viernes, 10 de junio de 2011

El Teide

El Teide, la montaña más alta de España (3718m), es uno de los mejores lugares del
mundo para fotografiar a las estrellas. Allí se grabaron estas imágenres entre el 4 y el 
11 de abril del 2011.


The Mountain from TSO Photography on Vimeo.

Peor que la muerte

Se lo llevaron esta mañana. Daba un poco de pena las últimas semanas, sentando en su silla frente a la ventana, apenas sin poder moverse, dejando que los rayos del sol de la mañana lo calentasen la piel, esa piel arrugada, tan vieja. Sin embargo su cabeza estaba bien, no podía casi hablar, pero eso era por el pecho, el pulmón que le quedaba casi corroído del todo no le daba aliento suficiente con el que hablar. Mentalmente estaba sano, muy sano. Mi padre siempre había tenido la cabeza llena de números, de ideas, de esas raras, aquellas que florecían en los viejos tiempos. Sabía incluso leer, fíjate en esos viejos tomos amarillentos, colección nova, antiquísimos. Solo pensar en desgastar la vista en ellos me cansa. Aunque ahora estaba muy separado de los tiempos era divertido. Se pillaba unos rebotes morrocotudos viendo la tele, empezaba a despotricar contra la programación actual. No sé que tiene de malo, a mí me gustan las ejecuciones, son divertidas y educativas, y la niña también le gustan, se ríe mirándolas.
Por una parte da pena, a pesar que estaba ya muy mal, era lo único que me quedaba de mi juventud, aquellos años locos y felices, me gustaba sentarme frente a él y recordarle muchos mas joven, los dos paseando por el retiro un Domingo, viendo los títeres, el sol las barcas, mucha gente riendo. Por otra parte, tenía que hacerlo, es lo normal, además de él dijeron que tenía un coeficiente 1,4, muy alto, no se puede desperdiciar un coeficiente 1,4. Yo apenas llego al uno. La niña, jugaban juntos... hoy me ha preguntado por el, ¿Dónde esta el abuelo? Pobre, tendrá que aprender que yo soy lo único que le queda.
Nos hemos quedado sin su pensión, y volver a trabajar, no.. no lo logro, lo he intentando todo menos venderme.... tampoco es que me fueran a dar mucho, pero ahora las cosas cambiaran, tendremos dinero hasta para un medico y un colegio.
Es triste, no debería estar contenta, al fin y al cabo a el le hubiera gustado ayudarnos, me lo decía, que si no fuera por la parálisis, por el asma, se levantaría y le ajustaría no se que cuentas a no se cuantos opresores. No se daba cuenta el pobre de los beneficios de esta sociedad, la competitividad que nos hace mejores. Me acuerdo como se cabreó el día que Juan se marchó. Luego me arrepentí, por el dinero claro, pero entonces me sentí orgullosa de él. Hacia poco que había llegado a casa a vivir con nosotros. Juan se había mantenido al margen, refunfuñando, yo sabía que aquello no duraría, que Juan no tardaría en cabrearse de haber traído a mi padre a casa, a pesar que su pensión era mayor que su sueldo de economista o quizás por eso mismo. Siempre se metía con él, cuando no le oía claro ¡Viejo de mierda! Era lo más suave. El viernes vino tarde, bebido, el y los de la oficina habían estado de cañas. Sabía lo que iba a pasar, lo sabía sin embargo le deje entrar, no se porque, quizás porque no me sentía tan desamparada con mi padre en casa. Entro y la emprendió a golpes con todo, incluido yo misma. No era la primera vez, solo que la rabia era mayor, los golpes más sañudos. No sabía ni donde estaba, tendida en un charco de mi propia sangre bajo la mesa de la cocina, sin embargo lo vi perfectamente. Erguido, todavía fuerte pese a su vejez, plantándole cara a Juan, a la mala bestia de Juan. Bastó una mirada para acojonarlo, yo sentía la furia de mi padre, una furia que no era solo contra Juan, de alguna manera él era un símbolo de todo la amargura de su vida actual. Fue rápido con el taburete, golpeo a Juan justo en la cabeza, partiendo el plástico, como disfrute de ese momento... a pesar que sabía que Juan se marcharía llevándose su sueldo, el futuro de la niña. Un momento de felicidad por años de terribles sacrificios. Con la pensión y el sueldo malvivíamos, solo con la pensión fue duro, muy duro.
A veces lo pienso... ¿Descansaran?, ¿Sentirán?, ¿Qué será de sus pensamientos tras la muerte? Dicen que no sienten nada, están muertos, pero dicen tantas mentiras, como que aquellas sustancias con las que trabajo mi padre eran inocuas. Tantos años después le comieron por dentro destruyendo sus nervios, sus pulmones, pero no su cabeza, su mirada altiva y clara aún en la silla de ruedas mientras los limpiaba, le daba de comer, como desafiando a la misma muerte.
Creo que él lo sabía, lo sospechaba, y por supuesto se oponía. Si hubiera tenido fuerzas para matarse quizás lo hubiera hecho cuando la niña y yo estuviéramos fuera, para que al encontrarle estuviese ya demasiado frío. Era a lo único que temía.
Con su sueldo ahora viviremos mejor, casi tendremos suficiente para una casa mejor, debería estar feliz, pero no lo estoy. Debería sentirme a gusto, una muerte eficaz para la sociedad, como dice el anuncio de la tele. Solo que la gente de la tele siempre es feliz y las personas reales, rara vez.
Por lo menos fueron rápidos, vinieron en cuanto les llame, apenas dos minutos y estaban aquí con aquel tanque helado que desprendía vaho blanco. Me hicieron firmar y después se pusieron a trabajar. No quise mirar, abrace a la niña y fuimos a la otra habitación. No paraba de decirme "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras". Se lo llevaron y un señor trajeado, muy amable nos pidió los datos de la cuenta, y acordamos la cantidad, el sueldo mensual por su trabajo. No sé si hice bien en contratar con esa compañía. Hay varias, no entiendo mucho, quizás en otra me hubieran pagado mas, Juan hubiera sabido sacar mejor partido, pero mejor que este lejos, que no haya vuelto en estos diez años. Le pregunte tímidamente en que consistía aquel trabajo, que iban a hacer con él y el señor trajeado me explicó que era algo completamente legal: el trabajo postmortem. Se toma el cerebro todavía sin daños de un recién fallecido, se le alimenta por métodos artificiales, se le mantiene vivo y se le reprograma hasta que se convierte en un potente ordenador biológico. Luego su uso concreto es difícil de determinar. Su padre, dado su alto coeficiente de computación trabajara en proyectos grandes, junto a enormes baterías de cerebros en paralelo que investigan o diseñan.
También me dijo con una sonrisa deslumbrante que no sufrían, que en realidad su personalidad se perdía con la muerte y la reprogramación, y que él seguir llamándole persona y pagándole un sueldo era consecuencia de leyes anticuadas, pero que se mantenían porque de alguna manera ayudaban a otras personas, como nosotras. Le creí, al principio sin dudas, luego tuve pesadillas, recordé las mentiras que personas trajeadas nos han contado en múltiples ocasiones y empece a dudar, a imaginar que mi padre despertaba en una oscuridad total, un silencio de piedra, la ausencia de todo estimulo, con pensamientos extraños taladrándole la consciencia, obligado a pensar por caminos cambiantes, sin sueño, sin descanso, en una eternidad muy parecida a un infierno, quizás recordando esos últimos momentos, cuando ya la muerte se le echaba encima con un peso intolerable, y me miraba con pánico, la única vez que vi pánico en sus ojos orgullosos, pánico no de la muerte, sino de lo que habría tras ella.
Eduardo Vaquerizo

