sábado, 24 de marzo de 2012
Acerca de nada
Toda la Tierra aguardaba a que el pequeño agujero negro la arrastrara hasta su fin. Había sido descubierto por el profesor Jerome Hieronymus a través del telescopio lunar en 2125, y a todas luces iba a acercarse lo suficiente como para crear una marea de destrucción total.
Toda la Tierra hizo testamento, y la gente lloró, los unos en los hombros de los otros, diciéndose «Adiós, adiós, adiós». Los maridos dijeron adiós a sus mujeres, los hermanos dijeron adiós a sus hermanas, los padres dijeron adiós a sus hijos, los amos dijeron adiós a sus animalitos de compañía, y los amantes se susurraron adiós al oído.
Sin embargo, a medida que el agujero negro se acercaba, Hieronymus notó que no había efecto gravitatorio. Lo estudió más atentamente y anunció, con una risita, que después de todo no se trataba en absoluto de un agujero negro.
-No es nada -dijo-. Simplemente un asteroide vulgar al que alguien pintó de negro.
Fue muerto por una multitud enfurecida, pero no por eso. Fue muerto tan sólo después de que anunciara públicamente que iba a escribir una gran y emocionante obra acerca del episodio.
Dijo:
-La titularé Mucho adiós acerca de nada.
Toda la humanidad aplaudió su muerte.
Isaac Asimov
Toda la Tierra hizo testamento, y la gente lloró, los unos en los hombros de los otros, diciéndose «Adiós, adiós, adiós». Los maridos dijeron adiós a sus mujeres, los hermanos dijeron adiós a sus hermanas, los padres dijeron adiós a sus hijos, los amos dijeron adiós a sus animalitos de compañía, y los amantes se susurraron adiós al oído.
Sin embargo, a medida que el agujero negro se acercaba, Hieronymus notó que no había efecto gravitatorio. Lo estudió más atentamente y anunció, con una risita, que después de todo no se trataba en absoluto de un agujero negro.
-No es nada -dijo-. Simplemente un asteroide vulgar al que alguien pintó de negro.
Fue muerto por una multitud enfurecida, pero no por eso. Fue muerto tan sólo después de que anunciara públicamente que iba a escribir una gran y emocionante obra acerca del episodio.
Dijo:
-La titularé Mucho adiós acerca de nada.
Toda la humanidad aplaudió su muerte.
Isaac Asimov
viernes, 23 de marzo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
La ventana abierta
Mi tía bajará
dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña de 15 años muy dueña de
si-. Mientras tanto le tocará conformarse
conmigo.
Framton Nuttel
se esforzó por decir algo que halagara apropiadamente a la sobrina presente sin
descartar de modo desconsiderado a la tía por venir. Personalmente dudaba más que nunca de que
esas visitas formales a una serie de personas completamente extrañas sirvieran
mayor cosa para ayudar a la cura de nervios que, según se suponía, estaba
siguiendo.
- Yo sé qué va a
pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba preparando para emigrar a ese
retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin hablar con un ser viviente, y
con el atontamiento vas a tener los nervios peor que nunca. Te voy a dar cartas de presentación para
todas las personas que conozco allá. Algunas
hasta donde me acuerdo, eran muy agradables.
Framton se
preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una de las cartas de
presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha
gente de por aquí? – le preguntó la sobrina cuando le pareció que ya habían
tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie –
dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la parroquia, como sabe, hace unos
cuatro años, y me dio cartas de presentación para la gente del lugar. Dijo esto último en un tono evidente de
excusa.
- ¿Entonces,
prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la segura jovencita.
- Sólo su nombre
y dirección – admitió el visitante. No
sabía si la señora Sappleton era casada o viuda. Algo indefinible en la habitación parecía
sugerir la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran
tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña -, eso fue después de la
época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia?
– preguntó Framton; le parecía de algún modo que encontrar tragedias en esa
región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se
preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana abierta de par en par, en
una tarde de octubre – dijo la sobrina,
indicando una gran puerta ventana que se abría sobre un prado.
- Hace mucho
calor para esta época del año – dijo Framton -; ¿pero esa ventana tiene algo
que ver con la tragedia?
- Por esa
puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el marido y los dos
hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del día. Jamás volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar
favorito para tirarle a las becadas, a los tres se los tragó un fangal
traicionero. Había sido un verano húmedo
espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se hundían
sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca
se recobraron. Eso fue lo peor de
todo. – aquí la voz de la niña perdió su
entonación segura y se quebró de modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día,
ellos y el perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a
entrar por esa puerta como siempre lo hacen.
Por eso es que se deja abierta la puertaventana todas las tardes hasta
cuando ya está completamente oscuro. La
pobre tía me ha dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta
impermeable blanca en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie,
por qué brincas?” como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la
canción le ponía los nervios de punta.
¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo la idea
soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un
ligero estremecimiento. Para Framton fue
un alivio ver entrar a la tía con un millón de excusas por demorarse tanto en
aparecer.
- Espero que
Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho
cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le
moleste la ventana abierta – dijo la señora Sappleton en tono ligero -, mi
marido y mis hermanos ya regresas de su cacería, y siempre entran por
allí. Hoy han estado cazando becadas en
los pantanos, de modo que me van a volver un asco mis pobres tapetes. Como siempre los hombres, ¿cierto?.
Charló
alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y sobre la esperanza de
patos en el invierno. A Framton, todo
eso la parecía el horror puro. Hizo un
esfuerzo desesperado pero no completamente exitoso para llevar la conversación
a un tema menos espantoso; se daba cuenta de que la dueña de casa le prestaba
apenas un fragmento de su atención, y de que sus ojos constantemente miraban
más allá de él hacia la ventana abierta y el prado que estaba detrás. Era una coincidencia verdaderamente
desgraciada que él estuviera haciendo su visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos
están de acuerdo en aconsejarme completo reposo, abstenerme de excitaciones
mentales y evitar cualquier clase de ejercicio violento – anunció Framton, quien partía de la base de esa ilusión
bastante difundida, según la cual los complementos extraños y las amistades
casuales están hambrientas de conocer, hasta el más insignificante detalle, las
enfermedades de que uno sufre, sus causas y su manera de curarse -. En materia de dietas no están tan de acuerdo
– prosiguió.
- ¿No? – dijo la
señora Sappleton, en una voz que fue reemplazada por un bostezo en el último
momento. Luego, de pronto, puso evidente
atención pero no a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin
llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo
para el té, y no parecen venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco
trémulo, se volvió hacia la sobrina con una mirada que pretendía llevarle su
piadosa comprensión. La niña miraba a
través de la ventana abierta con ofuscación y horror en los ojos. Con un escalofrío de miedo innombrable,
Framton se dio vuelta en su asiento y miró en la misma dirección.
En la creciente
penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia la puertaventana, todos
llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos, además, llevaba una chaqueta
blanca colgando de los hombros. Un
cansado perro de cacería castaño los seguía pegado a sus talones. Se acercaban a la casa sin hacer ruido, y de
pronto una voz ronca y juvenil comenzó a cantar desde la sombra: “Te lo dije Bertie, ¿por qué brincas
así?”. Framton agarró desesperadamente
su bastón y su sombrero, apenas si notó la puerta del salón, la entrada de
gravilla, y la puerta del frente en su retirada a la carrera. Un ciclista que venía por el camino tuvo que
estrellarse con seto para evitar atropellarlo.
- Aquí estamos,
querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca al entrar por la puertaventana
-; había bastante barro, pero la mayor parte está seca.
¿Quién era ese
que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre
sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la señora Sappleton -; no podía
hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo sin decir una palabra para
despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron.
Parecía que hubiera visto un fantasma.
– Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina tranquilamente -; me contó
que les tenía terror a los perros. Una
vez lo persiguió una manada de perros Parias hasta un cementerio a orillas del
Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién abierta con los perros
gruñendo y mostrándole los dientes o los hocicos llenos de espuma muy cerca de
su cabeza. Lo suficiente para acobardar
a cualquiera.
