miércoles, 15 de febrero de 2012

El calamar opta por su tinta


Más ocurrió en este pueblo en los últimos días que en el resto de su historia. Para medir como corresponde mi palabra recuerden ustedes que hablo de uno de los pueblos viejos de la provincia, de uno en cuya vida abundan los hechos notables la fundación, en pleno siglo xix; algo después el cólera —un brote que felizmente no llegó a mayores— y el peligro del malón, que si bien no se concretaría nunca, mantuvo a la gente en jaque a lo largo de un lustro en que partidos limítrofes conocieron la tribulación por el indio. Dejando atrás la época heroica, pasaré por alto tantas otras visitas de gobernadores, diputados, candidatos de toda laya, amén de cómicos y uno o dos gigantes del deporte. Para morderme la cola concluiré esta breve lista con la fiesta del Centenario de la Fundación, genuino torneo de oratoria y  homenajes.
Como he de comunicar un hecho de primer orden, presento mis credenciales al lector. De espíritu amplio e ideas avanzadas, devoro cuanto libro atrapo en la li­brería de mi amigo el gallego Villarroel, desde el doctor Jung hasta Hugo, Walter Scott y Goldoni, sin olvidar el último tomito de Escenas matritenses. Mi meta es la cultura, pero bordeo los “malditos treinta años” y de veras temo que me quede por aprender más de lo que sé. En resumen, procuro seguir el movimiento e inculcar las luces entre los vecinos, todos bellas personas, platita labrada, eso sí muy afectos a la siesta que hereditariamente acunan desde la edad media y el oscurantismo. Soy docente —maestro de escuela— y periodista. Ejerzo la cátedra de la péndola en modestos órganos locales, ora factotum de El Mirasol (título mal elegido, que provoca pullas y atrae una enormidad de correspondencia errónea, pues nos toman por tribuna cerealista), ora de Nueva Patria.
El tema de esta crónica ofrece una particularidad que no quiero omitir: no sólo ocurrió el hecho en mi pueblo; ocurrió en la manzana donde transcurre mi vida entera, donde se halla mi hogar, mi escuelita —segundo hogar— y el bar de un hotel frente a la estación, al que acudimos noche a noche, en altas horas, el núcleo con inquietud de la juventud lugareña. El epicentro del fenómeno, el foco si prefieren, fue el corralón de don Juan Camargo, cuyos fondos lindan por el costado este con el hotel y por el norte con el patio de casa. Un par de circunstancias, que no cualquiera vincularía, lo anunciaron: me refiero al pedido de los libros y al retiro del molinete de riego.
Las Margaritas, el petit-hotel particular de don Juan, verdadero chalet provisto de florido jardín a la calle, ocupa la mitad del frente y apenas parte del fondo del terreno del corralón, donde se amontonan incalculables materiales, como reliquias de buques en el fondo del mar. En cuanto al molinete, giró siempre en el apuntado jardín, al extremo de configurar una de las más viejas tradiciones y una de las más interesantes peculiaridades de nuestro pueblo.
Un día domingo, a principios de mes, misteriosamente el molinete faltó. Como al cabo de la semana no había reaparecido, el jardín perdió  color   y   brillo.    Mientras muchos miraron sin ver, hubo uno a quien la curiosidad embargó   desde   el   primer   momento.    Ese   uno   infestó a otros, y a la noche,  en  el  bar,  frente a la estación, la muchachada  bullía  de  preguntas  y  comentarios.   De tal  modo,  al  calor  de   una  comezón   ingenua,   natural, destapamos algo que tenía poco de natural y resultó una sorpresa. Bien sabíamos que don Juan no era hombre de cortar el agua del jardín, por descuido, un verano seco.  Por de pronto lo reputamos pilar del pueblo. Con fidelidad la estampa retrata el carácter de nuestro cincuentón, elevada estatura, porte corpulento, cabello cano peinado en dóciles mitades, cuyas ondas dibujan arcos paralelos a los del bigote y a los interiores de la cadena del reloj. Otros detalles revelan al caballero chapado a la antigua: breeches, polainas de cuero, botín. En su vida, regida por la moderación y el orden, nadie, que yo recuerde, computó una debilidad, llámela borrachera, mujerzuela o traspié político. En un ayer que de buen grado olvidaríamos —¿quién de nosotros, en materia de infamia, no arrojó su canita al aire?— don Juan se mantuvo limpio. Por algo le reconocieron autoridad los mismos interventores de la Cooperativa, etcétera, gente muy poco espectable, francamente pelandrunes. Por algo en años ingratos aquel bigotazo constituyó el manubrio del que la familia sana del pueblo se mantuvo colgada.
Obligatorio es reconocer que este varón señero milita ideas de viejo cuño y que nuestras filas, de suyo idealis­tas, hasta ahora no produjeron prohombres de temple comparable. En un país nuevo, las ideas nuevas carecen de tradición.  Ya se sabe, sin tradición no hay estabilidad.
Por arriba de esta figura, nuestra jerarquía ad usum no pone a nadie, salvo a doña Remedios, madre y consejera única de tan abultado hijo. Entre nosotros, no sólo porque manu militari arregla cuanto conflicto le someten o no, la llamamos Remedio Heroico. Aunque burlesco, el mote es cariñoso.
Para completar el cuadro de quienes viven en el chalet, ya no falta sino un apéndice indudablemente menor, el ahijado, don Tadeíto, alumno del turno de la noche de mi escuela. Como doña Remedios y don Juan no toleran casi nunca extraños en la casa, ni en calidad de colaboradores ni de invitados, el muchacho reúne sobre la testa los títulos de peón y dependiente del corralón y de sirvientillo de Las Margaritas. Agreguen a lo anterior que el pobre diablo acude regularmente a mis clases y comprenderán por qué respondo con cajas destempladas a cuantos, por pifia y maldad pura, le endosan el sonsonete de un apodo. Que olímpicamente lo rechazaran del servicio militar me tiene sin cuidado porque de envidioso no peco.
El domingo en cuestión, a una hora que se me extravió entre las dos y las cuatro de la tarde, llamaron a mi puerta, con el deliberado afán, a juzgar por los golpes, de voltearla. Tambaleando me incorporé, murmuré “No es otro”, proferí palabras que no están bien en boca de un maestro y como si esta no fuera época de visitas desagradables abrí, seguro de encontrar a don Tadeíto. Tuve razón. Ahí sonreía el alumno, con la cara tan flacucha que ni siquiera servía de pantalla contra el sol, de lleno en mis ojos. A lo que entendí solicitaba a boca de jarro y con esa voz que de pronto se ahuyenta, textos de primer grado, segundo y tercero. Irritadamente inquirí:
—¿Podrías informar para qué?
—Pide padrino —contestó.
En el acto entregué los libros y olvidé el episodio como si fuera parte de un sueño.
Horas  después,  cuando  me  dirigía  a  la  estación  y alargaba el camino con una vuelta para matar el tiempo, advertí en Las Margaritas la falta del molinete.   Lo comenté  en   el   andén,  mientras  esperábamos  el  expreso de Plaza de las 19:30 que llegó a las 20:54, y lo comenté a la noche, en el bar.  No me referí al pedido de textos ni menos aun vinculé un hecho con otro, porque al primero, ya dije, lo registré apenas en la memoria.
Supuse que tras un día tan movido retomaríamos el tranco habitual. El lunes, a la hora de la siesta, alboro­zadamente me dije: “Esta va de veras”, pero todavía cosquilleaba el fleco del poncho la nariz, cuando empezó el estruendo. Murmurando: “Y hoy qué le ha dado. Si lo pesco a las patadas en la puerta pagará lágrimas de sangre", enfilé las alpargatas y me encaminé al zaguán.
—¿Ya es una costumbre interrumpir a tu maestro? —espeté al recibir de vuelta la pila de libros.
La sorpresa me confundió enteramente, porque oí por toda contestación.
—Pide padrino los de tercero, cuarto y quinto.
Logré articular:
—¿Para qué?
—Pide padrino —explicó don Tadeíto.
Entregué los libros y volví al lecho, en pos del sueño. Admito que dormí, pero lo hice, ruego que me crean, en el aire.
Luego, camino de la estación, comprobé que el mo­linete no había retomado su puesto y que el tono amarillo se difundía en el jardín. Conjeturé, por lógica, despro­pósitos y en pleno andén, mientras el físico se lucía ante frívolas bandadas de señoritas, la mente aún traba­jaba en la interpretación del misterio.
