca, es también para que se vaya preparan­do el camino de las futuras respuestas, Más o me­nos como en la política, eminencia, Así es, pero la ventaja de la iglesia es que, aunque a veces no lo pa­rezca, al gestionar lo que está arriba, gobierna lo que está abajo. Hubo una nueva pausa, que el primer ministro interrumpió, Estoy casi llegando a casa, eminencia, pero, si me lo permite, todavía me gus­taría exponerle una breve cuestión, Dígame, Qué hará la iglesia si nunca más muere nadie, Nunca más es demasiado tiempo, incluso tratándose de la muerte, señor primer ministro, Creo que no me ha respondido, eminencia, Le devuelvo la pregunta, qué hará el estado si no muere nadie nunca más, El estado tratará de sobrevivir, aunque dudo mucho que lo consiga, pero la iglesia, La iglesia, señor pri­mer ministro, está de tal manera habituada a las res­puestas eternas que no puedo imaginarla dando otras, Aunque la realidad las contradiga, Desde el principio no hemos hecho otra cosa que contrade­cir la realidad, y aquí estamos, Qué dirá el papa, Si yo lo fuera, que dios me perdone la estulta vanidad de pensarme como tal, mandaría poner en circula­ción una nueva tesis, la de la muerte pospuesta, Sin más explicaciones, A la iglesia nunca se le ha pedi­do que explicara esto o aquello, nuestra otra espe­cialidad, además de la balística, ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso, Buenas noches, emi­nencia, hasta mañana, Si dios quiere, señor primer ministro, siempre si dios quiere, Tal como están las cosas en este momento, no parece que pueda evitarlo, No se olvide, señor primer ministro, que fue­ra de las fronteras de nuestro país se sigue murien­do con toda normalidad, y eso es una buena señal, Cuestión de punto de vista, eminencia, tal vez fue­ra nos estén mirando como un oasis, un jardín, un nuevo paraíso, O un infierno, si fueran inteligen­tes, Buenas noches, eminencia, le deseo un sueño tranquilo y reparador, Buenas noches, señor pri­mer ministro, si la muerte decide regresar esta no­che, espero que no tenga la ocurrencia de elegirlo a usted, Si la justicia en este mundo no es una pa­labra vana, la reina madre debería irse antes que yo, Le prometo no denunciarlo mañana ante el rey, Cuánto se lo agradezco, eminencia, Buenas noches, Buenas noches.

José Saramago

jueves, 10 de noviembre de 2011

Human Planet

¿Le importa a una aveja?