jueves, 9 de junio de 2011

World Is Waiting For The Sunrise

Kaifeng

Kaifeng es una pequeña , dirían los chinos, ciudad de cienco millones de habitantes situada en el centro de China a orillas del río Amarillo. Fue una de las siete capitales antiguas de China.



 
Templo Xiangguo




 

El Templo Xiangguo es uno  de los monasterios budistas más importante de China. Fue fundado en  el 555 dc y reconstruido durante la dinastía Tang



Shaanxi Guild Hall


Shaanxi Guild Hall

miércoles, 8 de junio de 2011

Los Peterkins

El fracasado es el hombre que ha cometido errores sin aprender nada de ellos. Flaubert

Había llegado el momento de ponerse a estudiar idiomas. Los Peterkins se acababan de instalar en su nueva casa, mucho más confortable que la anterior. Allí tenían sitio para cada cosa y cada cosa estaría en su sitio.
Elisabeth Elisa no olvidaría jamás lo poco práctica que era su anterior residencia. Por espacio de mucho tiempo, para tocar el piano tuvo que sentarse en la galería trasera. Mistress Peterkins recordaba las complicaciones que había tenido con los manteles. El mantel superior se guardaba en una maleta en el interior de un armario; el otro, en un cajón del mismo mueble. Cada vez que se cambiaban los manteles era necesario ladear la maleta a fin de sacar el primero y después abrir la misma maleta para extraer el segundo.
Tras estas manipulaciones, todavía continuaba la ya mencionada maleta obstaculizando el paso hasta la caja de los cubiertos. Todos estos cambios sucesivos originaban una lamentable pérdida de tiempo.
En aquella nueva casa, que era bastante grande, los Peterkins encontraron el modo de ponerlo todo en su sitio. Agamenón se sentía satisfecho, en especial con la biblioteca. En su antigua casa no tenían un lugar determinado para los libros. Los diccionarios se hallaban en el primer piso (cosa en extremo incómoda) y los volúmenes de la enciclopedia repartidos en diferentes lugares. Los tomos de la A a la P quedaron arrinconados en el desván y los de la Q a la Z estaban en distintas habitaciones del primer piso. Pero, por desgracia, nunca consiguieron recordar si en la sección de la A a la P se hallaba también incluida la P.
—Siempre iba hasta el desván —decía Agamenón— en busca de la P, advirtiendo entonces que dicho volumen estaba abajo. A cada momento me volvía a confundir.
Como es lógico, la nueva casa de los Peterkins era mucho más adecuada para la vida de estudios. Al tener los libros en el mismo lugar, todo iba a resultar infinitamente más cómodo.
Mister Peterkins sugirió a cada uno de los suyos que aprendiese un idioma distinto. Si alguna vez iban al extranjero, el viaje les resultaría mucho más sencillo. Elisabeth Elisa podría hablar francés con los parisienses; Agamenón, alemán con los berlineses; Salomón John, italiano con los romanos, y mistress Peterkins castellano con los españoles. Él se encargaría de las lenguas orientales, entre ellas el ruso.
Mistress Peterkins no estaba resuelta a estudiar castellano, ya que toda la familia había jurado no visitar jamás España, debido al horror que en ellos ocasionara la Inquisición. Mistress Peterkins compartía el horror de sus hijos.
Los viajes al extranjero la atraían muy poco y siempre aseguró que no abandonaría su tierra natal antes de que hubieran tendido un puente sobre el Atlántico (obra todavía sin realizar). Agamenón objetó, no obstante, que esto no debía preocuparles, pues cada día se progresaba más y tender un puente no era mucho más difícil que inventar el teléfono. En la antigüedad ya hacían uso de los puentes.
Se puso entonces a discusión lo relativo a los profesores. Desde luego, los podrían encontrar en Boston. En un día hallarían, como mínimo, tres de los que necesitaban. Agamenón los llevaría hasta la casa, acostumbrándose así a su idioma.
Mister Peterkins se informó acerca de las lenguas mundiales. Le notificaron que el sánscrito era la base de todas ellas. Por consiguiente, propuso que, al principio, sólo estudiaran sánscrito. Así les bastaría con un solo profesor, y luego podrían derivar hacia otros idiomas.
Sin embargo, su familia prefirió estudiar diferentes lenguas. Elisabeth Elisa tenía ya unas ligeras nociones de francés. Procuró hacerse entender, sin ningún escrito, en la exposición del centenario, pero acabó advirtiendo que había trabado conversación con un argelino que no comprendía esa lengua.
Mister Peterkins adujo que serían necesarias muchas habitaciones para alojar a los distintos profesores, mientras daban clase a la misma hora. Pero Agamenón observó que así utilizarían los distintos diccionarios. Mister Peterkins creía que era mejor dar todas las clases a la vez y todos juntos en la sala, ya que cada alumno podría, además del idioma que estudiaba, aprender frases de otros. Y es que, sin duda, el mejor sistema de dominar un idioma era oír cómo se hablaban los otros en el mismo sitio.
Mistress Peterkins objetó que su casa parecería la torre de Babel. Decididamente, tomó sus resoluciones.
Agamenón apuntó otro inconveniente.
No cabía duda de que harían falta profesores extranjeros que sólo hablaran su lengua materna. Sin embargo, en tal caso, ¿cómo los invitarían a ir a su casa, a que subieran en el coche y cómo les indicarían su trabajo? Agamenón se preguntaba de qué modo harían comprender todo esto a un extranjero si no tenían medios de comunicarse.
Elisabeth Elisa contestó que en situaciones parecidas los ademanes y los gestos pueden ser de gran utilidad. Salomón John y los niños empezaron a ensayar inmediatamente. La hermana mayor explicó que "lengua" significa a la vez "idioma y órgano parlante" y que enseñando la suya se harían comprender.
Con el fin de entrenarse, los muchachos representaron el papel de profesores extranjeros, hablando cada uno en su idioma materno. Agamenón y Salomón John intentaron invitarles a instruir a la familia por medio de signos.
Mistress Peterkins afirmó que su representación era maravillosa y que muy bien podrían viajar al extranjero sin necesidad de aprender idiomas. Les animó, desde luego, a continuar los ensayos.
Como el puente sobre el Atlántico no había sido aún tendido, lo mejor era de momento dedicarse a estudiar idiomas. Mistress Peterkins temió que los profesores supusieran que se les había invitado a comer. Salomón John, en efecto, no paraba de abrir y cerrar la boca, mostrando la lengua y más parecía que les convidara a un banquete que a dar lecciones de idiomas. Se le ocurrió a Agamenón la idea de llevar unos diccionarios al encontrarse con los profesores. Así no cabría duda de que deseaban aprender idiomas y los maestros no imaginarían que les llevaban a un almuerzo gratuito. Mistress Peterkins consideró más prudente preparar una abundante comida por si acaso los profesores se equivocaban, pero desconocía lo que podía gustarles. Su marido se dijo que merecía la pena informarse de este pormenor tratando con extranjeros antes de abandonar su país natal, para acostumbrarse a comidas extrañas. A los niños les encantó la idea de probar algo nuevo. Agamenón había oído decir que la sopa de cerveza era el plato preferido por los alemanes y decidió, en la primera lección, pedir que le explicasen cómo era esta receta.
Salomón John tenía la certeza de que a todos los extranjeros les gusta mucho el ajo e imaginó que a los profesores les agradaría en gran manera aspirar su perfume en aquella casa, cuando dieran la primera lección, agradeciendo aquella prueba de delicadeza.
Elisabeth Elisa deseaba sorprender a sus familiares de Filadelfia hablándoles en francés. En consecuencia, anhelaba comenzar las lecciones antes de la visita anual de aquellos parientes. Hubo un leve inconveniente en la realización de estos proyectos. Mister Peterkins prefería contratar profesores que acabasen de llegar a América, ya que no deseaba caer en la tentación de recurrir al inglés.
