miércoles, 7 de diciembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
El Disco Rojo
La triste noche de invierno había cerrado. El coronel y su joven esposa
habían agotado en una larga conversación el tema de sus preocupaciones y
esperaban los acontecimientos. Sabían que esta espera no sería larga; lo sabían
demasiado... y este pensamiento hacía temblar a la pobre mujer.
Tenían una criatura de siete
años, Abigail. Dentro de breves instantes iba a aparecer para darles las buenas
noches y ofrecer su frente cándida al beso de despedida. El coronel dijo a su mujer:
-Enjuga tus lágrimas, querida, y
en atención a ella tratemos de parecer felices. Olvidemos por un momento la
desgracia que va a herirnos.
-Tienes razón. Aceptemos nuestro
destino; soportémoslo con valor y resignación.
-Chist. Ahí está Abby.
Una preciosa niñita de
ensortijados cabellos, vestida con un largo camisón se deslizó por la puerta y
corrió hacia el coronel; se apelotonó contra su pecho, y lo besó una vez, dos
veces, tres veces.
-Pero ¡papá!... no debes besarme
así. Me enredas todo el pelo.
-¡Oh! ¡Lo siento mucho, mucho!
¿Me perdonas querida?
-Naturalmente papá. ¿Pero te
pesa verdaderamente lo que has hecho? ¿Pero te pesa de veras, no en broma?
-Eso lo puedes ver tú misma
Abby.
Y se cubrió el rostro con las
manos, fingiendo estar llorando. La niña llena de remordimientos al ver que era
causante de un pesar tan profundo, rompió a llorar y quiso apartar las manos de
su padre, diciendo:
-¡Oh, papá! ¡No llores, no
llores así! Yo no he querido hacerte sufrir! no volveré a hacerlo!
Y al separar las manos de su
padre, descubrió inmediatamente sus ojos risueños y exclamó:
-¡Oh, papá malo! No llorabas; te
estabas burlando de mí. Ahora me voy con mamá.
Y hacía esfuerzos para bajarse
de las rodillas del padre; pero éste la estrechaba entre sus brazos.
-No querida; quédate conmigo. He
sido malo, lo reconozco y no lo haré nunca más. Tus lágrimas están secas ahora,
y ni uno solo de tus rizos, está deshecho; sólo falta que me digas qué es lo
que quiere.
Un instante después la alegría
había reaparecido y brillaba en el rostro de la niña. Acariciando las mejillas
de su padre, Abby eligió el castigo.
-¡Un cuento! ¡Un cuento!
-¡Chist!
Los padres callaron por un
momento, y, reteniendo la respiración, aplicaron el oído.
Se oía un rumor vago de pasos
entre dos ráfagas del vendaval. Las pisadas aproximándose cada vez más a la
casa, pasaron por delante de ésta, y se alejaron. El coronel y su esposa
exhalaron un suspiro de alivio y el padre dijo a la niña:
-¿Un cuento es lo que quieres?
¿Alegre o triste?
-Papá -dijo Abby-, no hay que
contarme siempre cuentos alegres. La niñera me ha dicho que no todo son rosas
en la vida; que hay también en ella momentos tristes, muy tristes. ¿Es cierto
eso?
La madre suspiró y esa reflexión
de su hija no hizo sino reavivar su pena. El padre respondió con dulzura:
-Es cierto, hija mía. Pesares
nunca faltan; eso es un fastidio pero es así.
-¡Oh, papá! Entonces, cuéntame
un cuento terrible, uno que nos haga temblar y creer que nos está sucediendo a nosotros
mismos.
-Bueno. Había una vez tres
coroneles...
-¡Oh, qué bueno! Yo sé muy bien
lo que es un coronel, porque, tú eres un coronel, papá.
-y, en una batalla habían
cometido un acto grave de indisciplina. Se les había mandado que simulasen el ataque
de una fuerte posición del enemigo, pero con la orden terminante de que no se
comprometiesen. Ese ataque no tenía más objeto que distraer al enemigo,
atraerlo hacia otro sitio y facilitar así la retirada de las tropas de la
República. Pero, llevados por su entusiasmo, los tres coroneles se excedieron
en su misión, porque cambiaron ese simulacro de ataque en un verdadero asalto;
conquistaron la plaza y ganaron el honor de la jornada y la batalla. El General
en Jefe, furioso por esta desobediencia, los felicitó por la hazaña y los mandó
después a Londres para que los juzgasen.
-¿Es el Gran General Cromwell,
papá?
-Sí.
-¡Oh, papá! Yo lo he visto; y,
cuando pasa por delante de casa, tan grande sobre su caballo tan hermoso a la
cabeza de sus soldados, es tan... tan... no sé cómo decir que es.
-Los coroneles prisioneros
llegaron a Londres; se les dejó en libertad bajo palabra de honor y se les
permitió que fuesen a ver a sus familias por última...
-¿Quién anda ahí afuera?
Los padres aplicaron el oído...
Otra vez los pasos, que, como un momento antes, sonaron delante de la casa y se
alejaron. La madre apoyó su cabeza en el hombro de su marido para disimular su
palidez.
-Llegaron esta mañana.
La niña abrió desmesuradamente
los ojos.
-¿Entonces papá, es un cuento
cierto?
-Sí, hija mía.
-¡Oh, qué suerte! Así es mucho
más interesante. Sigue, papá. ¡Cómo mamá! ¿Estás llorando?
-No es nada, hija mía...
-Pero no llores mamá. Ya verás
que todo acabará bien; todos los cuentos acaban siempre bien.
-Al principio los llevaron a la
Torre, antes de permitirles que fueran a sus casas. En la Torre, el Consejo de
Guerra estuvo juzgándolos durante una hora, los declaró culpables y los condenó
a ser fusilados.
