sábado, 2 de julio de 2011
Sobre el número Tau
El número Tau es una constante matemática que equivale aproximadamente a 6,28 el doble del valor de Pi. Existen en la actualidad numerosos matemáticos que defienden que esta constante debe reemplazar a pi, ya que simplifica notablemente muchos cálculos. El investigador Bob Palais, de la Universidad de Utah, fue uno de los iniciadores de esta tendencia, al publicar hace 10 años en la revista Mathematical Intelligencer un artículo que se ha convertido en texto fundamental para los seguidores de este número: Pi is wrong!
"La mayoría de las cosas que haces en matemáticas con pi las puedes hacer con tau, pero más natural" Kevin Houston (matemático de la Universidad de Leeds).
El manifiesto Tau- Michael Hartl
http://tauday.com/
"Si uno define la constante de un círculo como la relación entre la circunferencia y el diámetro, lo que realmente está haciendo es definirla como la relación de la circunferencia y el doble del radio; y esa multiplicación por dos te persigue a través de las matemáticas."
jueves, 30 de junio de 2011
El Tren Que No Conduce Nadie
No sé bien si este primer escalofrío de mi vida lo he sentido al bajar el cristal de la ventanilla para que saliera el humo del cigarro, o un momento antes, y que vi entre nubes, cuando el revisor abrió la puerta para contar los asientos libres. Lo cierto es que al sentirlo, me he arrebujado tan apretadamente entre los brazos de mamá, que ella, un poco sorprendida, me ha mirado con esos ojos claros que pone tan dulzones cuando los fija en mi cara. Y la que también me ha quedado bien grabada desde que empezó mi vieja, es la figura de papá. Durante muchas horas lee el periódico al compás del traqueteo del tren, y de vez en cuando nos echa una mirada pensativa o reída, según vayan las cosas... Estoy seguro que la abuela ya no estaba en el tren cuando yo subí, y que la estampa que de ella tengo, con el pelo canoso y los ojos un poco bizcos, me la fijó mamá durante el viaje con sus muchas palabras memoriosas.
Como hemos pasado sin parar ante muchas estaciones durante estas primeras horas, todavía no he visto viajeros ni jefes de estación. Sólo relojes y campanas verdes que se quedan atrás rapidísimamente. A los revisores que se turnan sólo les veo la cara medio oculta por la visera de la gorra y la inclinación de la cabeza al mirar con mucha fijeza el billete amarillo, pero sin sonrisa, y claro, sin reparar en mí... Sólo esta tarde, uno muy alto y con bigote, al ver a mamá tan caída por los ataques que ahora le dan al corazón, alzó los ojos hasta ella, luego hacia mí, que iba a su lado con mis pantalones cortos, y seguro que con la cara muy triste; y al final hacia papá, que seguía leyendo el periódico, al parecer impasible, aunque cada poco echaba reojos a mamá tras las gafas pequeñas que ahora lleva... Sin embargo, el revisor no se ha fijado en mi hermano segundo, que echado en el asiento vacío y cubierto con una manta, dormía entre su pelo rubio y las manos que tenía juntas bajo la cara... Y que a mí, aunque no se parecían gran cosa, siempre que lo veo dormido, me recuerda al otro hermano, al tercero, que nació aquel día que descarriló el tren; que siempre estuvo tan malo de la tripa, y que al poco tiempo, con el culete amarillo y llorando en voz muy baja, murió entre los bazos de mamá, pegado a la ventanilla.
En algunas paradas del tren, ante estaciones o apeaderos, más que los relojes, campanas, silbatos y maletas, me llama la atención, cuando bastante apartado de la vía, hay un cementerio, con el plumaje oscuro de los cipreses cabeceando sobre las tapias enjalbegadas... De las estaciones donde hemos parado últimamente, la mejor ha sido, aunque no había cementerio, la de aquel pueblo tan grande, cuyos andenes estaban repletos de hombres y mujeres con banderas tricolores, la Banda Municipal tocando el Himno de Riego, y aquella chica con el vestido blanco muy largo, el gorro frigio y una bandera en la mano, que gritaba vivas delante de los viajeros. Pues resulta que aguardaban a un paisano, republicano famoso, que se bajó de nuestro tren, y después de repartir muchos abrazos, empezó a hablar en público cuando ya arrancábamos. Papá, como está tan contento con la República, lo miró todo con los ojos muy gustosos, y estuvo un buen rato sin leer el periódico... Cuando ya íbamos otra vez sobre la llanura reseca y de pedrizas, estuve seguro de que a papá le hubiera gustado tener a mano el aparatillo de radio con el altavoz negro, no para oír lo que a mí me gustaba: "Ante Segarra todo el mundo callao. Gran Vía, esquina Callao" o aquel otro de: "Almacenes San Mateo, si no lo veo no lo creo", y sí el discurso de don Niceto Alcalá Zamora, dicho en un cordobés sonorísimo, para cantar las excelencias de la República.
Al caer la noche, después de tomar un bocado, apagamos la luz y bajamos las cortinas de la puerta y de las ventanillas que daban al pasillo, porque mamá estaba muy fatigada a causa de otro ataque de su enfermedad... Un momento antes se tomó la pastilla para el sueño, y con la mano de mi hermano entre las suyas, ha doblado ha doblado la cabeza sobre el ángulo del respaldo del asiento. Papá también se ha recostado, y en seguida ha empezado con sus ronquidos, que son muy asustadores, porque cuando menos lo esperas, suelta un ruido muy bronco y dolorido, como si se estuviera ahogando, hasta que vuelve a quedarse callado y con la cabeza clavada sobre el pecho... Voy sentado junto a María José, la criada que nos llegó después de la feria, y haciéndome el distraído le he puesto la cabeza sobre el hombro, a ver qué hace, pues no me atrevo a atacarla abiertamente aunque ya llevo pantalones largos, y menos a besarla. Porque aunque voy mucho al cine, de verdad de verdad, no sé muy bien cómo se besa a una mujer... De modo que me aprieto a ella lo más que puedo, y de vez en cuando suspiro muy fuerte junto a su cuello, pero sin más... Y se ve que no le enfada lo que hago, porque acaba de rozarme con su cara la cabeza. Así pasamos unos kilómetros. Ella -luego lo comprendí- pensaba que así me animaría para seguir... pero como continuaba sin atreverme, suavemente, rozándome la mejilla y las narices, ha bajado su boca hasta la mía -y algo que yo no esperaba- ha empezado a pasarme la lengua sobre los labios, como si los tuviese dulces... Por fin, me he animado, yo le hago lo mismo, y así llevamos muy buen rato, hasta que ella, después de dar unos suspiros muy sospechosos, se ha quedado dormida sobre mi hombro... Y la verdad es que así me pesa un poco, pero por su boca entreabierta sale un calorcito tan dulzón y húmedo, que voy a resistir con ella encima hasta que no pueda más.
Empieza a pintar el día. Se oyen unas explosiones lejanas. Explosiones que no suenan mucho, pero largas. Papá se ha despertado, y escucha con aire sospechoso. Enseguida han comenzado a frenar el tren. Paran. Apagan las luces. Mamá, con voz muy débil, pregunta qué pasa. Y mi hermano dice: "seguro que están bombardeando". "No digas eso, hijo mío". "Sí, están bombardeando", pero es muy lejos" -ha confirmado papá para tranquilizarnos, y porque era así. De todas formas hemos estado parados mucho rato, aun después de dejar de oírse las explosiones. Y ha sido ahora mismo, al amañanar, cuando han inundado los coches muchos milicianos con mono azul, cartucheras y fusiles. Han abierto la puerta de nuestro compartimento de un tirón y sólo dos han podido sentarse con nosotros, justo a mi lado. Los demás se han quedado en el pasillo sentados en el suelo o de pie, apoyados en sus fusiles. Algunos comen bocadillos y beben de las cantimploras. Apenas ha arrancado el tren, el que está a mi lado, ha empezado a roncar igual que ronca papá, aunque echa menos aire después de dar el ronquido. Uno de los del pasillo canta con voz desentonada:
"Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero
en el frente de Teruel...
pero nadie lo ha coreado, y como arrepentido, casi no se le ha oído lo de "en el segundo ligero".
No puedo negar que estoy contento vestido de soldado. Mi hermano también lo parece. Mi padre, disimulando sus preocupaciones, a veces nos echa un reojo sonriente por encima del periódico... Si mamá no se hubiera muerto hace ya unos meses (que duro se le puso el gesto, siempre tan dulce. Que tieso su cuerpo, su cuello y sus piernas toda la vida de líneas tan sensibles) seguro que con el miedo que le daba la guerra, al vernos movilizados iría tristísima. Ahí junto a la ventanilla de todo su viaje. En los demás asientos del coche van soldados de mi Brigada, que cantan unas letras que yo todavía no sé. Pasa nuestro tren ante pueblos oscuros y algunos medio destruidos por las bombas.
Llevamos un rato muy largo completamente solos en el compartimento. Yo paso las hojas del libro que acabo de comprarme para la Universidad, y mi padre sigue con aquella cara tan grave que se le puso desde que enterraron a mi hermano con la guerrera manchada de sangre. Por fin han entrado unos señores con camisas azules y boinas coloradas, que hablan contentísimos y con mucha energía. Mi padre lee otra vez, o simula leer, el periódico. Yo los escucho con esa sonrisa que he aprendido a poner cuando hablan de política los que pueden hablar.
María, mi reciente esposa, no es que le tenga coraje a mi padre, lo sé muy bien, pero como él no le hable. Ella no le dice nunca nada. Y él, claro, siempre sonriente y muy amable, sólo le dice lo imprescindible. María está ahora sentada donde siempre iba mamá, y ojea una revista de vestidos y peinados. Mi padre, con la papada ya muy caída, la calva rodeada de canas, sus gafas gordísimas, y cabeceando porque el tren da muchos traqueteos, lee su periódico, hoy repleto de discursos, medallas e inauguraciones. María -son las dos en punto- saca la tartera, y comemos en paz y en gracia de Dios. Ella tan limpia, escrupulosa y voraz como siempre. Y papá allí arrimado, con cara de quedarse con gana, y no atreverse a pedir más. Yo, pretextando que no tengo apetito, le he dado mi chuleta. María come, y lo hace todo, con los ojos un poco perdidos, como si añorase algo que no sabe muy bien lo que es..., a lo mejor ese hijo que no podrá tener nunca.
Desde que mi padre leyó su último periódico, pocas estaciones después, María me obligó a sentarme donde él iba siempre, enfrente, junto a la otra ventanilla. No quiso guardar las ropas de papá en las maletas y se las regaló a un viejo que pasó ofreciendo caramelos... Por la noche, al pasar algún túnel largo, hacemos el amor sobre su asiento, amor sin esperanza, porque sabemos que no alumbrará nada más que ese breve grito que da ella en el momento del orgasmo.
Con frecuencia miro los asientos del compartimento en los que fueron sentados mis padres, mi hermano y las chicas de servicio. Sobre todo aquella que por primera vez en mi vida me lamió la boca. Y recuerdo las caras de todos los que fueron míos, sus decires, su manera de volver los ojos cuando llegaba el revisor, o parábamos en una estacioncilla con cementerio, fiesta, lluvia o paseantes en las tardes de sol. Pero María no repara ni suiqre reparar en los significados que para mí tienen esos cristales donde los míos se reflejaron, estos brazos y respaldos en los que tantas veces apoyaron sus manos y cabezas. María siempre está con la mirada perdida. Cuando hablamos se esfuerza en sonreír, en ser simpática, en simular que me quiere, pero en el fondo de sus ojos están alojados otras gentes de los coches del tren, que probablemente yo no sabré nunca quienes fueron. Acaban de entrar en el pasillo jóvenes con barbas, melenas y pantalones vaqueros. Al verlos, María sonríe con más sinceridad, y sus ojos emergen de aquella profundidad en la que siempre están hundidos.
Después de una explicación brevísima, que casi no fue explicación, y por supuesto sin haber ocurrido nada nuevo, María se ha cambiado de coche. Tomó sus maletas, sonrió de esa manera simulada que ella sabe, me dio un beso en la mejilla, y marchó pasillo abajo, hacia la izquierda.
Hasta esta mañana mientras me afeitaba con la máquina eléctrica en el aseo del tren, hacía mucho tiempo que no me miraba tan fija y atentamente en el espejo. Y he visto que las canas blanquísimas que rodean mi calva, son muy parecidas a las de mi padre, en aquellas últimas horas que estuvo sentado frente a mí leyendo el periódico. Como al acabar de afeitarme ha parado el tren, me asomo por la ventanilla del servicio por si se divisase algún cementerio, pero no, sólo veo en el andén a unas cuantas mujeres con banderas nacionales y lazo negro, añorando lo que comenzó hace tantísimos años y murió hace tres... Vuelvo a contemplarme en el espejo del lavabo. De verdad, que de aquel yo que empezó el viaje en este tren y sintió el primer refrío entre los brazos de su madre al abrir una ventanilla, sólo pervive el color y la expresión de los ojos... Todo lo demás, ya es de otro.
Así que lleguemos a la próxima estación me bajaré a comprar un periódico. El mismo que compraba mi padre... Ya estoy en mi asiento. Me he calado las gafas gordas y lo leo de arriba abajo, sin interés alguno. Me es exactamente igual que pase lo que pase.
Hace ya mucho rato que nadie anda por los pasillos, y estoy completamente solo en mi compartimento... Por más que miro a mi alrededor y esfuerzo mi cerebro, no consigo recordar en qué asiento iba siempre mi madre; en cuál se ponía María, cuando hacíamos el amor; en qué frente hirieron a mi hermano; qué contaba mi padre tantas veces de la guerra de África, y de don Benito Pérez Galdós después de aquella visita con una comisión para pedirle no sé qué... ¿Qué día empezó este viaje? ¿En qué sitio? Han pasado muchas horas sin que venga el revisor a pedirme este billete tan sobado y amarillo que en entregó mi padre. También, ahora me doy cuenta, hace mucho tiempo que el tren no ha parado en ninguna estación y parece que cada vez va más deprisa. Apenas ha anochecido y ya han encendido las luces de todos los coches. Tembloroso me asomo a la puerta. Ni veo ni oigo absolutamente a nadie. Con las manos apoyadas sobre el marco de la puerta y la cabeza baja, rezo, como no lo hacía desde niño. Ando con pasos vacilantes por el pasillo. Me asomo a los compartimientos próximos. No veo a nadie. Ni maleta. Llego al final del coche donde estaba el compartimiento de María desde que se separó. Nadie. "Y (he) comenzado a correr por los pasillos del tren de un vagón a otro y (estoy solo) y (busco) al revisor, a los mozos de tren, a algún empleado, a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento, y (estoy solo) y he preguntado quién conducía, quién (mueve este) horrible tren. Y no (me) ha contestado nadie, porque (estoy solo).
... Y (sigo) días y días... (desmemoriado, casi inconsciente) en el enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie.