La novela
improvisada era la especialidad de la niña.
SAKI
martes, 20 de marzo de 2012
Fidelidad
Este cuento va dedicado a mi amigo Javier.
Nadie sabía que éramos amigos. Nadie oyó los diálogos, ni vio las miradas que nos sirvieron de vínculo. Nadie sabía que año tras año nos citábamos, a mediados de la primavera, en la glorieta silvestre de las barrancas que daban al río, y que estas entrevistas duraban hasta el fin del otoño, y que año tras año, como sucede en los cuentos y en la vida real, hablábamos de las mismas interminables, íntimas cosas. No faltábamos jamás a las citas. Yo acudía a veces con un sombrero de paja sucio, cuyas alas pintaban sombras en mi cara ovalada; ella, con un reflejo alado en sus ojos parpadeantes. No sé bien de qué hablábamos, pero me aventuro a evocarlo: yo, de un anzuelo con carne cruda en la punta del hilo de una caña de pescar; ella, de un hormiguero importante, con túneles y edificaciones sólidas; yo, de una estatua de terracota y de un avión, y del avión a chorro; ella de las semillas que hay en la basura; yo, de las fornicaciones debajo de los puentes; ella, de los gusanos, de las almendras, de las flores violetas de los paraísos, del estiércol dorado; yo, de los zafiros, de las esmeraldas, de los rubíes del reloj. La muerte no nos separaba. La muerte no interrumpía el coloquio inalterable de nuestras voces. Sin embargo el tiempo pasa, suele pasar a veces.
Nadie sabía que éramos amigos. Nadie oyó los diálogos, ni vio las miradas que nos sirvieron de vínculo. Nadie sabía que año tras año nos citábamos, a mediados de la primavera, en la glorieta silvestre de las barrancas que daban al río, y que estas entrevistas duraban hasta el fin del otoño, y que año tras año, como sucede en los cuentos y en la vida real, hablábamos de las mismas interminables, íntimas cosas. No faltábamos jamás a las citas. Yo acudía a veces con un sombrero de paja sucio, cuyas alas pintaban sombras en mi cara ovalada; ella, con un reflejo alado en sus ojos parpadeantes. No sé bien de qué hablábamos, pero me aventuro a evocarlo: yo, de un anzuelo con carne cruda en la punta del hilo de una caña de pescar; ella, de un hormiguero importante, con túneles y edificaciones sólidas; yo, de una estatua de terracota y de un avión, y del avión a chorro; ella de las semillas que hay en la basura; yo, de las fornicaciones debajo de los puentes; ella, de los gusanos, de las almendras, de las flores violetas de los paraísos, del estiércol dorado; yo, de los zafiros, de las esmeraldas, de los rubíes del reloj. La muerte no nos separaba. La muerte no interrumpía el coloquio inalterable de nuestras voces. Sin embargo el tiempo pasa, suele pasar a veces.
-No me amas bastante -yo le
decía-. A veces tengo que esperarte.
-¿Qué es amar? -me preguntaba-.
-Amar es una cosa siempre
diferente -le respondía-.
-¿Pero qué sabor tiene?. ¿Qué
hábitos?.
-Sabe a miel, a lluvia, a polvo,
a barro, cuando llueve. Sus hábitos son múltiples, tan maravillosos como
horribles a veces.
-¿De qué te servirá?.
-De nada.
-¿Para qué quieres que te ame,
entonces? -Para que podamos hablar-.
-¿No hablamos?.
-No hacemos otra cosa.
-¿Entonces, te amo?.
-Me amas, sin duda me amas.
Cuando llegábamos a proferir
estas últimas frases, la noche invariablemente caía y el sueño nos tumbaba en
nuestros lechos. A veces soñábamos el uno con el otro. No soñábamos con otras
cosas. El sueño no nos separaba, tampoco nos separaba la muerte, ni el trabajo,
ni las distracciones, ni la crueldad, ni la familia. Sin embargo el tiempo pasaba
y como suele acontecer pasaba junto a la felicidad, rozándola, carcomiéndola
como si no hubiera existido. El sombrero de paja cada vez más sucio,
amarillento como las hojas encendidas de una fogata, se rompía; la glorieta se
resquebrajó en sucesivas tormentas. Yo cambié de vestiduras y de costumbres.
Casi podría decirse, de cuerpo. La ingratitud no es necesariamente pura.
Distraído, ya borracho, acudía al Night Club y acariciaba con la punta
de los dedos y de las miradas las alas de la amada ausente convertidas en otras
alas, los ojos convertidos en otros ojos. ¿Se trataba de un ángel?. Una
descripción minuciosa nos ayudaría tal vez a descubrirlo. Unos pequeños
espejitos en forma de rombos o de triángulos pegados a un tul azul eléctrico
relumbraban en las noches; sobre esas capas consecutivas de tul se hallaba un
corselete verdoso de terciopelo, cuya suavidad se asemejaba a los pétalos de
las rosas; un acerado relámpago de lentejuelas repetidas al infinito, irisaba
el contorno del ruedo de esa falda que se plegaba y se desplegaba al viento
como dentro del agua las aletas de algunos peces, o algunas plumas de la cola,
en abanico, del pavo real. Se trataba del vestido de una mujer, y como ese
vestido revestía un cuerpo creía que me había enamorado del cuerpo.
Todo el mundo oyó las palabras
que nos decíamos (sólo la infancia mantiene secretos inviolados). Para
besarnos, a veces nos demorábamos en los zaguanes, en los corredores, en los
ascensores, para ocultar los proyectos que nos decíamos al oído. Todo el mundo
sabía que éramos amantes y que nos encerrábamos en los cuartos de una casa
amarilla, con las persianas cerradas, para escondernos.
-No me amas bastante -yo le
decía-. A veces tengo que esperarte, no compartes mi ansiedad.
-¿Qué es amar?.
-No me lo preguntes, el mundo
está lleno de trampas. Amar es sufrir, pero también es la felicidad (o se le
parece).
-¿Para qué quieres que te ame si
amar es sufrir y la felicidad es ilusoria?.
-Para que hablemos. -¿No estamos
hablando? -Sí.
-Entonces, te amo.
Y dejaron de hablar. El vestido
estaba sucio, roto, no brillaba en la noche. ¿Dónde estaban sus alas, sus espejitos?
-Un día me olvidaste.
-Nunca te olvidé. Amé tu
recuerdo en un vestido -dijeron en la glorieta las dos voces que nadie oyó-.
Silvina Ocampo
domingo, 18 de marzo de 2012
Los fugitivos
El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que
había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las
moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro —nunca le
habían llamado sino Perro— estaba cansado. Se revoleó entre las yerbas para
desrizarse el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la
cuadrilla se perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el
cimarrón estaba escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama,
escuchando con los ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había
otro olor ahí, en la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría
tal vez para siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía, retorciéndose
patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una
lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omoplatos. Las sombras
se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre sus patas. Las campanas
del ingenio, volando despacio, le enderezaron las orejas. En el valle, la
neblina y el humo eran una misma inmovilidad azulosa, sobre la que flotaban
cada vez más siluetas, una chimenea de ladrillos, un techo de grandes aleros,
la torre de la iglesia, y las luces que parecían encenderse en el fondo de un
lago. Perro tenía hambre. Pero hacia allá, había olor a hembra. A veces lo
envolvía aún el olor a negro. Pero el
olor de su propio celo, llamado por el olor de otro celo, se imponía a todos
los demás. Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndole alargar el
cuello. Su vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadeo
corto y ansioso. Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá, con un
ruido mojado, esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias.
Alejo Carpentier
Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola
gacha, como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio
sentido de orientación. Pero olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa
que a veces volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en
las espinas de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la
fermentación, y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién
barrida por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del
hilo que se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos
sacudidas, que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna
vertebral, arrojándolo contra un tronco... Pero se detuvo de súbito, dejando una
pata en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña.