-¿Los conoces tú papá?
-Sí, hija mía.
-¡Oh! ¡Cómo querría conocerlos
yo también! A mí me gustan los coroneles. ¿Crees tú que me permitirían que los
besara?
La voz del coronel temblaba un
poco cuando respondió:
-Uno de ellos te lo permitiría,
con seguridad, querida mía. Vaya, bésame a mí por él.
-Ahí está, papá... y estos otros
dos besos son para los otros dos coroneles. Sigue, papá...
-Todo el mundo estaba muy
triste, todos sentían mucha pena en ese consejo de guerra; de modo que fueron a
buscar al General en Jefe, aseguraron que habían cumplido con su
"deber", y le pidieron gracia para dos de los coroneles, para que
sólo uno de ellos fuese fusilado. Pero el General en Jefe acogió muy mal esta
proposición:
-"Si ustedes han cumplido
su deber -les dijo-; si han obrado de acuerdo con su conciencia, ¿por qué
tratan ahora de influir en mi decisión, en menoscabo de mi honor de
General?"
Entonces ellos le respondieron
que lo que le proponían lo harían ellos mismos si estuvieran en su lugar y
tuvieran, como él, en sus manos, la noble prerrogativa de la clemencia. Este
argumento lo impresionó; se contuvo y meditó un momento. Su rostro parecía
entonces menos sombrío. Después les pidió que esperasen y se retiró a su casa.
Volvió luego, diciendo: "Que echen suertes para decidir la cuestión; dos
de ellos serán indultados".
-¿Y echaron suertes, papá?
-No; no echaron suertes. Se
negaron a hacerlo, porque consideraron que el que perdiese se habría condenado
a sí mismo a muerte voluntariamente, y eso sería un suicidio, fuese como fuese.
Al comunicar esta respuesta, agregaron que estaban preparados, que se podía dar
cumplimiento a la sentencia.
-¿Y eso qué quiere decir, papá?
-Que... los tres iban a ser
fusilados... ¡Silencio! ¿Qué es lo que oigo?... ¿Será?... No... son pasos.
-Abran... En nombre del General
en Jefe.
-¡Oh! ¡Qué bueno, papá! ¡Son
soldados! ¡Me gustan tanto los soldados! Déjame que vaya a abrirles la puerta
yo misma.
La niña bajó rápidamente, corrió
a la puerta y la abrió, diciendo alborozada:
--¡Entren, entren! Aquí están, papá.
Los conozco bien a los granaderos.
Los hombres entraron, se
alinearon presentando las armas, y el oficial que los mandaba saludó. El
coronel correspondió al saludo, con la cabeza alta. Su esposa, al lado de él,
pálida y con las facciones trastornadas, se esforzaba por dominar su dolor, que
ninguna señal exterior dejaba adivinar. La niña contemplaba la escena con
grandes ojos sorprendidos...
Un prolongado y silencioso
abrazo del padre, de la madre, de la hija... Eso fue todo. Después se oyó la
orden:
-¡A la Torre! ¡Media vuelta,
marchen!
Entonces el coronel, rodeado por
los granaderos, salió de la casa con paso firme y nervioso. La puerta se cerró
tras él.
-¡Oh, mamá! ¡Qué bien ha
concluido el cuento! Bien te lo había dicho yo; y ahora se van a la Torre, y
papá verá a los coroneles, y...
-¡Ah! ¡Ven a mis brazos, pobre
inocente criatura!...
Al día siguiente, la madre,
quebrantada por la emoción, no pudo levantarse; los médicos y enfermeras que
rodeaban su lecho, cuchicheaban de tiempo en tiempo, bajando la voz todo lo
posible. Se prohibió a Abby el acceso a la habitación, explicándosele que su
madre estaba enferma; la mandaron a la puerta de la calle para que se
entretuviese. Arropada en sus abrigos de invierno, la niña salió y estuvo un
rato jugando en la acera; pero, enseguida, al pensar en su madre, se dijo que
no estaría bien hecho dejar que su padre ignorase lo que estaba pasando en la
casa. Había que ir a la Torre y darle noticias de lo que ocurría. ¿Por qué no
iría ella misma?
Una hora más tarde, el Consejo
de Guerra volvía a reunirse en presencia del General en Jefe. Este estaba tieso
y hosco, con las manos crispadas sobre la mesa; e hizo ademán de que se podía
hablar. El relator dijo entonces:
-Les hemos rogado empeñosamente
que reflexionen; hemos insistido en esto a todo trance, pero ellos no ceden. No
quieren absolutamente echar suertes. Prefieren morir.
La fisonomía del Protector se
obscureció, pero sus labios no se movieron. Después de un momento de
meditación, habló:
-No morirán los tres. La suerte
se encargará de decidir por ellos.
Los presentes sintieron una
impresión de alivio al oír estas palabras.
-Háganles entrar: que se
coloquen uno al lado del otro con la cara contra la pared y las manos a la
espalda. Y avísenme cuando estén listos.
Al quedarse solo, el Protector
se sentó, y momentos después dio una orden a uno de los guardias: "Haga
entrar aquí a la primera criatura que pase por la calle".
El hombre volvió enseguida,
trayendo de la mano a... Abby cuyas ropas estaban ligeramente cubiertas de
nieve. La niña se acercó resueltamente al Lord Protector, ese personaje
formidable cuyo solo nombre hacía temblar las ciudades y a los grandes de la
tierra, y, sin vacilar, se trepó sobre sus rodillas, y le dijo:
-Yo lo conozco a usted, señor;
usted es el General en Jefe. Lo he visto cuando pasaba por delante de mi casa.
Todo el mundo tiene miedo de usted, pero yo no, porque usted no parecía
enfadado cuando me miró. ¿Se acuerda?
