domingo, 16 de octubre de 2011
Ilusiones ópticas
A veces la vista nos lleva a percibir la realidad de forma errónea, entonces aparence lo que se conoce como ilusión óptica. A mí me encantan esas inmensas pinturas en la calle, en 3D, que tan de moda están y sigo sorprendiéndome con los más sencillos efectos ópticos, o esos dibujos, que tanto me gustaban de niña, y que ocultan lo imaginable a poco que concentres tu atención en ellos.
ALGUNAS ILUSIONES ÓPTICAS
| Mira por separado las dos zonas varias veces | y luego tapa con el dedo la parte donde se unen las dos partes del dibujo. |
![]() |
| El cuadrado A y el cuadrado B son del mismo color |
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|
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| Michael Qi |

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| Tom French |
![]() |
| Felice Varini |
http://www.moillusions.com/
Sin querer
Ocurren en el mundo cosas así; se diría que
la casualidad, inteligente, se complace en arreglarlas... o en desarreglarlas.
En el presente caso, la casualidad dispuso que Juaniño de Rozas y Culás de
Bonsende, oyendo toda la vida hablar el uno del otro, contar el otro las
proezas del uno, hartos de alabanzas a la guapeza recíproca, no se hubiesen
encontrado, lo que se dice encontrarse cara a cara, jamás.
Cierto que concurrían a las mismas fiestas;
es indudable que allí pudieran haberse tropezado; imposible negar la hipótesis;
pero fuese porque, lo repito, la casualidad es el diantre, o porque a veces la
ayudamos nosotros, hay que consignar el hecho, ya tan comentado.
Juaniño de Rozas no había cruzado la palabra
con Culás de Bonsende, y las respectivas parroquias ya lo hallaban extraño,
shocking, diríamos si el ambiente no lo vedara.
Los que conocen tan sólo a la España
superficial y epidérmica creen que esto de la guapeza y la fanfarronería
pertenece al Sur, como el sol, las naranjas y las palmeras. Los valientes, que
comparten con el buen vino el privilegio de durar poco, parecen pintables en
pandereta, pero no acompañables con gaita; y, sin embargo, los que hemos nacido
en tierras de nublado cielo, sabemos hasta qué punto nuestros temerones achican
a los majos andaluces, hasta en la hipérbole, que es la forma retórica de los
guapos.
Paisanos somos de aquel soldadito, al cual se
propusieron tomar el pelo unos cuantos del mediodía, contándole cómo el uno
había escabechado a más de veinte mambises y el otro había defendido él solo un
fortín, rechazando a cuatrocientos de negrada.
-Y tú, ¿qué hiciste, gallego? -preguntaron,
irónicos, al ver que el soldadito escuchaba sin despegar los labios.
-¿Yo? -respondió él, levantando la cabeza-.
Yo..., ¡morrín en todas las batallas!
No sé si serían capaces de esta homérica
respuesta Juaniño y Culás; pero si lo eran de repetir, a su modo, el célebre
reto del Romancero:
Y siquiera salgan tres,
y siquiera salgan cuatro,
y siquiera salgan cinco;
y siquiera salga el diablo...
cantando en tono irónico, de desafío, al
pasar de noche por el sitio más oscuro, requiriendo la garrota claveteada:
Yo soy hombre para dos...
Esta noche ha de haber leña...
o cualquiera otro de los retos que atesora la
musa popular.
No obstante, por muchas canciones que den al
viento, es imposible probar la guapeza cantando; llega un día en que es preciso
también solfear, y de firme. Los gallegos guapos, profesionales, tienen,
respecto a los andaluces, la desventaja de trabajar para un público más
escamón, crédulo solamente en lo supersticioso, y de tejas abajo,
desconfiadísimo. Por algún tiempo se sostendrá una reputación sin pruebas
positivas; al cabo habrá que darlas, o caer del pedestal entre solapada burla.
Juaniño y Culás llegaron a comprender que el hecho de no haberse afrontado los
comprometía seriamente ante los mozos rifadores, los sesudos viejos petrucios,
las mociñas, hipócritamente cándidas y las viejas medrosicas, que a todo se
persignan exclamando:
-¡Asús, Asús me valga, mi madre la Virguene!
Las dos parroquias tenían su honor; el
consabido honor de andar a porrazos, puesto en manos de Culás y de Juaniño, sus
campeones; no era cosa de sufrir que lo empañasen no administrándose una
rociada de las de padre y muy señor mío, con el fin de aquilatar cuál de las
dos parroquias, la de la tierra baja o la de la alta, la ribereña o la
montañesa, puede preciarse de tener hombres más hombres, ¡rayo!
Ya principiaba en las romerías el juego de
dichos, insultillos y burletas. Como los héroes de Homero, los mozos de Rozas y
de Bonsende se ejercitaban en la inventiva, esperando el instante en que
Aquiles se midiese con Héctor. Había risotadas ofensivas, fumaduras de
tagarnina impertinentes, escupiduras de costado y puños que apretaban mocas y
cardeñas, o que, con sentido más modernista, se deslizaban en la faltriquera,
cerciorándose de que estaba allí, cargado y brillante, el revólver... Porque
estos adelantos de la civilización han llegado a las idílicas aldeas, y el
comercio de navajas y armas de fuego es activo y fructuoso, y cada noche, en
las carreteras, resuenan detonaciones, no se sabe contra quién...
A la salida de misa, funcionaban activamente
las lenguas. Se convenía en que si Juaniño y Culás no se daban prisa a
despachar aquel cuento, sería difícil, en la primera fiesta, contener a los
demás mozos, impedir que se enredasen, según andaban de alborotados... Y todos
convenían en que, a suceder tal desdicha, muchos emplastos había que aplicar al
día siguiente y no pocos pesos que aflojar para que se certificasen de leves y
curables, en cortos días, heridas gravísimas, y evitar que más de cuatro
rapaces de bien fuesen "echados" a presidio...