Mirando la luna, enorme allá por el cielo, uno de nosotros, creo que Di Pinto, entregado siempre a la quimera romántica de quedar como hombre de campo (¡por favor, ante los amigos de toda la vida!), comentó:
—La luna se hizo de seca. No atribuyamos, pues, a un pronóstico de lluvia el retiro del artefacto. ¡Su móvil habrá tenido nuestro don Juan!
Badaracco, mozo despierto, que presenta un lunar, por­que en otra época, aparte del sueldo bancario, cobraba un tanto por delación, me preguntó:
—¿Por qué no apestillas al respecto al taradito?
—¿A quién? —interrogué por decoro.
—A tu alumno —respondió.
Aprobé el temperamento y lo apliqué esa misma no­che, después de clase. Traté de marear primero a don Tadeíto con la perogrullada de que la lluvia entona al vegetal, para atacar por fin a fondo. El diálogo fue como sigue:
—¿Se descompaginó el molinete?
—No.
—No lo veo en el jardín.
—¿Cómo lo va a ver?
—¿Por qué cómo lo voy a ver?
—Porque está regando el depósito.
Aclaro que entre nosotros llamamos depósito "a la última barraca del corralón, donde don Juan amontona los materiales de poca venta, por ejemplo, estrafalarias estufas y estatuas, monolitos y malacates.
Urgido por el deseo de notificar a los muchachos de la novedad sobre el molinete, ya despachaba a mi alumno sin interrogarlo sobre el otro punto. Recordar y chillar fue todo uno. Desde el zaguán don Tadeíto me miró con ojos de oveja.
—¿Qué hace don Juan con los textos? —grité.
—Y... —gritó de vuelta— los deposita en el de­pósito.
Alelado corrí al hotel. Ante mis comunicaciones, tal como lo preví, cundió la perplejidad entre la juventud. Todos formulamos alguna opinión, pues el buen callar en aquel momento era un bochorno, y por fortuna nadie prestó oídos a nadie. O quizá prestara oídos el patrón, el enorme don Pomponio del vientre hidrópico, a quien los del grupo a gatas distinguimos de las columnas, mesas y vajilla, porque la soberbia del intelecto nos ofusca. La voz de bronce, apagada por ríos de ginebra, de don Pomponio, llamó al orden. Siete caras miraron para arriba y catorce ojos quedaron pendientes de una sola cara roja y brillante, que se partía en la boca, para inquirir:
—¿Por qué no se dan traslado en comitiva y piden explicación a don Juan en persona?
El sarcasmo despabiló a uno, de apellido Aldini, que estudia por correspondencia y lleva corbata blanca. Enar­cando cejas me dijo:
—¿Por qué no ordenas a tu alumno que espíe las conversaciones entre doña Remedios y don Juan? Des­pués le aplicas la picana.
—¿Qué picana?
—Tu autoridad de maestro ciruela —aclaró con odio.
—¿Don Tadeíto tiene memoria? —preguntó Badaracco.
—Tiene —afirmé—. Lo que entra en su caletre, por un rato queda fotografiado.
—Don Juan —continuó Aldini— para todo se acon­seja de doña Remedios.
—Ante un testigo como el ahijado —declaró Di Pinto— hablarán con entera libertad.
—Si hay misterio, saldrá a relucir —vaticinó Toledo.
Chazarreta, que trabaja de ayudante en la feria, gruñó:
—Si no hay misterio ¿qué hay?
Como el diálogo se desencaminaba, Badaracco, famoso por la ecuanimidad, contuvo a los polemistas:
—Muchachos —los reconvino—, no están en edad de malgastar energías.
Para tener la última palabra, Toledo repitió:
—Si hay misterio, saldrá a relucir.
Salió a relucir pero no sin que antes giraran días enteros.
A la otra siesta cuando me hundía en el sueño resonaron, cómo no, los golpes. A juzgar por las palpitaciones, resonaron a un tiempo en la puerta y en mi corazón. Don Tadeíto traía los libros de la víspera y reclamaba los de primer año, segundo y tercero, del ciclo secundario. Porque el texto superior escapa a mi órbita, hubo que comparecer en el negocio de librería de Villarroel, a vivo golpe en la puerta despertar al gallego y aplacarlo posteriormente con la satisfacción de que don Juan reclamaba los libros. Como era de temer e! gallego preguntó:
—¿Qué mosca pico al tío ese? En la perra vida compró un libro y a la vejez viruela. Va de suyo que el muy chulo los pide en préstamo.
—No lo tome a la tremenda, gallego — le razoné con palmaditas— Por lo amargado parece criollo.
Referí los pedidos previos de textos primarios y mantuve la más estricta reserva en cuanto al molinete, de cuya desaparición, según él mismo me dio a entender, estaba perfectamente compenetrado.  Con los libracos de bajo del brazo, agregué:
—A la noche nos reunimos en el bar del hotel para debatir todo esto. Si quiere aportar su grano de arena, allá nos encuentra.
En el trayecto de ida y vuelta no vimos un alma, salvo al perro barcino del carnicero, que debía de estar de nuevo empachado, porque en sus cabales ni el más humilde irracional se expone a la resolana de las dos de la tarde.
Adoctriné al discípulo para que me reportara verbatim las conversaciones entre don Juan y doña Remedios. Por algo afirman que en el pecado está el castigo. Esa misma noche emprendí una tortura que, en mi gula de curioso, no había previsto escuchar aquellos coloquios puntual­mente comunicados, interminables y de lo más insulsos. De cuando en cuando llegó a la punta de mi lengua alguna ironía cruel sobre que me tenían sin cuidado las opiniones de doña Remedios acerca de la última partida de jabón amarillo y la franeleta para el reuma de don Juan, pero me refrené, pues ¿cómo delegar en el criterio del mozo la estimación de lo que era importante o no?
Por descontado que al otro día me interrumpió la siesta con los libros en devolución para Villarroel. Ahí se produjo la primera novedad: don Juan dijo don Tadeíto, ya no quería textos; quería diarios viejos, que él debía procurar al kilo, en la mercería, la carnicería y la panadería. A su debido tiempo me enteré de que los diarios, como antes los libros, iban a parar al depósito.
Después  hubo  un  período en  que  no ocurrió  nada. El  alma  no  tiene  arreglo: eché de menos  los mismos golpes que antes me arrancaban de la siesta. Quería que pasara algo, bueno o malo. Habituado a la vida intensa, ya no me resignaba a la pachorra. Por fin una noche el alumno, tras un prolijo inventario de los efectos de la sal y otras materias nutritivas en el organismo de doña Remedios, sin la más leve alteración de tono que preparara para un cambio de tema, recitó:
—Padrino dijo a doña Remedios que tienen una visita viviendo en el depósito y que por poco no se la lleva por delante los otros días, porque miraba a una especie de columpio de parque de diversiones al que no había dado entrada en los libros y que él no perdió el aplomo aunque el estado de la misma daba lástima y le recordaba un bagre boqueando fuera de la laguna. Dijo que atinó a traer un balde lleno de agua, porque sin pensarlo comprendió que le pedían agua y él no iba a permitir cruzado de brazos que un semejante muriera. No obtuvo resultado apreciable y prefirió acercar un bebedero a tocar la visita. Llenó el bebedero a baldazos y no obtuvo resultado apreciable. De pronto se acordó del molinete y como el médico de cabecera que prueba, dijo, a tientas los remedios para salvar a un moribundo, corrió a buscar el molinete y lo conectó. A ojos vista el resultado fue apreciable porque el moribundo revivió como si le cayera de lo más bien respirar el aire mojado. Padrino dijo que perdió un rato con su visita, porque le preguntó como pudo si necesitaba algo y que la visita era francamente avispada y al cabo de un cuartito de hora ya picoteaba por acá y por allá alguna palabra en castilla y le pedía los rudimentos para instruirse. Pa­drino dijo que mandó al ahijado a pedir los textos de los primeros grados al maestro. Como la visita era franca­mente avispada aprendió todos los grados en dos días y en uno lo que tuvo ganas del bachillerato. Después, dijo padrino, se puso a leer los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo.
Aventuré la pregunta:
—¿La  conversación fue hoy?
—Y,  claro —contestó—,  mientras  tomaban  el  café.
—¿Dijo algo más tu padrino?
—Y, claro, pero no me acuerdo.
—¿Cómo no me acuerdo? —protesté airadamente.
—Y, usted me interrumpió —explicó el alumno.
-Te doy la razón. Pero no me vas a dejar así —argu­menté—, muerto de curiosidad. A ver, un esfuerzo.