No eran los de la jauría del ingenio. El acento era
distinto, mucho más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate,
enronquecido por fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de
machos que no llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa
numerada. Ante esas voces desconocidas, mucho más alubonadas que todo lo que
hasta entonces había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso,
hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a negro. Y
ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo, dormido.
Perro estuvo por lanzarse sobre él siguiendo una consigna lanzada de madrugada,
en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde había calderos y literas de
paja. Pero arriba, no se sabía dónde, proseguía la pelea de los machos. Al lado
del cimarrón quedaban huesos de costillas roídas. Perro se acercó lentamente,
con las orejas desconfiadas, decidido a arrebatar a las hormigas algún sabor de
carne. Además aquellos otros perros de un ladrar tan feroz, lo asustaban. Más
valía permanecer, por ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur,
sin embargo, acabó por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí
mismo y se ovilló, rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba,
Cimarrón le echó un brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con
mujeres. Perro se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena
fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla, tina araña, que
había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se perdió en la copa del
almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche.
II
Por hábito, Cimarrón y Perro se despertaron cuando
sonó la campana del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo
con cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se
miraron largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso de
recuperar alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante espadaña,
destinada a los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón armoriado de la
capilla, cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un fondo de mugidos y de
relinchos, como indulgente aviso a los que dormían en altos lechos de caoba.
Las gallos rondaban a las gallinas para cubrirlas temprano, en espera de que el
meñique de la mayorala se cerciorase de la presencia de huevos aún sin poner.
Un pavo real hacía la rueda sobre la casa-vivienda, encendiéndose con un grito,
en cada vuelta y revuelta. Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje
en redondo. Los esclavos oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo.
Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de
una ceiba. Perro alzó la pata sobre un guayabo tierno. Ya asomaban machetazos
en los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus
cadenas, impacientes por ser sacados del batey.
—¿Te vas conmigo? —preguntó Cimarrón.
Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había
demasiados látigos, demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos.
Ya no olía a hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora Perro estaba mucho más
atento al olor a blanco, olor a peligro. Porque el mayoral olía a blanco, a
pesar del almidón planchado de sus guayaberas y del betún acre de sus polainas
de piel de cerdo. Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del
perfume que despedían sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera
derretida y de incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca, sin
embargo, de la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a pesar de
que los fuelles del armonio le hubieran echado tantos y tantos soplos de
fieltro apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro había
cambiado de bando.
III
En los primeros días. Perro y Cimarrón echaron de
menos la seguridad del condumio. Perro recordaba los huesos vaciados por cubos,
en el batey, al caer la tarde. Cimarrón añoraba el congrí, traído en cubos a
los barracones, después del toque de oración o cuando se guardaban los tambores
del domingo. Por ello, después de dormir demasiado en las mañanas, sin campanas
ni patadas, se habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro olfateaba
una jutía oculta entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba a pedradas.
El día en que se daba con el rastro de un cochino jíbaro, había para horas y
horas, hasta que la bestia, desgarradas las orejas, aturdida por tantos
ladridos, pero acometiendo aún, era acorralada al pie de una peña y derribada a
garrotazos. Poco a poco Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos en que habían
comido con regularidad. Se devoraba lo que se agarrara, de una vez, engullendo
lo más posible, a sabiendas de que mañana podría llover y que el agua de arriba
correría entre las peñas para alfombrar mejor el fondo del valle. Por suerte,
Perro sabía comer frutas. Cuando Cimarrón daba con un árbol de mango o de
mamey, Perro también se pintaba el hocico de amarillo o de rojo. Además, como
siempre había sido huevero, se desquitaba, con algún nido de codorniz, de la
incomprensible afición del amo por los langostinos que dormían a
contracorriente a la salida del río subterráneo que se alumbraba de una boca de
caracoles petrificados.
Vivían en una caverna, bien oculta por una cortina
de helechos arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando
las sombras frías de un ruido de relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al
pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas costillas
tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua con
desabrimiento de polvo amasado. Luego llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto
de piel de majá, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el hoyo restos de
alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido aprovecharse,
Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su casa, abandonó la
caverna esa misma tarde, mascullando oraciones sin pensar en la lluvia. Ambos
durmieron entre raíces y semillas envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al
amanecer buscaron una cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar
a cuatro patas. Allí, al menos, no había huesos de aquellos que para nada
servían, y sólo podían traer ñeques y apariciones de cosas malas...
Al no haber sabido de batidas en mucho tiempo, ambos
empezaron a aventurarse hacia el camino. A veces pasaba un carretero conocido,
una beata vestida con el hábito de Nazareno o un punteador de guitarra, de esos
que conocen al patrón de cada pueblo, a quienes contemplaban, de lejos, en
silencio. Era indudable que Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer varias
horas, de bruces, entre las yerbas de Guinea, mirando ese camino poco
transitado, que una rana toro podía medir de un gran salto. Perro se distraía
en esas esperas dispersando enjambres de mariposas blancas, o intentando, a
brincos, la imposible caza de un zunzún vestido de lentejuelas.
Un día que Cimarrón esperaba, así, algo que no
llegaba, un cascabeleo de cascos lo levantó sobre las muñecas. Una volanta
venía a todo trote, tirada por la jaca torda del ingenio. De pie sobre las
varas, el calesero Gregorio hacía restallar el cuero, mientras el párroco
agitaba la campanilla del viático a sus espaldas. Hacía tanto tiempo que Perro
no se divertía en correr más pronto que los caballos, que se olvidó al punto de
la discreción a que estaba obligado. Bajó la cuesta a las cuatro patas,
espigado, azul bajo el sol, alcanzó el coche y se dio a ladrar por los corvejones de la jaca, a la derecha, a
la izquierda, delante, pasando y
volviendo a pasar, enseñando los dientes al calesero y al sacerdote. La jaca se
abrió a galopar por lo alto,
sacudiendo las anteojeras y tirando del bocado.
De pronto, quebró una vara, arrancando el tiro.
Luego de aspaventarse como peleles, el párroco y el calesero se fueron de
cabeza contra el puentecillo de piedra. El polvo se tiñó de sangre.
Cimarrón llegó corriendo. Blandía un bejuco para
azocar a Perro, que ya se arrastraba pidiendo perdón. Pero el negro detuvo el
gesto, sorprendido por la idea de que no todo era malo en aquel percance. Se
apoderó de la estola y de las ropas del cura, de la chaqueta y de las altas
botas del calesero. En bolsillos y bolsillos había casi cinco duros. Además, la
campanilla de plata. Los ladrones regresaron al monte. Aquella noche, arropado
en la sotana, Cimarrón se dio a soñar con placeres olvidados. Recordó los
quinqués, llenos de insectos muertos, que tan tarde ardían en las últimas casas
del pueblo, allí donde, por dos veces, lo habían dejado, tras pedir el
aguinaldo de Reyes, gastárselo como mejor le pareciere. El negro, desde luego,
había optado por las mujeres.
IV
La primavera los agarró a los dos al amanecer. Perro
despertó con una tirantez insoportable entre las patas traseras y una mala
expresión en los ojos. Jadeaba sin tener calor, alargando entre los colmillos
una lengua que tenía filosas blanduras de lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos
estaban de pésimo genio. Sin pensar en la caza, fueron temprano hacia el
camino. Perro corría desordenadamente, buscando en vano un olor rastreable...
Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por el placer de destruir,
desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos tiernos. Acabó de
exasperarse cuando un sapo le escupió a los ojos. Cimarrón esperaba como nunca
había esperado.
Pero aquel día nadie pasó por el camino. Al caer la
noche, cuando los primeros murciélagos volaron como pedradas sobre el campo,
Cimarrón echó a andar lentamente hacia el caserío del ingenio. Perro lo siguió,
desafiando la misma tralla y las mismas cadenas. Se fueron acercando a los
barracones por el cauce de la cañada. Ya se percibía un olor, antaño familiar,
de leña quemada, de lejía, de melaza, de limaduras de cascos de caballo. Debían
estarse haciendo las pastas de guayaba, ya que un interminable dulzor de
mermelada era esparcido por el terral. Perro y Cimarrón seguían acercándose,
lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de la cabeza del perro.