Una sonrisa se dibujó sobre las
facciones severas del Protector, que trató de salir diestramente del paso
respondiendo:
-Sí, querida... Es muy
posible... pero...
La niña le interrumpió con un
reproche:
-Dígame francamente que se ha
olvidado. Sin embargo, yo me acuerdo siempre.
-Bueno, sí. Pero te prometo que
no te volveré a olvidar, queridita; te doy mi palabra de honor. Me perdonarás
por esta vez ¿no es cierto? Pídeme lo que quieras.
-Sí, le perdono. Pero no sé cómo
ha podido olvidar usted todo eso; debe usted tener muy poca memoria; yo también,
a veces, no tengo memoria.
En ese momento se oyó un ruido
cada vez más cercano, como el paso de una partida de soldados en marcha.
-¡Soldados, soldados! Yo quiero
verlos!
-Los verás, hija mía; pero
espera un momento, tengo que pedirte una cosa.
Entró un oficial, que saludó y
dijo:
-Grandeza, allí están.
Volvió a saludar y se retiró.
El Lord Protector dio entonces a
Abby tres pequeños discos de cera, dos blancos y uno rojo. Este último iba a
condenar a muerte al coronel que lo recibiera.
-¡Oh! ¡Qué bonito es éste, el
ro...! ¿Son para mí?
-No, hija mía; son para otras
personas. Alza la punta de esa cortina, y verás detrás una puerta abierta.
Entra por ella y encontrarás tres hombres en línea, de cara contra la pared y
con las manos a la espalda. Esas manos están abiertas, para recibir estos
discos; pon uno de estos discos en cada una de ellas. Después, vuelve aquí.
Abby desapareció detrás de la
cortina, y el Protector se quedó solo. Con expresión satisfecha se dijo
entonces a sí mismo: "En mi alma y conciencia, esta buena idea acaba de
serme inspirada por Ese que no niega nunca su apoyo a los que acuden a El en
los casos difíciles".
La niña dejó caer la cortina
detrás de ella y se detuvo un momento a contemplar la escena del Tribunal: miró
atentamente a los soldados y a los prisioneros.
-¡Pero aquí hay uno que es papá!
-Exclamó-. Lo conozco aunque esté de espaldas. A él le daré el disco más
bonito.
Se adelantó con paso resuelto,
puso los discos en las manos abiertas, y después, mirando a su padre por debajo
del brazo de éste, le gritó con voz radiante de alegría:
-¡Papá, papá! ¡Mira, pues, lo
que te he dado! ¡Yo soy quien te lo ha dado!
El coronel miró el disco fatal,
y, cayendo de rodillas, estrechó a su inocente verdugo contra su corazón, loco
de dolor y de amor...
Los soldados, los oficiales y
los prisioneros ya libres, todos se quedaron paralizados ante la intensidad de
esta tragedia; la terrible escena les partía el corazón, y sus ojos se llenaron
de lágrimas... Lloraron sin falsa vergüenza. Reinaba un silencio profundo y
solemne; el oficial de guardia se levantó visiblemente conmovido, y, tocando el
hombro al sentenciado, le dijo con dulzura:
-Mi misión es muy penosa, señor,
pero mi deber exige...
-¿Exige qué? -Preguntó la niña.
-Exige que me lo lleve. Lo
siento mucho.
-¿Que se lo lleve adónde?
-A... a... a otra parte de la
fortaleza.
-¡Oh, no! ¡Eso no puede ser,
porque mamá está muy enferma y papá tiene que ir ahora a casa!
Abby se precipitó hacia su padre
y le tomó las manos:
-Vamos, papá. Vamos, yo estoy ya
preparada.
-Mi pobre hija, no puedo...
Tengo que seguirlos...
La niña echó a su alrededor una
mirada de sorpresa. Después fue a plantarse delante del oficial, y, asentando
el pie en el suelo con indignación, le dijo:
-Le repito que mamá está
enferma.
-¡Ah, pobrecita!... Bien
quisiera hacerlo, pero tengo que llevármelo. ¡Atención, guardias! ¡Presenten
armas!
Abby había desaparecido veloz
como un relámpago. Un instante después volvía, trayendo al General en Jefe de
la mano. Ante este dramático espectáculo, todos se estremecieron; los oficiales
saludaron en tanto que los soldados presentaban sus armas.
-Dígales que lo dejen. Mamá está
enferma y papá tiene que ir a verla. Yo se lo he dicho, pero a mí no quieren
hacerme caso. Y van a llevárselo.
El General se había quedado
inmóvil, paralizado.
-¿Tu papá, hija mía? ¿Es ése tu
papá?
-¡Es cierto! ¡Siempre ha sido mi
papá! ¡Por eso le he dado a él el disco más bonito, el disco rojo! ¿Se lo iba a
dar acaso a otro? ¡Ah, no!
Una expresión dolorosa contrajo
las facciones del Protector, que exclamó:
-¡Dios me favorezca! El espíritu
del mal acaba de hacerme cometer el crimen más horrible de que un hombre puede
ser culpable... Y no tiene remedio... no tiene remedio... ¿Qué hacer?
Abby gemía y lloraba ya de
impaciencia:
-Lo único que tiene que hacer es
dejar que papá se vaya. -Y sollozando agregó
-Ordéneles que lo dejen. Me ha
dicho usted que podía pedirle cualquier cosa, y ahora que le pido esto me lo
niega.
Un relámpago de ternura iluminó
el semblante duro y seco del General, que puso una mano sobre la cabeza de su
pequeño tirano, diciendo:
-¡Alabado sea Dios por esa
promesa fortuita que hice!... Y, después de El, tú también, criatura incomparable,
que acabas de recordarme mi compromiso. Oficial, hay que obedecer a esta niña. Sus órdenes son
mías. El coronel queda indultado. Póngalo en libertad.