Francisco García Pavón
Como hemos pasado sin parar ante muchas estaciones durante estas primeras horas, todavía no he visto viajeros ni jefes de estación. Sólo relojes y campanas verdes que se quedan atrás rapidísimamente. A los revisores que se turnan sólo les veo la cara medio oculta por la visera de la gorra y la inclinación de la cabeza al mirar con mucha fijeza el billete amarillo, pero sin sonrisa, y claro, sin reparar en mí... Sólo esta tarde, uno muy alto y con bigote, al ver a mamá tan caída por los ataques que ahora le dan al corazón, alzó los ojos hasta ella, luego hacia mí, que iba a su lado con mis pantalones cortos, y seguro que con la cara muy triste; y al final hacia papá, que seguía leyendo el periódico, al parecer impasible, aunque cada poco echaba reojos a mamá tras las gafas pequeñas que ahora lleva... Sin embargo, el revisor no se ha fijado en mi hermano segundo, que echado en el asiento vacío y cubierto con una manta, dormía entre su pelo rubio y las manos que tenía juntas bajo la cara... Y que a mí, aunque no se parecían gran cosa, siempre que lo veo dormido, me recuerda al otro hermano, al tercero, que nació aquel día que descarriló el tren; que siempre estuvo tan malo de la tripa, y que al poco tiempo, con el culete amarillo y llorando en voz muy baja, murió entre los bazos de mamá, pegado a la ventanilla.
En algunas paradas del tren, ante estaciones o apeaderos, más que los relojes, campanas, silbatos y maletas, me llama la atención, cuando bastante apartado de la vía, hay un cementerio, con el plumaje oscuro de los cipreses cabeceando sobre las tapias enjalbegadas... De las estaciones donde hemos parado últimamente, la mejor ha sido, aunque no había cementerio, la de aquel pueblo tan grande, cuyos andenes estaban repletos de hombres y mujeres con banderas tricolores, la Banda Municipal tocando el Himno de Riego, y aquella chica con el vestido blanco muy largo, el gorro frigio y una bandera en la mano, que gritaba vivas delante de los viajeros. Pues resulta que aguardaban a un paisano, republicano famoso, que se bajó de nuestro tren, y después de repartir muchos abrazos, empezó a hablar en público cuando ya arrancábamos. Papá, como está tan contento con la República, lo miró todo con los ojos muy gustosos, y estuvo un buen rato sin leer el periódico... Cuando ya íbamos otra vez sobre la llanura reseca y de pedrizas, estuve seguro de que a papá le hubiera gustado tener a mano el aparatillo de radio con el altavoz negro, no para oír lo que a mí me gustaba: "Ante Segarra todo el mundo callao. Gran Vía, esquina Callao" o aquel otro de: "Almacenes San Mateo, si no lo veo no lo creo", y sí el discurso de don Niceto Alcalá Zamora, dicho en un cordobés sonorísimo, para cantar las excelencias de la República.
Al caer la noche, después de tomar un bocado, apagamos la luz y bajamos las cortinas de la puerta y de las ventanillas que daban al pasillo, porque mamá estaba muy fatigada a causa de otro ataque de su enfermedad... Un momento antes se tomó la pastilla para el sueño, y con la mano de mi hermano entre las suyas, ha doblado ha doblado la cabeza sobre el ángulo del respaldo del asiento. Papá también se ha recostado, y en seguida ha empezado con sus ronquidos, que son muy asustadores, porque cuando menos lo esperas, suelta un ruido muy bronco y dolorido, como si se estuviera ahogando, hasta que vuelve a quedarse callado y con la cabeza clavada sobre el pecho... Voy sentado junto a María José, la criada que nos llegó después de la feria, y haciéndome el distraído le he puesto la cabeza sobre el hombro, a ver qué hace, pues no me atrevo a atacarla abiertamente aunque ya llevo pantalones largos, y menos a besarla. Porque aunque voy mucho al cine, de verdad de verdad, no sé muy bien cómo se besa a una mujer... De modo que me aprieto a ella lo más que puedo, y de vez en cuando suspiro muy fuerte junto a su cuello, pero sin más... Y se ve que no le enfada lo que hago, porque acaba de rozarme con su cara la cabeza. Así pasamos unos kilómetros. Ella -luego lo comprendí- pensaba que así me animaría para seguir... pero como continuaba sin atreverme, suavemente, rozándome la mejilla y las narices, ha bajado su boca hasta la mía -y algo que yo no esperaba- ha empezado a pasarme la lengua sobre los labios, como si los tuviese dulces... Por fin, me he animado, yo le hago lo mismo, y así llevamos muy buen rato, hasta que ella, después de dar unos suspiros muy sospechosos, se ha quedado dormida sobre mi hombro... Y la verdad es que así me pesa un poco, pero por su boca entreabierta sale un calorcito tan dulzón y húmedo, que voy a resistir con ella encima hasta que no pueda más.
Empieza a pintar el día. Se oyen unas explosiones lejanas. Explosiones que no suenan mucho, pero largas. Papá se ha despertado, y escucha con aire sospechoso. Enseguida han comenzado a frenar el tren. Paran. Apagan las luces. Mamá, con voz muy débil, pregunta qué pasa. Y mi hermano dice: "seguro que están bombardeando". "No digas eso, hijo mío". "Sí, están bombardeando", pero es muy lejos" -ha confirmado papá para tranquilizarnos, y porque era así. De todas formas hemos estado parados mucho rato, aun después de dejar de oírse las explosiones. Y ha sido ahora mismo, al amañanar, cuando han inundado los coches muchos milicianos con mono azul, cartucheras y fusiles. Han abierto la puerta de nuestro compartimento de un tirón y sólo dos han podido sentarse con nosotros, justo a mi lado. Los demás se han quedado en el pasillo sentados en el suelo o de pie, apoyados en sus fusiles. Algunos comen bocadillos y beben de las cantimploras. Apenas ha arrancado el tren, el que está a mi lado, ha empezado a roncar igual que ronca papá, aunque echa menos aire después de dar el ronquido. Uno de los del pasillo canta con voz desentonada:
"Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero
en el frente de Teruel...
pero nadie lo ha coreado, y como arrepentido, casi no se le ha oído lo de "en el segundo ligero".
No puedo negar que estoy contento vestido de soldado. Mi hermano también lo parece. Mi padre, disimulando sus preocupaciones, a veces nos echa un reojo sonriente por encima del periódico... Si mamá no se hubiera muerto hace ya unos meses (que duro se le puso el gesto, siempre tan dulce. Que tieso su cuerpo, su cuello y sus piernas toda la vida de líneas tan sensibles) seguro que con el miedo que le daba la guerra, al vernos movilizados iría tristísima. Ahí junto a la ventanilla de todo su viaje. En los demás asientos del coche van soldados de mi Brigada, que cantan unas letras que yo todavía no sé. Pasa nuestro tren ante pueblos oscuros y algunos medio destruidos por las bombas.
Llevamos un rato muy largo completamente solos en el compartimento. Yo paso las hojas del libro que acabo de comprarme para la Universidad, y mi padre sigue con aquella cara tan grave que se le puso desde que enterraron a mi hermano con la guerrera manchada de sangre. Por fin han entrado unos señores con camisas azules y boinas coloradas, que hablan contentísimos y con mucha energía. Mi padre lee otra vez, o simula leer, el periódico. Yo los escucho con esa sonrisa que he aprendido a poner cuando hablan de política los que pueden hablar.
María, mi reciente esposa, no es que le tenga coraje a mi padre, lo sé muy bien, pero como él no le hable. Ella no le dice nunca nada. Y él, claro, siempre sonriente y muy amable, sólo le dice lo imprescindible. María está ahora sentada donde siempre iba mamá, y ojea una revista de vestidos y peinados. Mi padre, con la papada ya muy caída, la calva rodeada de canas, sus gafas gordísimas, y cabeceando porque el tren da muchos traqueteos, lee su periódico, hoy repleto de discursos, medallas e inauguraciones. María -son las dos en punto- saca la tartera, y comemos en paz y en gracia de Dios. Ella tan limpia, escrupulosa y voraz como siempre. Y papá allí arrimado, con cara de quedarse con gana, y no atreverse a pedir más. Yo, pretextando que no tengo apetito, le he dado mi chuleta. María come, y lo hace todo, con los ojos un poco perdidos, como si añorase algo que no sabe muy bien lo que es..., a lo mejor ese hijo que no podrá tener nunca.
Desde que mi padre leyó su último periódico, pocas estaciones después, María me obligó a sentarme donde él iba siempre, enfrente, junto a la otra ventanilla. No quiso guardar las ropas de papá en las maletas y se las regaló a un viejo que pasó ofreciendo caramelos... Por la noche, al pasar algún túnel largo, hacemos el amor sobre su asiento, amor sin esperanza, porque sabemos que no alumbrará nada más que ese breve grito que da ella en el momento del orgasmo.
Con frecuencia miro los asientos del compartimento en los que fueron sentados mis padres, mi hermano y las chicas de servicio. Sobre todo aquella que por primera vez en mi vida me lamió la boca. Y recuerdo las caras de todos los que fueron míos, sus decires, su manera de volver los ojos cuando llegaba el revisor, o parábamos en una estacioncilla con cementerio, fiesta, lluvia o paseantes en las tardes de sol. Pero María no repara ni suiqre reparar en los significados que para mí tienen esos cristales donde los míos se reflejaron, estos brazos y respaldos en los que tantas veces apoyaron sus manos y cabezas. María siempre está con la mirada perdida. Cuando hablamos se esfuerza en sonreír, en ser simpática, en simular que me quiere, pero en el fondo de sus ojos están alojados otras gentes de los coches del tren, que probablemente yo no sabré nunca quienes fueron. Acaban de entrar en el pasillo jóvenes con barbas, melenas y pantalones vaqueros. Al verlos, María sonríe con más sinceridad, y sus ojos emergen de aquella profundidad en la que siempre están hundidos.
Después de una explicación brevísima, que casi no fue explicación, y por supuesto sin haber ocurrido nada nuevo, María se ha cambiado de coche. Tomó sus maletas, sonrió de esa manera simulada que ella sabe, me dio un beso en la mejilla, y marchó pasillo abajo, hacia la izquierda.
Hasta esta mañana mientras me afeitaba con la máquina eléctrica en el aseo del tren, hacía mucho tiempo que no me miraba tan fija y atentamente en el espejo. Y he visto que las canas blanquísimas que rodean mi calva, son muy parecidas a las de mi padre, en aquellas últimas horas que estuvo sentado frente a mí leyendo el periódico. Como al acabar de afeitarme ha parado el tren, me asomo por la ventanilla del servicio por si se divisase algún cementerio, pero no, sólo veo en el andén a unas cuantas mujeres con banderas nacionales y lazo negro, añorando lo que comenzó hace tantísimos años y murió hace tres... Vuelvo a contemplarme en el espejo del lavabo. De verdad, que de aquel yo que empezó el viaje en este tren y sintió el primer refrío entre los brazos de su madre al abrir una ventanilla, sólo pervive el color y la expresión de los ojos... Todo lo demás, ya es de otro.
Así que lleguemos a la próxima estación me bajaré a comprar un periódico. El mismo que compraba mi padre... Ya estoy en mi asiento. Me he calado las gafas gordas y lo leo de arriba abajo, sin interés alguno. Me es exactamente igual que pase lo que pase.
Hace ya mucho rato que nadie anda por los pasillos, y estoy completamente solo en mi compartimento... Por más que miro a mi alrededor y esfuerzo mi cerebro, no consigo recordar en qué asiento iba siempre mi madre; en cuál se ponía María, cuando hacíamos el amor; en qué frente hirieron a mi hermano; qué contaba mi padre tantas veces de la guerra de África, y de don Benito Pérez Galdós después de aquella visita con una comisión para pedirle no sé qué... ¿Qué día empezó este viaje? ¿En qué sitio? Han pasado muchas horas sin que venga el revisor a pedirme este billete tan sobado y amarillo que en entregó mi padre. También, ahora me doy cuenta, hace mucho tiempo que el tren no ha parado en ninguna estación y parece que cada vez va más deprisa. Apenas ha anochecido y ya han encendido las luces de todos los coches. Tembloroso me asomo a la puerta. Ni veo ni oigo absolutamente a nadie. Con las manos apoyadas sobre el marco de la puerta y la cabeza baja, rezo, como no lo hacía desde niño. Ando con pasos vacilantes por el pasillo. Me asomo a los compartimientos próximos. No veo a nadie. Ni maleta. Llego al final del coche donde estaba el compartimiento de María desde que se separó. Nadie. "Y (he) comenzado a correr por los pasillos del tren de un vagón a otro y (estoy solo) y (busco) al revisor, a los mozos de tren, a algún empleado, a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento, y (estoy solo) y he preguntado quién conducía, quién (mueve este) horrible tren. Y no (me) ha contestado nadie, porque (estoy solo).
... Y (sigo) días y días... (desmemoriado, casi inconsciente) en el enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie.
Francisco García Pavón
martes, 28 de junio de 2011
Solteronas y solterones
No ha mucho, en compañía de mi amigo de negro, cuya conversación es ahora para mí pasatiempo e instrucción a la vez, no pude menos de observar la gran cantidad de solterones y solteronas que parecen invadir esta ciudad.
-Con seguridad que el matrimonio -le dije- no se alienta bastante, o no veríamos a esa multitud de averiados galanes y marchitas coquetas que tratan todavía de ejercer un oficio para el cual han dejado de servir hace tanto tiempo, y pululan en la ufanía de la vejez. Contemplo a un viejo solterón a la luz más despreciable, como animal que vive del fondo común sin contribuir con la parte que le toca: es animal de rapiña y las leyes deberían emplear tantas estratagemas como fuerza para hacer caer en las redes al remiso animal, como hacen los hindúes para cazar al rinoceronte. Debiera permitirse que el populacho lo azuzara, que los muchachos le hicieran impunemente sus travesuras, que en todas las reuniones de gente bien educada se rieran de él y si, ya pasados los sesenta, pretendiera hacer el amor, su querida le pudiera escupir en la cara o, lo cual sería quizá mayor castigo, le concediera todo el favor.
-En cuanto a las solteronas -continué diciendo-, no habría que tratarlas con tanta severidad, porque supongo que ninguna lo sería si estuviera en su poder evitarlo. Ninguna dama en sus cabales prefiere pasar como figura secundaria en bautismos y partos, pudiendo ser protagonista; ni rebajarse a pedir favores a su cuñada pudiendo mandar al marido propio; ni afanarse por hacer flanes cuando podría quedarse en la cama e impartir directivas para que otras los hicieran; ni ahogar todos sus sentimientos por recatada formalidad, pudiendo, mediante la libertad del matrimonio, estrechar la mano de un conocido o tolerar una frase con doble sentido. Ninguna dama sería tan tonta como para vivir en soledad, si pudiera evitarlo. Yo comparo a la dama soltera que baja por el valle de los años con una de esas encantadoras regiones que lindan con la China, yermas por falta de habitantes adecuados. No vamos a acusar a la región, sino a la ignorancia de sus vecinos, que permanecen insensibles a sus bellezas a pesar de la libertad de que gozan para entrar y cultivar el suelo.