De pronto, una negra de la dotación atravesó el
sendero de la herrería. Cimarrón se arrojó sobre ella, derribándola entre las
albahacas. Una ancha mano ahogó los gritos. Perro avanzó, solo, hasta el
lindero del batey. La perra inglesa adquirida por don Marcial en una exposición
de París estaba allí. Hubo un intento de fuga. Perro le cortó el camino, erizado
de la cola a la cabeza. Su olor a macho era tan envolvente que la inglesa
olvidó que la habían bañado, horas antes, con jabón de Castilla.
Cuando Perro regresó a la caverna, clareaba.
Cimarrón dormía, arrebozado en la sotana del párroco. Allá abajo, en el río,
dos manatíes retozaban entre los juncos, enturbiando la corriente con sus
saltos que abrían nubes de espuma entre los linos.
V
Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba
ahora en torno a los caseríos, acechando, a cualquier hora, una lavandera
solitaria o una santera que buscaba culantrillo, retamas o pitahayas para algún
despojo. También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los
duros del capellán en un parador del camino carretera, se hacía ávido de
monedas. Más de una vez en los atajos se había llevado el cinturón de un
guajiro, luego de derribarlo de su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro
lo acompañaba en esas correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía
peor que antes, y más que nunca era necesario desquitarse con huevos de
codorniz, de gallinuela o de garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo
sobresalto. Al menor ladrido de Perro, echaba mano al machete robado o se
trepaba a un árbol.
Pasada la crisis de primavera, Perro se mostraba cada
vez más reacio a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban
piedras, gente siempre dispuesta a dar patadas y, al oler su proximidad, todos
los perros de los patios lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía
esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro
detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una casa
mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue viviendo
hasta la noche en que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en el cuarto de una
mondonguera. Pronto, la choza fue rodeada por hombres cautelosos, que llevaban
mochas en claro. Al poco rato Cimarrón fue sacado a la calle, desnudo, dando
tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al mayoral del ingenio, echó a
correr al monte por la vereda de los cañaverales.
Al día siguiente vio pasar a Cimarrón por el camino.
Estaba cubierto de heridas curadas con sal. Tenía hierros en el cuello y los
tobillos. Y lo conducían cuatro números de la Benemérita de San Fernando, que
le daban un baquetazo a cada dos pasos, tratándolo de ladrón, de borracho y de
malcriado.
VI
Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el
valle, Perro aullaba a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces,
cuando aquel gran sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos
reflejos sobre las plantas. Se habían terminado para él las hogueras que solían
iluminar la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en
el invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas
de cobre, que tanto le molestaba para dormir —a pesar de que hubiera heredado
la sotana del párroco—. Cazando sin cesar, se había hecho más tolerante, en
cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba escapar el maia
entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que Cimarrón no estaba
allí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un cinturón o de recoger
manteca para untos. Además, el olor de las serpientes lo asqueaba; cuando había
agarrado alguna por la cola, era en virtud de esas obligaciones a que todo ser
que depende de alguien se ve constreñido. Tampoco —salvo en casos de hambre
extrema— podía atreverse ya con el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves
de agua, hurones, ratas y una que otra gallina escapada de los corrales
aldeanos. Sin embargo, el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido
todo sentido. Perro buscaba ahora el amparo de mogotos casi inaccesibles al
hombre, viviendo en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de
albarca nueva, de orquídeas, de bejucos lombriz, donde se arrastraban lagartos
verdes, de orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo,
permanecen donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en
hueco, la lana apresaba guisazos que ya no tenían espinas.
Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en
que lo desvelaba un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel
misterioso olor a hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa
primera de su fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta
vez Perro agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a
nado. Ya no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al
suelo, largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba
toda una quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros.
Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos,
tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor
a hembra.
Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron
encima. Los cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de
ladridos. Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar.
Las bocas se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó
al más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo de
rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la
última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos
de fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre.
VII
Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban
las piezas grandes, de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era
tarea de días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una
barranca de un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la
presa, el asedio. A pesar de herir y entornar, el animal moría siempre en
dientes de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún,
arrancándole tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su
tibieza, en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada.
Muchos de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por un asta, y todos
estaban cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del
celo, los perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas,
con sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del
ingenio, cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el
perro el menor recuerdo.
Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en
aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al
herir. Olía a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de
los caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres
suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse de
ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las patas
traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La jauría
había dejado de ladrar.
De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas
cadenas rotas, que le colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros
eslabones, más gruesos, sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro
reconoció a Cimarrón.
—¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro!
Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies,
aunque sin dejarse tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola; cuándo
era llamado, huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz
humana, que había entendido un poco en otros tiempos, pero que ahora le sonaba
tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio un
paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un extraño
grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del negro.
Había recordado, de súbito, una vieja consigna del
mayoral del ingenio, el día que un esclavo huía al monte.
VIII
Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles,
los jíbaros durmieron hasta el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras
pesaban sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara, sin concluir el
trabajo. Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa
listada de Cimarrón. Cada uno halaba por un lado, para probar la solidez de los
colmillos. Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban en el polvo. Y
volvían a empezar, con un harapo cada vez más menguado, mirándose a los ojos,
las narices casi juntas. Al fin se dio la orden de partida. Los ladridos se
perdieron en lo alto de las crestas arboladas.
Durante muchos años los monteros evitaron de noche
aquel atajo, dañado por huesos y cadenas.
sábado, 17 de marzo de 2012
El médico concejal
Era yo sólo un muchacho
cuando sucedió. Y ahora, cuando ya unas tenues guedejas blancas ornan apenas mi
cabeza de anciano venerable, aún me estremezco de emoción al recordar aquel
episodio que fue la revelación de un político y la manifestación de la grandeza
de ánimo de un hombre.
Se
celebraban en Tejeruela de la Empastación elecciones municipales con el
entusiasmo cívico con que los tejeruelenses acogían siempre el trascendente
evento, entusiasmo reforzado aquel año por el interés que despertaba la
aparición del nuevo Partido Agrario Equitativo, formación política derivada del
pepino, es decir, de la grave crisis por la que atravesaba la comercialización
de la rica cucurbitácea, cultivo casi único en Tejeruela y tradicional sostén
de su economía.
A
pesar del prestigio de que disfrutaba el pepino tejeruelense desde tiempo
inmemorial, incluso desde antes de que la famosa soprano Lola Puentedeume
estuviera a las puertas de la muerte por un cólico grandioso, debido a su
desmedida afición al riquísimo fruto ingerido por la artista en enormes
cantidades proporcionales a su volumen, lo que le produjo una irreductible
oclusión intestinal que estuvo a punto de privar al género lírico de una de sus
más brillantes luminarias; a pesar, digo, de ese prestigio, el mercado
hortícola español mostraba hacia el pepino del país un creciente desinterés.
Lo
cual se achacaba, por supuesto, a la incompetencia de los políticos locales,
más ocupados por el momento en promocionar el balneario que había de alzarse
alrededor de un manantial de aguas sulfurosas con supuestas virtudes curativas,
muy pregonadas por el alcalde, casualmente propietario de los terrenos donde se
proyectaba —lo proyectaba mayormente el alcalde— construir el hotel y edificios
anejos.
Se
había dividido el pueblo por entonces en balnearistas y pepinistas, según la
costumbre inmemorial de dividirse cuando el tema lo requería, dados los dos
tradicionalmente opuestos puntos de vista con que los tejeruelenses demostraban
su agudeza de juicio y su desenvoltura en la opinión. (Los sociólogos de la
localidad definían el eterno conflicto como el de «las dos Tejeruelas»).
Los
progresistas optaban por el balneario como signo de modernidad y desarrollo
económico. Entre ellos se encontraba el cuñado del alcalde, maestro de obras
que había de hacerse cargo de la construcción, algunos comerciantes del ramo
del ajuar y el mobiliario y muchos jornaleros del campo, cansados de un trabajo
aburrido y escasamente provechoso y dispuestos, en cambio, a irrumpir en el
mucho más lucido gremio de la hostelería.