—Y, usted me interrumpió.
—Ya sé. Te interrumpí. Yo tengo toda la culpa.
—Toda la culpa —repitió.
—Don Tadeíto es bueno. No va a dejar así al maestro, en la mitad de la charla, para seguir mañana o nunca.
Con honda pena repitió:
—O nunca.
Yo estaba contrariado, como si me sustrajeran una ganancia de gran valor. No sé por qué reflexioné que nuestro diálogo consistía en repeticiones y de repente entreví en eso mismo una esperanza. Repetí la última frase del relato de don Tadeíto:
—Leyó los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo.
Mi alumno continuó indiferentemente:
—Dijo padrino que la visita quedó pasmada al ente­rarse de que el gobierno de este mundo no estaba en manos de gente de lo mejorcito, sino más bien de me­dias cucharas, cuando no de pelafustanes. Que tal mo­rralla tuviera a su arbitrio la bomba atómica, dijo la visita, era de alquilar balcones. Que si la tuviera a su arbitrio la gente de lo mejorcito, acabaría por tirarla, porque está visto que si alguien la tiene, la tira; pero que la tuviera esa morralla no era serio. Dijo que en otros mundos antes de ahora descubrieron la bomba y que tales mundos fatalmente reventaron. Que los tuvo sin cuidado que reventaran, porque estaban lejos, pero que nuestro mundo está cerca y que ellos temen que una explosión en cadena los envuelva.
La increíble sospecha de que don Tadeíto se burlaba de mí, me llevó a interrogarlo con severidad:
—¿Estuviste leyendo Sobre cosas que se ven en el cielo del doctor Jung?
Por fortuna no oyó la  interrupción y prosiguió:
—Dijo padrino que la visita dijo que vino de su pla­neta en un vehículo especialmente fabricado a puro pul­món, porque por allá escasea el material adecuado y que es el fruto de años de investigación y trabajo. Que vino como amigo y como libertador, y que pedía el pleno apoyo de padrino para llevar adelante un plan para salvar el mundo. Dijo padrino que la entrevista con la visita tuvo lugar esta tarde y que él, ante la grave­dad, no trepidó en molestar a doña Remedios, para reca­barle su opinión, que desde ya descontaba era la suya.
Como la pausa inmediata no concluía, pregunté cuál fue la respuesta de la señora.
—Ah, no sé —contestó.
—¿Cómo ah no sé? —repetí enojado de nuevo.
—Los dejé hablando y me vine, porque era hora de clase. Pensé yo solo: cuando no llego tarde el maestro se pone contento.
Envanecida la cara de oveja esperaba congratulacio­nes. Con admirable presencia de ánimo reflexioné que los muchachos no creerían mi relato, si no llevaba como testigo a don Tadeíto. Violentamente lo empuñé de un brazo y a empujones lo llevé hasta el bar. Ahí estaban los amigos, con el agregado del gallego Villarroel.
Mientras  tenga memoria  no  olvidaré aquella  noche.
—Señores —grité, a tiempo que proyectaba a don Tadeíto contra nuestra mesa—. Traigo la explicación de todo, una novedad de envergadura y un testigo que no me dejará mentir Con lujo de detalle don Juan co­municó el hecho a su señora madre y mi fiel alumno no perdió palabra. En el depósito del corralón, aquí nomás, pared por medio, está alojado —¿adivinen quién?— un habitante de otro mundo. No se alarmen, señores aparentemente el viajero no dispone de constitución ro­busta, ya que tolera mal el aire seco de nuestra ciudad —todavía resultaremos competidores de Córdoba— y para que no muera como pescado fuera del agua, don Juan le enchufó el molinete, que de continuo humedece el ambiente del depósito. Es más, aparentemente el mó­vil del arribo del monstruo no debe provocar inquietud. Llegó para salvarnos, persuadido de que el mundo va camino de estallar por la bomba atómica y a calzón quitado informó a don Juan de su punto de vista. Na­turalmente, don Juan, mientras degustaba el café, con­sultó con doña Remedios. Es de lamentar que este mozo aquí presente —agité a don Tadeíto, como si fuera monigote— se retiró justo a tiempo de no oír la opinión de doña Remedios, de modo que no sabemos qué resolvieron.
—Sabemos —dijo el librero, moviendo como trompa labios mojados y gordos.
Me incomodó que me corrigieran la plana en una novedad de la que me creía único depositario   Inquirí:
—¿Qué sabemos?
—No se amosque usted —pidió Villarroel, que ve bajo el agua—. Si es como usted dice aquello de que el viajero muere si  le quitan el molinete, don Juan le condenó a morir. De casa acá pasé frente a Las Marga­ritas y a la luz de la luna vi perfectamente el molinete que regaba el jardín como antes.
—Yo también lo vi —confirmó Chazarreta.
—Con la mano en el corazón —murmuró Aldini— les  digo que el  viajero no mintió. Tarde o temprano reventamos con la bomba atómica. No veo escapatoria.
Como hablando solo preguntó Badaracco:
—No me digan que esos viejos, entre ellos, liquidaron nuestra última esperanza.
—Don Juan no quiere que le cambien su composición de lugar —opinó el gallego—. Prefiere que este mundo estalle, a que la salvación venga de otros. Vea usted, es una manera de amar a la humanidad.
—Asco por lo desconocido —comenté—. Oscuran­tismo.
Afirman que el miedo aviva la mente. La verdad es que algo extraño flotaba en el bar aquella noche, y que todos aportábamos ideas.
—Coraje, muchachos, hagamos algo —exhortó Bada­racco—. Por amor a la humanidad.
—¿Por qué tiene usted, señor Badaracco, tanto amor a  la humanidad?— preguntó el gallego.
Ruborizado,  Badaracco balbuceó:
—No sé. Todos sabemos.
—¿Qué sabemos, señor Badaracco? ¿Si usted piensa en los hombres, los encuentra admirables? Yo todo lo contrario: estúpidos, crueles, mezquinos, envidiosos —de­claró Villarroel.
—Cuando hay elecciones —reconoció Chazarreta—, tu bonita humanidad se desnuda rápidamente y se muestra tal cual es. Gana siempre el peor.
—¿El  amor por  la  humanidad  es  una  frase hueca?
—No, señor maestro —respondió Villarroel— Llamamos amor a la humanidad, a la compasión por el dolor ajeno y a la veneración por las obras de nuestros grandes ingenios, por el Quijote del Manco Inmortal, por los cuadros de Velázquez y de Murillo. En ninguna de ambas formas vale ese amor como argumento para demorar el fin del mundo. Sólo para los hombres existen las obras y después del fin del mundo —el día llegará, por la bomba o por muerte natural— no tendrán ni justifi­cación ni asidero, créame usted. En cuanto a la com­pasión, sale gananciosa con un fin próximo... Como de ninguna manera nadie escapará a la muerte ¡qué venga pronto, para todos, que así la suma del dolor será la mínima!
—Perdemos tiempo en el preciosismo de una charla académica y aquí nomás, pared por medio, muere nues­tra última esperanza —dije con una elocuencia que fui el primero en admirar.
—Hay que obrar ahora —observó Badaracco—. Pronto será tarde.
—Si le invadimos el corralón, don Juan a lo mejor se enoja —apuntó Di  Pinto.
Don Pomponio, que se arrimó sin que lo oyéramos y por poco nos derriba con el susto, propuso:
—¿Por qué no destacan a este mozo don Tadeíto como piquete de avanzada? Sería lo prudente.
—Bueno —aprobó Toledo—. Que don Tadeíto co­necte el molinete en el depósito y que espíe, para con­tarnos cómo es el viajero de otro planeta.
En tropel salimos a la noche, iluminada por la im­pasible luna. Casi llorando rogaba Badaracco:
—Generosidad, muchachos. No importa que ponga­mos en peligro el pellejo. Están pendientes de nosotros todas las madres y todas las criaturas del mundo.
Frente al corralón nos arremolinamos, hubo marchas y contramarchas, cabildeos y corridas. Por fin Badaracco juntó coraje y empujó adentro a don Tadeíto. Mi alumno volvió después de un rato interminable, para comunicar:
—El bagre se murió.
Nos desbandamos tristemente. El librero regresó con­migo. Por una razón que no entiendo del todo su com­pañía me confortaba.
Frente a Las Margaritas, mientras el molinete monó­tonamente regaba el jardín, exclamé:
—Yo le echo en cara la falta de curiosidad —para agregar con la mirada absorta en las constelaciones—. Cuántas Américas y Terranovas infinitas perdimos esta noche.
—Don Juan —dijo Villarroel— prefirió vivir en su ley de hombre limitado. Yo le admiro el coraje. Nosotros dos, ni siquiera a entrar aquí nos atrevemos.
Dije:
—Es tarde.
—Es tarde —repitió.