-Seguramente, señor -replicó mi acompañante-, usted conoce muy poco a las damas inglesas, cuando piensa que llegan a solteronas contra su voluntad. Me atrevo a afirmar que difícilmente se podría encontrar a una que no haya tenido frecuentes ofrecimientos de matrimonio, y a quien el orgullo o la avaricia no hayan impulsado a rechazarlos. En lugar de considerarlo como desgracia, aprovechan la menor ocasión para jactarse de su pasada crueldad; no se regocija más un soldado al contar las heridas que ha recibido, que una mujer veterana cuando relata las heridas que causara en el pasado: inagotable cuando comienza la narración del antiguo poder mortífero de sus ojos. Ella nos cuenta del caballero de traje con encaje de oro que casi murió de un solo enojo y no volvió a tenerse en pie hasta... que se hubo casado con su criada; del hacendado que al verse cruelmente rechazado, en un acceso de ira corrió a la ventana y, levantándola, se arrojó, agonizante... en su sillón; del clérigo que, apenado por el fracaso de su amor, resueltamente ingirió opio, que ahuyentó los aguijones del amor desterrado... haciéndolo dormir. En resumen, ella nos habla con gusto de sus pasadas pérdidas y, como algunos comerciantes, halla algún consuelo en las muchas bancarrotas que ha sufrido.
»Por ello, cada vez que veo a una belleza jubilada y que aún no se ha casado, tácitamente la acuso de orgullo, avaricia, coquetería o afectación. Ahí está la señorita Jenny Tinderbox, que, si mal no recuerdo, tenía cierta belleza y una fortuna moderada. Su hermana mayor casó con un hombre de categoría y esto pareció una ley de virginidad para la pobre Jenny. Habiéndose favorecido a la familia con un golpe de fortuna, ella decidió no causarle oprobio introduciendo a un tendero. Rechazando así a sus iguales y desdeñada o despreciada por sus superiores, ella hace ahora las veces de aya de los hijos de su hermana y soporta el tráfago de tres criados, sin recibir la paga de uno.
»La señorita Squeeze era hija de un usurero; su padre le había enseñado desde temprano que el dinero era cosa muy buena, y al morir le dejó una fortuna regular. Ella tenía tal perfecta sensibilidad en cuanto al valor de su posesión, que se resolvió a no deshacerse de un cuarto de penique sin que hubiera igualdad de fortuna por parte de su pretendiente: así rechazó varias propuestas de gente que quería mejorar su posición, como se dice; y fue volviéndose vieja y aviesa, sin pensar siquiera que debía haber hecho una rebaja en sus pretensiones, pues su rostro era pálido y picado de viruelas.
»Lady Betty Tempest, por el contrario, tenía belleza, más fortuna y linaje. Pero, amiga de conquistas, iba de triunfo en triunfo; había leído dramas y novelas, en las cuales había aprendido que un hombre sencillo y con sentido común no valía más que un tonto: por ello los iba rechazando y sus suspiros sólo se dirigían al calavera, al voluble, al inconstante y al atolondrado; después de haber rechazado a centenares que gustaban de ella y haber suspirado por centenares que la desdeñaban, se halló insensiblemente abandonada: ahora sólo sirve de acompañante a sus tías y primos, y a veces participa en una contradanza, sin más pareja de baile que una silla, ni más plática que la de un banco solitario. En una palabra, la tratan con cortés menosprecio en todas partes, colocándola para llenar un rincón, como a cualquier trasto pasado de moda.
»Pero Sophronia, la sagaz Sophronia, ¿qué podré decir de ella? Desde su más tierna infancia la enseñaron a amar a los griegos, y a odiar a los hombres; ha rechazado a finos caballeros por no ser pedantes, y a pedantes por no ser finos caballeros; su exquisita sensibilidad le ha enseñado a descubrir todos los defectos de todos sus amantes, y su inflexible justicia le ha impedido perdonarlos; así fue rechazando ofrecimientos, hasta que las arrugas de la vejez la atajaron; y ahora, sin un rasgo que dé ventaja a su rostro, habla incesantemente de las bellezas del entendimiento.»
Oliver Goldsmith
-Con seguridad que el matrimonio -le dije- no se alienta bastante, o no veríamos a esa multitud de averiados galanes y marchitas coquetas que tratan todavía de ejercer un oficio para el cual han dejado de servir hace tanto tiempo, y pululan en la ufanía de la vejez. Contemplo a un viejo solterón a la luz más despreciable, como animal que vive del fondo común sin contribuir con la parte que le toca: es animal de rapiña y las leyes deberían emplear tantas estratagemas como fuerza para hacer caer en las redes al remiso animal, como hacen los hindúes para cazar al rinoceronte. Debiera permitirse que el populacho lo azuzara, que los muchachos le hicieran impunemente sus travesuras, que en todas las reuniones de gente bien educada se rieran de él y si, ya pasados los sesenta, pretendiera hacer el amor, su querida le pudiera escupir en la cara o, lo cual sería quizá mayor castigo, le concediera todo el favor.
-En cuanto a las solteronas -continué diciendo-, no habría que tratarlas con tanta severidad, porque supongo que ninguna lo sería si estuviera en su poder evitarlo. Ninguna dama en sus cabales prefiere pasar como figura secundaria en bautismos y partos, pudiendo ser protagonista; ni rebajarse a pedir favores a su cuñada pudiendo mandar al marido propio; ni afanarse por hacer flanes cuando podría quedarse en la cama e impartir directivas para que otras los hicieran; ni ahogar todos sus sentimientos por recatada formalidad, pudiendo, mediante la libertad del matrimonio, estrechar la mano de un conocido o tolerar una frase con doble sentido. Ninguna dama sería tan tonta como para vivir en soledad, si pudiera evitarlo. Yo comparo a la dama soltera que baja por el valle de los años con una de esas encantadoras regiones que lindan con la China, yermas por falta de habitantes adecuados. No vamos a acusar a la región, sino a la ignorancia de sus vecinos, que permanecen insensibles a sus bellezas a pesar de la libertad de que gozan para entrar y cultivar el suelo.
-Seguramente, señor -replicó mi acompañante-, usted conoce muy poco a las damas inglesas, cuando piensa que llegan a solteronas contra su voluntad. Me atrevo a afirmar que difícilmente se podría encontrar a una que no haya tenido frecuentes ofrecimientos de matrimonio, y a quien el orgullo o la avaricia no hayan impulsado a rechazarlos. En lugar de considerarlo como desgracia, aprovechan la menor ocasión para jactarse de su pasada crueldad; no se regocija más un soldado al contar las heridas que ha recibido, que una mujer veterana cuando relata las heridas que causara en el pasado: inagotable cuando comienza la narración del antiguo poder mortífero de sus ojos. Ella nos cuenta del caballero de traje con encaje de oro que casi murió de un solo enojo y no volvió a tenerse en pie hasta... que se hubo casado con su criada; del hacendado que al verse cruelmente rechazado, en un acceso de ira corrió a la ventana y, levantándola, se arrojó, agonizante... en su sillón; del clérigo que, apenado por el fracaso de su amor, resueltamente ingirió opio, que ahuyentó los aguijones del amor desterrado... haciéndolo dormir. En resumen, ella nos habla con gusto de sus pasadas pérdidas y, como algunos comerciantes, halla algún consuelo en las muchas bancarrotas que ha sufrido.
»Por ello, cada vez que veo a una belleza jubilada y que aún no se ha casado, tácitamente la acuso de orgullo, avaricia, coquetería o afectación. Ahí está la señorita Jenny Tinderbox, que, si mal no recuerdo, tenía cierta belleza y una fortuna moderada. Su hermana mayor casó con un hombre de categoría y esto pareció una ley de virginidad para la pobre Jenny. Habiéndose favorecido a la familia con un golpe de fortuna, ella decidió no causarle oprobio introduciendo a un tendero. Rechazando así a sus iguales y desdeñada o despreciada por sus superiores, ella hace ahora las veces de aya de los hijos de su hermana y soporta el tráfago de tres criados, sin recibir la paga de uno.
»La señorita Squeeze era hija de un usurero; su padre le había enseñado desde temprano que el dinero era cosa muy buena, y al morir le dejó una fortuna regular. Ella tenía tal perfecta sensibilidad en cuanto al valor de su posesión, que se resolvió a no deshacerse de un cuarto de penique sin que hubiera igualdad de fortuna por parte de su pretendiente: así rechazó varias propuestas de gente que quería mejorar su posición, como se dice; y fue volviéndose vieja y aviesa, sin pensar siquiera que debía haber hecho una rebaja en sus pretensiones, pues su rostro era pálido y picado de viruelas.
»Lady Betty Tempest, por el contrario, tenía belleza, más fortuna y linaje. Pero, amiga de conquistas, iba de triunfo en triunfo; había leído dramas y novelas, en las cuales había aprendido que un hombre sencillo y con sentido común no valía más que un tonto: por ello los iba rechazando y sus suspiros sólo se dirigían al calavera, al voluble, al inconstante y al atolondrado; después de haber rechazado a centenares que gustaban de ella y haber suspirado por centenares que la desdeñaban, se halló insensiblemente abandonada: ahora sólo sirve de acompañante a sus tías y primos, y a veces participa en una contradanza, sin más pareja de baile que una silla, ni más plática que la de un banco solitario. En una palabra, la tratan con cortés menosprecio en todas partes, colocándola para llenar un rincón, como a cualquier trasto pasado de moda.
»Pero Sophronia, la sagaz Sophronia, ¿qué podré decir de ella? Desde su más tierna infancia la enseñaron a amar a los griegos, y a odiar a los hombres; ha rechazado a finos caballeros por no ser pedantes, y a pedantes por no ser finos caballeros; su exquisita sensibilidad le ha enseñado a descubrir todos los defectos de todos sus amantes, y su inflexible justicia le ha impedido perdonarlos; así fue rechazando ofrecimientos, hasta que las arrugas de la vejez la atajaron; y ahora, sin un rasgo que dé ventaja a su rostro, habla incesantemente de las bellezas del entendimiento.»
Oliver Goldsmith
domingo, 26 de junio de 2011
El tiempo futuro
ELadio y los seres queridos son un grupo vigués que han hecho este videoclip "El tiempo futuro" con preciosas imagenes de la ciudad de Vigo.
La cabeza pegada al vidrio
Desde hacía quince años Mlle. Dargére tenía a su cargo una colonia de niños débiles que había sido fundada por una de sus abuelas. La casa estaba situada a la orilla del mar y ella desde su juventud había vivido en la parte lateral del asilo, en el último piso de la torre.
En los primeros tiempos vivía en el primer piso, pero de noche en los vidrios de la ventana se le aparecía la cabeza de un hombre en llamas. Una cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como las pinturas de los vitraux. Se mudó al segundo piso: la misma cabeza la perseguía. Se mudó al tercer piso: la misma cabeza la perseguía; se mudó de todos los cuartos de la casa con el mismo resultado.
Mlle. Dargére era extremadamente bonita y los chicos la querían, pero una preocupación constante se le instaló en el entrecejo en forma de arrugas verticales que estropeaban un poco su belleza. Sus noches se llenaban de insomnios y en sus desvelos oía los coros de los sueños de los niños subir, con blancura de camisón, de los dormitorios de veinte camas en donde depositaba besos cotidianos.
Las mañanas eran diáfanas a la orilla del mar; los chicos salían todos vestidos con trajes de baño demasiado largos que se enredaban en las olas. No era la culpa de los trajes, pensaba Mlle. Dargére apoyada contra la balaustrada de la terraza; los chicos no podían usar sino trajes hechos a medida, para no quedar ridículos. Tenían un bañero negro que los mortificaba diariamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba a él sólo, cuidadosamente, de las olas. Pero ella no podía oír llorar a los chicos y se acordaba del suplicio de los baños con bañeros en su infancia, que habían llenado su vida de sueños eternos de maremotos.
Se bañaba de tarde con el agua a la altura de las rodillas, cuando la playa estaba desierta; entonces llevaba a veces un libro que no leía y se acostaba sobre la arena después del baño; era el único momento del día en que descansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos pálidos a pesar del sol, flacos a pesar de la alimentación estudiada por los médicos, histéricos a pesar de la vida sana que llevaban.
Mlle. Dargére derramaba su prestigio de belleza sobre ellos. Su proximidad los serenaba un poco y los engordaba más que los alimentos estudiados por los mejores médicos, pero la cabeza del hombre en llamas seguía de noche en la ventana hasta que llegó a ser una horrible cosa necesaria que se busca detrás de las cortinas.
Una noche no durmió un solo minuto; la cabeza estaba ausente, la buscó detrás de las cortinas, y la desveló esta vez la posibilidad de poder dormir tranquila: la cabeza parecía haberse perdido para siempre.
A la mañana siguiente, en los dormitorios, una extraña exasperación retenía a los chicos al borde de las lágrimas. Llantos contenidos se amontonaban en las bocas. Mlle. Dargére creyó ver un asilo de ancianos en traje de baño azul marino desfilando hacia la playa. Carolina, su preferida, la única que tenía un cuerpo capaz de rellenar el traje de baño, se escapó de entre sus brazos.
La playa esa mañana se llenó de llantos obscuros y atorados dentro de las olas.
Mlle. Dargére, después de apoyar su melancolía sobre la balaustrada, que fue como una despedida a la belleza, subió corriendo hasta el espejo de su cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le apareció del otro lado; vista de tan cerca era una cabeza picada de viruela y tenía la misma emotividad de los flanes bien hechos. Mlle. Dargére atribuyó el arrebato de su cara a las quemaduras del sol que se derraman en líquidos hirvientes sobre las pieles finas. Se puso compresas de óleo calcáreo, pero la imagen de la cabeza en llamas se había radicado en el espejo.
Silvina Ocampo
En los primeros tiempos vivía en el primer piso, pero de noche en los vidrios de la ventana se le aparecía la cabeza de un hombre en llamas. Una cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como las pinturas de los vitraux. Se mudó al segundo piso: la misma cabeza la perseguía. Se mudó al tercer piso: la misma cabeza la perseguía; se mudó de todos los cuartos de la casa con el mismo resultado.
Mlle. Dargére era extremadamente bonita y los chicos la querían, pero una preocupación constante se le instaló en el entrecejo en forma de arrugas verticales que estropeaban un poco su belleza. Sus noches se llenaban de insomnios y en sus desvelos oía los coros de los sueños de los niños subir, con blancura de camisón, de los dormitorios de veinte camas en donde depositaba besos cotidianos.
Las mañanas eran diáfanas a la orilla del mar; los chicos salían todos vestidos con trajes de baño demasiado largos que se enredaban en las olas. No era la culpa de los trajes, pensaba Mlle. Dargére apoyada contra la balaustrada de la terraza; los chicos no podían usar sino trajes hechos a medida, para no quedar ridículos. Tenían un bañero negro que los mortificaba diariamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba a él sólo, cuidadosamente, de las olas. Pero ella no podía oír llorar a los chicos y se acordaba del suplicio de los baños con bañeros en su infancia, que habían llenado su vida de sueños eternos de maremotos.
Se bañaba de tarde con el agua a la altura de las rodillas, cuando la playa estaba desierta; entonces llevaba a veces un libro que no leía y se acostaba sobre la arena después del baño; era el único momento del día en que descansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos pálidos a pesar del sol, flacos a pesar de la alimentación estudiada por los médicos, histéricos a pesar de la vida sana que llevaban.