En
las filas conservadoras militaban importantes propietarios agrícolas,
preocupados por la suerte del pepino en general y de sus pepinos en particular;
reaccionarios temerosos del auge de las disolutas costumbres que habrían de
importar con toda seguridad los agüistas del balneario, pues ya se sabe que los
balnearios facilitan el relajo y la promiscuidad; y aquellos a quienes el
alcalde les resultaba antipático, puesto que el poder suscita enconos. Todos
ellos capitaneados por don Tadeo Perinola, propietario de varias hectáreas de
pepinar y del acreditado establecimiento «EL COHOMBRO DORADO. Almacén de
Coloniales y Maquinaria Agrícola».
—¡Loemos
y admiremos y, sobre todo, comercialicemos provechosamente nuestro pepino!
—proclamó don Tadeo en el mitin fundacional—. Nuestro pepino vernáculo. ¡Qué
digo vernáculo! ¡Ancestral diría yo! Ese pepino orgullo de este pueblo y fuente
de bienestar para muchas generaciones de tejeruelenses, nuestros padres,
nuestros abuelos, ¡vuestros abuelos también, jóvenes insensatos, locos por el
balompié y el fox-trot, ajenos
a los valores tradicionales de nuestra raza! ¡Hernán Cortés saboreó el pepino
de nuestra tierra! ¡Y muchos otros, todos héroes a cual más!
A
pesar de los hermosos discursos y emocionantes apelaciones a la tradición y al
heroísmo, llegadas las elecciones y hecho el recuento de los votos, los
pepinistas sólo alcanzaron los justos para media concejalía.
El
partido designó para el semicargo a don Tadeo Perinola, que además de líder era
el más bajito de los pepinistas, el cual aceptó disciplinadamente la decisión
de sus correligionarios.
—Seré
medio concejal si así lo quiere el pueblo —declaró el ilustre político—. ¡No
hay cargo pequeño para una voluntad grande!
Para
celebrar el éxito se organizó un baile al que asistió toda la juventud de
Tejeruela, incluso los insensatos locos por el balompié y el fox-trot, que
demostraron así su voluntad de confraternización democrática y que no se debe
despreciar un buen baile cuando se presenta.
Una
infausta noticia llegó de pronto a ensombrecer la alegría de la concurrencia; o
de parte de la concurrencia; o de algunos de los concurrentes: la Junta
Electoral se negaba a aprobar el nombramiento de don Tadeo Perinola como
semiconcejal, arguyendo que si bien la estatura del candidato era
verdaderamente insignificante, su peso excedía de lo discreto, es decir, estaba
demasiado gordo para ser considerado como la mitad de cualquier cosa.
El
asunto pasó a la consideración del Tribunal Constitucional.
Cuya
sentencia no se hizo esperar. Ratificaba el alto tribunal lo acordado por la
Junta, aunque accedía a aprobar el nombramiento de semiconcejal sólo en el caso
de que en la fecha señalada para el inicio de la nueva legislatura don Tadeo
hubiera perdido los veinte kilos que le sobraban...
Y
fue entonces cuando don Tadeo demostró su grandeza de ánimo y su temple de
político lleno de recursos.
—Mire
usted, doctor —le dijo al médico, a quien había mandado llamar con urgencia—.
Tengo en este pie una tremenda inflamación que se insinúa ya por el tobillo,
como si un extraño topo se estuviera abriendo camino entre la grasa hasta no se
sabe qué lejanos objetivos.
Impresionado
por la elocuente descripción, el médico se apresuró a examinar el pie dañado.
—Bah, no
es nada. Un simple panadizo.
—¡Cómo
simple!
—Le
recetaré los cocimientos y emplastos oportunos.
—Cocimientos
y emplastos... —murmuró don Tadeo, visiblemente molesto.
—¡Siempre
han dado resultado satisfactorio!
—Tal vez,
tal vez. Pero ¿y la cirugía?
Se
asombró el doctor.
—¿Cirugía?
¿Quiere decir una sajadura?
—Una
sajadura no evita la gangrena.
—¿Entonces?
—¡Amputación!
—¡No
exagere usted, amigo Perinola!
Sin
embargo, después de una larga charla en la que el político desplegó sus muy
acreditadas dotes de persuasión, reforzadas por la insinuada amenaza de poner
en circulación cierto dossier sobre las intimidades del médico con la
esposa del veterinario, el doctor accedió a amputar el miembro dañado por donde
su legítimo propietario señaló: dos centímetros más abajo de la ingle.
La
pierna dio en la báscula veintiún kilos con trescientos gramos.
La
labor de don Tadeo en la media concejalía que le fue justamente adjudicada fue
brillantísima, y sus preciosos discursos en defensa del pepino y en contra del
balneario —a pesar de no disponer en la tribuna sino de la mitad de tiempo de
un concejal corriente—, aún se recordaban con admiración muchos años después de
que el cultivo del pepino hubiera sido totalmente abandonado y cuando ya el
balneario estaba acreditado como muy beneficioso en toda la provincia y en
algún otro lugar de por ahí.
El
acervo cultural de Tejeruela de la Empastación, y por supuesto la biblioteca
del balneario, se enriqueció con un precioso libro: «CÓMO GANAR UNAS ELECCIONES MUNICIPALES. Recuerdos
y añoranzas» por don Tadeo Perinola. Un libro muy útil para políticos y
aspirantes.
Se
anunció por entonces la aparición de otra obra del mismo autor: «CÓMO PERDER
PESO SIN DEJAR DE COMER.» Pero no llegó a publicarse. Lástima.
Antonio Mingote
sábado, 25 de febrero de 2012
Los colores
Otra, como tantas veces, llegó Mateo a su
casa cayéndose de borracho. Llamó a su mujer y a su hija. Cogió dos cuchillos y
se puso a amolarlos, uno con otro, porque le daba placer asustar a la gente más
débil que él; después, hundió el filo de los cuchillos en un horcón. Vomitó
unas palabrotas y, entre los azules Mamarones del alcohol, dijo lo que muchas
veces tuvo ganas de decir:
—¡Ya me aburrí de vos, Antonia!...
¡Tengo... otra mujer!... ¡Ahi te dejo con esa... mocosa!...
Y se fue garabateando su borrachera sobre
el polvazal del camino.
Antonia lo miró alejarse y se refugió en
los brazos de su hija, quien tuvo el acierto de no decir nada.
“Flor d’itabo”, llamaban a la hija de Mateo
y Antonia, porque alguien dijo que “era palideja y amarga como flor d’itabo, y
que había brotao entre cuchillos enconosos”.
También, como la flor del itabo, gustaba de
los parajes altos, para mirar, hacia el poniente, los trapos multicolores de
que se despoja el día.
—¿Por qué, m’hijita, te gusta tanto ver
ponerse’l sol?
Y Flor d’itabo trató de explicarlo con la
limitación de su lenguaje.
Dijo, a su modo, que le gustaba ver cómo se
fundían los colores en el cielo, originando nuevos y variados matices, y que
ella poseía la facultad de descubrir armonías cromáticas donde nadie las veía,
o que quizás los colores estaban dentro de ella misma.
La madre no comprendió nada de aquello y
tuvo miedo por la salud de su hija.
Por ahí cerca estaba la fábrica de carretas
de Gabino Sojo.
Flor d’itabo pidió permiso a su madre para
buscar trabajo en el taller. Quería... decorar carretas. Quería trabajar en lo
suyo, en lo que le salía de adentro, porque su sensibilidad estaba llena de
colores.
La fábrica de carretas estaba en una vieja
casona, sobre una altiplanicie, desde donde se veía una vasta extensión de
potreros, rastrojos y sembrados caprichosamente dispuestos en triángulos,
manchas y cuadriláteros, iluminados con los brochazos del sol, como uno de esos
seductores cuadros que nadie entiende.
Una veranera roja extendía su sombra
violeta sobre el camino amarillo. Flor d’itabo dibujaba nuevas plantillas,
coloreando luego laterales y compuertas con trazos estilizados... y todas las
carretas se iban llenando de ritmos ornamentales, con dibujos y colores
inspirados en las yerbas y en las nubes.