En vista de esto, Culás, el más vivo de los
dos guapos, vio claramente que no era posible retrasar el encuentro; había
llegado la hora...
Como el matador remolón en la plaza de toros,
sintió la voluntad colectiva sustituyéndose a su voluntad personal, y decidió,
aquella misma tarde, decirle dos palabrillas a Juaniño, que tornaría de la
feria por el camino del crucero.
Bajo el crucero mismo se apostó, encendiendo
un papel y sacando fumadas lentas, con ademán despreciativo. Lo que pensase en
su alma Culás de Bonsende, eso lo sabrá Dios, pues sabe hasta lo que la policía
ignora; pero el gesto era gallardo, la mano no temblaba, ni en el tostado
semblante había rastro de palidez. Las patillas rojas del mozo relumbraban como
hilado cobre a los últimos rayos del sol, y sus ojos verdes, de gato joven,
relucían fieros.
Volvía Juaniño de la feria cabalgando un jaco
peludo que acababa de mercar. Como era un mocetón hercúleo, las piernas casi le
arrastraban, porque el fracatrús pertenecía a la exigua y resistente raza del
país.
Al oír las pisadas del caballejo, Culás tiró
el cigarro y empezó a silbar, desdeñoso, atravesándose en el angosto camino. Y
como Juaniño, sin hacer caso del obstáculo, intentase pasar, el de a pie abrió
los brazos y gritó ásperamente, con claridad y estridencia de gallo arrogante:
-¡Ey! ¡No se pasa! ¡Bajarse del caballo, que
aquí está un amigo!
La salvaje ironía de la última frase fue bien
comprendida... Juaniño pensó para su chaqueta:
"Vamos... No hay remedio... Milagro que
no fue antes..."
Pausado, frío, descabalgó y amarró al castaño
más próximo su ridícula montura. No había pronunciado palabra, ni Culás añadió
ninguna a las ya articuladas. Así que sujetó al jaco, volvióse, y preguntó
lacónico:
¿Qué se ofrece?
El ademán fue la respuesta... Culás hacia
molinetes con su garrote en el aire.
Juaniño asintió. No valía aplazar. No sentía,
en el fondo de su alma, ni chispa de malquerer contra Culás. No mediaba ni una
rapaza bonita, ni un vaso de vino, ni una brisca mal jugada. No pleiteaban. No
se habían hablado. Y era necesario que se agarrasen. Lo exigía el honor de dos
parroquias. El único honor que ellos conocían.
Y cayeron el uno sobre el otro. Juaniño,
especie de gigantón, parecía deber llevar ventaja; sólo que Culás era más ágil,
más diestro. Sin sospechar ni en el nombre del jiu-jitsu, poseía sus tretas.
Asestó cierto golpe al tórax ancho, y Juaniño se tambaleó, aturdido, pronto a
desplomarse. Más antes tuvo tiempo de descargar, maquinalmente, el puño sobre
la cabeza de su adversario, que se doblegó como un muñeco de goma.
Ambos cayeron al suelo. Volvieron a erguirse.
La lucha se reanudó entre sofocadas interjecciones.
Se habían propuesto no emplear armas. No era
cosa para dejar el pellejo. ¡Si no se querían mal! Pero al recibir otro porrazo
cruel en la cara, Culás, viendo estrellas y círculos rojos ante sus pupilas
cegatas, echó mano al cuchillo... ¡Juaniño se derrumbó! No hubo sangre. La
herida sangraba por dentro.
Culás se alzó. Él, en cambio, estaba como un
carnero degollado: por narices y boca arrojaba hilos purpúreos. Corrió a
lavarse en una fuente. Y corrió más después, porque comprendía que, no se sabe
cómo, había matado a un hombre, y la justicia le echaría mano... No quedaba más
recurso que esconderse unos días, arreglar en Marineda el asunto y embarcar
para Buenos Aires.
Emilia Pardo Bazán
sábado, 15 de octubre de 2011
El Regazo
Creo
que estoy muerto. He llegado a esta conclusión, después de estudiar con
detenimiento lo que me sucede.
Ahora
me encuentro bien. Hasta hace poco me sentía transportado dentro de un
recipiente de un lugar a otro y antes, pasé por un estrecho conducto, que bien
pudiera ser la boca del infierno, por las llamas que lo rodeaban. No es que las
viera claramente, pero supe que estaban allí, lo mismo que sentí caer el sol y
ahora noto los movimientos aquí y allá.
Me parece que floto en agua.
La verdad es que, si estoy muerto, me
encuentro de maravilla. He de reconocer que es un descanso. Liberado del dolor
y de la angustia, estoy mucho mejor que en la cama del hospital, con tubos
metidos por todas partes, soportando los movimientos torpes y la ineptitud de
los equipos sanitarios y las falsas lágrimas de los deudos, quienes aseguraban
entre hipos, a todo el que quería escuchar, que “Está sufriendo mucho... Cuanto
antes muera mejor...” Pero yo no quería morir. Al contrario. A pesar del dolor,
en cuanto notaba la falsa mejoría de las drogas, me empecinaba en seguir con
vida y me hacía mucho daño oírles decir aquello. Claro que reconozco que les
estaba causando problemas... En cuanto dejé de respirar, se apresuraron a
meterme en el frigorífico, para evitar recuperaciones, supongo. Eso lo recuerdo
bien porque aún podía sentir el frío... No duró mucho, la verdad, pronto empecé
a sentir sueño y se me quitaron los dolores y el temblor... Allí tuve tiempo de
soñar toda mi vida.