Mlle. Dargére derramaba su prestigio de belleza sobre ellos. Su proximidad los serenaba un poco y los engordaba más que los alimentos estudiados por los mejores médicos, pero la cabeza del hombre en llamas seguía de noche en la ventana hasta que llegó a ser una horrible cosa necesaria que se busca detrás de las cortinas.
Una noche no durmió un solo minuto; la cabeza estaba ausente, la buscó detrás de las cortinas, y la desveló esta vez la posibilidad de poder dormir tranquila: la cabeza parecía haberse perdido para siempre.
A la mañana siguiente, en los dormitorios, una extraña exasperación retenía a los chicos al borde de las lágrimas. Llantos contenidos se amontonaban en las bocas. Mlle. Dargére creyó ver un asilo de ancianos en traje de baño azul marino desfilando hacia la playa. Carolina, su preferida, la única que tenía un cuerpo capaz de rellenar el traje de baño, se escapó de entre sus brazos.
La playa esa mañana se llenó de llantos obscuros y atorados dentro de las olas.
Mlle. Dargére, después de apoyar su melancolía sobre la balaustrada, que fue como una despedida a la belleza, subió corriendo hasta el espejo de su cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le apareció del otro lado; vista de tan cerca era una cabeza picada de viruela y tenía la misma emotividad de los flanes bien hechos. Mlle. Dargére atribuyó el arrebato de su cara a las quemaduras del sol que se derraman en líquidos hirvientes sobre las pieles finas. Se puso compresas de óleo calcáreo, pero la imagen de la cabeza en llamas se había radicado en el espejo.
Silvina Ocampo
sábado, 25 de junio de 2011
A la gente del mar
Ya se van los marineros
madrugaita con pan de telera
Ya se van los marineros
madrugaita se van pa la mar
ya se van pa la mar, y ole mare
Ya se van los marineros
madrugaita con pan de telera
Y el motor rompe el silencio
madrugaita se van pa la mar
ya se van pa la mar, y ole mare
el motor rompe el silencio
madrugaita con pan de telera
Ay mi barrio marinero
mi barrio mi barrio
ay mi barrio marinero
mi barrio mi barrio
ay mi barrio
Dame la mano
dame.
Dame la mano
dame
y súbete a mi barquilla
flamenca dame la mano.
Dame la mano
dame
y súbete a mi barquilla
que el vuelo de tus volantes
salpica mi chaquetilla.
Y el Guadalquivir
dicen que dijo
si pudieras llegar
y hasta el rocío
ay mi río.
Me voy a hacer unos zapatitos
del ala de mi sombrero.
Muy finos muy flamenquitos
que es muy flamenco
mi zapatero.
Que resuenen mis pasitos
que es muy flamenco
mi zapatero.
No lo he visto más bonito
que mis zapatos nuevos
ay, qué flamenco
mi zapatero.
Pa qué me llamas prima
ay, pa qué me llamas.
Si me crucifica que te mire
si me crucifica tu mirada
pa qué me llamas.
Si cuando me tienes te retienes
y eres como el vuelo de tu enagua
pa qué me llamas.
Pa qué me llamas prima
pa qué me llamas
si me crucificas
ay, pa qué me llamas.
viernes, 24 de junio de 2011
Un viaje o el mago inmortal
O cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe.
(Don Quijote, II, 22)
Para alcanzar la muerte no hay vehículo tan veloz como la costumbre, la dulce costumbre. En cambio, si usted quiere vida y recuerdos, viaje. Eso sí, viaje solo. Demasiado confiado juzgo a quien sale con su familia, en pos de la aventura. Dentro del territorio de la República (estamos de acuerdo) todo se da; pero si puede vaya por el agua, a otro país. Imíteme quien se anime; como yo, bese anteayer a la Gorda, a los chicos y con el pretexto de que la compañía lo manda, parta al infinito azul...
En cuanto subí al barco de la carrera divisé a una corista, señorita Zucotti, que en años de juventud inflamó mi esperanza. Aunque ahora es menos linda —calculo que se le alargó una cuarta la cara— me prometí el festín de esa misma noche visitarla en su cabina particular. Como para coristas fue el viaje. El río estaba bravo, la píldora contra el mareo no se asentaba en la boca del estómago; más de una vez gemí por no hallarme en tierra firme y, ya que me hamacaba, ¿por qué no en brazos de la corista o de la Gorda?l Procuré leer. Entre mis petates encontré, amén de la falta de revistas, El diablo cojuelo. ¡Las tretas a que recurre la pobre Gorda, en el afán de educarme! No tardé una línea en comprender que con esa joya de la literatura nunca olvidaría la famosa polca que bailaban río y barco. Cuando por fin me levanté —ignoro si en toda la noche habré cerrado alguna vez el ojo, para parpadear— me reanimé con café con leche tibio y con una gruesa de medialunas de la víspera. Sobre piernas flojas bajé a tierra uruguaya.
Juraría que al chofer del taxi le ordené: «Al hotel Cervantes». Cuántas veces, por la ventana del baño, que da a los fondos, con pena en el alma habré contemplado, a la madrugada, un árbol solitario, un pino, que se levanta en la manzana del hotel. Miren si lo conoceré; pero el terco del conductor me dejó frente al hotel La Alhambra. Le agradecí el error, porque me agradan los cuartos de La Alhambra, amplios, con ese lujo de otro tiempo; diríase que en ellos puede ocurrir una aventura mágica. Me apresuro a declarar que no creo en magos, con o sin bonete, pero sí en la magia del mundo. La encontramos a cada paso: al abrir una puerta o en medio de la noche, cuando salimos de un sueño para entrar, despiertos, en otro. Sin embargo, como la vida fluye y no quiero morir sin entrever lo sobrenatural, concurro a lugares propicios y viajo. ¡En el viaje sucede todo! Animosamente, pues, me dirigí al señor de la recepción, que me dijo:
—Lo lamento, pero con el Congreso de Fabricantes de Marionetas para Ventrílocuos, Titiriteros y Afines no me queda una triste habitación.
No hubo más remedio que cruzar la plaza, con mi valijita, y tratarse a cuerpo de rey en el Nogaró, donde, no sin cabildeos y la mejor voluntad, porque alojaban la troupe completa del Berliner Ballet, me consignaron a un cuarto de matrimonio. En el quinto piso, yendo por el corredor hacia la izquierda, mi cuarto era el último; es decir que yo tenía, a la derecha, otra habitación, y a la izquierda, la pared medianera y el vacío. Pedí los diarios. A medida que los ojeaba, dejaba caer las páginas al suelo. Por la ventana veía la plaza, la estatua, la gente, las palomas. De pronto me acongojé. ¿Por el trajinar de allá abajo, símbolo del afán inútil? ¿Por el desorden de papel de diario, disperso por mi habitación? ¿Por el frío en los pies y en los hombros? ¿Por el cansancio de la noche en vela? Reaccionemos, me dije, y sin averiguar el origen de la congoja salí del hotel, me encontré en la plaza, a las nueve de la mañana, demasiado temprano para presentarme en las oficinas de la compañía, rama uruguaya. Vagué por las calles de la Ciudad Vieja, pensando que no almorzaría tarde, que a las doce en punto haría mi entrada en el Stradella. A todo eso iba del lado de la sombra y volví a enfriarme; cambié de vereda, justamente a la altura de una negra apostada en un zaguán de azulejos verdes; como yo valoro mi salud y soy tímido, pasé de largo. A las diez visité la compañía. Me agasajaron como saben hacerlo, hasta que el jefe de Relaciones Públicas me despidió, a las diez y trece. Permitió mi buena estrella que en plena puerta giratoria me presentaran a un caballero, un charlatán que vende solares, con quien entretuve, por así decir, veinte minutos en un café de la pasiva; lo embrollé astutamente y convinimos en que a la otra mañana, a las ocho en punto, iría a recogerme al hotel, para llevarme en automóvil a examinar el santo día solares en Colonia Suiza. Antes de las once me hallé de nuevo en la calle, más muerto que vivo.
Mirando cómo evolucionaban las palomas y unas mujerzuelas que usted confundía con mendigas, me repuse un poco en un banco, al sol, en la plaza Matriz. En el Stradella articulé un menú a base de ají, pimienta, otros picantes y mostaza, mucha carne, mariscos, vino tinto y café. Comí como lobo. Porque era temprano me despacharon pronto y a las doce y media yo disponía de todo el día por delante. Para bajar mi alimentación bebí más café en el bar del Nogaró. Allí contemplé por primera y última vez en mi vida a dos altas muchachas del Berliner Ballet: una con cara de gato, ligeramente vulgar y muy hermosa; la otra, rubia, fina, una sílfide, con nariz grande y derecha, con senos pequeños y derechos.
Aunque me derrumbaba el sueño, no subí a dormir la siesta, porque el recuerdo de las muchachas era demasiado vivido. En el hall, donde permanecí en asiento de gamuza una hora larga, tuve ocasión de contemplar a buen número de brasileros, los más niños y ancianos, con el agregado de tres o cuatro señoritas con todo lo necesario para encabritar al prójimo. Una de ellas, casada con seguridad, mirando en mi dirección, propuso:
—¿Vamos a dormir la siesta?
Me pregunté si yo soñaba —lo que era bastante probable, porque el cansancio me aplastaba el cráneo— cuando se incorporó un hombrote, surgido de un sillón, a mis espaldas.
Yo también hubiera subido a acostarme, pero en mi tesitura, reflexioné, más valía cansar el animal. Me saqué a tomar aire por esas calles de Dios, las mismas que recorrí a la mañana. Por pura curiosidad quise rever el zaguán de los azulejos. No lo encontré al principio y cuando, al fin, di con él, faltaba la eva de ébano, joven y bien modelada, que al pasar yo, horas antes, masculló su palabra: no lo digo por vanagloria. Me encaminé a la plaza Matriz; aparte de palomas, apenas quedaban niños y lustrabotas. La verdad es que yo estaba tan cansado como inquieto. Recordando que el sueño, esquivo en la cama, suele buscarnos en lugares públicos, entré en un ínfimo cinematógrafo, donde pasaban una película sueca, más bien alemana, que bajo la carnada de magníficas fotografías y tedio, resultó una formidable exhortación a la lujuria. Al salir de allí no hice más que cruzar la calle, para meterme en un barcito. Mientras bebía el marraschino, mordiendo trozos de un queso notable por lo pungente, se apersonaron al mostrador dos damiselas, lujosamente ataviadas con terciopelo, borravino y azul, anudado y levantado como telón de teatro, debajo de la cintura, por la parte trasera, y entablaron palique con el barman, sonriéndole como tamañas gatas. Cuando partieron lo felicité; respondió:
—Señor, lo que es mío, es suyo.
Sonó hueca mi risotada, no me atreví a pedir aclaración, me retiré al hotel. Ni bien entré me pasaron al comedor, donde di pronta cuenta del menú. Arrastrándome como pude subí, por ascensor, al quinto piso. No daban las diez en el reloj de la catedral cuando, en la enormidad de mi cama camera, me volteó el sueño.
A las doce y minutos me despertaron voces en el cuarto contiguo. Distinguí dos voces, una femenina y otra masculina: desde el principio escuché únicamente la femenina, que era muy suave. Imaginé a una mujer delicada y morena; una peruana, quizá. Las mujeres que prefiero corresponden a otro tipo, pero ésta me gustaba. Algunos me reputarán tonto, por hablar así de una mujer que yo no veía. Lo cierto es que me la representaba perfectamente. ¿De qué hablaban? No sé, ni me interesa. Tampoco sé por qué no me dormía; estaba alerta, como si esperara algo.
Ay, a la una empezó. Mis primeras reacciones fueron inquietud, desazón, voluntad de huir. De veras no quería estar presente, pues me jacto de no tener por costumbre el husmear al vecino. ¿Lo creerán ustedes? Me bajó pudor, como si al verme en la coyuntura me avergonzara de mí mismo. Salté de la cama, para dar nudillos en la pared, acaso por respeto al pudor universal, acaso por el maligno deleite de interrumpirlos. Iba a gritarles: «¡Piedad! ¡Un momento! ¡Ya me voy!», cuando recordé que no tenía dónde ir, porque el hotel estaba repleto. Recordé también la vulgaridad de nuestros contemporáneos y comprendí que me exponía a quién sabe qué improperios.
Había que olvidar a la pareja, so pena de caer en el insomnio, lo que era intolerable: la noche y el día anteriores fueron duros; el programa del día siguiente, que empezaba a las ocho de la mañana y abarcaba Colonia Suiza, no debía tomarse a la ligera. Yo estaba exhausto. Resolví, cuerdamente, regresar al lecho, no sin antes aplicar, una última vez, la oreja. La suavísima peruana se había vuelto más ronca; en una interminable frase, que no tenía pausas y que era un suspiro, repetía: «Te juro te juro te juro te juro». Con una mueca sardónica, murmuré: «Nunca juramento tan sentido será olvidado tan pronto». El temor de que me oyeran me paralizó. ¿Había hablado en voz alta? Por un instante, en el cuarto de al lado, hubo silencio. Afirmaría que lo hubo, pero luego el jaleo continuó, a más y mejor.
Ahora anotaré una circunstancia curiosa: la peruana gritaba, suspiraba, respiraba, resoplaba —sí, resoplaba, como la foca en el estanque del zoológico— y a ella brindaba yo mi benevolencia, jamás a su discreto compañero, que sólo de tarde en tarde se manifestaba, entonces repugnantemente, como un gordo imbécil y moribundo, que agonizara babeando.
La situación abundaba, quién lo duda, en ribetes aptos para turbar a un hombre profundamente humano. Cuando me ponía festivo, menos mal: proyectaba al punto, con carcajada insensata, la broma de correr por debajo de la puerta una tarjeta de visita, donde no sólo figura mi nombre y apellido, sino mi jerarquía en la fábrica, con el mensaje: «Señor, si se fatiga ¿me la pasa?». Lo grave era cuando me irritaba. Si ustedes imaginaran el cariz de mi cólera, se asustarían. En mi furor, con sombrío júbilo, auguraba el fulmíneo triunfo del comunismo, tildaba de canalla al vecino y quería arrebatarle la mujer. Tragándome la rabia, musité: «Yo también tengo a la Gorda», lo que no era igual y en aquel instante resultaba tan lejano que se volvía materia de conjetura. Luego, conmovido, me comparaba con la pobre Pelusa —un libro para niños que la Gorda me propinó, más o menos de contrabando—, me comparaba con la pobre Pelusa, cuando llega junto a los altos muros del palacio, para ella de transparente cristal, contempla el festín, clama y no la oyen. No pude aguantar, corrí a la cama, me cubrí con las cobijas, que resultaron excesivas.
El esfuerzo para no asfixiarme y el calor en tal grado me congestionaron que al mirarme en el espejo, cuando encendí la luz, temí haber contraído la rubéola o el sarampión, hipótesis que, felizmente, no se cumplió.