Después, pasaban aquellas carretas como una
exposición ambulante de dibujos decorativos, invitando a las gentes con el
rítmico cacareo de las bocinas.
—¡Qué bonita carreta!... ¿Onde te la
pintaron?
—¿Onde iba’ser?... Onde Gabino Sojo. La
pintó Flor d’itabo.
Y la fama de la decoradora de carretas se
había extendido por todo el pueblo, por todos los pueblos vecinos y más allá,
mucho más allá, de uno a otro lado, hasta donde verdean los mares.
Otro de tantos días, Mateo resolvió
quitarle su hija a la madre, y hacia el atardecer fue llegando a la fábrica de
carretas. Iba con aspecto dominante y decidido. Al llegar a la tranquera del
taller, vio á su mujer que le llevaba el café a la muchacha.
La llamó.
—Vengo por Flor d’itabo —dijo, sin mis
rodeos.
—¿Me la querés quitar?
—¡Sí!
—¡Note la doy!
—¡Es m’hija!
Antonia lo pensó y dijo resueltamente:
—Flor d’itabo no es hija tuya.
Mateo quedó un momento desconcertado. Luego
resolvió echarse sobre su mujer para golpearla, pero de pronto se contuvo.
—¿Quién es entonces el tata pa...?
—¡Es hija mía, yo soy el tata! —lo
interrumpió la voz de Gabino Sojo que en aquel momento se aproximaba.
Mateo abrió la boca para decir un insulto,
pero se arrepintió al mirar que Gabino desenvainaba una larga cruceta.
—¡Mi’alegro! —dijo Mateo cobardemente—. Así
no tengo nada que ver con ninguna de las dos.
Y se marchó balanceando los brazos más de
la cuenta.
El dueño de la fábrica de carretas y la
madre de Flor d’itabo quedaron frente a frente.
—Perdóneme, Antonia —dijo él.
—Gracias, Gabino —dijo ella.
Carlos Salazar Herrera
martes, 21 de febrero de 2012
Después del baile
-Usted sostiene que un hombre no puede
comprender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que todo es
resultado del ambiente y que éste absorbe al ser humano. Yo creo, en cambio,
que todo depende de las circunstancias. Me refiero a mí mismo.
Así habló el respetable Iván Vasilevich,
después de una conversación en que habíamos sostenido que, para perfeccionarse,
es necesario, ante todo, cambiar las condiciones del ambiente en que se vive. En
realidad, nadie había dicho que uno mismo no puede comprender lo que está bien
y lo que está mal; pero Iván Vasilevich tenía costumbre de contestar a las
ideas que se le ocurrían y, con ese motivo, relatar episodios de su propia
vida. A menudo, se apasionaba tanto, que llegaba a olvidar por qué había
empezado el relato. Solía hablar con gran velocidad. Así lo hizo también estaba
vez.
-Hablaré de mí mismo. Si mi vida ha tomado
este rumbo no es por el ambiente, sino por algo muy distinto.
-¿Por qué? –preguntamos.
-Es una historia muy larga. Para
comprenderla había que contar muchas cosas.
-Pues, cuéntelas.
Iván Vasilevich movió la cabeza, sumiéndose
en reflexiones.
-Mi vida entera ha cambiado por una noche,
o mejor dicho, por un amanecer.
-¿Qué le ocurrió?
-Estaba muy enamorado. Antes ya lo había
estado muchas veces; pero aquél fue mi gran amor. Esto pertenece al pasado. Ella
tiene y a hijas casadas. Se traba de B*** Sí de Varenka V***… -Iván Vasilevich
nos dijo el apellido-. A los quince años era ya una belleza notable, y a los
dieciocho esta encantadora: era esbelta, llena de gracia y majestad, sobre todo
de majestad. Se mantenía muy erguida, como si no pudiera tener otra actitud. Llevaba
la cabeza alta, lo que, unido a su belleza y a su estatura, a pesar de su
extremada delgadez, le daba un aire regio que hubiera infundido respeto, a no
ser por la sonrisa, alegre y afectuosa, de sus labios y de sus encantadores y
brillantes ojos. Todo su ser emanaba juventud y dulzura.
.Qué bien la describe, Iván Vasilevich.
-Por mucho que me esmere, nunca podrá
hacerlo de modo que comprendan ustedes cómo era. Lo que voy a contarles ocurrió
entre los años 1840 y 1850. En aquella época, yo era estudiante de una
universidad de provincia. No sé si eso estaba bien o mal; pero el caso es que,
por aquel entonces, los estudiantes no tenían círculos ni teoría política alguna.
Éramos jóvenes y vivíamos como le es propio a la juventud: estudiábamos y nos
divertíamos. Yo era un muchacho alegre y vivaracho y, además, tenía dinero. Poseía
un magnífico caballo, paseaba en trineo con las muchachas -aún no estaba de
moda patinar-, me divertía con mis camaradas y bebía champaña. Si no había
dinero, no bebíamos nada; pero no como ahora, que se debe vodka. Las veladas y
los bailes constituían mi mayor placer. Bailaba perfectamente y era un hombre
bien parecido.
-No se haga el modesto –lo interrumpió una
dama, que estaba entre nosotros-. Hemos visto su fotografía de aquella época. No
es que estuviera bastante bien; era un hombre muy guapo.
-Bueno, como quiera; pero no se trata de
eso. Por aquel entonces estaba muy enamorado de Varenka. El último día de
carnaval asistí a un baile en casa del mariscal de la nobleza de la provincia,
un viejo chambelán de la corte, rico, bondadoso y muy hospitalario. Su mujer,
tan amable como él, recibió a los invitados luciendo una diadema de brillantes
y un vestido de terciopelo, que dejaba al descubierto su pecho y sus hombros,
blancos y gruesos, que recordaban los retratos de la emperatriz Elizaveta
Petrovna. Fue un baile magnífico. En la espléndida sala había un coro, una
célebre orquesta compuesta por los siervos de un propietario aficionado a la
música, un buffet exquisito y un mar de champaña. No bebía, a pesar de
ser aficionado al champaña, porque estaba ebrio de amor. Pero, en cambio, bailé
cuadrillas, valses y polkas, hasta extenuarme; y, como es natural, siempre que
era posible, con Varenka. Llevaba un vestido blanco con cinturón rosa y guantes
blancos de cabritilla, que le llegaban hasta los codos agudos, y escarpines de
satín blancos. Un antipático ingeniero, llamado Anisimov, me birló la mazurca
–aún no he podido perdonárselo- invitando a Varenka en cuanto entró en la sala;
yo me había entretenido en la peluquería y en comprar un par de guantes. Bailé
esa mazurca con una muchachita alemana, a la que antaño había cortejado un
poco. Me figuro que aquella noche fui muy descortés con ella; no le hablé ni la
miré, siguiendo constantemente la esbelta figura de Varenka, vestida de blanco,
y su resplandeciente rostro encendido con hoyuelos en las mejillas y sus bellos
ojos cariñosos. Y no era el único. Todos la contemplaban, tanto los hombres
como las mujeres, a pesar de que las eclipsaba. Era imposible no admirarla.
Según las reglas, no bailé con Varenka
aquella mazurca; pero, en realidad, bailamos juntos casi todo el tiempo. Sin
turbarse atravesaba la sala, dirigiéndose a mí y yo me levantaba de un salto,
antes que me invitara. Varenka me agradecía mi perspicacia con una sonrisa. Cuando
no adivinaba mi “cualidad”, mientras daba la mano a otro, se encogía de hombros
y me sonreía con expresión compasiva, como si quisiera consolarme.
Cuando bailábamos algún vals, Varenka
sonreía diciéndome, con respiración entrecortada: “Encore.” Y yo seguía
dando vueltas y más vueltas sin sentir mi propio cuerpo.
-¿Cómo no lo iba a sentir? Supongo que, al
enlazar el talle de Varenka, hasta sentiría el cuerpo de ella –dijo uno de los
presentes.