Me
vi de niño, correteando por las proximidades de la mina, esperando la salida de los hombres. Mi
padre y mi abuelo venían juntos. El viejo me acariciaba a veces el pelo, mi
padre no. Apenas me miraba de reojo, como a una mosca molesta, pero yo creía
que le gustaba verme y por eso iba cada tarde a la bocamina. Mientras aguardaba
a los míos, veía salir a los hombres cansados y sucios. Andaban agresivos e
irritables y aunque alguno bromeaba y hasta reía, la mayoría marchaba hacia el
pueblo con la cabeza gacha y la piqueta al hombro.
Una
tarde, sin que yo llegara a saber el motivo, dos mineros se enzarzaron en una
pelea. Los compañeros quisieron separarlos, pero el asunto debía ser serio,
porque se libraban constantemente de los que querían detenerlos y volvían a
engancharse con fiereza. Uno de ellos echó mano al cinto y tomó la navaja, el
otro, dando un paso atrás, el hacha que había abandonado momentos antes junto
al muro. Hubo un instante de perplejidad por parte de sus camaradas. Fue
suficiente. El cuchillo buscó el estómago, pero se perdió en el vacío. El
hacha, empuñada con ambas manos, encontró la cintura. El cuerpo se partió en
dos con un ruido que, aún hoy, después de muerto, si es que lo estoy, me
estremece, haciendo mover las aguas en las que floto. Aquel sonido espantoso
detuvo el tiempo. El tronco cayó, mientras las piernas se mantuvieron unos
momentos indecisas, sin saber cuál habría de ser su papel ante un hecho tan
insólito. Mientras, los ojos y la boca del agonizante aún se movían, queriendo
implorar ayuda.
Era
una tierra dura. La mina hacía la vida difícil y las gentes eran broncas y
salvajes. Aún así, yo era feliz y estaba deseando cumplir doce años para que me
admitieran como ayudante de picador.
De
repente, sin que en el valle nos enterásemos demasiado porqué, estalló la
guerra y con ella las miserias, los odios, las venganzas... Yo tenía dieciséis
años. Ya era un minero con experiencia. Opinaba y bebía con los hombres vino
caliente con azúcar... Era un chico listo, que leía todos los libros de la
escuela, los de la iglesia y los del ayuntamiento. Hablaba muy bien y, cuando
había que dar un mitin, me elegían por unanimidad.
Un
día llegaron los guardias, detuvieron a mi padre y lo molieron a palos. Luego
vinieron por mí. Mi hermano pequeño corrió por los montes, huyendo. Hizo bien,
se libró del terror de la cárcel y de las torturas, que a mí me dejaron cojo
para toda la vida. Busqué apoyos entre las gentes que yo creía que me
apreciaban. Todos me volvieron la espalda. Al final, casi me hicieron creer que
aquella estúpida guerra la había empezado yo ... Enfermo y acabado, se
olvidaron de mí durante los primeros años. Seguramente aquello me salvó de la
muerte, pero no de la persecución. No pude moverme del pueblo, ni hablar con
nadie, durante meses y meses... Mi novia de siempre decidió casarse conmigo,
por venganza de los que habían asesinado a su padre. Lavó la ropa de todo el
pueblo, hasta que el cura, desbordado por el papeleo que constantemente le
pedían desde la capital, sobre la vida y milagros de los habitantes de la aldea
y, a falta de otra persona capacitada, me ofreció unos cuartos por hacerle de
escribiente. Me apresuré a aceptar. Eso me ayudó mucho. Al ver que el sacerdote
no huía de mí como de Satanás, algunos empezaron a encargarme trabajos y, con el
tiempo, volvieron a admitirme en la mina, a cambio de presentarme, una vez al
mes, en el cuartelillo, donde debía dar explicaciones de todas mis andanzas de
treinta días.
Nacieron
mis seis hijos... Demasiadas bocas que mantener. Empezaba la emigración...
Aburrido, cansado y lleno de rencor, me
fui a Suiza. Tras de mí, los chicos y su madre.
Veinte
años allá, viviendo de la ilusión de volver... Pero volver a una tierra libre,
donde pudiera hablar o pensar sin
miedo... Donde nadie me preguntara a dónde iba y por qué... Regresaría,
sí, pero no al terruño en el que no me había sentido amado. Lo haría a una gran
ciudad, cerca del mar, donde la mayoría de los habitantes fueran extranjeros...
Donde nadie me conociera y volviera a perseguirme.
Y
eso hicimos. Cuando llegó el tiempo de la jubilación escogí un lugar cualquiera
frente al Mediterráneo. Me sentí desplazado, desarraigado, extraño en una
tierra que, perteneciendo a mi país, no era la mía. Pero viví en paz.
Enfermé
y morí. No dije nada sobre qué hacer con mi cadáver. Es duro hablar de eso
cuando aún se respira. Además, me daba igual. Total, después de muerto... Así
que, por lo que he deducido, debieron incinerarme. Normal, es más barato y
además te ahorras el coñazo de llevar flores a la tumba una vez al año.
El
problema debió de venir después, cuando les pusieron en las manos el recipiente
con mis cenizas. ¿Qué hacer con semejante pufo? El más pequeño sugirió
tímidamente, que podían tirarse al inodoro... Los otros, más cosmopolitas, le
miraron con lástima, frunciendo los labios con un cierto desprecio, que yo
sentí sin ver. “Bestia ignorante... Hay que arrojarlas al mar, imbécil, que es
lo progre. Hasta hay un barco que se dedica a hacerlo por un módico precio y,
además, así veríamos la costa desde fuera, cosa que nunca hemos hecho...”
Y
eso debió de ocurrir. Y aquí estoy desde hace rato, esperando remojarme lo
suficiente para integrarme en las aguas y volver al círculo.