Cierta noche volvió a casa con una lista completa de extranjeros recién llegados. La familia Peterkins resolvió que el padre y Agamenón fuesen en coche a la ciudad para buscarlos. Uno de ellos resultó ser un ruso que viajaba por puro placer y no tenía la más mínima intención de dedicarse a la enseñanza.
Mister Peterkins guardaba en la cartera tarjetas de varias personas que le recomendaron profesores. Acompañado de Agamenón, recorrió un hotel tras otro para reunirlos.
Todos parecían muy educados y muy decididos a ir con ellos después de las explicaciones dadas por medio de signos. Aunque habían olvidado los diccionarios, Agamenón tenía una guía que, por lo visto, dio buenos resultados.
Mister Peterkins tuvo que conformarse con un profesor ruso, ya que no halló ninguno de sánscrito que hubiera desembarcado recientemente.
Se suscitó, empero, una súbita dificultad cuando instalaron en el mismo coche al profesor ruso y al árabe. Este era un turco de imponente fez. Se miraron de través y comenzaron a insultarse en sus respectivos idiomas, sin que mister Peterkins pudiera comprender una palabra. ¿Era realmente aquello ruso? ¿Era, en realidad, árabe? De todas formas, saltaba a la vista (o mejor al oído) que los dos invitados no querían encontrarse en el mismo vehículo. Mister Peterkins se sintió desesperado. Había olvidado por completo la guerra ruso-turca. ¡Qué poco tacto tuvo al ponerlos juntos!
Un considerable número de curiosos se fue congregando ante el hotel. El profesor de francés pidió amablemente al ruso que subiera a su coche. Pero entonces surgió una nueva dificultad: el maestro de alemán estaba en aquel otro vehículo.
El francés había puesto el pie en el estribo cuando observó la presencia del otro y le insultó airadamente. El alemán, furibundo, saltó por la otra portezuela y dio la vuelta al coche, precipitándose sobre su colega y aferrándole por el cuello. Era indudable que el germano y el galo no podían permanecer juntos en el mismo vehículo. Mientras tanto, la multitud de espectadores se iba haciendo más numerosa.
Agamenón, afortunadamente, sabía pronunciar la palabra "señor" en alemán y dirigiéndose al maestro de este idioma le invitó, siempre por señas, a viajar con él.
El germano admitió sentarse al lado del turco. Por último, los coches se pusieron en marcha. Junto a mister Peterkins estaba el profesor italiano; el francés y el ruso se hallaban al fondo, discutiendo con acritud, lo que daba a entender que no conseguían ponerse de acuerdo.
El viaje de Agamenón se hizo en un absoluto silencio. El español, sentado junto a él, tenía un humor hermético y poco sociable, en tanto que el turco y el alemán no cambiaban una sola palabra.
Al llegar a casa fueron recibidos por Elisabeth Elisa y por su madre. Ésta, como deferencia al profesor de castellano, se puso sobre la espalda una mantilla de encaje. Mister Peterkins hizo pasar a los profesores a la biblioteca, instalándolos alejados unos de otros. Salomón John cogió el diccionario de italiano y tomó asiento junto al maestro de ese idioma. Agamenón, también con su correspondiente diccionario, repitió la misma operación con el alemán. Los niños enseñaron al turco su libro de "narraciones árabes". Mister Peterkins intentó por todos los medios, ya que no disponía de diccionario, que el ruso entendiese que esperaba aprender sánscrito. A su vez, su esposa procuró explicar al español que no tenía libros castellanos.
Por un momento olvidó su horror hacia la Inquisición e hizo lo posible por enseñarle algunas palabras inglesas, pronunciándolas lentamente y con el mejor acento que pudo. El profesor se inclinó, evidenciando un notable interés por la conversación y comportándose de un modo muy amable.
Entretanto, Elisabeth Elisa dirigía al parisiense las frases que conocía de francés. Le resultaba más fácil hablar este idioma que entenderlo.
El comprendió perfectamente lo que le estaban diciendo. La muchacha recitó su vocabulario, incluido el siguiente ejercicio:
—J'ai le livre. As-tu le pain? L'enfant a une pierre. L'enfant sait-il sa leçon?
El profesor escuchó atentamente y después respondió a cada pregunta. De improviso, luego de haber pronunciado una de sus frases, la muchacha se levantó yendo al encuentro de su madre y le murmuró al oído:
—Creo que han caído en el error que tú temías. Piensan que han sido invitados a comer. Este señor me acaba de dar las gracias por nuestra amabilidad.
—Tal vez ni siquiera desayunaron —dijo mistress Peterkins, contemplando al español—. Parece algo flaco. ¿Qué haremos?
Elisabeth Elisa fue a consultar el asunto con su padre. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo iban a lograr explicarles que les invitaban a dar lecciones y no a un banquete? Elisabeth Elisa pidió a Agamenón que buscara en el diccionario la palabra "enseñar" (pues imaginaba que iba a servirles). Pero vieron, por desgracia, que significaba al mismo tiempo "mostrar" y "dar clases". ¿Qué podían hacer?
Los extranjeros permanecieron sentados en sus respectivos lugares, silenciosos. El español parecía cada vez más molesto. ¿Acaso le ofendía algo? El francés retorcía su engomado bigote en tanto que contemplaba al alemán. ¿Qué harían si el ruso se abalanzaba sobre el turco y si la fanfarronería del parisiense terminaba con la paciencia del germano?
—Es necesario darles algo de comer —dijo el cabeza de familia en tono bajo—. Esto les apaciguará.
—Si por lo menos supiera qué es lo que más les gusta —se lamentó la mujer.
Salomón John opinó que, teniendo en cuenta que ninguno de los profesores iba a sacarles de aquella duda, podían darles lo que quisieran.
Mistress Peterkins se mostró más hospitalaria que su hijo, diciendo que Amanda, la sirvienta, prepararía un buen café. Mister Peterkins sugirió un plato americano y mandaron a uno de los niños en busca de aceitunas.
En seguida sirvieron el café y habas cocidas; a continuación, aceitunas, pan, huevos fritos y varias botellas de cerveza. El resultado fue maravilloso. Cada individuo empezó a hablar en su idioma con volubilidad. La dueña de la casa sirvió café al español, el cual hizo una profunda reverencia para agradecerlo. A todos les gustó la cerveza y aceptaron las aceitunas.
El francés comenzó una larga disertación sobre las "costumbres americanas". Elisabeth Elisa pensó que se refería a la falta de manteles en la mesa. El turco sonreía y el ruso hablaba con gran animación. En medio de la confusión que provocaban tantos idiomas diferentes, mister Peterkins preguntó, con voz ingenua:
—¿Cómo les explicaremos que deben darnos lecciones?
En aquel momento se abrió la puerta y entró la parienta de Filadelfia que efectuaba su primera visita.
Al escuchar el escándalo de tantas conversaciones diferentes, retrocedió espantada. La familia corrió hacia ella, con gran júbilo. Todos a la vez le rogaron que hiciera de intérprete con los profesores. ¿Podía decir a los extranjeros que deseaban que les dieran lecciones? ¡Lecciones!
Apenas hubieron pronunciado esta palabra cuando sus huéspedes se adelantaron como un solo hombre, con la cara rebosando alegría. Era la única palabra inglesa que conocían. Habían ido a Boston para "dar lecciones". ¿El viajero ruso confiaba en aprender de este modo el inglés? La perspectiva de las lecciones parecía complacerles mucho más que la comida. Estaban dispuestos, desde luego, a dar clases. El turco sonreía con amabilidad. El hielo estaba roto. Los profesores ya sabían lo que de ellos se esperaba.
Mark Twain