Súbitamente, Iván Vasilevich enrojeció y
exclamó, casi a voz en grito:
-¡Así son ustedes, los jóvenes de hoy día! No
ven nada excepto el cuerpo. En nuestros tiempos era distinto. Cuanto más
enamorado estaba, tanto más inmaterial era Varenka, para mí. Ustedes sólo ven
los tobillos, las piernas y otras cosas; suelen desnudar a la mujer de la que
están enamorados. En cambio, para mí, como decía Alfonso Karr- ¡qué buen
escrito era!- el objeto de mi amor se me aparecía con vestiduras de bronce. En
vez de desnudar a la mujer, tratábamos de cubrir su desnudez, lo mismo que el
buen hijo de Noé. Ustedes no pueden comprender esto…
-No le haga caso; siga usted –intervino uno
de nosotros.
-Bailé casi toda la noche, sin darme cuenta
de cómo pasaba el tiempo. Los músicos ya repetían sin cesar el mismo tema de
una mazurca, como suele suceder al final de un baile. Los papás y las mamás,
que jugaban a las cartas en los salones, se habían levantado ya, en espera de
la cena; y los lacayos pasaban, cada vez con mayor frecuencia, llevando cosas. Eran
más de las dos de la madrugada. Era preciso aprovechar los últimos momentos. Volví
a invitar a Varenka y bailamos por centésima vez.
-¿Bailará conmigo la primera cuadrilla,
después de cenar? –le pregunté, mientras la acompañaba a su sitio.
-Desde luego, si mis padres no deciden irse
en seguida –me replicó, con una sonrisa.
-No lo permitiré –exclamé.
-Devuélvame el abanico –dijo Varenka.
-Me da pena dárselo –contesté, tendiéndole
su abanico blanco, de poco valor.
-Tenga; para que no le dé pena –exclamó
Varenka, arrancando una pluma, que me entregó.
La cogí; pero únicamente pude expresarle mi
agradecimiento y mi entusiasmo con una mirada. No sólo estaba alegre y satisfecho,
sino que me sentía feliz y experimentaba una sensación de beatitud. En aquel
momento, yo no era yo, sino un ser que no pertenecía a la tierra, que
desconocía el mal y sólo era capaz de hacer el bien.
Guardé la pluma en un guante; y permanecí
junto a Varenka, sin fuerzas para alejarme.
-Fíjese; quieren que baile papá –me dijo
señalando la alta figura de su padre, un coronel con charreteras plateadas, que
se hallaba en la puerta de la sala con la dueña de la casa y otras damas.
-Varenka, ven aquí –oímos decir a aquélla.
Varenka se acercó a la puerta y yo la
seguí.
-Ma chère, convence a tu padre para
que baile contigo. Ande, haga el favor, Piotr Vasilevich –añadió la dueña de la
casa, dirigiéndose al coronel.
El padre de Varenka era un hombre erguido,
bien conservado, alto y apuesto, de mejillas sonrosadas. Llevaba el canoso
bigote à lo Nicolás I, y tenía las patillas blancas y el cabello de las
sienes peinado hacia delante. Una sonrisa alegre, igual que la de su hija,
iluminaba tanto su boca como sus ojos. Estaba muy bien formado; su pecho –en el
que ostentaba alguna condecoraciones- y sus hombros eran anchos, y sus piernas,
largas y delgadas. Era un representante de ese tipo de militar que ha producido
la disciplina del emperador Nicolás.
Cuando nos acercamos a la puerta, el
coronel se negaba diciendo que había perdido la costumbre de bailar. Sin
embargo, pasando la mano al costado izquierdo, desenvainó la espada, que
entregó a un joven servicial y, poniéndose el guante en la mano derecha –en
aquel momento dijo con una sonrisa: “Todo debe hacerse según las reglas”-, tomó
la mano de su hija, se volvió de medio lado y esperó para entrar al compás.
A las primeras notas del aire de la
mazurca, dio un golpe con un pie, avanzó el otro y su alta figura giró en torno
a la sala, ora despacio y en silencio, ora ruidosa e impetuosamente. Varenka
giraba y tan pronto acortaba, tan pronto alargaba los pasos, para adaptarlos a
los de su padre. Todos los asistentes seguían los movimientos de la pareja. En
cuanto a mí, no sólo los admiraba, sino que sentía un enternecimiento lleno de
entusiasmo. Me gustaron sobre todo las botas del coronel, que no eran
puntiagudas, como las de moda, sino antiguas, de punta cuadrada y sin tacones. Por
lo visto, habían sido fabricadas por el zapatero del batallón. “Para poder
vestir a su hija y hacerla alternar, se conforma con unas botas de fabricación
casera y no se compra las que están de moda”, pensé, particularmente
enternecido por aquellas puntas cuadradas. Sin duda, el coronel había bailado
bien en sus tiempos; pero entonces era pesado y sus piernas no tenían bastante
agilidad para los bellos y rápidos pasos que quería realizar. Sin embargo, dio
dos vueltas a la sala. Finalmente separó las piernas, volvió a juntarlas y,
aunque con cierta dificultad, hincó una rodilla en tierra y Varenka pasó
graciosamente junto a él con una sonrisa, mientras se arreglaba el vestido, que
se le había enganchado. Entonces todos aplaudieron con entusiasmo. Haciendo un
esfuerzo, el coronel se levantó; y, cogiendo delicadamente a su hija por las
orejas, la besó en la frente y la acercó a mí, creyendo que me tocaba bailar
con ella. Le dije que yo no era su pareja.
-Es igual, baile con Varenka –replicó, con
una sonrisa llena de afecto, mientras colocaba la espada en la vaina.
Lo mismo que el contenido de un frasco sale
a borbotones después de haber caído la primera gota, mi amor por Varenka
parecía haber desencadenado la capacidad de amar, oculta en mi alma. En aquel
momento, mi amor abarcaba al mundo entero, Quería a la dueña de la casa con su
diadema y su busto semejante al de la emperatriz Elizaveta, a su marido, a los
invitados, a los lacayos e incluso al ingeniero Anisimov, que estaba resentido
conmigo. Y el padre de Varenka, con sus botas y su sonrisa afectuosa parecida a
la de ella, me provocaba un sentimiento lleno de ternura y entusiasmo.
Terminó la mazurca; los dueños de la casa
invitaron a los presentes a cenar; pero el coronel B*** no aceptó, diciendo que
tenía que madrugar al día siguiente. Me asusté, creyendo que se llevaría a
Varenka; pero ésta se quedó con su madre.
Después de cenar, bailamos la cuadrilla que
me había prometido. Me sentía infinitamente dichoso; y, sin embargo, mi dicha
aumentaba sin cesar. No hablamos de amor, no pregunté a Varenka ni me pregunté
a mí mismo si me amaba. Me bastaba quererla a ella. Lo único que temía era que
algo echase a perder mi felicidad.
Al volver a mi casa, pensé acostarme; pero
comprendí que era imposible. Tenía en la mano la pluma de su abanico y uno de
sus guantes, que me había dado al marcharse, cuando la ayudé a subir al coche,
tras de su madre. Miraba estos objetos y, sin cerrar los ojos, veía a Varenka
ante mí. Me la representaba en el momento en que, eligiéndome entre otros
hombres, adivinaba mi “cualidad”, diciendo con su voz agradable: “¿El orgullo?
¿No es eso?”, mientras me daba la mano con expresión alegre; o bien, cuando se
llevaba la copa de champaña a los labios y me miraba de reojo, con afecto. Pero,
sobre todo, la veía bailando con su padre, con sus movimientos graciosos,
mirando, orgullosa y satisfecha, a los espectadores que los admiraban. E
involuntariamente, los unía en aquel sentimiento tierno y delicado que me
embargaba.