Mark Twain
viernes, 25 de noviembre de 2011
El Clérigo Malvado
Un hombre grave que parecía
inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del
ático, y me habló en estos términos:
-Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque
nada. Su curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de
noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya
sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no
sabemos donde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa
sociedad.
-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego
que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No
sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso
evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me
dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y
primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el
tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de
teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno,
Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos
títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una
puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era
la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las
ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una
increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me
parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces
sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de
un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me
fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna
eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso
sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era
menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo
no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el
otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los
antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales
de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en
mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la
peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo
de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas
partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una
crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una
lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y
una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di
cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de
rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no
habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga
pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina...
Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a
continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y
cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un
hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la
iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina,
olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su
cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si
bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con
aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran
como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente
alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y
secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de
aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a
arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la
habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había
reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez,
saltando en extraños colores y despidiendo un olor indeciblemente nauseabundo
mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas
encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé
que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de
clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo.
Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una
decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que le
odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos.
Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar
el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la
estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de
un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial
disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa
forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos
parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la
empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y
hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar
la habitación.
El que había llegado primero
fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un
extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó
a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a
ahorcar, corrí con la idea de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió
los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me
llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia
mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en
un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa.
No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara
y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero, y luego
rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de
profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y
agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante.
Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirle; pero no me
oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y
desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la
trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo
aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que
subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez
oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo
había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que
yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo,
al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados.
Uno de ellos gritó de forma atronadora:
-¡Ahhh! ¿Conque
eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta
y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo
desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este
lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero
no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el
ático. Dijo:
-¡Así que no ha
dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión,
pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver.
Usted sabe que es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el
otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de
dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la
necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir
gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí,
y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.
-No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada
puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para
empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido
ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en
otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.
-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha
operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre
provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí,
en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir
una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado
por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me
acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes
estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la
mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de
estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de
unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos
cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso
que había llegado primero y había quemado los libros.
Durante el resto de mi vida,
físicamente, yo iba a ser ese hombre.
H.P. Lovercraft
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Hombre De Acero, Mujer De Kleenex
Es más rápido que una bala toda velocidad. Es más poderoso que una
locomotora. Es capaz de rebasar los edificios más altos de un solo
salto. ¿Por qué no puede conseguir una chica?
A la madura edad de
treinta y un años, Kal-El (alias Superman, alias Clark Kent) sigue aún
soltero. Casi con toda seguridad aún es virgen. Esto es un asunto serio.
¡La propia especie está en peligro!
Un Superman sin lazos familiares
es un Superman móvil. Ésa, han argumentado quienes redactan la crónica
de las aventuras del Hombre de Acero, es la causa de su condición. Pero
no hay que culpar a los guionistas y dibujantes de cómics.
Por lo demás, Superman no padece ningún problema psicológico.
De
acuerdo en que el pobre tonto no está enteramente cuerdo. ¿Cómo podría
estarlo? Es un huérfano, un refugiado y un alienígena. Su hogar ya no
existe en ninguna forma, excepto en gigatoneladas sobre gigatoneladas de
peligrosas y lindamente coloreadas rocas.
Tanto de niño como de
joven, Kal-El debió hallar difícil encontrar una adecuada figura
paterna. ¿Qué humano podía controlar su comportamiento antisocial? ¿Qué
humano se atrevía a intentar castigarle? Su comportamiento real, muy
social durante aquel período, indica una contención inhumana.
¿Sería
extraño que Superman derivara gradualmente hacia la esquizofrenia?
Desgarrado entre sus identidades humana y kriptoniana, eligió ser ambas
cosas, y mantuvo sus personalidades escindidas rígidamente separadas. Es
evidente una desesperación psicópata en su defensa de su "identidad
secreta".
Pero los problemas sexuales de Superman son estrictamente fisiológicos, y absolutamente reales.
La
finalidad de este artículo es señalar algunos inconvenientes médicos de
ser un kriptoniano entre seres humanos, y sugerir algunas posibles
soluciones. No se debe permitir que el humanoide kriptoniano siga el
mismo camino que el pterodáctilo y la paloma silvestre norteamericana.
I
¿Qué significa ser un kriptoniano?
Superman
es un alienígena un extraterrestre. Su constitución bumanoide es sin
duda el resultado de una evolución paralela, como los marsupiales de
Australia se parecen a sus contrapartidas mamíferas. Un nicho específico
en la ecología requiere cierta forma, cierto tamaño, ciertas
capacidades, ciertos hábitos alimentarios.
No nos dejemos engañar por las apariencias, Superman no es un pariente del Homo sapiens.
¿Qué
despierta el ansia de apareamiento de Kal-El? ¿Exhibían las mujeres
kriptonianas algún sutil indicio de apareamiento en momentos
determinados del año? Sea lo que sea, es probable que Lois Lane no lo
tenga. Podemos especular que su olor no es el correcto, menos parecido
al de una mujer kriptoniana que al de un mono terrestre. Un apareamiento
entre Superman y Lois Lane parecería sodomía.. y lo sería, por
supuesto, tanto para la iglesia como para la ley común.
II
Supongamos un apareamiento entre Superman y una mujer humana, designada LL por conveniencia.
O
bien Superman se ha vuelto completamente esquizo y cree realmente ser
Clark Kent, o sabe lo que está haciendo pero ya no le importa un
pimiento. Tiene visión de rayos X; sabe exactamente qué es lo que se
está perdiendo.
El problema es éste. Los electroencefalogramas
tomados a hombres y mujeres durante las relaciones sexuales muestran que
el orgasmo se parece a "una especie de ataque epiléptico placentero".