Pero
no sé qué sucede. Empiezo a estar inquieto. Sigo flotando y, aunque aprovecho las
bajadas, tratando de que me cubra la próxima ola, el agua siempre se las apaña
para echarme fuera. Si en vez del mar, fuera una mujer, diría que no quiere
abrazarme...
Ya
se ha hecho de noche. Una tenue claridad, que supongo de la luna, hace brillar
las aguas. Sospecho que algo pasa. Es más, estoy seguro. El mar no me quiere y
no sé por qué. ¿Será quizás porque no pertenezco a este lugar?. ¿Pudiera ser
que la materia de la que estoy hecho le sea extraña y no me acepte?. Y si así
fuera, ¿qué sería de mí? ¿Flotaría eternamente sin regresar jamás a la rueda?
Eso me desazona. No tengo muy claro qué ocurrirá más tarde, pero ahora, igual
que el bebé se nota empujado fuera del útero materno, sin conocer el futuro, y
ha de salir sin remedio, así me siento. Sólo que no debo salir, sino entrar,
integrarme, formar parte...
Empieza
a nacer la luz. Sigo aquí. ¡Dios!. ¡Tengo
miedo! Por vez primera, después de dejar la vida, siento miedo... No
deseo quedarme así para siempre, viendo cambiar la luz, pasar las nubes, nadar
los peces... Si hubiera muerto en mi tierra, me habrían sepultado en el pequeño
cementerio de la colina. En el pueblo no hay hornos crematorios, ni recipientes
con cenizas, ni mar... Pero... allí me hicieron sufrir, me maltrataron, me
echaron... Mas fueron sólo algunos hombres, no todos, y desde luego no fue la
montaña, ni el río, ni los robles, ni las flores del campo, ni el canto de los
pájaros, ni el juegos de los niños...
Si
el sol quisiera... Tal vez, en una nube, flotando sobre las capas de aire,
atravesaría la península y allá, junto a la gran peña que domina la aldea, me
convertiría en gotas y, una a una, caería sobre la tierra..... y descansaría
mis cenizas en el regazo de mi madre.
Ara Antón
miércoles, 12 de octubre de 2011
El cuento que mata
Que, en épocas de sentimentalismo agudo, un libro como "Werther" haya impulsado al suicidio, a personas que ya llevaban en sí el germen fatal, es un hecho, en suma, explicable; pero que un cuento al parecer anodino - y tanto que apenas si era cuento - sea una especie de sortilegio poderoso y tenga virtud letal como el ácido prúsico, es cosa que se creerá del dominio exclusivo de la fantasía. Sin embargo, nada más real que el "cuento que mata".
Temeroso de que aún no haya perdido su virtud destructiva, me limitaré a decir que ese cuento narraba un viaje en diligencia entre dos pueblos de la provincia de Buenos Aires. El héroe comenzaba a padecer desde que subía al vetusto armatoste; estibado con un número de pasajeros mayor que el natural, sufría del calor, de los pisotones, del polvo, hasta que llegaba a su destino, anquilosado, hambriento, sudoroso, sucio, miserable... Nada más las dos enumeraciones - viejo estilo - son mías. El autor decía estas pocas palabras en dos largas columnas, incoloras e insípidas.
Todos le conocimos en aquella época, y nadie le hubiere creído encantador ni brujo. Más que nigromante parecía un buen muchacho, muy ingenuo, incapaz de hacer daño a una mosca. ¡Fíese usted de las apariencias!. . . Y, lejos de envanecerse en su maléfico poder, lo negaba a puño cerrado cuando, más tarde, alguno de sus amigos se lo echaba en cara.
Era uno de esos jóvenes periodistas (de algún modo hay que designarlos) adventicios, que nacen como los hongos en tiempo de agitación política, a la sombra del sinnúmero de diarios efímeros que aparecen y vuelven al limbo sin que nadie los recuerde ni los eche de menos. Pero nuestro publicista ocasional a quien por aliteración llamaré Reynoso O'Connel - tenía una peculiaridad que lo separaba de sus colegas: no pertenecía a redacción alguna y las frecuentaba todas mezcla de aficionado y de "cabrión", como se decía entonces buscando inútilmente quién lo empleara.
No se conformaba con ser noticiero o repórter, puestos que hubiera podido desempeñar mal que bien, sin gran dificultad. Picaba más alto: quería ser redactor, o, por lo menos, escribir artículos de costumbres - "a lo Fígaro", decía modestamente. Y presentaba su "Viaje en Galera" - tal era el título del cuento, - viaje siempre frustrado, pues los originales le eran devueltos sin conmiseración. Tanto fue y vino, que toda la gente del oficio conocía el engendro, inédito aún, como si hubiera tenido una tirada de miles de ejemplares... Es de creer que aquellos desdenes fueron envenenando la tinta de las cuartillas y dando a las frases de Reynoso O'Connell el mágico poder de que poco después aparecieron dotadas...
En efecto, una tarde, en la redacción de "La Patria Argentina", Ramón Romero, el coautor (Fray Mocho le dio una "rnanito") de los ruidosos "Amores de Giacumina", exclamó maravillado:
-¡El artículo de Reynoso O'Connell!
-¡Mentira! ¿En qué diario?
-En "La Libertad".
Incrédulos, los demás no quisimos rendimos sino a la evidencia, y el número de "La Libertad" pasó de mano en mano. ¡Era cierto! El "Viaje en Galera", aparecía, triunfal, en el diario que vegetaba ascéticamente en un segundo piso de la calle Cuyo, después de haber conocido el éxito y la popularidad.
Pero al día siguiente "La Libertad" cesaba de aparecer...