Adolfo Bioy Casases: El lado de la sombra (1962).

Sálvame


CORTO: SALVAME (dirigido por Javier Veiga) from Juanma Liceras on Vimeo.

martes, 14 de febrero de 2012

Eros e Psique


     ...E assim vêdes, meu Irmão, que as verdades
    que vos foram dadas no Grau de Neófito, e
    aquelas que vos foram dadas no Grau de Adepto
    Menor, são, ainda que opostas, a mesma verdade.
     Do Ritual Do Grau De Mestre Do Átrio
    Na Ordem Templária De Portugal)





    Conta a lenda que dormia
    Uma Princesa encantada
    A quem só despertaria
    Um Infante, que viria
    De além do muro da estrada.

    Ele tinha que, tentado,
    Vencer o mal e o bem,
    Antes que, já libertado,
    Deixasse o caminho errado
    Por o que à Princesa vem.

    A Princesa Adormecida,
    Se espera, dormindo espera,
    Sonha em morte a sua vida,
    E orna-lhe a fronte esquecida,
    Verde, uma grinalda de hera.

    Longe o Infante, esforçado,
    Sem saber que intuito tem,
    Rompe o caminho fadado,
    Ele dela é ignorado,
    Ela para ele é ninguém.

    Mas cada um cumpre o Destino
    Ela dormindo encantada,
    Ele buscando-a sem tino
    Pelo processo divino
    Que faz existir a estrada.

    E, se bem que seja obscuro
    Tudo pela estrada fora,
    E falso, ele vem seguro,
    E vencendo estrada e muro,
    Chega onde em sono ela mora,

    E, inda tonto do que houvera,
    À cabeça, em maresia,
    Ergue a mão, e encontra hera,
    E vê que ele mesmo era
    A Princesa que dormia.

    Fernando Pessoa
     




domingo, 22 de enero de 2012

The scream


The Scream from Sebastian Cosor on Vimeo.

Una Joven y Vieja mujer

A LAST CONFESSION
 
What lively lad most pleasured me
Of all that with me lay?
I answer that I gave my soul
And loved in misery,
But had great pleasure with a lad
That I loved bodily.
Flinging from his arms I laughed
To think his passion such
He fancied that I gave a soul
Did but our bodies touch,
And laughed upon his breast to think
Beast gave beast as much.
I gave what other women gave
"That stepped out of their clothes.
But when this soul, its body off,
Naked to naked goes,
He it has found shall find therein
What none other knows,
And give his own and take his own
And rule in his own right;
And though it loved in misery
Close and cling so tight,
There's not a bird of day that dare
Extinguish that delight.