sábado, 4 de junio de 2011

El viejo Portomarín

Seguimos bajando desde Loyo a Portomarín. Aquí es el ancho Miño. El estiaje hizo escasas sus aguas, que van mansas, de un fino color verde. Unas mujeres se dirigen en lancha a unas piedras que están en el centro del río y que les sirven de lavadero. El arco de la antigua Ponte Miña preside la corriente. Otro, junto a la orilla, lo están desmontando con ayuda de una grúa. Construyen el elevado puente nuevo junto al actual. En lo alto, blanc, la nueva villa con aire de cuartel o de casas baratas de suburbio (...) Me acerco al arco que están desmontando y recojo una pequeña piedra. Se dice por algún estudio que es muy probable que Mestro Mateo, el del Pórtico haya sido el constructor de la puente sobre el Miño (...)
El nuevo pueblo, ¿cómo va a gustarle a uno? Es un pueblo de "casas baratas", sin gracia. Harán falta unos cientos de años de uso para que Portomarín sea una villa, y claro es que nunca será el Portomarín de antes, el de las plazuelas y callejas que dormirá bajo las aguas. Haría falta que cada nuevo habitante del nuevo Portomarín le añadiese algo a su casa, algo que eshiciese la monotonía, algo que se saliese de la serie.
Me llevan a visitar algunas casas. Las que veo tienen un pequeño patio, unas cuadras. En el establo ya hay anillas para las vacas. Pero, ¿para qué vacas? Porque los labriegos que puedan venir aquí dejando el viejo Portomarín no tienen tierras, no tienen pasteiros, no tienen prados.
-Hay ahí unhas terras- me dice un paisano que está esperando por el abogado de Fenosa, que viene de la Coruña- pro había que regalas. Our Fenosa ou o Instituto de Colonización. Pro naide quere saber nada:
-¿E vosté vaise ou quédase?
-¿E seino eu mismo? ¡Se houbera terras non me iba!.  Si esto es verdad y en este grado, el nuevo Portomarín es inviable, sin agricultura, sin prados.
-¿podráis seguir penscando troitas e anguilas no pantano coma no río? -preguntó
- ¿E quen sabe o que farán as anguilas? (...) Antes de seguir camino volvemos a darle una vuelta al viejo Portomarín, del que nos despedimos con pena. Los ojos quisieran no olvidar estas dulces orillas, las viñas en las laderas, el arco del puente peregrino, ese corredor del que cuelgan a secas unas ristras de amarillo maíz, el mismo río dejando ver las piedras rodadas de su fondo y la verde ouca, aquel blanco palomar junto a una cerca de laurel (...).
                                                                                                               Alvaro Cunqueiro

