sábado, 30 de julio de 2011
A falta de tigres, buenos son leones
Aunque ahora estamos peleados, me divierto mucho cada vez que el tigre me come. En casa me buscan y me buscan hasta que se cansan. Yo no les digo nada cuando estamos cenando y tampoco cuando se acuerdan y me preguntan dónde estuve. El tigre aparece cuando tiene ganas de comer. A veces yo no tengo ganas de que me coma pero él insiste; me dice que si no me puede comer enseguida no va a venir más. Entonces tengo que aflojar y dejarme comer. Ya conozco todo adentro del tigre y la verdad que me gusta mas la parte de afuera; a veces me llevo una historieta y si me come mucho rato puedo leer bastante. La última vez me encontré con una nenita que hacía ya tiempo que la estaba comiendo y ella seguía de lo más contenta. No me gustó que el tigre comiera a otra persona aparte de mí y se lo dije. Él me respondió algo que no entendí pero igual me empaqué y no dejé que me comiera ni una sola vez más.
Él se creerá muy señor y dueño de hacer lo que quiera pero yo también tengo derecho. La nena se asomó y me quiso convencer pero le hice pito catalán. El pobre tigre me dio lástima cuando repetía lo que me dijo antes y que ahora entendí, decía algo así como que en la variación está el gusto.
Yo sé que nos vamos a amigar de nuevo pero igual. Me fui para atrás de la casa y le dije al león, que hace mucho me esperaba: Hola, Rey de la Selva. ¿Tienes hambre hoy?
Ramón Funes
miércoles, 27 de julio de 2011
El dia en que intenté domesticar un zorro
Un día, después de ver El Principito por sexta vez, consideré que ya estaba bien de vida solitaria. Ya era hora de buscar a un hombre al que domesticar y me dije: debes practicar antes de dar un salto de tal magnitud . Nada mejor que probar con unos encantadores zorros a los que me encontré por casualidad. Con chaqueta roja y todo, así de chula, ofrecí una galleta al zorro que consideré más empático, digamos que el que tenía cara de más hambriento. Nunca he tenido ningún animal doméstico por lo tanto tengo muy poca experiencia sobre el asunto de domesticar. El zorro era algo timidillo aunque parecía inteligente e intentaba no arriesgar demasiado. Observarán, en la foto que adjunto, que confianza lo que se llama confianza, no desperté en el animalito. Me quedé sin la galleta pero más que comer de mi mano casi me come la mano. Creo que mi vida no contará con los suficientes días como para poder domesticar un zorro. ¿será más fácil un hombre?
martes, 26 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
El caballo blanco
Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador en el mar de Tiberíades, vio que ni un solo pez había caído en sus redes; solo que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora, aunque en tiempos de pesca estamos, el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación, siquiera milagrosa, de los que amaba mucho.
Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; a pesar de que no pocos de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto a reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heroicas abolladuras y roturas causadas por el hendiente o el tajo; espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una herida; yataganes cogidos a los moros; turbantes arrancados en unión con la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por
mosquetería; el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto a él con fuerte cadena de hierro, se veía un ser hermosísimo, un corcel de batalla luminoso a fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía a traernos la victoria.
Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluida ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos cual tobillo de mujer; la especie de electricidad que desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con solo advertir que le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: "¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos a estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las campales batallas?"
Levantóse el Apóstol guerrero y fue a halagar con las manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y avivarle el recuerdo aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como desorientada e incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la patria cayó de rodillas y le besó los pies con infinita ternura.
-Bonaerges, hijo del trueno -murmuraba devotamente el español-, ¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo o lloviese sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que cerraban las puertas de su ciudad a Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta: hemos sido hecho espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido a ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte a nuestra cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar el grito de "cierra España"? Desciende: te esperan "allá". Te aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!
Al oír tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje... Y alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó a vendarle las heridas cruentas, hecho lo cual llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corveteó gallardamente y, batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calzábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible. Entre tanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le
ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo calzado con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este aguardó; en el villano de tez curtida y de rústico atavío acababa de reconocer a San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de trigo, porque los llevaba a la molienda.
-¡Orden del Señor! -voceaba el labriego descompasadamente-. ¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude a destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga a llevar la Junta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: "Los que quieran ser mayores, beban primero su cáliz." Paisano mío, a arar con paciencia y sin perder minuto...
Emilia Pardo Bazán
Feliz día de Santiago Apóstol
Un instante
Todo el que disfrute habitualmente de algún loco bajito sabe de esa facultad innata que tienen para decicir la mayor de las maldades en décimas de segundo.
¡Cuánta importancia tiene a veces un instante!