Uno pierde el control sobre sus músculos.
Se sabe que Superman deja
accidentalmente sus huellas dactilares en el acero y en el cemento
endurecido. ¿Qué le haría a la mujer que tuviera entre sus brazos
durante ese momento de ataque epiléptico?
III
Consideremos
la urgencia de embestidas que se establece entre un hombre y una mujer,
la monomaníaca urgencia de conseguir una mayor y mayor penetración.
Recordemos también que estamos hablando de músculos kriptonianos.
Superman
aplastaría literalmente el cuerpo de LL en sus brazos, al tiempo que la
abriría en canal desde la ingle hasta el esternón, destripándola como
una trucha.
IV
Finalmente, le saltaría la tapa de los sesos.
La
eyaculación del semen es enteramente involuntaria en el macho humano y
en todas las demás formas de vida terrestre, Sería irrazonable suponer
otra cosa de un kriptoniano. Pero, con los músculos kriptonianos detrás,
el semen de Kal-El emergería con la velocidad con que una bala de
ametralladora sale de la boca del arma.
En vista de lo antedicho, el sexo normal es imposible entre LL y Superman.
La inseminación artificial puede darnos mejores resultados.
V
Primero
debemos recoger el semen. Los glóbulos emergerán a velocidades
transsónicas. Superman debe primero eyacular, luego volar frenéticamente
tras su semen para atraparlo en un tubo de ensayo. Suponemos que hará
todo esto en la Luna, tanto por intimidad como para impedir que el semen
estalle en vapor al golpear el aire a tales velocidades.
Puede atrapar el semen, por supuesto, antes de que se evapore en el vacío. Él es más rápido que una bala a toda velocidad.
Pero, ¿podrá conservarlo?
Todas
las formas conocidas de vida kriptoniana tienen superpoderes. Lo mismo
ha de ser cierto para los espermatozoides kriptonianos vivos. Podemos
suponer razonablemente que los espermatozoides kriptonianos son
vulnerable sólo al hambre y a la kriptonita verde; que pueden viajar con
igual facilidad a través del agua, aire, vacío, cristal, ladrillo,
acero hirviendo, acero sólido, helio líquido o el núcleo de una
estrella; y que son capaces de velocidades translumínicas.
¿Qué tipo de tubo de ensayo contendrá a un organismo así?
Los
espermatozoides kriptonianos y sus inusuales poderes nos proporcionarán
más problemas. Por el momento supondremos (porque debemos hacerlo) que
tienden a permanecer en el líquido seminal, que a su vez tiende a
mantenerse en reposo en un simple tubo de ensayo de cristal. Así,
Superman y LL podrán realizar la inseminación artificial.
Al menos habrá otra generación de kriptonianos.
¿O no?
VI
Un óvulo maduro pero no fertilizado abandona el ovario de LL e inicia su viaje hacia abajo por la trompa de Falopio.
Algún
tiempo más tarde, decenas de millones de espermatozoides, liberados de
un tubo de ensayo, inician su viaje hacia arriba por la trompa de
Falopio de LL.
El momento mágico se acerca...
¿Pueden los humanos
procrear con kriptonianos? ¿Usamos el mismo código genético? En este
aspecto, LL podría procrear más fácilmente con una mazorca de maíz que
con Kal-El. Pero puede producirse una coincidencia. Si los genes se
corresponden...
Un espermatozoide llega antes que los otros. Penetra
en el óvulo, forma un bulto en su superficie. La pared celular se
engrosa para impedir que entren otros espermatozoides. Dentro del ahora
fertilizado óvulo empiezan a producirse cambios..,
Y diez millones de espermatozoides kriptonianos llegan ligeramente tarde.
Si
fueran espermatozoides humanos, habrían tenido mala suerte. Pero esas
pequeñas cosas ciegas son más poderosas que una locomotora. La pared
engrosada de una célula no las detendrá. Todos penetrarán en el óvulo,
arrasándolo por completo en una orgía de microscópica violación en masa.
Primer problema para la inseminación artificial.
Pero los problemas de LL recién acaban de empezar.
VII
Dentro
de su cuerpo hay aún decenas de millones de frustrados espermatozoides
kriptonianos. El único óvulo es ahora demasiado difuso para constituir
un blanco. Los espermatozoides se dispersan.
Se dispersan sin tener
en cuenta lo que hay en su camino. Dejan curvos canales,
microscópicamente pequeños. Finalmente todos hallarán su camino al aire
libre.
Eso deja a LL con varios millones' de microscópicas
perforaciones que conducen todas ellas hasta lo más profundo de su
abdomen. La mayoría de esos canales intersectarán una o más vueltas del
intestino.
La peritonitis es inevitable. LL se pone desesperadamente enferma.
Mientras tanto, decenas de millones de espermatozoides flotan en enjambre en el aire sobre Metrópolis.
VIII
Esto es más serio de lo que parece.
Tengamos
en cuenta que esos espermatozoides son virtualmente indestructibles. Al
cabo de unos pocos días o semanas morirán por falta de alimento.
Mientras tanto, sin embargo, son invulnerables al calor, el frío, el
vacío, las toxinas o cualquier otra cosa excepto la kriptonita verde.
Ahí están, minúsculos pero peligrosos; porque cada uno de ellos tiene
poderes supernormales.
Metrópolis se ve sacudida por diminutas
explosiones sónicas. Agujeros de gusano carbonizados por el calor
meteórico, brotan mágicamente en todo tipo de cosas: superficies de
cristal, obras de albañilería, cerámica antigua, batidoras eléctricas,
madera, animales domésticos y ciudadanos. Algunos de los espermatozoides
impactarán a la velocidad de la luz. La noche de Metrópolis cobra vida
con una red de finas y fantasmagóricas líneas azules de radiación de
Cherenkov.