           

Compartiendo templo

 Las religiones no teistas suelen tener mucho mejor rollo que aquellas en donde hay unos dioses a los que alabar. En un mismo templo se pueden juntar creyentes de diferentes religiones. Aquí tenemos el ejemplo de un templo de Saigón en donde confucionistas y budistas comparten lugar de rezo tan panchos. En occidente ni siquiera compartirían iglesia cristianos de diferentes corrientes. 







viernes, 3 de junio de 2011

Enter Sandman

El espejo de Matsuyama

     Mucho tiempo ha vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.
     Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.
     La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
     En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.
     No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
     -¡A ti -dijo a su mujer- te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo! Mírale y dime qué ves dentro.
     Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
     -¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.
     -Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.
     -Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
     Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.
     Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
     Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
     Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
     La llamó, pues, y le dijo:
     -Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti. Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.
     En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo  del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
     De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla, en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
     -Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
     Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
     La niña contestó:
     -Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.
     Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.
     Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.
Juan Valera

lunes, 30 de mayo de 2011

Entre el Cielo y el mar

Era la tercera vez en la mañana. Los niños volvieron a acercarse. El ruido de la mar se confundía con el unánime grito de los que hablaban. Unos segundos de silencio y la monótona repetición como un gruñido o como un estertor: «aaa-ú». La red iba saliendo lentamente a la áspera playa. Su dulce color de otoño, roto por la lucecilla plateada de un pescado muy chico o por el verde triste un alga prendida en sus mallas, dividía la oscura desolación de grava menuda; cerca cabeceaba la barca vacía.
Los niños pisaban la red. Pedro había asumido la labor de espantarlos. Decía una palabrota y hacía que corrieran apenas unos metros para pararse en seguida y volver confianzudamente a poco. Pedro tenía entre los labios el chicote de un cigarrillo y les miraba superior y hostil, porque era casi un hombre y trabajaba.
En el copo había un parpadeo agónico y blanco de pascado y se movía la parda masa de un pulpo con algo indefinible de víscera o de sexo. Un último esfuerzo. Los pescadores se inclinaron más; luego se irguieron en silencio y contemplaron el mar.
La tercera vez en la mañana. El señor Venancio, el de la nostalgia de los tiempos buenos de la costera, dio una patada al pulpo, que retorció los tentáculos, y, al fin, medio dado la vuelta, los extendió tensamente, abriéndose como una rara flor.
—Si llegamos a una peseta por cabeza, vamos bien —comentó.
Los demás siguieron en silencio. Habían oído y habían olvidado. Estaban acostumbrados, aunque no resignados, como creían otras gentes del pueblo. De pronto, uno de ellos comenzó a cantar en el vaivén de la ira y el ridículo. Pedro se aproximó al pulpo y principió a jugar cruelmente con él.
—Déjalo ya —dijo el señor Venancio.
Pedro sintió algo como vergüenza que le ascendió hasta los ojos y le hizo humillar y distraer la mirada en un pececillo que cogió entre los dedos. No, no le debía de haber dicho aquello el señor Venancio delante de los chiquillos, que le miraban envidiosos. Pedro era pescador, y sabía que tenía su parte en el pulpo y un indudable derecho a jugar con él o a darle una patada como el señor Venancio. No tuvo tiempo de pensarlo mucho.
—Dale la vuelta a la moña, Pedro, y échalo en el cesto.
Los chiquillos contemplaron admirados el trabajo de Pedro en cuclillas sobre el animal.
—Cabrón —dijo Pedro, y luego se levantó con el pulpo fláccido, pendiente de sus dedos índice y medio de la mano derecha, los tentáculos colgantes formando una masa inerte, salvo en sus delgadísimos extremos, que todavía se retorcían.
El señor Venancio hablaba con los compañeros:
—Yo hubiera tirado el lance hacia el puntal; puede que allí hubiéramos sacado algo más. Como siga esto así, vamos a comer piedras. Tres veces en una mañana, y ni siquiera para comprar pan...
Pedro fingía interesarse en la conversación de los mayores sobre el jornal, porque para eso era pescador; pero sabía que no le importaba demasiado. Llegaría a su casa y tendría algo que comer. Para llevar de comer estaba el padre y no él. Acaso un trozo de pan y un rebujón de pescado frito, pero ya era bastante. Desde pequeño —contemplaba su infancia sin haber salido de ella como algo muy distante— había comido poco, a veces nada, mas siempre había tenido el derecho a llorar, a protestar por la escasez. El que no lloraba ni protestaba era su padre, que lo miraba todo con unos ojos muy pequeños, como queriendo llorar y protestar con odio.
—Pedro, lleva el cesto a la vieja y que se dé prisa en vender todo ese lastre.
Pedro se bajó los pantalones largos de color de arcilla, recogios a medio muslo.
—¿A la tarde afanamos? —preguntó.
—Se verá. Hay que contar con la mar. Te avisará, al pasar, Luciano.
Los pescadores extendían la red sobre la playa. Algunos niños se divertían cogiendo pececillos minúsculos enmallados; otros iban detrás de Pedro tocando el pulpo temerosamente. Pedro se volvía hacia ellos:
—Largo muchachos; ¿es que nunca habéis visto un pulpo?
Les lanzaba arena con los pies.
—Largo, largo, largo...
Dijo una frase obscena...
Llegó donde la vieja. La vieja estaba sentada en el escalón del umbral de la casa. Miraba distraída.
—Nada, ¿verdad? —dijo.
—Poco; se dio mal toda la mañana —contestó Pedro.