Un cerebro desequilibrado, alimentado durante decadas de un odio ignorante, llevó a su dueño a realizar una masacre. En un instante la vida de un montón de chavales cambió su rumbo.
Una dulce chica con cara de niña se echó a la mala vida por un instante en donde le sucedió lo que nunca le debía haber sucedido. Ella lo atribuye a Dios por haber cruzado en su camino una maldita botella que estaba donde nunca debía haber estado y que ella estampó con todos sus fuerzas en la cabeza de un chico al que se cargó
Una vida , con sus instantes, llevó a Seni a ser lo que es.
Creo que siempre he decidido con cordura. Mi gran capacidad para tomar decisiones repentinas viene de mi entrenamiento infantil. Cuando era niña y en mi casa la abundancia no hacía mucho acto de presencia, montábamos una verdadera fiesta cuando nos hacíamos con una caja de galletas surtidas Cuétara. Había un ritual que seguíamos al pie de la letra, más que cualquier cura de antaño en una eucarestía en latín. Nos juntábamos toda la familia alrededor de la caja y después de abrir cuidadosamente la primera capa , solía haber dos, nos repartíamos las galletas escogiendo en un riguroso orden. En un fugaz instante tenías que decidirte o por la galleta de barquillo bañada de chocolate o por la galleta de doble capa rellena de limón, pues casi, con seguridad, la excluida no llegase a una segunda ronda. Mi madre se quedaba siempre con las más sosas que a nadie interesaban, ella decía que eran las que más le gustaban. Durante muchos años se repitió ese ritual y aún ahora cuando me ofrencen galletas surtidas siento ese deseo infantil de enfrentarme a un escuadrón de aguerridos luchadores antes de alcanzar la galleta deseada.
Después de ese duro entrenamiento he llegado a la edad adulta preparada. Pienso que casi todas mis decisiones adultas importantes, arriesgadas en un instante, han tenido que ver con los hombres que se han cruzado en mi vida. Un giro de cabeza cuando unos morros vienen a tropezarse con los tuyos, un alejar el aliento de un extraño de tu nuca (nada que ver con esos casos en donde el ansioso de turno, que te precede en una cola, no sabe respetar tu espacio vital), un mantener una distancia de seguridad cuando un cuerpo se empeña en fusionarse con el tuyo... Esas pequeñas decisiones han influido sustancialmente en mi vida. Se podría decir que sigo soltera por la gracia de galletas surtidas Cuétara.
sábado, 23 de julio de 2011
viernes, 22 de julio de 2011
Bichos
Tengo un amigo, Enrique, que no sé si podría catalogarlo de bicho raro, pero desde luego bicho sí que es. Es un chico con una sensiblidad especial para apreciar lo bello en todo lo que le rodea, le encanta hacer fotos, disfrutando con el momento. Me ha pasado las siguientes fotos sobre bichos varios.
El siguiente vídeo está dedicado a mi amigo, en agradecimiento por tus fotos.
miércoles, 20 de julio de 2011
domingo, 17 de julio de 2011
Diez años de Santiago en cien palabras (2001-2010)
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| POR POCO-PEDRO VALLETE |
Una mujer me miró a través de la vitrina de un centro comercial. Y bien , en su mirada me vi con tres hijos, un perro en el patio, el miedo a perder el trabajo, los préstamos interminables, y unos atardeceres de domingo eternos y lánguidos en casa de sus padres. Sentí el peso de las mañanas iguales, de las tardes iguales, de las noches repetidas, de los iguales reproches. Rápidamente desvié la mirada, apuré el tranco y salí a la calle. Había sobrevivido a uno de esos segundos fatales con que la ciudad suele sellar el destino de los hombres.
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| BOHEMIO- CARMEN FRIEDLI |
Traía la noche santiaguina pegada a las suelas. Por
eso lo hice limpiarse muy bien los zapatos antes de dejarlo entrar a mi vida.
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| INFORME DIFERENTE-PATRICIO ZULUETA |
El detective detalló con buena letra todos los antecedentes del caso. El criminal del Parque Forestal estaba identificado con toda seguridad. Pero en forma sorpresiva e inexplicable, desde dentro del texto, el personaje afectado borró las frases que lo incriminaban, absorbió indignado la tinta de la pluma, a continuación la pluma, enseguida la mano y luego al detective completo.
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| METRO LOS HÉROES-MICHEL MONTECINOS |
Aquí llega el metro, atestado de gente como todas las mañanas. Escojo con la mirada desde el andén a mi víctima, mientras repaso mentalmente el plan. Se abren las puertas. El último en bajar es un hombre todavía somnoliento. "Mi víctima" digo para mis adrentos. Él me mira de reojo y entonces ataco: "Hola, ¿cómo está?", le digo mientras subo y avanzo por el carro. Él gira. Las puertas se cierran y veo con satisfación su cara de incertidumbre. Pobre hombre, pensará todo el día quién lo saludó, y yo, no puedo esperar hasta mañana a mi siguiente víctima.