Fuera de las mantas respiraba con libertad, pero en compensación oía a la pareja. ¿Qué murmuraba ahora la peruana? Suspiraba en voz ronquísima: «Me muero me muero me muero me muero». Casi le grito: «Ojalá y de una vez, por favor». Busqué refugio en El diablo cojuelo; seguía oyendo. Busqué refugio en el sueño; apagué la luz, cerré los ojos, traté de abstraerme; seguía oyendo. En el preciso momento en que, por lo bajo, les echaba en cara a los vecinos mi insomnio, comprobé que ellos, como lo proclamaban sus ronquidos alternados, por fin dormían. Con repugnancia comenté: «Deben de ser animales marcadamente fisiológicos», para en seguida agregar: «¡Cerdos!».
Lejos de aliviarme, la casi perfecta calma que se estableció en el cuarto de al lado me exasperaba. ¿Por qué negarlo? Ahora echaba de menos aquel rumor, tan matizado y sugestivo. Me hallé desvelado y extrañamente solo. Pensé en la Gorda; loco de mí, pensé en la vecina. Cavilé. Volví a odiar al hombre, con su reposo actual me ofendía aún más que antes.
Quise romper mi pasividad. «Si voy a actuar», me dije, «actuaré con provecho». Trabajé, pues, un plan, para despachar abajo al hombre y visitar, en el ínterin, a la mujer. No era posible eliminar totalmente el peligro de un escándalo, más o menos incómodo; pero la presa bien valía el riesgo.
Cuando yo montaba los últimos pormenores de mi plan, sonó en el otro cuarto la imperiosa campanilla de un despertador. Vi, en mi reloj, que eran las siete y media. A continuación, hubo el habitual trajín de gente que se levanta. Con presencia de espíritu, yo me levanté paralelamente, sin perderles pisada, porque tenía un propósito que no dejaría de cumplir. No era un plan delirante, como el de la noche; era un propósito humilde, como correspondía a la sensata luz diurna. Me apresuré, saqué ventaja a los vecinos, me planté en la puerta del cuarto. Lo reconozco: el plan se había reducido de modo absurdo; ahora consistía en ocupar, con la prelación conveniente, un punto de mira. Mi ambición era modesta, mi voluntad, tremenda. Yo vería a la peruana. Nadie se mofe: sólo quien poco espera contempla lo increíble. Eso, innegablemente, es lo que me ocurrió a mí.
Yo aguardaba, como dije, en mi posición estratégica. Oí los pasos; ya venían, en precipitado tropel por el corredorcito interno, que va del dormitorio a la puerta de salida. Se abrió la puerta. ¿Qué vieron mis ojos maravillados? Un anciano diminuto, flaco y gris, imberbe de puro viejo, que representaba mil años y estaba completamente solo.
—¿Puedo hacer la pieza? —preguntó inopinadamente uno de esos criados que merodean, cepillo en ristre, por los corredores de todo hotel.
—Cómo no —contestó el vejete, lo más garifo, y creí discernir, en sus ojillos chispeantes, que por un segundo me miraron, un dejo de burla.
En cuanto el viejo se alejó, articulé:
—Permiso ¿puedo pasar?
Con el pretexto de averiguar cuánto tardaría el lavadero en devolverme una camisa imaginaria, me colé en la habitación. Mientras departía con el criado, lo examiné todo. Allí no había peruanas.
Sonó, en mi cuarto, la campanilla del teléfono. Lo atendí. Me dijeron que un señor me esperaba. «¿A estas horas?», pregunté airadamente. Con desesperación recordé al charlatán de los lotes en Colonia Suiza. Hubiera querido que me tragara o, mejor, que lo tragara la tierra. Hubiera querido ser mago y hacerle creer que lo acompañaba y mandarlo solo a ver sus lotes. Partí a mi suerte.
Al entregar la llave, pregunté:
—¿Cómo se llama el señor de la habitación contigua a la mía? Consultaron libros y respondieron:
—Merlín.
El nombre me suena, pero ni antes ni después de esa mañana vi al sujeto.
Bioy Casares
(Don Quijote, II, 22)
Para alcanzar la muerte no hay vehículo tan veloz como la costumbre, la dulce costumbre. En cambio, si usted quiere vida y recuerdos, viaje. Eso sí, viaje solo. Demasiado confiado juzgo a quien sale con su familia, en pos de la aventura. Dentro del territorio de la República (estamos de acuerdo) todo se da; pero si puede vaya por el agua, a otro país. Imíteme quien se anime; como yo, bese anteayer a la Gorda, a los chicos y con el pretexto de que la compañía lo manda, parta al infinito azul...
En cuanto subí al barco de la carrera divisé a una corista, señorita Zucotti, que en años de juventud inflamó mi esperanza. Aunque ahora es menos linda —calculo que se le alargó una cuarta la cara— me prometí el festín de esa misma noche visitarla en su cabina particular. Como para coristas fue el viaje. El río estaba bravo, la píldora contra el mareo no se asentaba en la boca del estómago; más de una vez gemí por no hallarme en tierra firme y, ya que me hamacaba, ¿por qué no en brazos de la corista o de la Gorda?l Procuré leer. Entre mis petates encontré, amén de la falta de revistas, El diablo cojuelo. ¡Las tretas a que recurre la pobre Gorda, en el afán de educarme! No tardé una línea en comprender que con esa joya de la literatura nunca olvidaría la famosa polca que bailaban río y barco. Cuando por fin me levanté —ignoro si en toda la noche habré cerrado alguna vez el ojo, para parpadear— me reanimé con café con leche tibio y con una gruesa de medialunas de la víspera. Sobre piernas flojas bajé a tierra uruguaya.
Juraría que al chofer del taxi le ordené: «Al hotel Cervantes». Cuántas veces, por la ventana del baño, que da a los fondos, con pena en el alma habré contemplado, a la madrugada, un árbol solitario, un pino, que se levanta en la manzana del hotel. Miren si lo conoceré; pero el terco del conductor me dejó frente al hotel La Alhambra. Le agradecí el error, porque me agradan los cuartos de La Alhambra, amplios, con ese lujo de otro tiempo; diríase que en ellos puede ocurrir una aventura mágica. Me apresuro a declarar que no creo en magos, con o sin bonete, pero sí en la magia del mundo. La encontramos a cada paso: al abrir una puerta o en medio de la noche, cuando salimos de un sueño para entrar, despiertos, en otro. Sin embargo, como la vida fluye y no quiero morir sin entrever lo sobrenatural, concurro a lugares propicios y viajo. ¡En el viaje sucede todo! Animosamente, pues, me dirigí al señor de la recepción, que me dijo:
—Lo lamento, pero con el Congreso de Fabricantes de Marionetas para Ventrílocuos, Titiriteros y Afines no me queda una triste habitación.
No hubo más remedio que cruzar la plaza, con mi valijita, y tratarse a cuerpo de rey en el Nogaró, donde, no sin cabildeos y la mejor voluntad, porque alojaban la troupe completa del Berliner Ballet, me consignaron a un cuarto de matrimonio. En el quinto piso, yendo por el corredor hacia la izquierda, mi cuarto era el último; es decir que yo tenía, a la derecha, otra habitación, y a la izquierda, la pared medianera y el vacío. Pedí los diarios. A medida que los ojeaba, dejaba caer las páginas al suelo. Por la ventana veía la plaza, la estatua, la gente, las palomas. De pronto me acongojé. ¿Por el trajinar de allá abajo, símbolo del afán inútil? ¿Por el desorden de papel de diario, disperso por mi habitación? ¿Por el frío en los pies y en los hombros? ¿Por el cansancio de la noche en vela? Reaccionemos, me dije, y sin averiguar el origen de la congoja salí del hotel, me encontré en la plaza, a las nueve de la mañana, demasiado temprano para presentarme en las oficinas de la compañía, rama uruguaya. Vagué por las calles de la Ciudad Vieja, pensando que no almorzaría tarde, que a las doce en punto haría mi entrada en el Stradella. A todo eso iba del lado de la sombra y volví a enfriarme; cambié de vereda, justamente a la altura de una negra apostada en un zaguán de azulejos verdes; como yo valoro mi salud y soy tímido, pasé de largo. A las diez visité la compañía. Me agasajaron como saben hacerlo, hasta que el jefe de Relaciones Públicas me despidió, a las diez y trece. Permitió mi buena estrella que en plena puerta giratoria me presentaran a un caballero, un charlatán que vende solares, con quien entretuve, por así decir, veinte minutos en un café de la pasiva; lo embrollé astutamente y convinimos en que a la otra mañana, a las ocho en punto, iría a recogerme al hotel, para llevarme en automóvil a examinar el santo día solares en Colonia Suiza. Antes de las once me hallé de nuevo en la calle, más muerto que vivo.
Mirando cómo evolucionaban las palomas y unas mujerzuelas que usted confundía con mendigas, me repuse un poco en un banco, al sol, en la plaza Matriz. En el Stradella articulé un menú a base de ají, pimienta, otros picantes y mostaza, mucha carne, mariscos, vino tinto y café. Comí como lobo. Porque era temprano me despacharon pronto y a las doce y media yo disponía de todo el día por delante. Para bajar mi alimentación bebí más café en el bar del Nogaró. Allí contemplé por primera y última vez en mi vida a dos altas muchachas del Berliner Ballet: una con cara de gato, ligeramente vulgar y muy hermosa; la otra, rubia, fina, una sílfide, con nariz grande y derecha, con senos pequeños y derechos.
Aunque me derrumbaba el sueño, no subí a dormir la siesta, porque el recuerdo de las muchachas era demasiado vivido. En el hall, donde permanecí en asiento de gamuza una hora larga, tuve ocasión de contemplar a buen número de brasileros, los más niños y ancianos, con el agregado de tres o cuatro señoritas con todo lo necesario para encabritar al prójimo. Una de ellas, casada con seguridad, mirando en mi dirección, propuso:
—¿Vamos a dormir la siesta?
Me pregunté si yo soñaba —lo que era bastante probable, porque el cansancio me aplastaba el cráneo— cuando se incorporó un hombrote, surgido de un sillón, a mis espaldas.
Yo también hubiera subido a acostarme, pero en mi tesitura, reflexioné, más valía cansar el animal. Me saqué a tomar aire por esas calles de Dios, las mismas que recorrí a la mañana. Por pura curiosidad quise rever el zaguán de los azulejos. No lo encontré al principio y cuando, al fin, di con él, faltaba la eva de ébano, joven y bien modelada, que al pasar yo, horas antes, masculló su palabra: no lo digo por vanagloria. Me encaminé a la plaza Matriz; aparte de palomas, apenas quedaban niños y lustrabotas. La verdad es que yo estaba tan cansado como inquieto. Recordando que el sueño, esquivo en la cama, suele buscarnos en lugares públicos, entré en un ínfimo cinematógrafo, donde pasaban una película sueca, más bien alemana, que bajo la carnada de magníficas fotografías y tedio, resultó una formidable exhortación a la lujuria. Al salir de allí no hice más que cruzar la calle, para meterme en un barcito. Mientras bebía el marraschino, mordiendo trozos de un queso notable por lo pungente, se apersonaron al mostrador dos damiselas, lujosamente ataviadas con terciopelo, borravino y azul, anudado y levantado como telón de teatro, debajo de la cintura, por la parte trasera, y entablaron palique con el barman, sonriéndole como tamañas gatas. Cuando partieron lo felicité; respondió:
—Señor, lo que es mío, es suyo.
Sonó hueca mi risotada, no me atreví a pedir aclaración, me retiré al hotel. Ni bien entré me pasaron al comedor, donde di pronta cuenta del menú. Arrastrándome como pude subí, por ascensor, al quinto piso. No daban las diez en el reloj de la catedral cuando, en la enormidad de mi cama camera, me volteó el sueño.
A las doce y minutos me despertaron voces en el cuarto contiguo. Distinguí dos voces, una femenina y otra masculina: desde el principio escuché únicamente la femenina, que era muy suave. Imaginé a una mujer delicada y morena; una peruana, quizá. Las mujeres que prefiero corresponden a otro tipo, pero ésta me gustaba. Algunos me reputarán tonto, por hablar así de una mujer que yo no veía. Lo cierto es que me la representaba perfectamente. ¿De qué hablaban? No sé, ni me interesa. Tampoco sé por qué no me dormía; estaba alerta, como si esperara algo.
Ay, a la una empezó. Mis primeras reacciones fueron inquietud, desazón, voluntad de huir. De veras no quería estar presente, pues me jacto de no tener por costumbre el husmear al vecino. ¿Lo creerán ustedes? Me bajó pudor, como si al verme en la coyuntura me avergonzara de mí mismo. Salté de la cama, para dar nudillos en la pared, acaso por respeto al pudor universal, acaso por el maligno deleite de interrumpirlos. Iba a gritarles: «¡Piedad! ¡Un momento! ¡Ya me voy!», cuando recordé que no tenía dónde ir, porque el hotel estaba repleto. Recordé también la vulgaridad de nuestros contemporáneos y comprendí que me exponía a quién sabe qué improperios.
Había que olvidar a la pareja, so pena de caer en el insomnio, lo que era intolerable: la noche y el día anteriores fueron duros; el programa del día siguiente, que empezaba a las ocho de la mañana y abarcaba Colonia Suiza, no debía tomarse a la ligera. Yo estaba exhausto. Resolví, cuerdamente, regresar al lecho, no sin antes aplicar, una última vez, la oreja. La suavísima peruana se había vuelto más ronca; en una interminable frase, que no tenía pausas y que era un suspiro, repetía: «Te juro te juro te juro te juro». Con una mueca sardónica, murmuré: «Nunca juramento tan sentido será olvidado tan pronto». El temor de que me oyeran me paralizó. ¿Había hablado en voz alta? Por un instante, en el cuarto de al lado, hubo silencio. Afirmaría que lo hubo, pero luego el jaleo continuó, a más y mejor.
Ahora anotaré una circunstancia curiosa: la peruana gritaba, suspiraba, respiraba, resoplaba —sí, resoplaba, como la foca en el estanque del zoológico— y a ella brindaba yo mi benevolencia, jamás a su discreto compañero, que sólo de tarde en tarde se manifestaba, entonces repugnantemente, como un gordo imbécil y moribundo, que agonizara babeando.
La situación abundaba, quién lo duda, en ribetes aptos para turbar a un hombre profundamente humano. Cuando me ponía festivo, menos mal: proyectaba al punto, con carcajada insensata, la broma de correr por debajo de la puerta una tarjeta de visita, donde no sólo figura mi nombre y apellido, sino mi jerarquía en la fábrica, con el mensaje: «Señor, si se fatiga ¿me la pasa?». Lo grave era cuando me irritaba. Si ustedes imaginaran el cariz de mi cólera, se asustarían. En mi furor, con sombrío júbilo, auguraba el fulmíneo triunfo del comunismo, tildaba de canalla al vecino y quería arrebatarle la mujer. Tragándome la rabia, musité: «Yo también tengo a la Gorda», lo que no era igual y en aquel instante resultaba tan lejano que se volvía materia de conjetura. Luego, conmovido, me comparaba con la pobre Pelusa —un libro para niños que la Gorda me propinó, más o menos de contrabando—, me comparaba con la pobre Pelusa, cuando llega junto a los altos muros del palacio, para ella de transparente cristal, contempla el festín, clama y no la oyen. No pude aguantar, corrí a la cama, me cubrí con las cobijas, que resultaron excesivas.