—Bueno, deja eso ahí; ahora saldré a ver lo que dan. Venancio quiere muchas cosas. Ya te puedes ir; aquí no pintas nada.
La vieja tenía un genio malo. Solía beber. Bebía aguardiente, a veces con agua, a veces con pan, mojando en la copa migas que amasaba entre los dedos y arrancaba de un corrusco guardado en uno de los profundos bolsillos de su delantal. Pedro no se había marchado todavía.
—Que ya te puedes ir —repitió la vieja.
Pedro caminó hacia su casa. Iba pensando en el mar. Le gustaría ser pescador de mar, dejar de pescar desde la playa. Le gustaría salir con la traíña y estar encargado en ella de los faroles de petróleo. Y, sobre todo, hablar del viento de Levante. Decir al llegar a casa, con la superioridad del trabajador de mar: «Como siga esto así, vamos a comer piedras. El levante nos ha llenado la traíña tres veces de mar. Si no llega a ser por el señor Feliciano, nos vamos a fondo.» Y decir esto mirando a sus padres alternativamente. Ver los ojos del padre casi tristes, casi alegres; y los de la madre, temerosos; y contar a los hermanos cómo una morena le tiró un muerdo y él le dio con el cuchillo de partir el cebo en la cabecilla de bicha, y la tuvo a sus pies retorciéndose más de dos horas.
Le llamaban los amigos que estaban jugando con cajas de cerillas.
—¿Juegas, Sánchez?
Estaban en corro sobre el sucio principio de la playa.
—Ahora no, voy a casa. Esta tarde tenemos faena.
Y una voz:
—Los de la Tres Hermanos han venido hasta arriba de pesca. Nadie sabe cómo se las han arreglado. Es el señor Feliciano, que tiene ojo de gato para esas cosas.
Pescar en la traíña del señor Feliciano era el deseo de todos lo muchachos de la playa. Pero el señor Feliciano no llevaba muchachos en su embarcación, porque pensaba que estaría mal que un niño ganase por ir con él más que su padre, que pescaba de playa o que estaba en otra lancha con poca fortuna.
Al pasar junto a la taberna de Sixto, se asomó.
—Hola, padre.
El padre de Pedro y el señor Feliciano estaban celebrando la pesca. Se había vendido bien en Vélez.
—¡De modo que tú ya andas en la labor! Bueno, hombre, bueno —dijo el señor Feliciano.
—Aprendiendo —aclaró el padre.
Pedro miraba fijamente al señor Feliciano.
—¿Quieres una copa? ¿Qué tomas?
—Un pintao —respondió Pedro.
—Pon al chico un pintao —gritó el señor Feliciano—. ¿Qué tal se dio hoy? Venancio sabe mucho; hay que largar donde él diga. Él sabe mucho de eso. Claro que las playas andan mal de pesca... Vete haciendo ojo. El año que viene, que paco se marcha al servicio... Bueno, ya hablaré con tu padre; ya se lo diré a él cuando sea.
Dejaron de hacerle caso y siguieron hablando de toreros, a los que no habían visto nunca torear. Pedro se bebió un vaso y dijo adiós. Al salir, el padre le llamó:
—Dile a tu madre que ya voy para allá.
Pedro movió la barbilla y cerró los ojos, asintiendo.
La madre de Pedro estaba sentada en el escalón del umbral de la puerta. Cosía algo. Preguntó:
—¿Qué tal se os dio?
—Mal, madre.
—Traes hambre. Anda, pasa. Encima de la hornilla hay pescado. Ojo, que hay que repartirlo. ¿Has visto a tu padre?
No daba lugar a las contestaciones; hablaba rápida, andaluzamente.
—Estará tomándose sus copas. Lo mismo da sacar buen jornal que malo. Hoy de juerga, mañana de queja. Así va todo.
—Hoy han tenido suerte —comentó Pedro—; el señor Feliciano tiene ojo de gato para la pesca.
—El señor Feliciano no tiene familia que mantener como tu padre; se puede gastar lo que gane con quien le dé la gana.
—Puede que el año que viene... paco se marcha al servicio. Ha dicho que hablará con padre. En casa de Sixto...
—Los hombres debían pensar más las cosas cuando se casan. Creerá que os voy a alimentar de aire.
—Cuando Paco se marche al servicio... Me ha dicho que vaya haciendo ojo...
—Vendrá cuando quiera, claro está, y supongo que bebido.
—Me ha invitado a un pintao. Aprecia al señor Venancio. Dice que hay que hacerle mucho caso en los lances, porque sabe mucho de eso... Lo que pasa es que las playas...
Pedro miraba a través de la puerta la playa y el mar. La madre dejó un momento la labor.
—Sin comer no se puede trabajar. Anda y come algo.
Pedro seguía mirando la playa y el mar.
—Aviva, que ya te quedará tiempo para trabajar durante toda la vida.
Pedro entró lentamente en la cocina. En el rescoldo de la hornilla había un plato de porcelana desportillado con un montón de pescado. Sobre los azulejos partidos, media hogaza de pan. Cortó un trozo y mascó sin ganas. La ventana de la cocina daba a una calle de polvo y suciedad, hecha entre dos filas de casas de una sola planta. Al sol del otoño dormitaba un perro. Las moscas s agolpaban en huellas de humedad. El vecindario vertía el agua sucia en la calle. Pedro apretó dos o tres pescados sobre el pan y salió a la puerta que daba sobre la playa. Mascaba, lenta, concienzudamente. Volvió la vista a la derecha y vio a su padre, que se acercaba. Dos de los hermanos pequeños de Pedro venían cogidos de sus manos. El padre sonreía. Llegó.
—Hola, María —hablaba lentamente—; hoy hemos salido bien. Tengo una buena noticia para ti, Pedro: Feliciano ha hablado con Venancio. Hoy te vas a venir con nosotros.
Pedro apretaba el pan y el pescado fuertemente. El padre continuó:
—De prueba. Te encargarás de las farolas; es sencillo. Ya te enseñaremos.
—Ya sé, padre.
—Bueno, te enseñaremos de nuevo, aunque digas que ya sabes.
El padre entró en la casa. Los hermanos de Pedro quedaron con la madre. La madre comenzó a hablar en voz baja, rabiosamente. Dijo por fin:
—A ver si ahora te haces un zángano como los otros, Pedro.
Pedro no la escuchaba. Entró en la cocina, donde el padre estaba comiendo.
—¿Qué ha dicho de mí padre?
—Lo dicho, que te vienes esta noche con nosotros; que cree que te puede hacer un sitio. Ya puedes hacerlo bien...
—Pero no ha dicho nada más.
¿Qué quieres que dijera, criatura? Ha dicho lo que ha dicho y es bastante.
Pedro volvió la vista.
—Podía haber dicho algo.
Pedro dejó la cocina.
Andaba ya por la playa. Iba mirando las embarcaciones varadas. Aspiraba el olor de la brea, el de las redes puestas a secar. Se acercó a la traíña Tres Hermanos. De vez en vez mordía el pan y el pescado. Dio una vuelta en torno a ella, pasando lentamente la mano vacía por sus costados. Terminó el pan y el pescado. Se tendió al sol. La lancha daba una breve sombra de mediodía pasado.
Pedro cerró los ojos. Los abrió. Las olas acababan suavemente en la playa. Cerró los ojos y escuchó como un gruñido o como un estertor: la mar.