 William Butler Yeats


 ¿Cuál fue el alegre muchacho que más me agradó
De todos cuantos yacieron conmigo?
Respondo que mi alma entregué
Y en el dolor amé,
Mas gran placer me dio un muchacho
Al que físicamente amé.
Libre del cerco de sus brazos
Reía al pensar que era tal su pasión
Que él imaginaba que yo entregaba el alma
Cuando sólo existía el contacto de dos cuerpos,
Y reía sobre su pecho al pensar
Que era la misma entrega que hay entre las bestias.
Di lo que otras dieron
Después de quitarse la ropa,
Mas cuando este alma del cuerpo se despoje
Y desnuda vaya a lo desnudo
Aquel a quien halló encontrará allí dentro
Lo que ningún otro conoce.
Y dará lo suyo y tomará lo suyo
Y regirá por derecho propio;
Y aunque amó en el dolor
Tanto se aferra y se cierra,
Que ningún ave diurna
Osaría extinguir tal deleite.

viernes, 13 de enero de 2012

La belleza de la polinización

Nha Trang









      






 

Plastic Bag




El amigo abnegado

Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza fuera de su madriguera. Tenía ojos brillantes como bolas de cristal e hirsutos bigotes grises, y su rabo parecía una larga tira de goma negra. Los patitos estaban nadando en el estanque, semejantes a una bandada de canarios ama¬rillos, y su madre, que era de un blanco puro, con patas rojas, intentaba enseñarles a sostenerse cabeza abajo en el agua.
-Nunca entraréis en la alta sociedad si no sabéis sos¬teneros cabeza abajo -les decía y repetía.
Y de vez en cuando les mostraba cómo se hacía. Pero los patitos no le hacían caso. Eran tan jóvenes que no sabían qué ventajas tiene pertenecer a la sociedad.
-¡Qué niños tan desobedientes! -exclamó la rata de agua-; realmente les estaría bien merecido que se aho¬garan.
-¡De ninguna manera! -respondió la pata-, todo el mundo tiene que aprender, y por mucha paciencia que tengan los padres nunca tienen suficiente.
-¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres -dijo la rata de agua-; no soy madre de familia1. En realidad, nunca he estado casada ni tengo intención de estarlo nunca. El amor está muy bien, a su manera, pero la amistad es muy superior a él. En verdad, no conozco nada en el mundo que sea ni más noble ni más raro que una amistad leal.
-Y dime, por favor, ¿qué idea tienes de cuáles son los deberes de un amigo leal? -preguntó un pardillo verde que estaba posado en un sauce muy cerca de allí y había oído la conversación.
-Sí, eso es precisamente lo que deseo yo saber -dijo la pata, y se fue nadando hasta el extremo del estanque, poniéndose cabeza abajo para dar un buen ejemplo a sus hijos.
-¡Qué pregunta más tonta! -replicó la rata de agua-. Yo esperaría que mi amigo fuera leal conmigo, naturalmente.
-¿Y qué harías tú a cambio? -dijo el pajarillo, co¬lumpiándose en una ramita de plata y batiendo sus alas diminutas.
-No te entiendo -contestó la rata de agua.
-Déjame que te cuente una historia sobre eso -dijo el pardillo.
-¿Habla de mí esa historia? -preguntó la rata de agua-. En ese caso la escucharé, pues las historias me gustan muchísimo.
-Se te puede aplicar -respondió el pardillo.
Y bajando de un vuelo a la orilla contó el cuento del Amigó Abnegado.
-Erase una vez -dijo el pardillo- un honrado hom¬brecillo que se llamaba Hans.
-¿Era muy distinguido? -preguntó la rata de agua. -No -respondió el pardillo-, no creo que fuera nada distinguido, excepto por su corazón bondadoso y por su divertida cara redonda rebosante de alegría. Vivía solo en una casita muy pequeña, y todos los días traba¬jaba en su jardín. En toda la comarca no había un jardín tan hermoso como el suyo; crecían en él minutisas y al¬helíes y saxífragas y campanillas de invierno; había rosas de Damasco rojas y rosas de té amarillas, flores de aza¬frán color lila, y violetas de oro y púrpura, y violetas blan¬cas. Los agavanzos y las cardaminas, las mejoranas y la albahaca, la vellorita y el iris, el narciso y el clavel doble florecían sucesivamente según pasaban los meses, reem¬plazando una flor a la otra, de tal modo que siempre ha¬bía cosas hermosas para la vista y gratas fragancias para el olfato.
El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero entre todos ellos el más íntimo era el gran Hugh, el molinero. Realmente, el rico molinero era un amigo tan íntimo del pequeño Hans, que no pasaba nunca por su jardín sin inclinarse sobre la tapia y coger un gran ramo de flores, o un puñado de hierbas olorosas, o sin llenarse los bol¬sillos de ciruelas y cerezas si era la temporada de la fruta.
-Los verdaderos amigos debieran tener todo en co¬mún -solía decir el molinero.
Y el pequeño Hans asentía con la cabeza y sonreía, y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles.
A veces, a decir verdad, los vecinos pensaban que era extraño que el rico molinero nunca diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien sacos de harina al¬macenados en su molino y seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas cubiertas de lana; pero a Hans nunca le pasaban por la cabeza tales pensamientos, y nada le daba mayor placer que escuchar todas las cosas admira¬bles que solía decir el molinero sobre la ausencia de egoísmo de la amistad verdadera.
Así es que el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Du¬rante la primavera, el verano y el otoño era muy dichoso, pero cuando llegaba el invierno, y no tenía ni fruta ni flores que llevar al mercado, sufría mucho por el frío y el hambre, y frecuentemente tenía que irse a la cama sin más cena que unas cuantas peras secas o unas nueces du¬ras. En invierno, además, se sentía muy solo, ya que en¬tonces no iba nunca a verle el molinero.
-No es conveniente que vaya a ver al pequeño Hans en lo que dure la nieve -solía decír el molinero a su mujer-, pues cuando la gente está en apuros es mejor dejarla sola y no importunarla con visitas. Esa es, al me¬nos, la idea que yo tengo de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así es que esperaré hasta que llegue la primavera, y entonces le haré una visita, y él podrá darme una gran cesta de velloritas, y eso le hará feliz.
-Realmente, te preocupas mucho por los demás -respondió su esposa, que estaba sentada en un cómodo sillón junto a un gran fuego de leña de pino-; te preo¬cupas mucho, verdaderamente. Es una delicia oírte ha¬blar de la amistad. Estoy segura de que el cura mismo no sabría decir cosas tan hermosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el dedo meñique.
-Pero ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a que viniera aquí? -preguntó el hijo menor del molinero-. Si el pobre Hans está en apuros yo le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.
-¡Qué chico tan tonto eres! -gritó el molinero-; realmente no sé de qué sirve mandarte a la escuela; pa¬rece que no aprendes nada. ¡Mira!, si el pequeño Hans viniera aquí y viera nuestro fuego confortable, y nuestra buena cena, y nuestro gran barril de vino tinto, puede que se volviera envidioso, y la envidia es una cosa terri¬ble, que echaría a perder el carácter de cualquiera. Yo, ciertamente, no permitiré que se eche a perder el carác¬ter de Hans. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él, y vigilaré para que no caiga en ninguna tentación. Ade¬más, si Hans viniera aquí, puede que me pidiera que le dejara llevarse algo de harina a crédito, y yo no podría hacer eso; la harina es una cosa y la amistad es otra, y no debieran confundirse. ¡Está claro!, las dos palabras se escriben de modo diferente, y significan cosas completa¬mente distintas. Todo el mundo puede entender eso.
-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero, mientras se servía un gran vaso de cerveza caliente-; me siento completamente adormilada; es lo mismo que si es¬tuviera en la iglesia.
-Mucha gente obra bien -respondió el molinero-; pero hay muy poca gente que hable bien; lo que prueba que hablar es, con mucho, lo más difícil de estas dos cosas, y con mucho, también, la más hermosa.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo pequeño, que se sentía tan avergonzado de sí mismo que bajó la cabeza y se puso muy colorado, y empezó a llorar, dejando caer las lágrimas en el té. Sin embargo, era tan joven que debéis disculparle.