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| PUENTE DEL ARZOBISPO-ELIANA CASTILLO |
He pasado el Puente del Arzobispo por más de seis décadas, esperando que en
algún momento el viento se acuerde de levantarme la falda.
sábado, 16 de julio de 2011
Retirada
Retrett from Per Byhring on Vimeo.
En este universo, la noche está cayendo; las sombras se alargan hacia un oriente, que podría alguna vez no conocer otra aurora. Pero en otros lugares, las estrellas son jóvenes todavía y la luz de la mañana llega despacio; y a todo lo largo del sendero que una vez hubo seguido, el Hombre volverá a marchar de nuevo.
La ciudad y las estrellas-Arthur C. Clarke
El tesoro
Lo que voy a referir sucedió en el país de los sueños. ¿Verdad que algunas veces gusta echar un viajecillo a esta tierra encantada, de azules lejanías, de irisadas playas, de bosques floridos, de ríos de diamantes y de ciudades de mármol, ciudades donde nada deja que desear la Policía urbana, ni el servicio de comunicaciones, ni el tiempo, que siempre es espléndido; ni la temperatura, que jamás sopla el trancazo y la bronquitis?
En tan deliciosa comarca vivía una moza como un pino de oro, llamada Inés. Quince mayos agrupaban en su gallarda persona todas las perfecciones y gracias de la Naturaleza, y en su espíritu todos los atractivos misteriosos del ideal. Porque instintivamente -supongo que lo habréis notado- atribuimos a las niñas muy hermosas bellezas interiores y psicológicas que correspondan exactamente a las que en su exterior nos embelesan. Aquellos ojos tan claros, tan nacarados y tan húmedos de vida, no cabe duda que reflejan un pensamiento sin mancha, comparable al ampo de la misma nieve. Aquella boca hecha de dos pétalos de rosa de Alejandría, solo puede dar paso a palabras de miel, pero de miel cándida y fresca. Aquellas manitas tan pulcras, en nada feo ni torpe pueden emplearse: a lo sumo podrán entretejer flores, o ejecutar primorosas laborcicas. Aquella frente lisa y ebúrnea no puede cobijar ningún pensamiento malo: aquellos pies no se hicieron para pisar el barro vil de la tierra,
sino el polvo luminoso de los astros; aquella sonrisa es la del ángel... ¡Acabáramos! Esta es la palabra definitiva: de ángeles se gradúan todas las doncellitas lozanas, y de brujas todas las apolilladas y estropajosas viejas: que así como así el alma no se ve por un vidrio, sino envuelta en el engañoso ropaje de la forma, y si Carlota Corday no es linda, en vez del ángel del asesinato le ponen el demonio.
De lo dicho resulta que Inés poseía y ostentaba el diploma de angelical, y no solo lo poseía, sino que era digna de él. Sus ojos radiantes, su ingenua boca entreabierta, su frente sin una nube, no mentía, no. Inés no sabía jota de lo malo. Imaginaos una tabla rasa donde nada hay escrito: suponed un lienzo sin una sola mácula; figuraos un pajarito de plumas blancas, al que ni por casualidad le encontraríamos una de medio color, y tendréis apropiada imagen de lo que eran el alma y el corazoncito y los sentidos y las potencias de Inés.
Con todo eso, y dado que a fuer de biógrafo puntual y exacto no quisiera errar ni en una coma, he de confesaros que allá en el más escondido camarín del pensamiento de la niña había... ¿qué? ¿El pelito invisible que rompe el cristal? ¿El globulito de ácido que corroe el acero? Menos que eso... Una curiosidad.
Es el caso que yendo Inés cierta tarde de paseo por las orillas del riachuelo, festoneadas de anémonas, espadañas y gladiolos, en un remanso formado por dos peñascos que casi se tocaban, vio que hacia la base de las rocas abríase la bocaza de una cueva oscura. Mirando estaba al antro y cavilando qué podría ocultar en su seno, cuando del agujero se destacó una figura humana, un anciano de melena gris, túnica morada, gorro puntiagudo, varilla en cinto y, en suma, toda la traza de un nigromante de comedia. Acercóse el brujo a la niña, y con sonrisilla de malignidad le entregó un cofrecito de preciosa filigrana, incrustado de corales y esmaltado de raros signos negros y desconocidos caracteres. Inés, que no podía más de miedo, iba a rehusar la dádiva del brujo, pero éste, con razones muy perfiladas y tono de autoridad, le mandó que se guardase el cofre, añadiendo que era un obsequio que le destinaba, ya que se había acercado tanto a la cueva, donde no entraba ningún ser humano.