La nave comenzó por ser un esqueleto mecánico. Poco a poco, se le fue cubriendo con una piel brillante por encima y con unas interioridades de extraña forma instaladas dentro.
Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que
hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave.
Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos
fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la
corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:
—Allí está. Ése es el hombre.
—¿Se refiere a Kane? —se fijó Hammer.
—El individuo del mono verde con una llave inglesa.
—Es Kane. ¿Qué es lo que tiene en contra de él?
—Quiero saber lo que hace. Es un idiota.
Lengyel tenía la cara redonda, gordezuela y con un leve temblor en la mandíbula.
Hammer se volvió a mirarle, reflejando en su flaco cuerpo un aire de absoluto desagrado.
—¿Ha estado usted molestándole?
—¿Molestarle yo? He estado hablando con él. Mi obligación es hablar con los hombres, averiguar sus
puntos de vista, recoger información con la que organizar campañas para mejorar la moral.
—¿Y en qué sentido le molesta Kane?
—Es insolente. Le pregunté qué efecto le hacía trabajar en una nave que pronto llegaría a la Luna.
Comenté que la nave era un camino hacia las estrellas. Quizá me pasé un poco con el discurso, exageré
algo, pero él se marchó de la forma más grosera. Le llamé y le pregunté:
—¿Por qué se marcha?
—Porque estoy harto de este tipo de discursos —dijo—. Me voy a mirar las estrellas.
—Bien —asintió Hammer—. A Kane le gusta mirar las estrellas.
—Era de día. Es un idiota. Desde entonces vengo observándole, y no trabaja nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo conservan?
Hammer contestó con inesperada violencia:
—Porque lo quiero por aquí. Porque es mi suerte.
—¿Su suerte? —barbotó Lengyel—. ¿Qué demonios quiere decir?
—Quiero decir que cuando le tengo cerca, pienso mejor. Cuando pasa por mi lado, con su maldita llave inglesa en la mano, se me ocurren ideas. Lo he notado ya tres veces. No me lo explico: ni me interesa explicármelo. Ha ocurrido. Se queda.
—Está bromeando.
—En absoluto. Ahora déjeme en paz.
Kane estaba con su mono verde y su llave inglesa en la mano.
Se daba cuenta vagamente que la nave estaba casi lista. No estaba diseñada para transportar a un
hombre, pero había sitio para él. Sabía esto como sabía muchas cosas más: cómo apartarse de la gente la mayor parte del tiempo; cómo llevar una llave inglesa hasta que la gente se acostumbró a verle con ella y dejaron de fijarse en él. La atmósfera protectora consistía en pequeñas cosas como esa..., llevar la llave inglesa.
Tenía deseos que no entendía del todo, como mirar a las estrellas. Después, poco a poco, su atención
se limitó a mirar las estrellas con un vago anhelo. Luego, a cierto punto determinado. Ignoraba por qué
precisamente aquel punto. Allí no había estrellas. No había nada que ver.
El punto se encontraba en lo más alto del cielo nocturno a final de primavera y en los meses de verano.
A veces se pasaba la mayor parte de la noche mirando el punto hasta que se hundía en el horizonte al
sudoeste. En otras épocas del año se quedaba mirando el punto durante el día.
Había algo en su pensamiento en relación con ese punto que no acababa de cristalizar del todo. Algo
cada vez más fuerte y, a medida que pasaban los años, más tangible y ahora casi estallaba en busca de
expresión. Pero aún no estaba del todo claro.
Kane se revolvió inquieto y se acercó a la nave. Estaba casi completa, casi entera. Casi todo encajaba
perfectamente.
Porque en su interior, bien entrada la proa, había un hueco algo mayor que un hombre. Mañana, el
camino estaría bloqueado por los últimos instrumentos y antes de eso había que llenar el hueco. Pero no con algo que ellos hubieran planeado.
Kane se acercó más. Nadie se fijó en él. Estaban acostumbrados a verle.
Había que subir por una escalerilla metálica y una maroma que había que arrastrar hasta llegar a la última abertura. Sabía dónde estaba, como si hubiera construido la nave con sus propias manos. Subió la escalerilla y trepó por la maroma. De momento no había nadie allí, na...
Estaba equivocado. Un hombre.
Éste le preguntó vivamente:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Kane se incorporó y sus ojos vagos se quedaron mirándole. Levantó la llave inglesa y la dejó caer sobre la cabeza del que le había hablado. El hombre (que no había hecho ningún esfuerzo para esquivar el golpe) se desplomó.
Kane le dejó en el suelo, despreocupado. El hombre no estaría inconsciente por mucho tiempo, pero lo
bastante para permitir a Kane meterse en el hueco. Cuando el hombre despertara no se acordaría para
nada de Kane, ni por qué había perdido el sentido. Habría simplemente cinco minutos borrados de su vida, cinco minutos que nunca encontraría, ni echaría en falta.
En el oscuro hueco no había, naturalmente, ninguna ventilación, pero Kane no le dio la menor
importancia. Con la seguridad del instinto, trepó hacia arriba en dirección al hueco que iba a recibirle, y se quedó allí, jadeando, perfectamente encajado en la cavidad, como si fuera un vientre.
Dentro de dos horas empezarían a introducir el último de los instrumentos, cerrarían las compuertas y
dejarían allí a Kane, sin saberlo. Kane sería el único pedazo de carne y sangre dentro de una cosa de
metal, cerámica y combustible.
Kane no temía ser descubierto antes de ser lanzada la nave. Nadie del proyecto sabía que existía esa
cavidad. En el diseño no estaba previsto. Los mecánicos y constructores ignoraban haberlo puesto.
Kane se lo había arreglado solo.
Ni sabía cómo se las había arreglado, pero sabía que lo había hecho.
Podía contemplar su propia influencia sin saberlo, sin saber cómo la ejercía. Tomen por ejemplo a un