El esfuerzo para no asfixiarme y el calor en tal grado me congestionaron que al mirarme en el espejo, cuando encendí la luz, temí haber contraído la rubéola o el sarampión, hipótesis que, felizmente, no se cumplió.
Fuera de las mantas respiraba con libertad, pero en compensación oía a la pareja. ¿Qué murmuraba ahora la peruana? Suspiraba en voz ronquísima: «Me muero me muero me muero me muero». Casi le grito: «Ojalá y de una vez, por favor». Busqué refugio en El diablo cojuelo; seguía oyendo. Busqué refugio en el sueño; apagué la luz, cerré los ojos, traté de abstraerme; seguía oyendo. En el preciso momento en que, por lo bajo, les echaba en cara a los vecinos mi insomnio, comprobé que ellos, como lo proclamaban sus ronquidos alternados, por fin dormían. Con repugnancia comenté: «Deben de ser animales marcadamente fisiológicos», para en seguida agregar: «¡Cerdos!».
Lejos de aliviarme, la casi perfecta calma que se estableció en el cuarto de al lado me exasperaba. ¿Por qué negarlo? Ahora echaba de menos aquel rumor, tan matizado y sugestivo. Me hallé desvelado y extrañamente solo. Pensé en la Gorda; loco de mí, pensé en la vecina. Cavilé. Volví a odiar al hombre, con su reposo actual me ofendía aún más que antes.
Quise romper mi pasividad. «Si voy a actuar», me dije, «actuaré con provecho». Trabajé, pues, un plan, para despachar abajo al hombre y visitar, en el ínterin, a la mujer. No era posible eliminar totalmente el peligro de un escándalo, más o menos incómodo; pero la presa bien valía el riesgo.
Cuando yo montaba los últimos pormenores de mi plan, sonó en el otro cuarto la imperiosa campanilla de un despertador. Vi, en mi reloj, que eran las siete y media. A continuación, hubo el habitual trajín de gente que se levanta. Con presencia de espíritu, yo me levanté paralelamente, sin perderles pisada, porque tenía un propósito que no dejaría de cumplir. No era un plan delirante, como el de la noche; era un propósito humilde, como correspondía a la sensata luz diurna. Me apresuré, saqué ventaja a los vecinos, me planté en la puerta del cuarto. Lo reconozco: el plan se había reducido de modo absurdo; ahora consistía en ocupar, con la prelación conveniente, un punto de mira. Mi ambición era modesta, mi voluntad, tremenda. Yo vería a la peruana. Nadie se mofe: sólo quien poco espera contempla lo increíble. Eso, innegablemente, es lo que me ocurrió a mí.
Yo aguardaba, como dije, en mi posición estratégica. Oí los pasos; ya venían, en precipitado tropel por el corredorcito interno, que va del dormitorio a la puerta de salida. Se abrió la puerta. ¿Qué vieron mis ojos maravillados? Un anciano diminuto, flaco y gris, imberbe de puro viejo, que representaba mil años y estaba completamente solo.
—¿Puedo hacer la pieza? —preguntó inopinadamente uno de esos criados que merodean, cepillo en ristre, por los corredores de todo hotel.
—Cómo no —contestó el vejete, lo más garifo, y creí discernir, en sus ojillos chispeantes, que por un segundo me miraron, un dejo de burla.
En cuanto el viejo se alejó, articulé:
—Permiso ¿puedo pasar?
Con el pretexto de averiguar cuánto tardaría el lavadero en devolverme una camisa imaginaria, me colé en la habitación. Mientras departía con el criado, lo examiné todo. Allí no había peruanas.
Sonó, en mi cuarto, la campanilla del teléfono. Lo atendí. Me dijeron que un señor me esperaba. «¿A estas horas?», pregunté airadamente. Con desesperación recordé al charlatán de los lotes en Colonia Suiza. Hubiera querido que me tragara o, mejor, que lo tragara la tierra. Hubiera querido ser mago y hacerle creer que lo acompañaba y mandarlo solo a ver sus lotes. Partí a mi suerte.
Al entregar la llave, pregunté:
—¿Cómo se llama el señor de la habitación contigua a la mía? Consultaron libros y respondieron:
—Merlín.
El nombre me suena, pero ni antes ni después de esa mañana vi al sujeto.
Bioy Casares
jueves, 23 de junio de 2011
É a noite de San Xoán
É a nuite de San Xoán; -Ide rapaces
de todo mal capaces;
collede herba ferrenta,
collede brizos, menta,
e sarxa rabuxenta;
collede sabugueiro,
e follas de loureiro;
e collede sambuco,
tamén herba do cuco;
collede herba gateira,
aurego, herba cabreira,
con herba dos eremos;
Collede herba dos demos...
collede herba do inverno,
Collede, se podés, herba do inferno...
E facede con todo unha fogueira,
No medio da lareira:
E decide: - Ide bruxas,
e agoreiras curuxas;
Ide, casta embustera,
Que se casa e se marcha con calquera;
Ide, rapaza insidiosa,
sulfida e veleidosa,
de extraña condición,
que sempre di que non;
ide, falsas bellezas,
que trastornás dos tontos as cabezas;
abortos do profundo,
capaces todas de perder o mundo.
P.D. Esto decía un vello aleixoado,
no combate de amor experimentado.
Eduardo Pondal
miércoles, 22 de junio de 2011
Cuesta abajo
A la feria caminaban los dos: él, llevando de la cuerda a la pareja de bueyes rojos; ella, guiando con una varita de vimio, larga y flexible, a cinco rosados lechones. No se conocían: viéronse por primera vez cuando, al detenerse él a resollar y echar una copa en la taberna de la cima de la cuesta, ella le alcanzó y se paró a mirarle.
Y si decimos la verdad pura, a quien la zagala miraba no era al zagal, sino al ganado. ¡Vaya un par de bueyes, San Antón los bendiga! A la claridad del sol, que comenzaba a subir por los cielos, el pelaje rubio de los pacíficos animales relucía como el cobre bruñido de la calderilla nueva; de tan gordos, reventaban y el sudor les humedecía el anca robusta. Fatigados por las acometidas de alguna madrugadora mosca, se azotaban los flancos, lentamente, con la cola poblada. La zagala, en un arranque de simpatía, abandonó a sus gorrinos, se llegó a uno de los castaños que sombreaban la carretera, sacó del seno la navajilla y cortó una rama, con la cual azotó los morros de los bueyes mosqueados. El zagal, entre tanto, corría tras un lechón que acababa de huir, asustado por los ladridos del mastín de la taberna.
-¿D'ónde eres? -preguntó él, así que logró antecoger al marranito.
Antes que el nombre, en la aldea se inquiere la parroquia; luego, los padres.
-De Santa Gueda de Marbían. ¿Y tú?
-De Las Morlas.
-¿Cara a Areal?
-Sí, mujer. Soy el hijo del tío Santiago, el cohetero.
-Yo soy nieta de la tía Margarida de Leite.
-¡Por muchos años! -exclamó el zagal, lleno de cortesía rústica.
-¿Cómo te llamas, rapaza?
-Margaridiña.
-Yo, Esteban. Vas a la feria, mujer? -añadió, aunque comprendía que la pregunta estaba de más.
-Por sabido. A vender esta pobreza. Tú sí que llevas cosa guapa, rapaz. ¡Dos bueis! Dios los libre de la mala envidia, amén.
El zagal, lisonjeado, acarició el testuz de los animales, murmurando enfáticamente:
-Mil y trescientas pesetas han de arrear por ellos los del barco inglés, y si no... pie ante pie tornan a casa. ¡Los bueyes del cohetero de Las Morlas!... ¡No se pasean otros mejores mozos por toda la Mariña!
-Mira no te den un susto en el camino cuando tornes con el dinero -indicó, solícita, Margarida-. Hay hombres muy pillos. Andan voces de una gavilla. Yo tornaré temprano, antes que se meta la noche. ¡La Virgen nos valga!
Esteban contempló un instante a la miedosa. Era una rapaza fornida, morena, como el pan de centeno; entre el tono melado de la tez resplandecían los dientes, semejantes a las blancas guijas pulidas y cristalinas que el mar arroja a la playa; los ojos, negros y dulces, maliciosos, reían siempre.
-Ende tornando yo contigo, asosiégate -exclamó Esteban, fanfarroneando-. Tengo mi buena navaja y mi buen revólver de seis tiros. Vengan dos, vengan cuatro ladrones, vengan, aunque sea un ciento. ¡Soy hombre para ellos! ¡Conmigo no pueden!
A su vez, la mocita miró al paladín. Esteban tenía el sombrero echado atrás, las manos, a lo jaque, en la faja, y un pitillo, acabado de encender, caído desgarbadamente sobre la comisura de los labios, bermejos como guindas. Su rostro fino, adamado, sin pelo de barba, contrastaba con sus alardes de valentón. La zagala acentuó la alegría de sus ojos; el zagal se puso colorado, y para disimular la timidez, dio al cigarro una feroz chupada.
Después se encogió de hombros. ¿Qué hacían parados allí? Cruzaba mucha gente en dirección a la feria. Las mejores ventas se realizan temprano... ¡Hala! Y ella antecogió sus marranos, y él atirantó la cuerda y dio aguijada a sus bueyes. Ya no pensó ninguno de los dos en bobería ninguna, sino en su mercado, en su negocio. ¡Hala, hala!
Al revolver de la carretera, festoneada de olmos, descubrieron el pueblecito, tendido al borde del río -pintoresco, bañado de luz, con sus tres torres de iglesia descollando sobre el caserío arcaico, irregular-. Ningún efecto les hizo la hermosa vista. Se apresuraron, porque ya debía de estar animándose la feria. Margarida pasaba las del Purgatorio cuidando de que no se perdiesen, entre el gentío, los cinco diminutos fetiches, adorables con sus sedas blancas nacientes sobre la tersa piel color rosa. Acabó por coger a dos bajo el brazo, sin atender a sus gruñidos rabiosos, cómicos, y ya solo por tres tuvo que velar, que era bastante. Esteban, columbrando entre un grupo de labriegos y un remolino de ganado las patillas de cerro del tratante inglés, se apresuró a acercarse con su magnífica pareja de cebones para empatársela a los otros vendedores. Así se apartaron, sin ceremonias, el zagal y la zagala. Sacó él sus mil y trescientas y cuarenta pesetas y las ocultó en la faja;
guardó ella entre la camisa de estopa y el ajustador de caña unos duros, producto de la venta de los lechones; fue él convidado al figón por el inglesote de azules ojos y patillas casi blancas; devoró ella, sentada en el parapeto del puente, dos manzanas verdes y un zoquete de pantrigo añejo, y a cosa de las tres y media de la tarde -cuando el sol empezaba a declinar en aquella estación de otoño-, volvieron a encontrarse en el camino, y sin decirse oste ni moste, acompasaron el paso, deseosos de regresar juntos. Margarida tenía miedo a la noche, a los borrachos que vuelven rifando y metiéndose con quien no se mete con ellos; Esteban, sin saber por qué, iba más a gusto en compañía, ahora que no necesitaba aguijar ni tirar de la cuerda. El diálogo, al fin, brotó en lacónicos chispazos.
-¿Vendiste? -dijo la moza.
-Vendí.
-¿Pagáronte a gusto?
-Pagáronme lo que pedí, alabado Dios.
-¡Qué mano de cuartos, mi madre! ¿Y los bueis? ¿Van para el barco? -Para se los comer allá en Inglaterra... ¡Bien mantenidos estarán los ingleses con esa carne rica! ¡Qué gordura, qué lomos!
-Callaron. Anochecía. Se escuchó detrás un silbido, pisadas fuertes, y la zagala, alarmada, se arrimó al zagal. La alarma pasó pronto: eran dos chicuelos que zuequeaban y soltaban palabrotas. Esteban rodeó los hombros de Margarida con su brazo derecho, para protegerla, y siguieron andando así, sin romper el silencio. La carretera serpenteaba por la vertiente de un montecillo cubierto de pinos; a la izquierda, los esteros y los juncales inundados brillaban, reflejando en rotos trazos la faz de la luna; el camino, lejos de ser fatigoso, como a la ida, descendía suavemente. Corría un fresco de gloria, un airecillo suave, más de primavera que de otoño; y el zagal y la zagala sentían algo muy hondo, que eran absolutamente incapaces de formular con palabras. Lo único que Esteban acertó a decir fue:
-¡Qué a gusto se va cuesta abajo, Margaridiña!
-Se anda solo el camino, Esteban -respondió ella, quedito.
-¡Todos los santos ayudan! -insistió él.
-Los pies llevan de suyo -confirmó ella.
Y siguieron dejándose ir, cuesta abajo, cuesta abajo, alumbrados por la luna, que ya no se copiaba en los esteros, sino en la sábana gris de la ría.
Emilia Pardo Bazán
Y si decimos la verdad pura, a quien la zagala miraba no era al zagal, sino al ganado. ¡Vaya un par de bueyes, San Antón los bendiga! A la claridad del sol, que comenzaba a subir por los cielos, el pelaje rubio de los pacíficos animales relucía como el cobre bruñido de la calderilla nueva; de tan gordos, reventaban y el sudor les humedecía el anca robusta. Fatigados por las acometidas de alguna madrugadora mosca, se azotaban los flancos, lentamente, con la cola poblada. La zagala, en un arranque de simpatía, abandonó a sus gorrinos, se llegó a uno de los castaños que sombreaban la carretera, sacó del seno la navajilla y cortó una rama, con la cual azotó los morros de los bueyes mosqueados. El zagal, entre tanto, corría tras un lechón que acababa de huir, asustado por los ladridos del mastín de la taberna.
-¿D'ónde eres? -preguntó él, así que logró antecoger al marranito.
Antes que el nombre, en la aldea se inquiere la parroquia; luego, los padres.
-De Santa Gueda de Marbían. ¿Y tú?
-De Las Morlas.
-¿Cara a Areal?
-Sí, mujer. Soy el hijo del tío Santiago, el cohetero.
-Yo soy nieta de la tía Margarida de Leite.
-¡Por muchos años! -exclamó el zagal, lleno de cortesía rústica.
-¿Cómo te llamas, rapaza?
-Margaridiña.
-Yo, Esteban. Vas a la feria, mujer? -añadió, aunque comprendía que la pregunta estaba de más.
-Por sabido. A vender esta pobreza. Tú sí que llevas cosa guapa, rapaz. ¡Dos bueis! Dios los libre de la mala envidia, amén.
El zagal, lisonjeado, acarició el testuz de los animales, murmurando enfáticamente:
-Mil y trescientas pesetas han de arrear por ellos los del barco inglés, y si no... pie ante pie tornan a casa. ¡Los bueyes del cohetero de Las Morlas!... ¡No se pasean otros mejores mozos por toda la Mariña!
-Mira no te den un susto en el camino cuando tornes con el dinero -indicó, solícita, Margarida-. Hay hombres muy pillos. Andan voces de una gavilla. Yo tornaré temprano, antes que se meta la noche. ¡La Virgen nos valga!