-El cofrecito -añadió- es de por sí un tesoro; pero contiene otro más inestimable aún; como que encierra el tesoro de tu inocencia. No pierdas nunca ese cofre, no lo abras, no lo rompas, no lo regales, no lo vendas, no te apartes de él un minuto, y adiós, y que seas muy feliz, Inesilla. ¡Ay! Desde que te he visto..., créelo, me pesan más las tres mil navidades que ayer cumplí.
Volvióse el mágico a su caverna, e Inés regresó a su casa con el cofrecillo muy agarrado, sin atreverse ni a mirarlo casi. Le parecía tan bonito y tan frágil, que temía se fuese a evaporar. Lo depositó en sitio seguro, y desde aquella misma hora la inevitable curiosidad empezó a tentarla, dictándole monólogos del tenor siguiente:
-Bueno, ya sé que no debo abrir ni romper ese cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se abra solo? Lo que es entonces..., entonces sí que, pese a quien pese, me entero de lo que hay guardado en él. ¿Se abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua del brujo aquel me dijo que el cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es lo que me hace rabiar. Si me hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja, una mariposita, una cinta, un pomo de esencia..., ¡bah!, entonces, un comino se me importaría verlo. ¡Pero mi inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de palo. ¿Cómo será una inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna. ¿Será verde? ¿Será azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será linda? ¿Será horrible? ¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será...? ¡Válgame Dios! ¡Pues si ya me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos dares y tomares y cavilaciones y discursos andaba Inés, y todos venían a parar en ganas de mandar a paseo las prohibiciones del mágico y abrir el cofrecillo, en vista de que ninguna probabilidad tenía a su favor la hipótesis de que solo y por su propia virtud se abriese. No obstante, el recelo la contenía y el encantado cofre permanecía intacto.
Ahondando más en sus meditaciones, Inés se resolvió a salir de dudas sin infringir la ley, y empezó a preguntar a sus amigas y amigos qué hechura tenía la inocencia, de qué color era y para qué servía. Con gran sorpresa y mayor disgusto notó que nadie le respondía acorde, ni le proporcionaba el menor dato que pudiese guiarla a su indagación. Unos fruncían la boca, bajaban la vista y se quedaban perplejos; otros se reían, mitad con fisga y mitad con lástima; alguno la reprendió por venirse con tales preguntas, impropias de una niña formal y honrada, con lo cual, Inés, muy compungida, lloró de vergüenza, ignorando qué clase de delito había cometido para que la tratasen así.
Convencida ya de que nadie le diría más que chirigotas o cosas duras, atormentada por el enigma que se cifraba en el cofrecillo, la niña se desmejoró, se sintió atacada de inquietud febril, y, a ratos, de ese marasmo profundo que sigue a las reacciones violentas de la voluntad. Porque no hay cosa de más tormento para el espíritu que la acción concebida, deseada y no ejecutada, y ése es el mal terrible de Hamlet: la indecisión. En verdad os digo que si Hamlet fuese mujer, no se vuelve loco por estancación de la voluntad. La mujer es más resuelta: quiere y hace. Inés, al sentirse enferma, quiso sanar, y una mañana sola, trémula, rompió la cerradura del cofrecillo del mago.
Alzó la tapa, aquel velo de Isis... ¡Oh asombro! En el fondo del cofrecillo no había cosa alguna... Repito que nada; ni rastro, ni ostugo, ni señal del cacareado tesoro. La atónita Inés únicamente creyó ver que por el aire se dispersaba una leve y blanquecina columna de humo... Al mismo tiempo, los desconocidos caracteres de esmalte negro que adornaban los frisos del cofrecillo se aclaraban hasta convertirse en signos del alfabeto que poseía Inés, la cual, abriendo mucho los ojos, leyó de corrido: "Cuando sepas lo que es la inocencia, será que la perdiste."
Emilia Pardo Bazán
jueves, 14 de julio de 2011
Portobello Road
Getting hung up all day on smiles
Walking down portobello road for miles
Greeting strangers in indian boots,
Yellow ties and old brown suits
Growing old is my only danger
Cuckoo clocks, and plastic socks
Lampshades of old antique leather
Nothing looks weird, not even a beard
Or the boots made out of feathers
I'll keep walking miles 'til I feel
A broom beneath my feet
Or the hawking eyes of an old stuffed bull across the street
Nothing's the same if you see it again
It'll be broken down to litter
Oh, and the clothes everyone knows
That dress will never fit her



martes, 12 de julio de 2011
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