-¿Es ese el final de la historia? -preguntó la rata de agua.
-Ciertamente que no -respondió el pardillo-, ese es el comienzo.
-Entonces, no estás al día -dijo la rata de agua-. Ahora todos los buenos narradores empiezan por el final y luego siguen por el principio, y terminan por el medio. Es la nueva técnica narrativa. Me enteré de todo esto el otro día por un crítico que paseaba alrededor del estan¬que con un joven. Habló largamente del asunto, y estoy seguro de que debía tener razón, pues llevaba gafas azu¬les y era calvo, y cada vez que el joven hacía alguna ob¬servación, contestaba siempre: «¡Bah!» Pero, por favor, sigue con tu historia. Me agrada enormemente el moli¬nero. Yo tengo también toda clase de hermosos senti¬mientos, así es que hay una gran simpatía entre nosotros dos.
-Pues bien -dijo el pardillo, brincando ya sobre una pata, ya sobre la otra-, tan pronto como acabó el in¬vierno y las velloritas empezaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero dijo a su mujer que ha¬jaría a ver al pequeño Hans.
-¡Ah, qué buen corazón tienes! -exclamó su mujer-; siempre estás pensando en los demás. Y no te olvides de llevar la cesta grande para las flores.
Así es que el molinero sujetó las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.
-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.
-Buenos días -dijo Hans, apoyándose en su azada y sonriendo de oreja a oreja.
-¿Y cómo te ha ido en todo el invierno? -dijo el molinero.
-Bueno, verdaderamente -exclamó Hans-, eres muy amable al preguntármelo, muy amable, ciertamente. A decir verdad, lo he pasado bastante mal, pero ya ha llegado la primavera y me siento completamente feliz, y todas mis flores van bien.
-Hemos hablado muchas veces de ti durante el in¬vierno, Hans -dijo el molinero-, y nos preguntábamos cómo te irían las cosas.
-Habéis sido muy amables -dijo Hans-, casi temía que me hubieras olvidado.
-Hans, ¡me dejas sorprendido! -dijo el molinero-, la amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso que tiene; pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. Y, a propósito, ¡qué hermosas están tus velloritas!
-Sí, están verdaderamente muy hermosas -dijo Hans-, y es una suerte para mí el tener tantas. Voy a llevarlas al mercado para vendérselas a la hija del bur¬gomaestre, y así con ese dinero volveré a comprar mi ca¬rretilla.
-¿Que volverás a comprar tu carretilla? ¿No querrás decir que la has vendido? ¡Qué cosa más tonta se te ha ocurrido hacer!
-Bueno, la verdad es que me vi obligado a hacerlo. Ya sabes, el invierno fue una temporada muy mala para mí y en realidad no tenía dinero para comprar pan. Así que primero vendí los botones de plata de mi chaqueta de los domingos, y luego vendí la cadena de plata, y des¬pués vendí mi pipa grande, y por último vendí mi carre¬tilla. Pero voy a volver a comprarlo todo ahora.
-Hans -dijo el molinero-, te voy a dar mi carretilla. No está en buen estado; a decir verdad, uno de los dos lados ha desaparecido, y algo no va bien en los radios de la rueda; pero a pesar de eso te la voy a regalar. Sé que soy muy generoso al hacer esto, y que mucha gente me creería tonto de remate por desprenderme de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la gene¬rosidad es la esencia de la amistad, y, además, tengo una carretilla nueva. Sí, puedes quedarte tranquilo, te daré mi carretilla.
-Bueno, realmente eres muy generoso -dijo el pe¬queño Hans, y su divertida cara redonda se puso toda radiante de placer-. Me va a ser muy fácil repararla, porque tengo una tabla en casa.
-¡Una tabla! -dijo el molinero-; ¡caramba!, eso es precisamente lo que necesito para el tejado de mi gra¬nero. Tiene un boquete muy grande y todo el grano se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que lo hayas mencio¬nado! Es sorprendente cómo una buena acción siempre produce otra. Yo te he dado la carretilla, y ahora tú me vas a dar tu tabla. Desde luego, la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca se fija en esas cosas. Haz el favor de ir a buscarla en seguida, y me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.
-Ciertamente -exclamó el pequeño Hans.
Y corrió al cobertizo y sacó la tabla.
-No es una tabla muy grande -dijo el molinero mi¬rándola-, y me temo que después de que haya reparado el tejado de mi granero no te quedará nada para que arregles la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora que te he dado la carretilla, estoy seguro de que te gustaría darme unas flores a cambio. Aquí tie¬nes la cesta, y procura llenarla del todo.
-¿Llenarla del todo? -dijo el pequeño Hans, un poco afligido, pues realmente era una cesta muy grande, y sabía que si la llenaba no le quedarían flores para el mercado, y estaba deseando volver a tener sus botones de plata.
-Bueno, en realidad -replicó el molinero-, como te he dado la carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Puede que me equivoque, pero yo había pensado que la amistad, la verdadera amistad, estaba completamente libre de cualquier clase de egoísmo.
-Mi querido amigo, mi mejor amigo -exclamó el pe¬queño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición. Prefiero con mucho que tú tengas una buena opinión de mí a tener yo mis botones de plata, y eso en cualquier ocasión.
Y corrió a coger todas sus lindas velloritas y llenó la cesta del molinero.
-Adiós, pequeño Hans -dijo el molinero, mientras subía la cuesta con la tabla al hombro y la gran cesta en la mano.
-Adiós -dijo el pequeño Hans.
Y se puso a cavar alegremente, de contento que estaba por la carretilla.
Al día siguiente, estaba sujetando madreselvas al por¬che cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Así que saltó de la escalera, corrió al fondo del jardín y miró por encima de la tapia.
Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.
-Querido pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿te im¬portaría llevarme este saco de harina al mercado?
-¡Oh, cuánto lo siento! -dijo Hans-, pero la verdad es que estoy muy ocupado hoy. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, y regar todas mis flores, y pasar el ro¬dillo a todo mi césped.
-Bueno, realmente -dijo el molinero-, yo creo que teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla es una falta de amistad que te niegues a hacerlo.
-¡Oh, no digas eso! -exclamó el pequeño Hans-, no querría faltar a la amistad por nada del mundo.
Y entró corriendo en la casa para coger la gorra, y se fue caminando penosamente con el gran saco sobre los hombros.
Era un día de mucho calor, y la carretera estaba te¬rriblemente polvorienta, y antes de que Hans hubiera lle¬gado al sexto mojón estaba tan cansado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, siguió animosamente su camino, y al fin llegó al mercado.
Después de esperar allí algún tiempo vendió el saco de harina a muy buen precio, y entonces se volvió a casa en seguida, pues temía que si se retrasaba demasiado podría encontrar ladrones por el camino.
-Ha sido ciertamente un día muy duro -se dijo el pequeño Hans al meterse en la cama-, pero me alegro de no haber dicho que no al molinero, porque es mi me¬jor amigo y, además, me va a dar su carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, bajó el moli¬nero a recoger el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que todavía seguía en la cama.
-¡A fe mía -dijo el molinero-, eres muy perezoso! Teniendo en cuenta que te voy a regalar mi carretilla, creo que podrías trabajar más. La ociosidad es la madre de todos los vicios, y a mí, ciertamente, no me gusta que ninguno de mis amigos sea holgazán ni perezoso. No debe parecerte mal que te hable con toda claridad. Desde luego no se me ocurriría hacerlo así si no fuera amigo tuyo; pero ¿de qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas agradables y tratar de complacer y de halagar; en cambio, un verdadero amigo siempre dice las cosas molestas, y no le importa dar un disgusto. En verdad, si es realmente un amigo sincero lo prefiere, pues sabe que en este caso está obrando bien.