hombre llamado Hammer, jefe del proyecto y el hombre más claramente influenciable. De todas las figuras vagas que rodeaban a Kane, él era el menos vago. A veces Kane se daba cuenta de él cuando se le acercaba con su andar lento y sin ruido por el terreno. Era lo único que necesitaba..., pasar junto a él.
Kane recordaba que le había ocurrido antes, especialmente con los teóricos. Cuando Lise Meitner
decidió hacer la prueba con bario entre los productos del bombardeo del uranio por neutrones, Kane
estuvo en un corredor cercano como un caminante en el que nadie se fija.
Estuvo recogiendo hojas secas y maleza en un parque en 1904, cuando el joven Einstein pasó junto a él reflexionando. Los pasos de Einstein se hicieron más vivos por el impacto de la súbita idea que se le
ocurrió. Kane lo sintió como un shock eléctrico.
No sabía cómo lo había hecho. ¿Acaso la araña conoce la teoría arquitectónica cuando comienza a tejer su primera tela?
Pero podía ir aún más lejos. El día en que el joven Newton miró hacia la luna con el principio de una
cierta idea, Kane estuvo allí. Y todavía antes.
El paisaje de Nuevo México, generalmente desierto, estaba repleto de hormigas humanas, arracimadas
junto a la rampa de lanzamiento. Esta nave era diferente a todas las estructuras similares que la habían
precedido.
Ésta se desprendería libremente de la Tierra, más que cualquier otra. Llegaría alrededor de la Luna
antes de volver a caer. Iría abarrotada de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían sus emisiones de calor, buscarían radioactividad y probarían las estructuras químicas mediante microondas. Haría, por automatización, casi todo lo que podía esperarse de una nave tripulada por el hombre y enseñaría lo bastante para asegurarse que la próxima nave enviada sí estaría tripulada.
Claro que, en realidad, la primera nave, después de todo, era una nave tripulada.
Había representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de varios grupos sociales, de varios
organismos económicos. Había cámaras de televisión y periodistas.
Aquellos que no habían podido estar allí, lo veían desde sus casas y oían los números de la cuenta
regresiva, en un tono monótono, en el que se ha hecho proverbial durante las tres últimas décadas.
Al llegar a cero, los reactores entraban en funcionamiento y la nave, imponentemente, se elevaba.
Kane percibió el ruido de los gases, como a distancia, y sintió la presión ejercida por la aceleración.
Desconectó su mente, elevándola hacia delante, liberándola de la conexión directa con su cuerpo a fin
de evitar el sentir dolor e incomodidad.
Medio mareado, se dio cuenta que su largo viaje casi había terminado. Ya no tendría que maniobrar
cuidadosamente para evitar que la gente se diera cuenta que era inmortal. Ya no tendría que fundirse en lo que le rodeaba, ni vagar eternamente de un lugar a otro, ni cambiar de nombre y de personalidad, ni
manipular mentes.
No había sido perfecto, claro. Cuando se dieron los mitos del judío errante y del holandés errante, él
estaba allí. Nadie le había molestado.
Podía ver su punto en el cielo. Podía verlo a través de la masa sólida de la nave. O no lo «veía»
realmente. No encontraba la palabra adecuada.
Pero sabía que dicha palabra existía. Desconocía cómo estaba enterado de muchas de las cosas que
sabía, pero era consciente que, a medida que pasaban los siglos, iba conociéndolas gradualmente con una seguridad que no requería razones.
Había comenzado como un ovum (o algo que la palabra ovum lo definía bien) depositado en la Tierra
antes que fueran edificadas las primeras ciudades por criaturas cazadoras y nómadas llamadas, desde
entonces, «hombres». La Tierra había sido cuidadosamente elegida por su progenitor. No todos los
mundos servían.
¿Qué mundo era el que servía? ¿Cuál era el criterio? Eso no lo sabía aún.
¿Conoce una avispa icneumona suficiente ornitología para poder encontrar la especie de araña que
cuidará sus huevos, y pincharla lo suficiente a fin que ésta siga con vida?
El ovum lo soltó por fin y adoptó la forma de hombre y vivió entre los hombres y se protegió de los
hombres. Y su único propósito fue organizar que los hombres viajaran a lo largo de un camino que
terminaría en una nave y dentro de la nave una cavidad y dentro de la cavidad, él.
Había tardado en conseguirlo ocho mil años con una lenta y continua lucha.
El punto en el cielo se hizo más visible ahora que la nave salía de la atmósfera. Ésta era la llave que abría su mente. Ésta era la pieza que completaba el rompecabezas.
Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que no podía ser visto por el hombre a simple vista.
Una en particular brillaba más que las otras y Kane anhelaba llegar a ella. La expresión que había ido
creciendo en su interior durante tanto tiempo, estalló ahora.
—Hogar —murmuró.
¿Lo sabía? ¿Acaso el salmón estudia cartografía para descubrir el manantial de donde surgió el arroyo
de agua clara en el que, años antes, nació?
El paso final se dio en el lento madurar que había tardado ocho mil años, y Kane había dejado ser larva
y era adulto.
El adulto Kane salió de la carne humana que había protegido la larva y también se desprendió de la
nave. Corrió adelante, a velocidades inconcebibles, hacia su hogar, del que algún día saldría de nuevo
paseando por el espacio para fertilizar algún planeta.
Y surcó el espacio, sin volver a pensar en la nave que llevaba su crisálida vacía. No pensó en que había
empujado a todo un mundo hacia la tecnología y los viajes espaciales, sólo para que la cosa que había sido Kane pudiera madurar y conseguir su culminación.
¿Le importa a una abeja lo que le ocurre a una flor cuando ella ha terminado de libar y se aleja?