Y mujeres a las que Superman no ha conocido nunca se descubren de pronto en una delicada situación.
Consideremos:
LL no quedará embarazada debido a que hay demasiados de esos ciegos
bichos sin mente. Pero cada vez que un espermatozoide se aproxime a un
óvulo humano no fertilizado en su frenética huida, atacará.
¿Cuán
cerca es bastante cerca? ¿Unos cuantos centímetros? ¿Se sienten atraídos
los es espermatozoides por indicadores químicos? Parece probable.
Metrópolis tiene una población de millones de habitantes; y un
espermatozoide kriptoniano puede viajar siguiendo un camino largo y
tortuoso, miles de millones de kilómetros, antes de renunciar y morir.
Varios miles de benditos acontecimientos de este tipo no parecen improbables.
A
todo lo cual seguirán varios miles de demandas judiciales. No es que
Superman no pueda permitirse pagar. Existe un truco cuando uno estruja
un trozo de carbón hasta darle la forma de un diamante alotrópico...
IX
El
análisis anterior nos proporciona parte de la respuesta. En nuestro
experimento de inseminación artificial, debemos usar un solo
espermatozoide. Esto no presenta ninguna dificultad. Superman puede
utilizar su visión microscópica y unas pinzas diminutas para escoger un
espermatozoide de entre el enjambre.
X
En su ansiedad,
este espermatozoide aislado puede lanzarse a través del abdomen de LL a
velocidades transsónicas, causando estragos a su paso. ¿Hay alguna forma
de frenarlo?
La hay. Podemos exponerlo a la kriptonita dorada.
La
kriptonita dorada, recordemos, despoja permanentemente a un kriptoniano
de todos sus poderes supernormales. Si expusiéramos al propio Superman a
la kriptonita dorada, resolveríamos todos sus problemas sexuales, pero
se convertiría en Clark Kent para siempre. Puede que consideremos esta
solución un tanto drástica.
Pero podemos exponer el tubo de ensayo de
fluido seminal a la kriptonita dorada y luego utilizar técnicas
estándar para la inseminación artificial.
Con cualquiera de estos métodos podemos dejar a LL embarazada sin matarla. ¿Hemos resuelto ya todos los problemas?
XI
Pese
a la exposición a la kriptonita, el espermatozoide sigue siendo
portador de genes kriptonianos. Si son recesivos, entones LL
desarrollará un feto humano. No habrá más Superman, pero al menos no
tendremos que preocuparnos por la salud de la madre.
Pero si alguno o todos los genes kriptonianos son dominantes...
¿Puede
el niño usar su visión de rayos X antes del nacimiento? Después de
todo, con ese poder, probablemente pueda ver a través de sus propios
párpados cerrados. Eso dejaría a LL estéril. Si el niño empieza a usar
su visión de calor, entonces las cosas pueden ponerse peores.
Pero
cuando empiece a dar patadas, todo habrá terminado. Se abrirá camino a
patadas al exterior, matándose a sí mismo y a su madre.
XII
¿Hay alguna solución?
Hay
varias. Cada una de ellas tiene sus inconvenientes. Podemos hacer que
LL lleve un cinturón de kriptonita alrededor de su talle. Pero demasiada
poca kriptonita puede permitir al niño hacerle daño, mientras que
demasiada cantidad puede dañar o matar al niño. ¡Las cantidades
intermedias pueden hacer ambas cosas! Y no hay ninguna forma segura de
experimentar.
Lo mejor es hallar una madre anfitriona.
Todavía no
hemos tomado en consideración la existencia de Supergirl. Ella podría
gestar al niño sin ningún problema. Pero Supergirl tiene una identidad
secreta, y su identidad secreta no está más casada que la propia
Supergirl. Si se exhibiera embarazada, probablemente sería expulsada de
la escuela.
Una solución mejor puede ser implantar el feto en
desarrollo en el propio Superman. En el abdomen de un hombre hay lugares
donde un feto podría extraer el alimento adecuado, creciendo como un
parásito, y donde no causaría ningún daño indebido a los órganos que lo
rodearan. Presumiblemente Clark Kent puede tomarse unas largas
vacaciones más fácilmente que el alter ego escolar de Supergirl.
Cuando
llegara el momento, el niño podría ser extraído mediante una cesárea.
Tendría que ser extraído pronto, pero no habría ningún problema con las
incubadoras en tanto fuera alimentado. Dejo el problema de cortar la
piel de Superman como un ejercicio para el lector alerta.
La mente se
tambalea ante la imagen de un Superman embarazado patrullando los
cielos de Metrópolis. Batman rechazaría ser visto con él; extraños
nuevos chistes circularían en las prisiones..., y la raza de Kripton
estaría segura al fin.
Larry Niven
lunes, 21 de noviembre de 2011
Uno de cada tres
Más
querría encontrar quién oyera las mías que a quién me narre las suyas.
PLAUTO
Está dentro de mis cálculos que
usted se sorprenda al recibir esta carta. Es probable, también, que al
principio la tome como una broma sangrienta, y casi seguro que su primer
impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y, no obstante,
difícilmente caería en un error más grave. Vaya en su descargo que no sería el
primero en cometerlo, ni el último, desde luego, en arrepentirse.
Se lo diré con toda franqueza: me
da usted lástima. Pero este sentimiento no sólo resulta natural, sino que está
de acuerdo con sus deseos. Pertenece usted a esa taciturna porción de seres
humanos que encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor. Le
ruego que se consuele: su caso nada tiene de extraño.