-Lo siento muchísimo -dijo el pequeño Hans, fro¬tándose los ojos y quitándose el gorro de dornir-, pero estaba tan cansado que pensé quedarme en la cama un poco más y oír cantar a los pájaros. ¿No sabes que siem¬pre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?
-Bueno, me alegro de oír eso -dijo el molinero, dando una palmada en la espalda al pequeño Hans-, porque quiero que subas al molino en cuanto te vistas y arregles el tejado de mi granero.
El pobre pequeño Hans estaba deseando ir a trabajar en su jardín, pues hacía dos días que las flores estaban sin regar, pero no quería decir que no al molinero, puesto que era tan buen amigo suyo.
-¿Crees que faltaría a la amistad si dijera que estoy ocupado? -preguntó con voz vergonzosa y tímida. -Bueno, en realidad -respondió el molinero- no me parece que sea mucho pedirte, teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla, pero naturalmente, si tú dices que no, iré y lo haré yo.
-Oh, de ninguna manera! -exclamó el pequeño Hans.
Y saltó de la cama y se vistió y se fue al granero.
Trabajó allí todo el día, hasta la puesta del sol, y a la puesta del sol fue el molinero a ver cómo iba la cosa.
-Has arreglado ya el boquete del tejado, pequeño Hans? -gritó el molinero con voz jovial.
-Está arreglado del todo -respondió el pequeño Hans, bajando de la escalera.
-¡Ah -dijo el molinero-, no hay trabajo tan agra¬dable como el trabajo que se hace por los demás!
-Es verdaderamente un gran privilegio oírte hablar -replicó el pequeño Hans, sentándose y enjugándose la frente-, un privilegio muy grande, pero me temo que yo no tendré nunca ideas tan hermosas como las que tie¬nes tú.
-¡Oh, ya te vendrán! -dijo el molinero-, pero has de esforzarte más. Ahora tienes sólo la práctica de la amistad; algún día tendrás la teoría también.
-¿Crees realmente que la tendré? -preguntó el pe¬queño Hans.
-No me cabe la menor duda respecto a eso -con¬testó el molinero-, pero ahora que has arreglado el te¬jado, sería mejor que fueras a casa a descansar, pues quiero que mañana lleves mis ovejas a la montaña.
El pobre pequeño Hans no se atrevió a decir nada, y a la mañana siguiente, muy temprano, el molinero le llevó las ovejas hasta la casita, y Hans se puso en camino con ellas hacia el monte. Le llevó el día entero llegar allí y volver; y cuando regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en una silla, y no se despertó hasta que era pleno día.
-¡Qué tiempo tan delicioso voy a pasar en mi jardín! -se dijo.
Y se puso inmediatamente a trabajar.
Pero por una cosa o por otra nunca podía cuidar sus flores de ninguna manera, pues siempre llegaba su amigo el molinero y le mandaba a largos recados, o le llevaba a que le ayudase en el molino. El pobre Hans estaba muy angustiado algunas veces, pues temía que sus flores cre¬yeran que se había olvidado de ellas, pero se consolaba con el pensamiento de que el molinero era su mejor amigo.
-Además -solía decirse-, me va a regalar su carre¬tilla, y eso es un acto de pura generosidad.
Así es que el pequeño Hans trabajaba para el moli¬nero, y el molinero decía toda clase de cosas hermosas sobre la amistad, las cuales anotaba Hans en un cuaderno y releía por la noche, pues era todo un intelectual.
Ahora bien, sucedió que una tarde estaba el pequeño Hans sentado junto a su fuego cuando sonó un fuerte golpe seco en la puerta. Era una noche muy tormentosa, y el viento soplaba y rugía alrededor de la casa tan te¬rriblemente que en un primer momento pensó que era sólo la tormenta. Pero vino un segundo golpe seco, y luego un tercero, más fuerte que los otros.
-Será algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.
Allí estaba el molinero, con una linterna en una mano y un gran bastón en la otra.
-Querido pequeño Hans -exclamó el molinero-, es¬toy en un gran apuro: mi hijo pequeño se ha caído de una escalera y se ha hecho daño, y voy a buscar al mé¬dico. Pero vive tan lejos y hace una noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor si fueras tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla, y por tanto sería justo que hicieras algo por mí a cambio.
-¡No faltaría más! -exclamó el pequeño Hans-; considero un cumplido que recurras a mí, y me pondré en camino inmediatamente. Pero debes prestarme tu lin¬terna, porque la noche es tan oscura que me da miedo que pueda caerme a la acequia.
-Lo siento mucho -replicó el molinero-, pero es mi linterna nueva, y sería una gran pérdida si algo le ocu¬rriera.
-Bueno, no importa. Me las arreglaré sin ella -ex¬clamó el pequeño Hans.
Y cogió su gran abrigo de pieles y su gorra escarlata que le abrigaba tanto, se enrolló una bufanda alrededor del cuello y se puso en marcha.
¡Qué tormenta más espantosa! La noche era tan negra que el pequeño Hans casi no podía ver, y el viento era tan fuerte que a duras penas podía mantenerse en pie. Sin embargo, era muy animoso, y después de haber an¬dado unas tres horas llegó a casa del médico y llamó a la puerta.
-¿Quién es? -gritó el médico, asomando la cabeza por la ventana de su alcoba.
-El pequeño Hans, doctor.
-¿Qué quieres, pequeño Hans?
-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha hecho daño, y el molinero quiere que vaya en se¬guida.
-Muy bien -dijo el médico.
Y ordenó que le llevaran el caballo, las grandes botas y la linterna, y bajó las escaleras, y empezó a cabalgar en dirección a la casa del molinero, mientras el pequeño Hans caminaba penosamente detrás de él.
Pero la tormenta arreciaba cada vez más, y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver por dónde iba, ni ir al paso del caballo. Al final perdió el camino, y se extravió dando vueltas por el páramo, que era un lugar muy peligroso, pues estaba lleno de hoyos profundos. Y allí se ahogó el pobre pequeño Hans.
Unos cabreros encontraron su cuerpo al día siguiente, flotando en una gran charca de agua, y lo llevaron ellos mismos a la casita.
Hans era tan popular que todo el mundo fue a su en¬tierro, y el molinero fue el principal doliente.
-Como yo era su mejor amigo -dijo el molinero-, justo es que ocupe el mejor puesto.
Así es que iba a la cabeza del cortejo con una larga capa negra y de vez en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo.
-La muerte del pequeño Hans es indudablemente una gran pérdida para todos -dijo el herrero, cuando hubo terminado el funeral y todos estaban sentados cómoda¬mente en la taberna, bebiendo vino con especias y co¬miendo bollos dulces.
-Una gran pérdida al menos para mí -replicó el mo¬linero-; ¡mira!, yo me porté tan bien con él que le ofrecí mi carretilla, y ahora realmente no sé qué hacer con ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado que no po¬dría sacar nada por ella si la vendiera. Ciertamente ten¬dré mucho cuidado en no volver a dar nada a nadie; uno siempre sufre por generoso.
-Bueno, ¿y qué más? -dijo la rata de agua, después de una larga pausa.
-Bueno, pues nada más; ese es el final -dijo el par¬dillo.
-Pero ¿qué fue del molinero? -preguntó la rata de agua.
-¡Oh, realmente no lo sé! -replicó el pardillo-; ni me importa, de eso estoy seguro.
-Es evidente que la simpatía no forma parte de tu ca¬rácter -dijo la rata de agua.
-Me temo que no has entendido la moraleja de la his¬toria -observó el pardillo.
-¿La qué? -chilló la rata de agua.
-La moraleja.
-¿Quieres decir que el cuento tiene una moraleja?
-Ciertamente -dijo el pardillo.
-Bueno -dijo la rata de agua, con aire furioso-, creo que realmente debieras habérmelo dicho antes de empezar. En ese caso, ten por seguro que no te hubiera escuchado; de hecho hubiera dicho «ibah!», como el crí¬tico. Pero puedo decirlo ahora.
Así es que gritó «ibah!», a voz en cuello, hizo un mo¬vimiento brusco con el rabo y se volvió a meter en su madriguera.
-¿Y qué opinas de la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando unos minutos después-. Tiene muy buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos maternales, y no puedo ver nunca a una solterona empedernida sin que se me salten las lágrimas.
-Me temo que le he aburrido -contestó el pardi¬llo-. El hecho es que le conté una historia con una mo¬raleja.
-¡Ah, eso es siempre algo muy peligroso! -dijo la pata.
Y yo estoy completamente de acuerdo con ella.