Vivía solo con mi difunto hermano. No le
gustaba la sociedad y no asistía a los bailes; además, en aquella época,
preparaba su licenciatura, y hacía una vida muy metódica. Estaba durmiendo. Contemplé
su cabeza, hundida en la almohada, casi cubierta con una manta de franela, y
sentí pena porque no conociera ni compartiera mi felicidad. Nuestro criado
Petroshka, un siervo, me salió al encuentro, con una vela, y quiso ayudarme a
los preparativos de la noche; pero lo despedí. Su cara adormilada y sus
cabellos revueltos me emocionaron. Procurando no hacer ruido, me dirigí, de
puntillas, a mi habitación, donde me senté en la cama. No podía dormir; era
demasiado feliz. Además, tenía calor en aquella habitación, tan bien caldeada. Sin
pensarlo más, me dirigí silenciosamente a la antesala, me puso el gabán y salí
a la calle.
El baile había terminado después de las
cuatro. Y ya habían transcurrido dos horas, de manera que ya era de día. Hacía
un tiempo típico de Carnaval; había niebla, la nieve se deshelaba por doquier,
y caían gotas de los tejados. Los B*** vivían entonces en un extremo de la
ciudad, cerca de una gran plaza, en la que a un lado había paseos y al otro un
instituto de muchachas. Atravesé nuestra callejuela, completamente desierta,
desembocando en una gran calle, donde me encontré con algunos peatones y
algunos trineos que transportaban leña. Tanto los caballos que avanzaban con
paso regular, balanceando sus cabezas mojadas bajo las dugas brillantes,
como los cocheros cubiertos con harpilleras, que chapoteaban en la nieve
deshelada, con sus enormes botas, y las casas, que daban la impresión de ser
muy altas entre la niebla, me parecieron importantes y agradables.
Cuando llegué a la plaza, al otro extremo,
en dirección a los paseos, distinguí una gran masa negra y oí sones de una
flauta y de un tambor. En mi fuero interno oía constantemente el tema de la
mazurca. Pero estos sones eran distintos; se trataba de una música ruda y
desagradable.
“¿Qué es eso?”, pensé, mientras me dirigía
por el camino resbaladizo en dirección a aquellos sones. Cuando hube recorrido
unos cien pasos, vislumbré a través de la niebla muchas siluetas negras. Debían
de ser soldados. “Probablemente, están haciendo la instrucción”, me dije,
acercándome a ellos en pos de un herrero con pelliza y delantal mugrientos, que
llevaba algo en la mano. Los soldados, con sus uniformes negros, formaban dos
filas, una frente a la otra, con los fusiles en descanso. Tras de ellos, el
tambor y la flauta repetían sin cesar una melodía desagradable y chillona.
-¿Qué hacen? –pregunté al herrero que
estaba junto a mí.
-Están castigando a un tártaro, por
desertor –me contestó, con expresión de enojo, mientras fijaba la vista en un
extremo de la filas.
Miré en aquella dirección y ví algo
horrible que se acercaba entre las dos filas de soldados, Era un hombre con el
torso desnudo, atado a los fusiles de dos soldados que lo conducían. A su lado
avanzaba un militar alto, con gorra y capote, que no me fue desconocido. Debatiéndose
con todo el cuerpo chapoteando en la nieve, deshelada, la víctima venía hacia
mí bajo una lluvia de golpes que le caían encima por ambos lados. Tan pronto se
echaba hacia atrás y entonces los soldados lo empujaban, tan pronto hacia
delante y, entonces, tiraban de él. El militar alto seguía, con sus andares
firmes, sin rezagarse. Era el padre de Varenka, con sus mejillas sonrosadas y
sus bigotes blancos.
A cada vergajazo, el tártaro se volvía con
expresión de dolor y de asombro hacia el lado de donde provenía, repitiendo
unas palabras y enseñando sus dientes blancos. Cuando estuvo más cerca, pude
distinguirlas. Exclamaba sollozando: “¡Hermanos, tened compasión!, ¡Hermanos,
tened compasión!” Pero sus hermanos no se apiadaban de él. Cuando la comitiva
llegó a la altura en que me encontraba, el soldado que estaba frente a mí dio
un paso con gran decisión y, blandiendo con energía el vergajo, que silbó, lo
dejó caer sobre la espalda del tártaro. Este se echó hacia delante, pero los
soldados lo retuvieron y recibió un golpe igual desde el otro lado. De nuevo
llovieron los vergajos, ora desde la derecha, ora desde la izquierda… El
coronel seguía andando, a ratos miraba a la víctima, a ratos bajo sus propios
pies; aspiraba el aire y lo expelía, despacio, por encima de su labio inferior.
Cuando hubieron pasado, vislumbré la espalda de la víctima entre la fila de
soldados. La tenía magullada, húmeda y tan roja que me resistí a creer que
pudiera ser la espalda de un hombre.
-¡Oh Dios mío! –pronunció el herrero.
La comitiva se iba alejando. Los golpes
seguían cayendo por ambos lados sobre aquel hombre, que se encogía y tropezaba.
El tambor redoblaba lo mismo que antes y se oía el son de la flauta. Y lo mismo
que antes, la apuesta figura del coronel avanzaba junto a la víctima. Pero, de
pronto, se detuvo; y, acercándose apresuradamente a uno de los soldados,
exclamó:
-¡Ya te enseñaré! ¿Aún no sabes azotar como
es debido?
Ví cómo abofeteaba con su mano enguantada a
aquel soldado atemorizado, enclenque y bajito, porque no había dejado caer el
vergajo con bastante fuerza sobre la espalda enrojecida del tártaro.
-¡Que traigan vergajos nuevos! –ordenó.
Al volverse se fijó en mí y, fingiendo que
no me había conocido, frunció el ceño, con expresión severa e iracunda, y me
dio la espalda. Me sentí tan avergonzado como si me hubiesen sorprendido
haciendo algo reprensible. Sin saber dónde mirar, bajé la vista y me dirigí
apresuradamente a casa. Durante el camino, no cesaba de oír el redoble del
tambor, el son de la flauta, las palabras de la víctima “Hermanos, tener
compasión”, y la voz irritada y firme del coronel gritando. “¿Aún no sabes
azotar como es debido?”. Una angustia casi física, que llegó a provocarme
náuseas, me obligó a detenerme varias veces. Me parecía que iba a devolver todo
el horror que me había producido aquel espectáculo. No recuerdo cómo llegué a
casa ni cómo me acosté. Pero en cuanto empecé a conciliar el sueño, volví a oír
y a ver aquello y tuve que levantarme.
“El coronel debe de saber algo que yo
ignoro –pensé-. Si supiera lo que él sabe, podría comprender y no sufriría por
lo que acabo de ver.” Pero, por más que reflexioné, no pude descifrar lo que
sabía el coronel. Me quedé dormido por la noche, y sólo después de haber estado
en casa de un amigo, donde bebí hasta emborracharme.
¿Creen ustedes que entonces llegué a la
conclusión de que había presenciado un acto reprensible? ¡Nada de eso! “Si esto
se hace con tal seguridad, y todos admiten que es necesario, es que saben algo
que yo ignoro”, me decía, procurando averiguar lo que era. Sin embargo, nunca
lo conseguí. Por tanto, no pude ser militar como había sido mi deseo. Tampoco
pude desempeñar ningún cargo público, ni he servido para nada, como ustedes
saben.
-¡Bien conocemos su inutilidad! –exclamó
uno de nosotros-. Es mejor que nos diga cuántos seres inútiles existirían, a no
ser por usted.
-¡Qué tonterías! –replicó Iván Vasilevich
con sincero enojo.
-¿Y qué pasó con su amor? –preguntamos.
-¿Mi amor? Desde aquel día empezó a
decrecer. Cuando Varenka y yo íbamos por la calle y se quedaba pensativa, con
una sonrisa, cosa que le ocurría a menudo, inmediatamente recordaba al coronel
en la plaza; y me sentía violento y a disgusto. Empecé a visitarla con menos
frecuencia. Así fue como se extinguió mi amor. Ya ven ustedes cómo las
circunstancias pueden cambiar el rumbo de la vida de un hombre. Y usted dice…
-concluyó.
León Tostoi
Yasnia Poliana, 20 de agosto de 1903.
viernes, 17 de febrero de 2012
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