-¡Tú la has muerto! -decían por broma los amigos de Reynoso
-¡No digan pavadas! -exclamaba el autor, incomodado.
Ya iba olvidándose el suceso y la broma, cuando , meses después, alguien exclamó:
-¡El artículo de Reynoso!
-¡No puede ser!
-¡Sí! ¡Aquí está! En "El Nacional".
-El "Viaje en Galera" ostentábase sobre dos anchas columnas del diario que ilustró Sarmiento
-¡”El nacional” va a morir! - exclamó alguno entre risotadas
¡Oh, pasmo! antes de la semana, el entonces decano del periodismo argentino tiraba su último número en la vieja casa de la calle Bolívar. . .
-¡Eres un asesino! - decían a O'Connell cuantos le encontraban.-
¡Mata diarios! ¡Mata diarios!
-¡No lo repitan, por Dios! ¡No lo repitan, que me pueden perjudicar! -suplicaba el autor afligido.
-¡No! ¡No podemos tolerarlo! ¡Apenas aparece un articulo tuyo el diario se va al bombo! ¡Nos va a dejar sin tener donde escribir!
-¡No embromen! He publicado artículos, y los diarios viven y circulan cada vez más.
Reynoso O'Connell exageraba. Ningún contemporáneo recuerda ni podrá recordar jamás algún escrito suyo que no fuese el "Viaje en Galera".
Pero he aquí lo que paso después:
"Delicias del Campo" se titulaba el artículo literario publicado por "La Razón" el día de su muerte. El último que publicó "El Debate" se llamaba "A través de la Pampa". "El Porteño", segunda época, murió publicando "Un Paseo Campestre". "Sud América" falleció a consecuencia de una "Jornada Desagradable" y "La Unión", que agonizaba no pudo resistir a "Un Viajecito"...
Pero ¡horror! cada uno de estos títulos disimulaba el mismo cuento: el funesto "Viaje en Galera " de Reynoso O'Connell, que se lanzaba travestido, a cumplir su terrible misión destructora.
Alguien quiso demostrar la inocencia del cuento objetando:
- Es claro que solo se lo publican los que ya no tienen nada que perder, ni otros materiales de querido echar mano.
Pero la verdad es muy distinta. ¿Cómo explicar, si no que el mismo Reynoso O’conell desapareciera de Buenos Aires, quizás de sobre el haz de la tierra, cuando ya no quedó quien le publicara su cuento, ni aun disfrazado?...
Temeroso de que aún no haya perdido su virtud destructiva, me limitaré a decir que ese cuento narraba un viaje en diligencia entre dos pueblos de la provincia de Buenos Aires. El héroe comenzaba a padecer desde que subía al vetusto armatoste; estibado con un número de pasajeros mayor que el natural, sufría del calor, de los pisotones, del polvo, hasta que llegaba a su destino, anquilosado, hambriento, sudoroso, sucio, miserable... Nada más las dos enumeraciones - viejo estilo - son mías. El autor decía estas pocas palabras en dos largas columnas, incoloras e insípidas.
Todos le conocimos en aquella época, y nadie le hubiere creído encantador ni brujo. Más que nigromante parecía un buen muchacho, muy ingenuo, incapaz de hacer daño a una mosca. ¡Fíese usted de las apariencias!. . . Y, lejos de envanecerse en su maléfico poder, lo negaba a puño cerrado cuando, más tarde, alguno de sus amigos se lo echaba en cara.
Era uno de esos jóvenes periodistas (de algún modo hay que designarlos) adventicios, que nacen como los hongos en tiempo de agitación política, a la sombra del sinnúmero de diarios efímeros que aparecen y vuelven al limbo sin que nadie los recuerde ni los eche de menos. Pero nuestro publicista ocasional a quien por aliteración llamaré Reynoso O'Connel - tenía una peculiaridad que lo separaba de sus colegas: no pertenecía a redacción alguna y las frecuentaba todas mezcla de aficionado y de "cabrión", como se decía entonces buscando inútilmente quién lo empleara.
No se conformaba con ser noticiero o repórter, puestos que hubiera podido desempeñar mal que bien, sin gran dificultad. Picaba más alto: quería ser redactor, o, por lo menos, escribir artículos de costumbres - "a lo Fígaro", decía modestamente. Y presentaba su "Viaje en Galera" - tal era el título del cuento, - viaje siempre frustrado, pues los originales le eran devueltos sin conmiseración. Tanto fue y vino, que toda la gente del oficio conocía el engendro, inédito aún, como si hubiera tenido una tirada de miles de ejemplares... Es de creer que aquellos desdenes fueron envenenando la tinta de las cuartillas y dando a las frases de Reynoso O'Connell el mágico poder de que poco después aparecieron dotadas...
En efecto, una tarde, en la redacción de "La Patria Argentina", Ramón Romero, el coautor (Fray Mocho le dio una "rnanito") de los ruidosos "Amores de Giacumina", exclamó maravillado:
-¡El artículo de Reynoso O'Connell!
-¡Mentira! ¿En qué diario?
-En "La Libertad".
Incrédulos, los demás no quisimos rendimos sino a la evidencia, y el número de "La Libertad" pasó de mano en mano. ¡Era cierto! El "Viaje en Galera", aparecía, triunfal, en el diario que vegetaba ascéticamente en un segundo piso de la calle Cuyo, después de haber conocido el éxito y la popularidad.
Pero al día siguiente "La Libertad" cesaba de aparecer...
-¡Tú la has muerto! -decían por broma los amigos de Reynoso
-¡No digan pavadas! -exclamaba el autor, incomodado.
Ya iba olvidándose el suceso y la broma, cuando , meses después, alguien exclamó:
-¡El artículo de Reynoso!
-¡No puede ser!