Oscar Wilde

jueves, 12 de enero de 2012

Part of the 99


http://www.washingtonpost.com

Connla y el hada

Connla, el de la Cabellera Roja, era hijo de Conn, el de las Cien Batallas. Un día, mientras se hallaba junto a su padre en lo alto del cerro de Usna, vio venir hacia él una doncella vestida con extrañas ropas.
-¿De dónde vienes, doncella? -dijo Connla.
-Vengo de las Llanuras de los inmortales -dijo- donde no hay muerte ni pecado. Allí siempre es fiesta y en nuestro gozo no necesitamos la ayuda de nadie. En nuestro placer no hay ningún conflicto. Y como tenemos nuestras casas en las redondas colinas verdes, los hombres nos llaman el Pueblo de la Colina.
El rey y todos los que estaban con él se maravillaron de oír una voz donde no veían a nadie. Pues, salvo Connla, ninguno de ellos vio al Hada.
-¿Con quién estás hablando, hijo mío? -dijo el rey Conn.
Entonces la doncella respondió:
-Connla habla con una joven y hermosa doncella, a quien no le espera la muerte ni la vejez. Amo a Connla y ahora quiero llevármelo conmigo a la Llanura del Placer, Moy Mell, donde Boadag reina para siempre jamás y donde no ha habido queja ni pena desde que él ocupa el trono. ¡Oh, ven conmigo, Connla, el de la Cabellera Roja, rosado como la aurora y de piel leonada! Una corona de hada te aguarda para adornar tu hermoso rostro y tu regia figura. Ven, y ni tu hermosura ni tu juventud se marchitarán hasta el pavoroso día del juicio.
El rey, atemorizado por las palabras de la doncella, a la que oyó aunque no pudo verla, llamó con voz fuerte a su druida, de nombre Coran.
-¡Oh Coran, el de los muchos hechizos y la magia astuta! -dijo- necesito tu ayuda. Sobre mí ha recaído una tarea demasiado grande para mí habilidad y mi ingenio, mayor que todas las que me han sido impuestas desde que me apoderé del trono. Ha venido a nosotros una doncella invisible y con su poder quiere arrebatarme a mi querido y hermoso hijo. Si no me ayudas, será arrebatado a tu rey con estratagemas y brujerías de mujer.
Entonces Coran, el druida, se adelantó y recitó sus conjuros hacia el lugar donde se oyó la voz de la doncella. Y nadie volvió a oír su voz, ni Connla pudo verla ya más. Pero, mientras desaparecía ante el poderoso conjuro del druida, lanzó una manzana a Connla.
Durante todo un mes, a partir de aquel día, Connla no comió ni bebió nada, salvo de aquella manzana. Pero la parte que comía de ella volvía a crecer, y la manzana siempre estaba entera. Y durante todo ese tiempo creció dentro de él un intenso anhelo y una fuerte añoranza por la doncella que había visto.
Pero cuando llegó el último día del mes de espera, Connla se hallaba al lado de su padre, el rey, en la Llanura de Arcomin, y de nuevo vio a La doncella venir hacia él, y otra vez ésta le habló.
-Un lugar glorioso, en verdad, ocupa Connla entre los mortales efímeros que esperan el día de la muerte. Pero ahora el pueblo de la vida, aquéllos que viven para siempre, te ruegan y te invitan a que vengas a Moy Mell, la Llanura del Placer, pues han aprendido a conocerte viéndote en tu casa entre tus seres queridos.
Cuando Conn, el rey, oyó la voz de la doncella, llamó a voces a sus hombres y dijo:
-Hagan que venga a toda prisa mi druida Coran, pues veo que hoy ella tiene de nuevo el poder de hablar.
Entonces la doncella dijo:
-Oh, poderoso Conn, luchador de cien batallas, el poder del druida es poco apreciado; se lo tiene en poca honra en la tierra poderosa poblada por tantos de los justos. Cuando llegue la Ley, abolirá los conjuros mágicos del druida que vienen de los labios del falso demonio negro.
El rey Conn observó que, desde la llegada de la doncella, su hijo Connla no contestaba a nadie que le dirigiera la palabra. Por eso Conn, el de las cien batallas, le dijo:
-¿Qué piensas de lo que dice esta mujer, hijo mío?
-Es muy duro para mí -respondió Connla-. Amo a mi pueblo por encima de todo; y, sin embargo, se apodera de mí un gran anhelo por la doncella.
Cuando la doncella oyó estas palabras, respondió y dijo:
-El océano no es tan fuerte como las olas de tu anhelo. Ven conmigo en mi curragh, mi resplandeciente canoa de cristal que se desliza en línea recta. Podemos llegar pronto al reino de Boadag. Ya veo hundirse al sol radiante, pero aunque esté tan lejos, podemos llegar allí antes de que oscurezca. Hay allí, también, otro país digno de tu viaje, una tierra alegre para todos los que la buscan. Sólo esposas y doncellas viven en ella. Si tú quieres, podemos buscarla y vivir allí juntos los dos solos alegremente.
Cuando la doncella cesó de hablar, Connla, el de la Cabellera Roja, se alejó corriendo de ellos y saltó al curragh, la resplandeciente canoa de cristal que se desliza en línea recta. Y entonces todos ellos, el rey y la corte, la vieron deslizarse lejos por encima del mar brillante en dirección al sol poniente. Lejos y más lejos, hasta que el ojo no pudo verlos más, y Connla y el Hada siguieron su camino por el mar, y nunca mas fueron vistos ni nadie supo nunca dónde fueron.

Anónimo Celta