Esteban contempló un instante a la miedosa. Era una rapaza fornida, morena, como el pan de centeno; entre el tono melado de la tez resplandecían los dientes, semejantes a las blancas guijas pulidas y cristalinas que el mar arroja a la playa; los ojos, negros y dulces, maliciosos, reían siempre.
-Ende tornando yo contigo, asosiégate -exclamó Esteban, fanfarroneando-. Tengo mi buena navaja y mi buen revólver de seis tiros. Vengan dos, vengan cuatro ladrones, vengan, aunque sea un ciento. ¡Soy hombre para ellos! ¡Conmigo no pueden!
A su vez, la mocita miró al paladín. Esteban tenía el sombrero echado atrás, las manos, a lo jaque, en la faja, y un pitillo, acabado de encender, caído desgarbadamente sobre la comisura de los labios, bermejos como guindas. Su rostro fino, adamado, sin pelo de barba, contrastaba con sus alardes de valentón. La zagala acentuó la alegría de sus ojos; el zagal se puso colorado, y para disimular la timidez, dio al cigarro una feroz chupada.
Después se encogió de hombros. ¿Qué hacían parados allí? Cruzaba mucha gente en dirección a la feria. Las mejores ventas se realizan temprano... ¡Hala! Y ella antecogió sus marranos, y él atirantó la cuerda y dio aguijada a sus bueyes. Ya no pensó ninguno de los dos en bobería ninguna, sino en su mercado, en su negocio. ¡Hala, hala!
Al revolver de la carretera, festoneada de olmos, descubrieron el pueblecito, tendido al borde del río -pintoresco, bañado de luz, con sus tres torres de iglesia descollando sobre el caserío arcaico, irregular-. Ningún efecto les hizo la hermosa vista. Se apresuraron, porque ya debía de estar animándose la feria. Margarida pasaba las del Purgatorio cuidando de que no se perdiesen, entre el gentío, los cinco diminutos fetiches, adorables con sus sedas blancas nacientes sobre la tersa piel color rosa. Acabó por coger a dos bajo el brazo, sin atender a sus gruñidos rabiosos, cómicos, y ya solo por tres tuvo que velar, que era bastante. Esteban, columbrando entre un grupo de labriegos y un remolino de ganado las patillas de cerro del tratante inglés, se apresuró a acercarse con su magnífica pareja de cebones para empatársela a los otros vendedores. Así se apartaron, sin ceremonias, el zagal y la zagala. Sacó él sus mil y trescientas y cuarenta pesetas y las ocultó en la faja;
guardó ella entre la camisa de estopa y el ajustador de caña unos duros, producto de la venta de los lechones; fue él convidado al figón por el inglesote de azules ojos y patillas casi blancas; devoró ella, sentada en el parapeto del puente, dos manzanas verdes y un zoquete de pantrigo añejo, y a cosa de las tres y media de la tarde -cuando el sol empezaba a declinar en aquella estación de otoño-, volvieron a encontrarse en el camino, y sin decirse oste ni moste, acompasaron el paso, deseosos de regresar juntos. Margarida tenía miedo a la noche, a los borrachos que vuelven rifando y metiéndose con quien no se mete con ellos; Esteban, sin saber por qué, iba más a gusto en compañía, ahora que no necesitaba aguijar ni tirar de la cuerda. El diálogo, al fin, brotó en lacónicos chispazos.
-¿Vendiste? -dijo la moza.
-Vendí.
-¿Pagáronte a gusto?
-Pagáronme lo que pedí, alabado Dios.
-¡Qué mano de cuartos, mi madre! ¿Y los bueis? ¿Van para el barco? -Para se los comer allá en Inglaterra... ¡Bien mantenidos estarán los ingleses con esa carne rica! ¡Qué gordura, qué lomos!
-Callaron. Anochecía. Se escuchó detrás un silbido, pisadas fuertes, y la zagala, alarmada, se arrimó al zagal. La alarma pasó pronto: eran dos chicuelos que zuequeaban y soltaban palabrotas. Esteban rodeó los hombros de Margarida con su brazo derecho, para protegerla, y siguieron andando así, sin romper el silencio. La carretera serpenteaba por la vertiente de un montecillo cubierto de pinos; a la izquierda, los esteros y los juncales inundados brillaban, reflejando en rotos trazos la faz de la luna; el camino, lejos de ser fatigoso, como a la ida, descendía suavemente. Corría un fresco de gloria, un airecillo suave, más de primavera que de otoño; y el zagal y la zagala sentían algo muy hondo, que eran absolutamente incapaces de formular con palabras. Lo único que Esteban acertó a decir fue:
-¡Qué a gusto se va cuesta abajo, Margaridiña!
-Se anda solo el camino, Esteban -respondió ella, quedito.
-¡Todos los santos ayudan! -insistió él.
-Los pies llevan de suyo -confirmó ella.
Y siguieron dejándose ir, cuesta abajo, cuesta abajo, alumbrados por la luna, que ya no se copiaba en los esteros, sino en la sábana gris de la ría.
Emilia Pardo Bazán
Castro Urdiales
Hace unos años estuve en un precioso pueblo cátabro, Castro Urdiales. Lo que en su tiempo fue una pequeña y preciosa villa marinera hoy se ha convertido en un destino turístico saturado, sobre todo en verano, y en residencia de muchos bilbainos por su proximidad con el país vasco. La demanda de vivienda ha ido acompañada de una gran especulación. Me llamó la atención la gran cantidad de inmobiliarias que había en un pueblo tan pequeño, puede que con la crisis muchos de esos negocios ya hayan cerrado. Cuando yo estuve querían construir un puerto deportivo y mucha gente se oponía al deterioro de la había por una obra que consideraban innecesaria para el pueblo. No sé en que habrá quedado la cosa.
martes, 21 de junio de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
Un invierno muy crudo
Un día, cuando yo era todavía niño, de repente creí saber por qué las cosas se enfrían de dos maneras al llegar el invierno. La gente no sólo comienza a sentir frío sino que también se inclina —precisamente porque siente frío y eso es muy doloroso— a hacer cosas malvadas o por lo menos a pensar en cosas que de otro modo no se le hubieran ocurrido.
Se me ocurrió esa idea porque, sin tener ningún motivo, rompí los vidrios de una ventana perteneciente a personas que nada tenían que ver conmigo, y que no me habían hecho nada excepto tener una hermosa ventana con muchos lindos vidrios que me sugirieron aquella mala idea.
Ese fue un descubrimiento significativo para mí, porque ahora venía a darme cuenta de que los ratones también la pasarían mucho peor que en el verano y que no estaría nada bien que siguiera disparándoles con mi rifle de aire comprimido hasta que cayeran muertos o diesen volteretas por el aire mientras chillaban. Lo pensé detenidamente, y desde ese día dejé de dispararles a los ratones: me limité a observarlos en silencio cuando les robaban su comida a las gallinas bajo sus propias narices.
Así que para no sufrir tanto con mi recién descubierta compasión, opté por salir a caminar más a menudo. Cada vez hacía más frío y pronto comenzaría a nevar. Se podía oler en el aire. Yo miraba insistentemente el cielo porque pensaba: "Una vez que comience a nevar, no vas a verlo por un buen tiempo".
Teníamos un vecino que solía dar largas caminatas por el malecón, y de quien se decía que estaba loco porque, aunque era un hombre de edad e iba siempre impecablemente vestido, sentía un placer infantil en verter agua de una jarrita de latón dentro de las cuevas de tos ratones, y esperar hasta que los pobres animales emergieran, exactamente como hacíamos nosotros cuando éramos más chicos.
Me crucé con él en el malecón y lo vi vertiendo agua en los agujeros de los ratones y revolviendo con una gruesa vara. Y también vi cómo un ratoncito se escapaba y él lo perseguía, su abrigo azul enredándose en sus rodillas. Porque no podía correr y golpear al mismo tiempo, o por lo menos no podía golpear bien, finalmente descargó su ira sobre el ratón aplastándolo con su zapato. Corrí hacia él y le pregunté por qué hacía eso.
—Bueno —contestó, tomando por la cola al ratón y sacándolo del hueco en el cual lo había semienterrado su pisotón, para sacudirlo ante mi nariz—, sabes muy bien que está comenzando a hacer mucho frío y no puede hacerse cuando la tierra se endurece.
En realidad no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a nevar. Lentamente, cayeron copos blancos y esponjosos. Además el aire se había entibiado un poquito. Mi padre me había explicado por qué pasa eso cuando nieva, y me di cuenta, con bastante pena, de que la nieve no quedaría adherida al suelo sino que iría derritiéndose a medida que caía. Todavía se veían las puntas de las hojas de hierba y el duro césped de invierno. Y aún podía verse el sol, pálido y redondo detrás de las nubes de nieve.
Dejé al viejo cazador de ratones, a quien, en mi actual estado de bondad, despreciaba profundamente, y durante un largo momento escuché los chillidos de los animalitos antes de que él los llamara a silencio.
Durante los días siguientes nevó sin parar. Lentamente, la nieve comenzaba a acumularse, y cuando nuevamente la guerra puso fin a las clases, nuestra ocupación principal fue la construcción de muñecos de nieve. Nuestra profesora de inglés, la señorita Kiekat, que era una muchacha de rostro delgado, nos había hablado de un inglés gordo y sinvergüenza que se llamaba Falstaff. Durante mucho tiempo todos nuestros muñecos de nieve se parecieron a Falstaff. En vez de botones llevaban zanahorias por nariz, y en vez de botas altas hasta la rodilla y con vueltas, les poníamos alpargatas raídas, pero aparte de eso tenían un aspecto muy digno. También les pusimos sombreros de copa. Ellos se pasaban todo el tiempo tratando de quitárselos, para lo cual alzaban sus gordos brazos hasta la altura de sus cabezas, y siempre teníamos que darles unos gritos para que se los dejasen puestos. Pero ellos se enojaban porque los obligábamos y arrugaban sus narices de zanahoria en procura de una solución. A la mañana siguiente, cuando íbamos a verlos, los sombreros de copa estaban en el suelo, pero como bien podía ser por causa del viento, dejábamos a los gordos en paz, y nos limitábamos a colocarles nuevamente los sombreros en la cabeza. Pero de cualquier manera nos enfadábamos.
En rigor de verdad, durante esos días hubo algo parecido a un estallido general de rabia, que no veíamos pero que igual estaba allí y que empezaba a gritar si no estábamos preparados para ello. Por ejemplo, los muchachos peleábamos por los muñecos de nieve o porque nuestros trineos chocaban y cada uno de nosotros acusaba a los demás de estropearle la pintura. Como si eso no fuera lo suficientemente malo, había bronca cuando llegábamos a casa con los zapatos mojados y arruinados, porque los zapatos eran caros y ya era bastante pecado desperdiciar sombreros de copa en los muñecos de nieve. Pero esto último en realidad era menos serio porque de todas maneras nadie usaba sombreros de copa, y estaban abandonados en lo alto de los guardarropas.
Sucedieron cosas mucho peores que las que nosotros hicimos. No muy lejos de nosotros se hundió un gran barco; se había topado con una mina, y ahora todo el mundo esperaba que el agua llevase hasta el malecón todas las cosas buenas que sin duda habría a bordo del barco, ya que el agua siempre hace eso. Pero esta vez no lo hizo o al menos no inmediatamente: primero trajo marineros muertos, y toda la gente que esperaba las cosas lindas se vio obligada, en homenaje a la decencia, a enterrar primero a los muertos. Mi padre también tuvo que hacerlo y ello lo deprimió muchísimo porque los marineros no eran más que muchachitos, no mucho mayores que nosotros mismos. Y como no sabía qué hacer para quitarse la depresión, a veces se enojaba conmigo y mientras tanto no podíamos disfrutar de la nieve como habíamos estado haciéndolo.
Sin embargo, al final las cosas buenas del barco fueron llegando al muelle: latas de cigarrillos y tabaco, plátanos, naranjas, limones y licores, y también mucha madera perteneciente al barco. La gente juntaba todo, pero aparte de los cigarrillos, el tabaco, las bebidas y la madera, casi todo lo demás estaba echado a perder. El hecho de que los licores no se hubiesen descompuesto resultó fatídico al fin de cuentas, porque ahora todos bebían para ahogar su desilusión, y entonces se originaban discusiones y pendencias, y casi se puede decir que tuvimos un brote de violencia, que sin la ayuda de los licores no hubiese llegado sino con la primavera, de acuerdo con mi teoría de que el frío paraliza a la maldad en movimiento.
Por supuesto, nosotros también lo experimentábamos: como castigo se había reabierto la escuela, ya que no podíamos mantenernos apartados de los marineros muertos; lo único capaz de sacarnos de allí fue la escuela, aunque aún no hubiese carbón para las estufas. Pero decidieron usar para la calefacción la madera que fue llevada por el mar. Y cuando salíamos de la escuela, solíamos encontrarnos con más problemas todavía en casa. Mi padre no era una excepción notable a esta regla, como por lo general solía serlo; ahora muchas veces era malo conmigo, de la misma manera que yo había sido malo con otros chicos cuando tenía la cabeza cargada de problemas. Papá no sabía por dónde comenzar el trabajo.
Los maridos de mis cuatro tías estaban en el ejército, y todas ellas tenían grandes jardines que no podían cuidar, o no querían a causa del frío. En ellos crecía la coliflor y la col y otros vegetales tardíos que necesitan una buena dosis de escarcha para saber bien. A papá le tocaba cosecharlas a todas, y era un trabajo bastante duro para él. Se sentía más inclinado a leer libros todo el tiempo que durase la lámpara, pero ahora esos jardines lo mantenían apartado de sus libros. La consecuencia de ello era que yo debía realizar mis tareas mucho más cuidadosamente que nunca porque, si llegaba a descubrir un error, me hacía reescribir toda la lección dos veces, y eso no me gustaba nada. En suma, me cansé de conservarme fiel a mi propio código de buen comportamiento, aunque había resuelto firmemente hacerlo.
Por otra parte, y ante nuestra gran sorpresa, había comenzado el deshielo. Y ello era particularmente cruel porque la nieve caía muy rara vez cerca de nosotros. Podíamos contar con los dedos de una mano la cantidad de días en que la nieve permanecería con nosotros, lo cual resultaba aproximadamente hasta Navidad. Todo el mundo espera la Navidad, excepto los conejos que tienen que proporcionar la cena navideña. Pero según nosotros, una Navidad sin nieve no valía la pena, y todos deseábamos que no se terminase la racha nivosa. Pero terminó, y el deshielo se aceleraba día a día. El día anterior a la Nochebuena se hizo evidente que no tendríamos nieve en Navidad.
A mediodía de este día el sol brillaba hermoso y cálido y todo se derretía, de modo que me puse a hacer bolas con toda la nieve que pude juntar. No la había en cantidad suficiente para un muñeco. Compacté fuertemente la nieve con las manos y también contra la rodilla, de manera que quedasen más duras, y las sumergí en el agua del deshielo, así quedaron convertidas en una suerte de bolas de hielo, que podían lastimar mucho si le acertaban a alguien. Nos pasamos la tarde bombardeándonos unos a otros con ellas, hasta que apenas podíamos mover los brazos de cansancio.