-¡Sí! ¡Aquí está! En "El Nacional".
-El "Viaje en Galera" ostentábase sobre dos anchas columnas del diario que ilustró Sarmiento
-¡”El nacional” va a morir! - exclamó alguno entre risotadas
¡Oh, pasmo! antes de la semana, el entonces decano del periodismo argentino tiraba su último número en la vieja casa de la calle Bolívar. . .
-¡Eres un asesino! - decían a O'Connell cuantos le encontraban.-
¡Mata diarios! ¡Mata diarios!
-¡No lo repitan, por Dios! ¡No lo repitan, que me pueden perjudicar! -suplicaba el autor afligido.
-¡No! ¡No podemos tolerarlo! ¡Apenas aparece un articulo tuyo el diario se va al bombo! ¡Nos va a dejar sin tener donde escribir!
-¡No embromen! He publicado artículos, y los diarios viven y circulan cada vez más.
Reynoso O'Connell exageraba. Ningún contemporáneo recuerda ni podrá recordar jamás algún escrito suyo que no fuese el "Viaje en Galera".
Pero he aquí lo que paso después:
"Delicias del Campo" se titulaba el artículo literario publicado por "La Razón" el día de su muerte. El último que publicó "El Debate" se llamaba "A través de la Pampa". "El Porteño", segunda época, murió publicando "Un Paseo Campestre". "Sud América" falleció a consecuencia de una "Jornada Desagradable" y "La Unión", que agonizaba no pudo resistir a "Un Viajecito"...
Pero ¡horror! cada uno de estos títulos disimulaba el mismo cuento: el funesto "Viaje en Galera " de Reynoso O'Connell, que se lanzaba travestido, a cumplir su terrible misión destructora.
Alguien quiso demostrar la inocencia del cuento objetando:
- Es claro que solo se lo publican los que ya no tienen nada que perder, ni otros materiales de querido echar mano.
Pero la verdad es muy distinta. ¿Cómo explicar, si no que el mismo Reynoso O’conell desapareciera de Buenos Aires, quizás de sobre el haz de la tierra, cuando ya no quedó quien le publicara su cuento, ni aun disfrazado?...
Roberto J. Payró
lunes, 10 de octubre de 2011
Los días sin Mariano
"Puedo escribir los versos más tristes
esta noche..." Pablo Neruda
No sé sí alguna vez alcancé a contarles la
historia de mis días sin Mariano. Algunos - como hoy -, fueron un misterio y un
sentimiento hondo disparatado con mi pretensión de revivirlos. Mariano no era
un hombre para mí; no era hombre para
que yo - ni nadie- cayera en el tormento. Quizás una esposa bien adiestrada,
todavía díscola por insatisfacción y muy apegada a la buena vida. 0 una amiga
lejana y algo maltrecha como los recuerdos de colegio, demasiado torpes para
ser ingeniosos y demasiado ávidos para ser Inocentes.
Y ahora que trato de contar - y es la primera
vez que lo hago en mucho tiempo- con esa ligereza que da la sinceridad, con ese
vuelo de las dos manos sobre la máquina portátil siento la invasión de la
aventura. Insufrible, maltratada y llena de miedos soy lo que quedó después de
Mariano pero también soy la que fuí durante el tiempo que duró la cosa: una
intolerable y llorosa condena. a la prueba vieja como todas estas historias;
infatigable víctima de una situación trivial: macho argentino, mucha seducción,
poco caletre, cero en valoración afectiva; hembra argentina, sumisa y ansiosa
depositaria de afanes, heroína de una
tradición que exige hombres implacables y mujeres achuradas, lamentable binomio
para una novela sin excesos, protagonistas de momentos demasiado largos en que
lo escaso del goce desequilibró el fiel de la balanza. Sin embargo, debo
confesar, que el muy condenado me dio placer. Varón doble, niño asesino,
homicida de manera afable, cuánto me hizo gozar a veces. Paradójicamente, mis
goces no tuvieron nada que ver con los sentidos. No son los ejemplares como
Mariano quienes mejor hacen gozar a las mujeres sino los poetas de recursos
magros, los, varones complacientes, los tranquilos y seguros capitanes de
tormentas. Creo haber dicho que la
placidez, el tiempo holgado, una lánguida humildad, conducen a la hora de los
grandes suspiros. Y no eran esos los goces procurados aunque todos descuenten
que Mariano - su porte, su aureola reluciente, su aura afortunada- logra
grandes cosas al respecto. Voy a desvanecer esa ilusión. Voy a bajar sus humos.
Amorosamente todavía, me ocuparé de colocarlo en su lugar. No era el gran
hallazgo en la materia: demasiado apuro, demasiado nervio, demasiado rechazo
visceral que le llega sabe Dios de qué escondidos resabios que lo vieron niño
colegial maliciosamente atraído hacia la maestra, joven arrogante, hombre de
suerte (lo dicen con envidia) acostumbrado al consentimiento, accesible y
ansioso de mujercitas de paso. Que también hubo de las otras, vaya, si las
hubo. Debe haberlas todavía y mi razón vacila escudriñando sus secretos mal
guardados. ¡Ah, cómo deslizaba aquí y allá una y cándida o perversa alusión a
su entusiasmo fulminante! Y cuánto pude sufrir! Pero no fueron esos goces
sensuales los que consiguió conmigo sino otros, más hondos y veraces, los
mejores quizá porque correspondían a otras zonas. Quién lo hubiera dicho.