Ignacio Aldecoa

Abu Simbel



En la Baja Nubia, a unos 250 kms de Asuán, se encuentra Abu Simbel. Uno puede llegar allí en barco a través del lago Nasser, en avión o por tierra. Si uno decide ir por tiera se encontrará con un viaje de unas tres horas por el desierto. Sólo es posible hacer el viaje en convoy escoltados por la policía. Te exige un buen madrugón. A  las cuatro de la mañana una larga caravana de buses, microbuses y taxis salen todos juntos. Es un bonito viaje en donde, si Morfeo no te llama a sus brazos, podrás ver un precioso amanecer y , con un poco de suerte, algún que otro espejismo se cruzará  en tu camino.





El complejo está compuesto por dos templos. El mayor, dedicado a Ra, Ptah y Amón. En la roca de la fachada se esculpieron cuatro estatuas colosales que presentan al faraón Ramses II. El templo menor está dedicado a la diosa Hathor, personificada por Nefertari, esposa favorita de Ramsés.

Enterrados en arena durante siglos, los templos fueron descubiertos parcialmente en 1813 por el explorador suizo Burkhard. Már tarde, en 1817, el italiano Giovanni Battista Belzoni descubrió el resto.
 


 

Debido a la construcción de la presa de Asuán  y  como consecuencia del  aumento del nivel del Nilo fue necesario reubicar varios templos que se hallaban en su orilla. En 1960 una campaña internacional, patrocinada por la UNESCO, reacaudó fondos para salvar los monumentos de Nubia. Se trasladaron veinticuatro de ellos  a un lugar más seguro. Algunos fueron donados a los países que colaboraron en el rescate, como el templo de Debod, regalado a España.

http://sobreespana.com/2008/12/01/el-templo-de-debod-en-madrid/

Entre los monumentos trasladados están los de Abu Simbel. Un importante equipo internacional se encargó de partir en grandes bloques y volver a montar en un lugar seguro los templos, como si de un gigantesco rompecabezas se tratara.
El salvamento de los templos de Abu Simbel se inició en 1964 y costó la suma de 36 millones de dólares. Entre 1964 y 1968, los templos se desmantelaron para volver a ser reconstruidos en una zona próxima, 65 metros más alta y unos doscientos metros más alejada.


Templo de Ramsés II
 



El templo fue construido con tal orientación que durante los días 21 de octubre y 21 de febrero (61 días antes y 61 días después del Solsticio de invierno, respectivamente) los rayos solares penetraran hasta el santuario, situado al fondo del templo, e iluminaran las caras de Amón, Ra, y Ramsés, quedando sólo la cara del dios Ptah en penumbra, pues era considerado el dios de la oscuridad.