Uno, de cada tres, no busca otra
cosa, en las más disimuladas formas. Quien se queja de una enfermedad tan cruel
como imaginaria, la que se anuncia abrumada por el pesado fardo de los deberes
domésticos, aquel que publica versos quejumbrosos (no importa si buenos o
malos) todos están implorando, en el interés de los demás, un poco de la
compasión que no se atreven a prodigarse a sí mismos. Usted es más honrado:
desdeña versificar su amargura, encubre con elegante decoro el derroche de
energía que le exige el pan cotidiano, no se finge enfermo. Simplemente cuenta
su historia, y, como haciendo un gracioso favor a sus amigos, les pide consejos
con el oscuro ánimo de no seguirlos.
A usted le intrigará cómo me he
enterado de su problema. Nada más sencillo: es mi oficio. Pronto le revelaré qué
oficio sea ése.
Continúo. Hace tres días, bajo un
sol matinal poco común, abordó usted un autobús en la esquina de Reforma y
Sevilla. Con frecuencia las personas que afrontan esos vehículos lo hacen con
expresión desconcertada y se sorprenden cuando encuentran en ellos un rostro
familiar. ¡Qué diferencia en usted! Me bastó ver el fulgor con que brillaron
sus ojos al descubrir una cara conocida entre los sudorosos pasajeros, para
tener la seguridad de haberme topado con uno de mis favorecedores.
Obedeciendo a un hábito
profesional agucé furtivamente el oído. Y en efecto, no bien había usted
cumplido, de prisa, con los saludos de rigor, se produjo el inevitable relato
de sus desgracias. Ya no me cupo duda. Expuso los hechos en tal forma que era
fácil ver que su amigo había recibido las mismas confidencias no más allá de
veinticuatro horas antes. Seguirlo durante todo el día hasta descubrir su
domicilio fue como de costumbre la parte de mis disciplinas que, me gustaría
saber la razón, cumplo con más placer.
Ignoro si esto le servirá de enojo
o de alegría; pero me veo en la urgencia de repetirle que su caso no es
singular. Voy a exponerle en dos palabras el proceso de su situación presente.
Y si, aunque lo dudo, me equivoco, tal error no será otra cosa que la
confirmación de la infalible regla.
Padece usted una de las dolencias
más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus
semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más
grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor
como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se
conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil. Usted
corresponde a los últimos, y en esa simple correspondencia se originan su
desgracia y mi oficio.
Me atrevería a jurar que se inició
usted refiriendo su conflicto amoroso a un amigo íntimo, y que éste lo escuchó
atento hasta el fin y le ofreció las soluciones que creyó oportunas. Pero
usted, y de aquí arranca el interminable encadenamiento, no consideró acertadas
esas fórmulas. Si le propuso con firmeza cortar, como se dice, por lo sano,
usted encontró más de un motivo para no dar por perdida la batalla; si, por el
contrario, su consejo fue seguir el asedio hasta la conquista de la plaza,
usted se inundó de pesimismo y lo vio todo negro y perdido. De ahí a buscar el
remedio en otra persona apenas si hay algo más que un paso. ¿Cuántos dio usted?
Emprendió un esperanzado
peregrinaje, hasta agotar su concurrida libreta de direcciones. Incluso trató
(con éxito creciente) de entablar nuevas relaciones para apurar el tema. No es
extraño que de pronto reparara en que el día tiene tan sólo veinticuatro horas,
y en que esa desconsideración astronómica constituía un monstruoso factor en su
contra. Fue preciso multiplicar los medios de locomoción y planear un horario
de sutil exactitud. El uso metódico del teléfono vino en su auxilio y ensanchó,
es cierto, sus posibilidades; pero este anticuado sistema todavía es un lujo, y
el setenta por ciento de aquellos a quienes usted quiere mantener enterados
carecen de esa dudosa ventaja.
No contento con los desvelos y el
insomnio, principió usted a madrugar para ganar un tiempo cada vez más fugitivo
e irreparable. El descuido de su aseo personal se hizo notorio: la barba le
creció montaraz; sus pantalones, antes impecables, se vieron invadidos por las
rodilleras, y un terco polvo gris cubrió de pesadumbre sus zapatos. Le pareció
injusto, pero tuvo que aceptar el hecho de que, si bien usted madrugaba lleno
de entusiasmo, escaseaban los amigos dispuestos a compartir esa vehemencia
matinal. Así, ¿hay que decirlo?, ha llegado el momento ineludible en que usted
es físicamente incapaz de conservar bien informado al amplio círculo de sus
relaciones sociales.
Ese momento es también mi momento.
Por una modesta suma mensual yo le ofrezco la solución más apropiada. Si usted
la acepta—y puedo asegurar que lo hará porque no le queda otro remedio—relegará
al olvido el incesante deambular, las rodilleras, el polvo, la barba, los
fatigosos telefonemas.
En pocas palabras: estoy en
condiciones de poner a su disposición una excelente radiodifusora
especializada. Dispongo en la actualidad (por el sensible fallecimiento de un
antiguo cliente afectado por la Reforma Agraria) de un cuarto de hora que si
tomamos en cuenta lo avanzado de sus confidencias, sería más que suficiente
para sostener a sus amistades ya no digamos al día, pero al minuto, de su
apasionante caso.
Creo de más enumerar a usted las
ventajas de mi método. Sin embargo, le insinuaré algunas.
l.a El efecto sedante sobre el
sistema nervioso está garantizado desde el primer día.
2.a Discreción asegurada. Aun cuando
su voz podrá ser recibida por cualquier sujeto poseedor de un aparato de radio,
juzgo improbable que personas ajenas a su amistad quieran seguir una
confidencia cuyos antecedentes desconocen. Así, se descarta toda posibilidad de
curiosidad malsana.
3.a Muchos de sus amigos (que hoy
escuchan con desgano la versión directa) se interesarán vivamente por la
audición radiofónica con sólo que usted mencione en ella sus nombres en forma
abierta o alusiva.