Mariano, que nunca pudo terminar la última página de un libro, Mariano cuya voz
se había enronquecido en mandos arbitrarios, precisamente Mariano que no ha
tenido más travesura que la mesa de trabajo, más misterio que una cama y más
cultura que la que le dio el barniz de una educación parcial. Pero precisamente
por todo eso y aun por algo más que me reservo, Mariano me dio goces,
graciosamente entrelazados con lo mejor de mi naturaleza. Y es justo que esta
noche cuente la historia de mi gratitud por la privacidad de sus almuerzos que
se parecían a los favores reales, almuerzos en los que se cruzaban y fundían
sus miradas y las mías; sus intenciones secretísimas y ms intenciones; hora y
media de sol, paréntesis celeste, intermezzo en el mare mágnum de su vida
dentro del que podíamos contarnos anécdotas que dábamos por ciertas y otras más
íntimas, cuya gracia alentaba lo profundo de nuestra condición. Le debo goces
tales. Y tantos, su voz muy dulce, rescatando en el teléfono la explosión
amorosa que, frente a frente, exigía buena dosis de whisky. Por ejemplo:
aquellas rosas que anunciaban: créame que necesito verla. Por ejemplo: aquella
muestra de entusiasmo que levantaba el escote de mi blusa. Los candorosos celos
que Mariano exponía sin pudor alguno. Por
ejemplo: su buena fe abrumadora. Hasta sus embrollos y mentiras, ¡Ah
cuánto gozo debo a estos veinte meses atroces! Ustedes lo presienten; dejan que
algunos llamen cursi a lo que ocupa cada víscera con salvaje impertinencia.
Hacen como que ignoran lo desierto que se queda Buenos Aires sin Mariano. Ya lo
dije siempre: un pueblo. Un bajo en la depresión del río, un punto en el
hemisferio austral que no vale la pena clasificar. Y no exagero. Tal era el
tiempo sin él. En rigor a la verdad, fueron días muertos porque Mariano actuaba
o Mariano era tentado por la carne o Mariano cambiaba de ubicación durante el
lapso en el que -naturalmente- la vida también se detenía. Como esta lluvia de
hoy 2 de febrero entre chaparrón y chaparrón. A Mariano que ama la forma de
llover. Que abre la ventana, que corre la cortina, que bebe un whisky para
desinhibirse. Cuánta ilusión había en la hora de la cita y en el ascensor que
me depositaba fresca y graciosa a pocos metros de sus brazos. Lo cierto es que
a sus brazos fuí a dar contadas veces, o me lo pareció. Pero cuán profundo era
el goce de su perplejidad si me mostraba segura de mí misma y el de su
veteranía si me mostraba segura.
Hay partes que no configuran esta historia y
aun así son matices del recuento: me refiero a la vida que llevó Mariano a sus espaldas.
La vida propia y sostenida por Mariano. Aquello que solía llamar sus trampas.
Aun si enumero cuánto de mal y de repudiable hubo en todo eso, surge en cada
línea que escribo para ustedes la dosis placentera con que a la hora de la cita
me volvía inexplicablemente atractiva, apta para la esperanza y para cuanto
tuviese que ocurrir.
Debo aclarar que vi morir el amor de Mariano
como una velita que se sostiene con el aliento de un enfermo grave. Tengo al
enfermo esta noche listo para la vivisección, la luz extenuada. Sin embargo, sé
que - distinto a todos- no haré vivisección alguna. Me inclino reverente ante
sus dedos de espátula y me asalta ternura por uñas corroídas. No habrá - como
otrora, con otros- vivisección para Mariano. Entero por haberme querido,
enterísimo por macho argentino y entero por insuficiencia amorosa. A cambio de
eso, le pertenecí del todo, como si hubiera sido un gran amante clásico y no el
flojazo que es. Le pertenezco y así será durante mucho tiempo como si todos los
goces del cuerpo hubieran hecho tañir con voces de rico instrumento musical, mi
voz, mi piel, mis ojos. Todo lo que tuvo Mariano sin desearlo demasiado o quizá
por eso. Él, que vivía apresurado, distraído, todo me lo dio sin cambiar sus
actitudes – flojo, falso, dual, poco generoso- seguro del sometimiento. Esta tarde en que estamos - como siempre-
separados, la vida se me va tras de sus pasos, semiasfixiada de ansiedad por el
misterio de su viaje actual, sin goce frente a las teclas de la máquina.
Anochece, llovió como la tercera vez, cuando Mariano levantó la persiana y
bebió otro trago absorto, ausente. Yo y Mariano ya no somos uno, debo ser
realista, leal y fiel tal como vociferaba. Pero he gozado tanto con Mariano (a
veces sin tocarlo, otras absorbiéndolo) que nuestra historia es como una cúpula
nocturna dentro de la cual acaba de morir un astro. Que lo elija cada lector.
Que lo elija Mariano. Hay que ponerle un nombre vital y común como las cosas
que le gustan: un nombre de caballo a un astro que se muere. Conjurar tanto
disparate. Volver a buscarlo aunque sea para recordar, grande es la memoria.