Finalmente me quedó una sola bola de nieve, y la sostuve en la mano mientras mi padre regresaba de los jardines de mis tías con un gran cargamento de coliflores en la espalda; deseaba llegar a la lomada descendente que unía el camino con nuestro patio, apresurándose para aprovechar el resto de luz diurna que le quedaba a fin de matar los conejos para nosotros y nuestras tías.
Esa misma mañana había estado lamentándose porque odiaba matar cualquier cosa, pero mis tías, y en este caso mi mamá también, habían insistido en ello. No se sentía nada feliz ante la perspectiva y menos aun le gustó enterarse de que yo estaba decidido a presenciar la carnicería, lo que a sus ojos era algo perverso y cruel, mientras que yo me convencía a mí mismo de que sólo deseaba verlo golpear sus cabezas con el palo para que se les aflojasen las patas y de ese modo mi padre podría tomar el cuchillo, y hundírselo en los pescuezos para que saliese la sangre. Yo no veía nada de cruel en todo ello.
—De ninguna manera —dijo—. Tú te vas a jugar, que aún eres un niño. Yo que tú aprovecharía a fondo esa circunstancia.
Y ahora penetraba en nuestro patio con las coliflores de las tías. Pesé mi última bola en la mano, y en compensación por todas mis desilusiones y humillaciones, la arrojé con todas mis fuerzas.
Ni siquiera nos dejaban ver a los marineros muertos, y eso que yo me había comportado bien: hasta había renunciado a dispararles a los ratones y a ahogarlos en el malecón. ¡Ya no nos dejaban mirar nada más! Todo esto proporcionó velocidad a la bola, que fue a golpear a mi padre justamente en la nuca. El impacto lo hizo deslizar cuesta abajo, lastimándose porque no cayó sobre las coliflores, y cuando se levantó y vio quién le había arrojado la bola, cruzó la calle y me dio un solo y furioso cachetazo en la cara.
Después de este golpe y de mi larga y rabiosa mirada, me dio las coliflores y me ordenó llevárselas a mis tías, y que ni se me ocurriera volver antes de las siete. Cuando regresé los conejos ya estaban muertos y pelados; habían limpiado la sangre y estaba todo listo, como generalmente se hace para que los chicos no vean nada malo, lo cual es precisamente lo que los chicos quieren ver. Conservé este rencor hacia mi padre bastante tiempo, hasta que luego lo olvidé, pero desde entonces y hasta mucho después se me ocurrió, y ahora más que nunca, y debo decir que me sorprende mucho, que en esa ocasión mi padre no me dijo qué tipo perverso era yo.
Pero no es muy divertido ser de otra manera. Afortunadamente, enseguida después de Navidad se instaló una especie de primavera, con aire tibio, que nos permitió salir como siempre. Pronto olvidé todo lo que mi padre había sostenido que era bueno. Hoy puedo verlo en sus ojos cada vez que lo miro: allí está esa duda plenamente justificada acerca de mí, mezclada con la emoción oscura, cálida, misericordiosa, que no puede evitar de sentir.
Karl Alfred Wolken
Se me ocurrió esa idea porque, sin tener ningún motivo, rompí los vidrios de una ventana perteneciente a personas que nada tenían que ver conmigo, y que no me habían hecho nada excepto tener una hermosa ventana con muchos lindos vidrios que me sugirieron aquella mala idea.
Ese fue un descubrimiento significativo para mí, porque ahora venía a darme cuenta de que los ratones también la pasarían mucho peor que en el verano y que no estaría nada bien que siguiera disparándoles con mi rifle de aire comprimido hasta que cayeran muertos o diesen volteretas por el aire mientras chillaban. Lo pensé detenidamente, y desde ese día dejé de dispararles a los ratones: me limité a observarlos en silencio cuando les robaban su comida a las gallinas bajo sus propias narices.
Así que para no sufrir tanto con mi recién descubierta compasión, opté por salir a caminar más a menudo. Cada vez hacía más frío y pronto comenzaría a nevar. Se podía oler en el aire. Yo miraba insistentemente el cielo porque pensaba: "Una vez que comience a nevar, no vas a verlo por un buen tiempo".
Teníamos un vecino que solía dar largas caminatas por el malecón, y de quien se decía que estaba loco porque, aunque era un hombre de edad e iba siempre impecablemente vestido, sentía un placer infantil en verter agua de una jarrita de latón dentro de las cuevas de tos ratones, y esperar hasta que los pobres animales emergieran, exactamente como hacíamos nosotros cuando éramos más chicos.
Me crucé con él en el malecón y lo vi vertiendo agua en los agujeros de los ratones y revolviendo con una gruesa vara. Y también vi cómo un ratoncito se escapaba y él lo perseguía, su abrigo azul enredándose en sus rodillas. Porque no podía correr y golpear al mismo tiempo, o por lo menos no podía golpear bien, finalmente descargó su ira sobre el ratón aplastándolo con su zapato. Corrí hacia él y le pregunté por qué hacía eso.
—Bueno —contestó, tomando por la cola al ratón y sacándolo del hueco en el cual lo había semienterrado su pisotón, para sacudirlo ante mi nariz—, sabes muy bien que está comenzando a hacer mucho frío y no puede hacerse cuando la tierra se endurece.
En realidad no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a nevar. Lentamente, cayeron copos blancos y esponjosos. Además el aire se había entibiado un poquito. Mi padre me había explicado por qué pasa eso cuando nieva, y me di cuenta, con bastante pena, de que la nieve no quedaría adherida al suelo sino que iría derritiéndose a medida que caía. Todavía se veían las puntas de las hojas de hierba y el duro césped de invierno. Y aún podía verse el sol, pálido y redondo detrás de las nubes de nieve.
Dejé al viejo cazador de ratones, a quien, en mi actual estado de bondad, despreciaba profundamente, y durante un largo momento escuché los chillidos de los animalitos antes de que él los llamara a silencio.
Durante los días siguientes nevó sin parar. Lentamente, la nieve comenzaba a acumularse, y cuando nuevamente la guerra puso fin a las clases, nuestra ocupación principal fue la construcción de muñecos de nieve. Nuestra profesora de inglés, la señorita Kiekat, que era una muchacha de rostro delgado, nos había hablado de un inglés gordo y sinvergüenza que se llamaba Falstaff. Durante mucho tiempo todos nuestros muñecos de nieve se parecieron a Falstaff. En vez de botones llevaban zanahorias por nariz, y en vez de botas altas hasta la rodilla y con vueltas, les poníamos alpargatas raídas, pero aparte de eso tenían un aspecto muy digno. También les pusimos sombreros de copa. Ellos se pasaban todo el tiempo tratando de quitárselos, para lo cual alzaban sus gordos brazos hasta la altura de sus cabezas, y siempre teníamos que darles unos gritos para que se los dejasen puestos. Pero ellos se enojaban porque los obligábamos y arrugaban sus narices de zanahoria en procura de una solución. A la mañana siguiente, cuando íbamos a verlos, los sombreros de copa estaban en el suelo, pero como bien podía ser por causa del viento, dejábamos a los gordos en paz, y nos limitábamos a colocarles nuevamente los sombreros en la cabeza. Pero de cualquier manera nos enfadábamos.
En rigor de verdad, durante esos días hubo algo parecido a un estallido general de rabia, que no veíamos pero que igual estaba allí y que empezaba a gritar si no estábamos preparados para ello. Por ejemplo, los muchachos peleábamos por los muñecos de nieve o porque nuestros trineos chocaban y cada uno de nosotros acusaba a los demás de estropearle la pintura. Como si eso no fuera lo suficientemente malo, había bronca cuando llegábamos a casa con los zapatos mojados y arruinados, porque los zapatos eran caros y ya era bastante pecado desperdiciar sombreros de copa en los muñecos de nieve. Pero esto último en realidad era menos serio porque de todas maneras nadie usaba sombreros de copa, y estaban abandonados en lo alto de los guardarropas.
Sucedieron cosas mucho peores que las que nosotros hicimos. No muy lejos de nosotros se hundió un gran barco; se había topado con una mina, y ahora todo el mundo esperaba que el agua llevase hasta el malecón todas las cosas buenas que sin duda habría a bordo del barco, ya que el agua siempre hace eso. Pero esta vez no lo hizo o al menos no inmediatamente: primero trajo marineros muertos, y toda la gente que esperaba las cosas lindas se vio obligada, en homenaje a la decencia, a enterrar primero a los muertos. Mi padre también tuvo que hacerlo y ello lo deprimió muchísimo porque los marineros no eran más que muchachitos, no mucho mayores que nosotros mismos. Y como no sabía qué hacer para quitarse la depresión, a veces se enojaba conmigo y mientras tanto no podíamos disfrutar de la nieve como habíamos estado haciéndolo.
Sin embargo, al final las cosas buenas del barco fueron llegando al muelle: latas de cigarrillos y tabaco, plátanos, naranjas, limones y licores, y también mucha madera perteneciente al barco. La gente juntaba todo, pero aparte de los cigarrillos, el tabaco, las bebidas y la madera, casi todo lo demás estaba echado a perder. El hecho de que los licores no se hubiesen descompuesto resultó fatídico al fin de cuentas, porque ahora todos bebían para ahogar su desilusión, y entonces se originaban discusiones y pendencias, y casi se puede decir que tuvimos un brote de violencia, que sin la ayuda de los licores no hubiese llegado sino con la primavera, de acuerdo con mi teoría de que el frío paraliza a la maldad en movimiento.
Por supuesto, nosotros también lo experimentábamos: como castigo se había reabierto la escuela, ya que no podíamos mantenernos apartados de los marineros muertos; lo único capaz de sacarnos de allí fue la escuela, aunque aún no hubiese carbón para las estufas. Pero decidieron usar para la calefacción la madera que fue llevada por el mar. Y cuando salíamos de la escuela, solíamos encontrarnos con más problemas todavía en casa. Mi padre no era una excepción notable a esta regla, como por lo general solía serlo; ahora muchas veces era malo conmigo, de la misma manera que yo había sido malo con otros chicos cuando tenía la cabeza cargada de problemas. Papá no sabía por dónde comenzar el trabajo.
Los maridos de mis cuatro tías estaban en el ejército, y todas ellas tenían grandes jardines que no podían cuidar, o no querían a causa del frío. En ellos crecía la coliflor y la col y otros vegetales tardíos que necesitan una buena dosis de escarcha para saber bien. A papá le tocaba cosecharlas a todas, y era un trabajo bastante duro para él. Se sentía más inclinado a leer libros todo el tiempo que durase la lámpara, pero ahora esos jardines lo mantenían apartado de sus libros. La consecuencia de ello era que yo debía realizar mis tareas mucho más cuidadosamente que nunca porque, si llegaba a descubrir un error, me hacía reescribir toda la lección dos veces, y eso no me gustaba nada. En suma, me cansé de conservarme fiel a mi propio código de buen comportamiento, aunque había resuelto firmemente hacerlo.
Por otra parte, y ante nuestra gran sorpresa, había comenzado el deshielo. Y ello era particularmente cruel porque la nieve caía muy rara vez cerca de nosotros. Podíamos contar con los dedos de una mano la cantidad de días en que la nieve permanecería con nosotros, lo cual resultaba aproximadamente hasta Navidad. Todo el mundo espera la Navidad, excepto los conejos que tienen que proporcionar la cena navideña. Pero según nosotros, una Navidad sin nieve no valía la pena, y todos deseábamos que no se terminase la racha nivosa. Pero terminó, y el deshielo se aceleraba día a día. El día anterior a la Nochebuena se hizo evidente que no tendríamos nieve en Navidad.
A mediodía de este día el sol brillaba hermoso y cálido y todo se derretía, de modo que me puse a hacer bolas con toda la nieve que pude juntar. No la había en cantidad suficiente para un muñeco. Compacté fuertemente la nieve con las manos y también contra la rodilla, de manera que quedasen más duras, y las sumergí en el agua del deshielo, así quedaron convertidas en una suerte de bolas de hielo, que podían lastimar mucho si le acertaban a alguien. Nos pasamos la tarde bombardeándonos unos a otros con ellas, hasta que apenas podíamos mover los brazos de cansancio.
Finalmente me quedó una sola bola de nieve, y la sostuve en la mano mientras mi padre regresaba de los jardines de mis tías con un gran cargamento de coliflores en la espalda; deseaba llegar a la lomada descendente que unía el camino con nuestro patio, apresurándose para aprovechar el resto de luz diurna que le quedaba a fin de matar los conejos para nosotros y nuestras tías.
Esa misma mañana había estado lamentándose porque odiaba matar cualquier cosa, pero mis tías, y en este caso mi mamá también, habían insistido en ello. No se sentía nada feliz ante la perspectiva y menos aun le gustó enterarse de que yo estaba decidido a presenciar la carnicería, lo que a sus ojos era algo perverso y cruel, mientras que yo me convencía a mí mismo de que sólo deseaba verlo golpear sus cabezas con el palo para que se les aflojasen las patas y de ese modo mi padre podría tomar el cuchillo, y hundírselo en los pescuezos para que saliese la sangre. Yo no veía nada de cruel en todo ello.
—De ninguna manera —dijo—. Tú te vas a jugar, que aún eres un niño. Yo que tú aprovecharía a fondo esa circunstancia.
Y ahora penetraba en nuestro patio con las coliflores de las tías. Pesé mi última bola en la mano, y en compensación por todas mis desilusiones y humillaciones, la arrojé con todas mis fuerzas.
Ni siquiera nos dejaban ver a los marineros muertos, y eso que yo me había comportado bien: hasta había renunciado a dispararles a los ratones y a ahogarlos en el malecón. ¡Ya no nos dejaban mirar nada más! Todo esto proporcionó velocidad a la bola, que fue a golpear a mi padre justamente en la nuca. El impacto lo hizo deslizar cuesta abajo, lastimándose porque no cayó sobre las coliflores, y cuando se levantó y vio quién le había arrojado la bola, cruzó la calle y me dio un solo y furioso cachetazo en la cara.
Después de este golpe y de mi larga y rabiosa mirada, me dio las coliflores y me ordenó llevárselas a mis tías, y que ni se me ocurriera volver antes de las siete. Cuando regresé los conejos ya estaban muertos y pelados; habían limpiado la sangre y estaba todo listo, como generalmente se hace para que los chicos no vean nada malo, lo cual es precisamente lo que los chicos quieren ver. Conservé este rencor hacia mi padre bastante tiempo, hasta que luego lo olvidé, pero desde entonces y hasta mucho después se me ocurrió, y ahora más que nunca, y debo decir que me sorprende mucho, que en esa ocasión mi padre no me dijo qué tipo perverso era yo.
Pero no es muy divertido ser de otra manera. Afortunadamente, enseguida después de Navidad se instaló una especie de primavera, con aire tibio, que nos permitió salir como siempre. Pronto olvidé todo lo que mi padre había sostenido que era bueno. Hoy puedo verlo en sus ojos cada vez que lo miro: allí está esa duda plenamente justificada acerca de mí, mezclada con la emoción oscura, cálida, misericordiosa, que no puede evitar de sentir.
Karl Alfred Wolken
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