Templo de Nefertari


domingo, 29 de mayo de 2011

La canción de Solveig

Morosos

Decía mi padre que este país no tiene remedio, que se va a terminar y que de tanto en tanto hay que salir a mirarlo por última vez. Quizá fue por eso que se decidió a pagar a medias el combustible y subir al Buick 37 de un cazador de morosos en fuga. Yo tendría ocho o nueve años y lo vi alejarse con una mochila en la que mi madre había puesto un poco de ropa y mucha comida seca.
Después me contó que al rato de salir ya estaba en desacuerdo con el cazador. Mi padre, que era un deudor impenitente, sostenía que la venta a plazos era como el juego de cartas: al final, uno de los dos, comprador o vendedor, pierde. El tipo del Buick, en cambio, era un moralista de pistola al cinto que decía haber atrapado a más de doscientos renegados en un año. Se llevaba el cincuenta por ciento de lo que les encontraba en el bolsillo y si podía sacarles más no se andaba con chiqui­tas. En aquel tiempo todavía se usaba sombrero y el tipo llevaba docenas en el baúl del coche: de fieltro, de cuero, de paja, de lona, tenía todos los modelos y los vendía como suyos en los pueblos por los que pasaba. Igual con relojes, rosarios, cadenas y medallitas de la suerte. Llevaba un cajón tan lleno que parecía el tesoro de la Sierra Madre.
Me contaba mi padre que estacionaban el coche y dormían en cualquier parte. Era uno de los últimos veranos del primer peronismo. No existían las tarjetas de crédito ni el dinero electrónico: los morosos firmaban una pila de pagarés y huían con el par de zapatos flamante, el tocadiscos o los veinte tomos de la Espasa Calpe. Mi padre lo había intentado alguna vez pero siempre lo agarraban. Recuerdo que una vez le quitaron una regla de cálculos y otra vez las herramientas del taller. No sabía poner distancia, le dijo el cazador de morosos una noche, cerca de Choele Choel. Los buenos timadores tenían firmas falsas, familias prestadas, direcciones inexistentes y nunca se quedaban con lo que compraban. A ésos, si los agarraba, el cazador no podía más que pegarles una paliza. Siempre lo hacía, por respeto a sí mismo y para que tronara el escarmiento, pero era tiempo perdido.
El cazador corría contra el tiempo y contra las grandes migraciones alentadas por el 17 de octubre. Deudor que subía al tren se convertía en moroso inhallable, perdido en los suburbios de Buenos Aires o en los andurriales de Córdoba. Las tiendas de ropa no acepta­ban de vuelta los trajes lustrosos ni las camisas gastadas pero a las heladeras y los lavarropas el cazador tenía que consignarlos en el depósito del ferrocarril. Recién apare­cían las heladeras eléctricas, me acuerdo. Eran sólidas y ruidosas como locomotoras. Mi padre nos llevó a com­prar la primera a Neuquén. Una Sigma que todavía funciona, igual a las que el cazador tenía que rescatar por las buenas o a los golpes.
En aquel viaje por caminos de tierra mi padre tenía que ayudarlo a rescatar un combinado. Así se llamaban: eran muebles de madera lustrada con una radio a lámparas y el tocadiscos de setenta y ocho revoluciones. El moroso se había fugado al Sur con la familia y desde Córdoba reclamaban la música y una indemnización si el mueble estaba rayado. Mi padre aceptó darle una mano porque pensó que nunca lo atraparían. A cambio el cazador le pagaba el desayuno y compartía la gomina. En ese tiempo las hojas de afeitar más baratas eran las Legión Extranjera, que dejaban la cara a la miseria. El tipo llevaba unas cuantas cajitas y mi padre tenía que esperar que el otro las usara de los dos lados para poder afeitarse.
A la semana de viaje habían atravesado la frontera de Río Negro con Neuquén y el cazador seguía adelante porque la presa mayor era un holandés que había pagado dos cuotas de la Puma Gran Turismo y el cobrador no volvió a encontrarlo en los lugares que solía frecuentar. La Puma tenía sólo dos velocidades: primera y directa. Era de fabricación nacional y por eso se le perdonaban todos los defectos. A mediados de los años 50 si uno tenía una Puma se levantaba la chica que quería y aquel deudor había abandonado Palermo Viejo para hacer patria en los confines de la Patagonia con su chica y su moto, lejos del estrés y las cuotas mensuales. Y así como perseguía al que se fue con el combinado y al que se largó con la moto, el cazador tenía una lista de morosos grande como un rollo de papel higiénico. La colgaba de una percha en la cabina del Buick y mi padre la leía de reojo con miedo a encontrarse con su nombre.
Años después, mientras me contaba aquel viaje, intuí que había querido largarse para siempre. Dejarnos en Río Cuarto y mandar un giro cada tanto. Pero no se animó. Le pesaban su historia y vaya a saber qué culpas que llamaba responsabilidades. Volvió de aquel viaje sin mochila, mucho más flaco, maldiciendo al cazador soli­tario. Pasaron varios meses antes de que nos dijera algo sobre los paisajes que había conocido y muchos más hasta que me contó el fin de su aventura. En Esquel se toparon con el tipo del combinado. Era un moroso; tímido, algo rengo, de nariz colorada y pelo cimarrón que iba a trabajar en bicicleta. Había ocupado unas tierras en la ladera de una montaña y mi padre le contó al menos una mujer, seis hijas y algún colado más que vivía con ellos.
Por ley, ningún ciudadano podía ser privado de su radio si era la única que tenía. Al menos eso me dijo mi padre, que gustaba sorprenderme con las paradojas de su época. Por eso el cazador necesitaba ayuda. Alguien que si llegaba la policía declarara que ayer nomás el moroso: le había vendido otra radio porque lo único que le interesaba de su combinado era la música. Fue ahí que mi padre empezó a flaquear. Ya andaba hecho una; piltrafa de poco comer y nunca bañarse. No le daba pena el otro sino su propia condición de fugitivo, de deudor en el cielo y en la tierra.
La noche antes de que el cazador diera el asalto mi padre salió a caminar y después de mucho pensarlo decidió quedarse a pie y sin el desayuno gratis. Golpeó a la puerta del moroso y encontró a la familia en medio de la cena. El dueño de casa desconfió enseguida y no se creyó el cuento del inspector de Obras Sanitarias, aunque: mi padre tenía la credencial con sellos y firmas. Todos lo miraban mientras revisaba la entrada de agua y una de las nenas masónicas preguntó medio asustada si ése era" el Hombre de la Bolsa. Se rieron, pero el aire siguió tenso hasta que mi padre dijo que la instalación era un desastre pero que él había ido a controlar la calidad del agua y no la de las cañerías. Pidió dos vasos limpios, un poco de lavandina y fingió una alquimia que hizo reír a las chicas y lo llevó a la mesa a compartir un guiso con trozos de cordero. El combinado estaba impecable, sintonizado en la onda corta del Glostora Tango Club. Afuera ya se había levantado el viento y mi padre pensó, de nuevo, que éste era un país sin remedio al que había que salir a mirar por última vez. La mujer fue a acostar a las nenas y los hombres salieron a despedirse en la vereda de tierra. Mi padre ya se alejaba en la oscuridad pero el otro lo llamó con un chistido y un "disculpe don" que sonó bastante perentorio. Estaban parados ahí, mirando al cielo, como para empezar a pelear o a reírse. El moroso llevaba una temerosa navaja en la mano y le preguntó quién era, qué quería en su casa.
Más tarde, mientras lo contaba, mi padre parecía avergonzado. Tal vez no era lo que quería que yo supiera de él. Dijo que respondió con una evasiva: "Yo también soy deudor", o algo parecido, y avisó que el cazador vendría a la madrugada. El otro lo escuchó sin interrum­pirlo y después señaló la navaja. "Ni los discos se lleva ese hijo de puta", murmuró. Mi padre asintió porque él hubiera dicho lo mismo y preguntó si no pasaba un colectivo que lo acercara al pueblo. No recuerdo dónde me contó que había dormido y por la mañana se presentó en la oficina de Obras Sanitarias para que lo repatriaran a su casa. Había andado vagando por ahí y como siempre volvía al punto de partida. En la repartición le dieron algo de ropa, unos vales con el escudo justicialista y unos días después lo llevaron a la terminal.
Mientras esperaba el ómnibus se asomó al depósito de encomiendas y vio una Puma Gran Turismo embala­da en un armazón de madera. Al lado estaba el combi­nado envuelto con cartones y consignado a nombre de un vendedor de la ciudad de Córdoba. Había muchas chu­cherías más en las que el cazador de morosos también había escrito su nombre de remitente satisfecho.

Osvaldo Soriano