Isaac Asimov

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Porcelain Unicorn

Vamos Maikel



Desde niña me ha encantado correr. Para mí correr siempre ha sido sinónimo de libertad. Entiendo perfectamente a Forrest Gump atravesando el país, de costa a costa, corriendo continuamente a lo largo de 3 años, 2 meses, 14 días, y 16 horas. Quizá algún día pueda llegar a correr un maratón. Seguramente podría hacerlo si no me abandonase la constancia que se necesita para entrenar a diario. Estos días he leído, en internet,  la historia de un chico que con una enfermedad, que debilita sus músculos y le impide moverse con normalidad, ha corrido el maratón de Nueva York. Ha tardado más de quince horas pero ha acabado. Todo un ejemplo.

Maickel Melamed nació  el 27 de abril de 1975. Después de un parto complicado fue diagnosticado con “retraso motor”.  Pero su karma, destino o suerte no permitieron que se convirtiese en una
persona inválida sino en una persona que ha luchado siempre por superarse. 

Desde el año 2009 Melamed había intentado participar en el maratón de Nueva Jork, para probar que a base de esfuerzo, nada es imposible, incluso para una personas con discapacidades físicas. Este año, por fin, le han permitido participar.




—¿Mamá que pasa? Mamá no entiendo.


En muy breves palabras, lo más potables para mi floreciente raciocinio, ella me explicó la conversación con la junta médica. Me dijo que, después de muchos años de ejercicios y de tanto esfuerzo, los análisis de las tendencias indicaban que, a pesar de haber detenido la fase degenerativa, no podía mejorar mucho mas y, por supuesto, nunca llegaría a "ser normal"


Ante esas frases, de pronto sentí un devastador terremoto bajo mis pies, literalmente se abría la tierra para tragarse consigo todo lo que para mi era importante. Y comencé a llorar, como nunca creí que se podía llorar, el dolor me desvanecía en gotas saladas, como regando aquel infierno a ver si lograba apagarlo. Lloré y lloré, por minutos, por horas quizás, ya el tiempo no era importante. Hiciera lo que hiciera sabía que ni mañana, ni nunca las cosas iban a cambiar.


Solo después de mucho rato, después de velarme a mí mismo, aquel niño paró instantáneamente de llorar. La corriente se secó y su mirada húmeda cambiaba para posiblemente tomar la primera decisión autónoma y contundente de su vida.


Fuerte y seco le dije a mi madre:


— ¡Vámonos mama, vámonos!


Y ella comprensiva y cariñosa me tomó del brazo para salir de ese lugar.


Ya el sol caía y ni el heladero de la esquina, quien se quedaba extrañando que su amiguito de los jueves le pidiera una merengada y jugara con él, tenia sentido para mí, ya no. Ese jueves fue el último día que pise aquel juzgado. Ese jueves fue el último día que ejercité mi cuerpo, que a partir de ese momento quedó totalmente inexistente.


La oscuridad lo cubrió todo...


Por mucho tiempo me dediqué a triunfar sólo intelectualmente pero en cuanto a mi físico permanecía en abandono, lo que afectaba mi salud, bienestar, relaciones y, por si fuera poco, quedando sin más del 80% de mis posibilidades subutilizadas, por colocarle una cifra.


Tuvo que pasar 17 años para tomar otro rumbo. Ya autónomo, darme ciertas licencias y mirar atónito como mi cuerpo reaccionaba positivamente ante algunos desafíos, disfrutando de ellos no importando el resultado. Ya había descubierto que ser "normal" no era un anhelo, sino la peor trampa. El dolor, dio paso a la curiosidad y la curiosidad dio paso a la ilusión. Al final, la ilusión bien llevada dio paso al éxito, que hoy vivo y comparto.


Se iniciaron caminos donde arrostrar la negativa y los diagnósticos previos han sido el quehacer diario. Hemos logrado cambios y mejorías desde lo cotidiano hasta en las actividades más extraordinarias e inconcebibles. Desde subir un simple escalón de forma independiente o bailar toda la noche, hasta tirarme en paracaídas, en parapente, hacer excursiones, buceo, surfing, carreras y, por supuesto, llegar a la cumbre de la montaña mas alta de mi país: el pico Bolívar (5007 mts), y ahora en camino al maratón de Nueva York.


Intento tras intento siempre frente a un NO. Continuamente frente la historia negadora de lo nuevo, aceptando su papel como parte del camino, pero dándole prioridad al sueño de turno.


Aventurándome siempre al limite para probarme hasta donde verdaderamente soy capaz de llegar, sin que nadie mas que la experiencia me oriente hacia mi horizonte, mi frontera.

Así es. "El día más oscuro de la historia", mi historia o la tuya, es trágico, terrible y devastador. Es el día que dejas de escucharte, de reconocerte en tu propia sabiduría interna. El día en que dejas que otros fijen por ti tus expectativas, tus deseos de ti mismo y, por tanto, tus acciones. Es el día que te niegas en tu genio, tu plena potencialidad.

http://www.maickelmelamed.com







Maickel Melamed terminó la carrera a las 11:50 pm, 15 horas y 22 minutos después de comenzar.
         Vía http://lightbox.time.com