Y quien les dice que Mariano se sienta extraño
como puede estarlo un gran macho argentino, corrido por sus ambiciones, por sus
miedos y sus limitaciones. A lo mejor - quién sabe- suspirará despacio sobre el
lado que le corresponde en la almohada conyugal. Segurísimo de haber zafado ya,
cuando lo único cierto es que abrió la ventana y se puso a escudriñar hasta dar
con la estrella que me habló - hábil mundano- (cuyo nombre -lástima- no alcancé
a escuchar), lástima grande que eligiera una estrella que agoniza. Que tiritó
entre ambos pero en seguida se agitó para morir. Sabido es que hasta las
estrellas envejecen. Que se muere. Y bien: esta noche, sin que nadie lo
sospeche, ha traído goces del alma a un cuerpo escuálido. Mis lectores anotarán como lugar común,
aquello de morir de frío. Lo anotaran, pondrán un interrogatorio en el haber de
Marta que les cuenta una historia. Mi Mariano (y casi da risa comprobarlo), el
poderoso, habituado a violar intimidades
y acceder a voluntad, el hombre siempre
por la afirmativa es un muchacho que canta boleros y que va a escribir los
versos más tristes. Y en los infinitos giros de la imaginación dará vueltas
como el cuerpo indefenso al que una ola poderosa arranca de la arena y arrastra
y hace gira también. Daremos un giro
completo. Daremos vueltas hasta acertar con la palabra, los verbos, los vocativos y las interjecciones. Hemos probado
una idea de lo que pudo ser y acaso fue o nunca ha sido o sólo ocurre que así
deseamos que fuese - quizá mucho mejor u otra- Y esta historia que les cuento
no tendrá final como apenas conoció un comienzo ya que todo transcurrió sobre
el papel. Junto palabras con Ias que señalo el relato vacilante. No existió
Mariano y las días que le correspondieron; lástima grande que ni días ni Mariano. Solamente las
manos volando sobre la vieja máquina imaginando, una historia más para
contarles. Mariano y lo que pudo suceder solamente como una secuencia del acto
de escribir y una apetecible criatura de ficción que también me ha dejado sola
escribiendo para ustedes. La larga ausencia de Mariano al que transferí como el
hombre homicida de manera afable. Esta larga ausencia de Mariano que es el
cuento evasivo, el que no se da, el que se escurre. Una ausencia larga que
provoca este vacío absoluto en mí interior y a mi alrededor. Ya que los días
sin Mariano son el papel en blanco, la máquina muda y la derrota de confesarme
de ustedes sin historia.
Marta Lynch
Marta Lynch
domingo, 9 de octubre de 2011
sábado, 8 de octubre de 2011
El cielo de los celtas
El caldero mágico de la regeneración se hallaba cubierto de diamantes, y en el mismo siempre estaba hirviendo el aliento de siete vírgenes (el mejor símbolo de la fertilidad al provenir de las gargantas de unas jóvenes nunca mancilladas). También podía ser utilizado para cocinar la comida de los héroes, pero su fuego se apagaría en el momento que lo intentase utilizar un cobarde.
Junto al caldero podían encontrarse los Cwn Annwn («los sabuesos de Annwn»), de piel blanca y rojas orejas. En estos casos eran animales divinos; sin embargo, en varias leyendas son considerados criaturas diabólicas, con lo que sus cuerpos aparecen manchados de un color rojo grisáceo, y son guiados por una figura negruzca y cornuda que ofrece el aspecto de un demonio.
Para los irlandeses el más allá suponía toda una aventura, ya que era como una especie de cielo situado en las islas del océano Atlántico. Lo mismo podía hallarse debajo del agua o de la tierra. Cada una de las divinidades contaba con su lugar específico, al que se daba el nombre de sídb, sobre el que presidía. Para llegar a este lugar los muertos debían utilizar un barco, igual que se indica en la leyenda del Viaje de Bran, para navegar por las aguas más tranquilas.
Una vez en este paraíso no importaría medir el tiempo, como cuenta Miranda Jane Green, en su libro «Mitos celtas», ya que es un lugar feliz, sin límites de edad, toda una fuente de sabiduría, paz, belleza, armonía e inmortalidad. Conocida como Tiur na n'Og («la Tierra de la eterna juventud»), constituye un universo lleno de magia, encantamiento y música. Es un lugar al que se consideraba un reflejo idealizado del mundo real. Una característica de cada «sídb» o mansión eran los festines, cuyo eje central se hallaba en el inagotable caldero, siempre lleno de comida. Una imagen poderosa era la del cerdo del banquete, permanentemente renovado. Sacrificado todos los días por el dios que presidía el «sídb», renacía eternamente para volver a ser sacrificado a la mañana siguiente. El divino anfitrión del festín estaba representado, con frecuencia, como un hombre que llevaba siempre un cerdo sobre sus hombros.
El tiempo terrenal resultaba irrelevante en el Más Allá. Si algún ser humano vivo lo visitaba, se conservaría joven mientras se encontrara allí, pero al regresar a casa, recuperaría la edad terrenal que le correspondía. Se contaban historias terroríficas sobre el trágico destino de aquellos que regresaron del mundo sobrenatural; el hijo de Finn Oisin volvió a tener trescientos años cuando abandonó el mundo de los muertos, un suceso parecido es contado en el «Viaje de Bran», cuando éste y sus hombres llegan a una isla llamada la Tierra de las Mujeres, que supone una manifestación del Más Allá o del cielo, donde permanecen durante bastante tiempo; sin embargo, algunos comienzan a impacientarse al desear volver a sus casas. Antes de permitirles salir de allí, se les aconseja que no pisen la tierra, lo que olvida uno de ellos al contemplar las costas irlandeses. Pero nada más poner un pie sobre la arena de la playa se convierte en polvo, debido a que había permanecido en el cielo, donde era imposible medir el tiempo, el cual de largo había superado los dos siglos...
Allí jamás nada es mío y tuyo,
blancos son los dientes y oscuras las cejas,
un goce los atavíos de nuestras gentes,
cada mejilla ofrece el color del frutal.
Es púrpura la superficie de cada llanura,
soberbia la belleza de los huevos de mirlos;
aunque la Llanura de Fál sea suave de ver,
resulta desolada si has conocido Magh Már.
Por buena que creas la cerveza de Irlanda,
mejor te parecerá la cerveza de Tir Már.
Una tierra maravillosa es ésta de que hablo,
en ella la juventud no da paso a la vejez.
Dulces ríos cálidos fluyen por la tierra,
hidromiel o vino puedes siempre elegir,
bellas gentes sin defectos te acompañan,
concebirás sin pecado y sin lujuria.
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