4.a Todos sus conocidos estarán
informados al mismo tiempo de los mismos hechos.
Circunstancia que evita celos y
reclamaciones posteriores, pues solamente un descuido, o un azaroso desperfecto
en el aparato propio, colocaría a alguno en desventaja respecto de los demás.
Para eliminar esa contingencia deprimente cada programa se inicia con una breve
sinopsis de lo narrado con anterioridad.
5.a E1 relato cobra mayor interés
y variedad, y puede amenizarse, cuando así se considere oportuno, con
ilustrativas selecciones de arias de ópera (no insistiré sobre la riqueza
sentimental de las italianas) y trozos de los grandes maestros.
Un fondo musical adecuado es
obligatorio por reglamento. Además, una amplia discoteca, en la que se recogen
hasta los más increíbles ruidos que el hombre y la naturaleza producen, está al
servicio del suscriptor.
6.a E1 relator no ve la cara de
los oyentes, lo que evita toda suerte de inhibiciones, tanto para él como para
los que lo escuchan.
7.a Siendo la audición una vez al
día y por un cuarto de hora, el confidente dispone de veintitrés horas y tres
cuartos de hora adicionales para preparar sus textos, impidiendo así, en
absoluto, contradicciones molestas y olvidos involuntarios:
8.a Si el relato alcanza éxito y
al número de amigos y conocidos se suma una considerable cantidad de oyentes espontáneos,
no es difícil encontrar casa patrocinadora, lo que une a las ventajas ya
registradas cierta factible ganancia monetaria que, de ir creciendo, abriría
las posibilidades de absorber las veinticuatro horas del día y convertir, así,
una simple audición de quince minutos en un programa ininterrumpido de duración
perpetua. Mi honestidad me obliga a confesar que hasta ahora no se ha producido
este caso, pero ¿por qué no esperarlo de su talento?
Este es un mensaje de esperanza.
Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de
seres como usted. Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373
kilociclos, en la banda de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche,
en invierno o en verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más
diversas e inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de
un capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco
bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de
una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15
de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un ex
dictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando
interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.
Augusto Monterroso
No es nada
La otra tarde pasaba una
negra vieja, pero muy vieja, cargada de años y achuras, con un sucio atado de
las mismas, y mendrugos, y virutas sobre las motas que sus muchos años blanqueaban,
por el mentidero público, cuando al resbalar en una cáscara de naranja, cayó
la infeliz largo a largo, midiendo con su flaca humanidad el umbral, sobre el
que los desocupados de toda hora, así cortan sayas como arañan honras de
cuantas pasan.
El negrito que camina con
las rodillas, permanente en la puerta de la Confitería del Aguila[1], se agachó a levantarla, pero como dos
marinos de tierra, perpetuamente anclados en aquel apostadero, y un otro
oficial de caballería a pie, trataran de hacer lo mismo, este amontonamiento
enredóse de tal manera, que no pudo impedir se enpujaran unos con otros.
cayendo sobre ellos otros tantos pasantes de la vereda a la hora que más pasan.
Atravesaron el jardín de
enfrente, sin flores, que en veinte varas cuadradas exhibe más que cultiva
Dordoni, y ya el grupo primitivo de cinco, diez. veinte personas, seguía
aumentándose y creciendo y rebalsando el arroyo, sin saber los de atrás, últimamente
llegados, qué había sucedido a los primerizos, ni lo que significaba tal enmarañamiento
de negros y blancos, hombres y mujeres, civiles y militares, entre gritos y
confusión.
Y como en los tiempos que
corren se vive con el Jesús en la boca, pues sin aviso previo se mete el tiempo
en agua o en revuelta, sonó el pito del vigilante en la esquina, repitió la
señal de alarma el gallo de la otra cuadra, pitó el de más allá, y
por las cuatro bocacalles viéronse correr hacia el mismo punto vigilantes y
particulares, preguntando azorados a la vez: "¿Qué hay? ¿Qué hay?",
sin que se atinara a responder. El grupo iba engrosando, alargándose y
prolongando la cola, aumentada por la obstrucción de "tramways"
entrecruzados (calle Cangallo y Florida), sin poder seguir, cuando uno de los
vendementiras gateando bajo las piernas de la multitud compacta, sofocado y
jadeante salió precipitadamente contando a los más alejados:
-¡No es nada! La tía Marica
que pasaba cargada de astillas para calentar el puchero de los negritos que
tiene en su rancho del Paso Colón está furiosa, porque el resbalar se le ha
roto el pito.
-Si en esta tierra no gana
uno para sustos -decía un extranjero de encendida nariz color coñac, de los que
siempre andan denigrando al país en que enriquecen...
Y el grupo crecía, y [se]
arremolinaba, viéndose venir a mata caballo, en dirección del Retiro, al
oficial de policía que saltando en el mismo, al tirar su cigarro recién
encendido, murmuraba:
-Maldito oficio éste, que ni
tiempo deja para encender el pucho, cuando ya está la revolución de vuelta.
Llegaba por el opuesto
extremo otro oficial de esos que siempre llegan cuando se acaba de acabar todo
sucedido, gritando muy apurado:
-A ver, a ver: ¡paso a la
autoridad!
Al oír
"autoridad", por la de sí mismo el pueblo soberano más se encrespaba,
atropellándose, y como en oleadas humanas, condensábase o se dilataba en
pequeño grupo primitivo, no ya de veinte o cuarenta, sino de ochenta o
doscientas personas, empinándose los de más atrás, sin conseguir averiguar
mejor que los inmediatos el motivo de tal. confusión, atropello y gritería.
La hora, el lugar, la
situación, los estudiantes del "Instituto Libre", demasiado libres en esa calle, que parece
estudiaran en la misma por lo mucho que la frecuentan, y los no jóvenes del
Club Político de la vuelta, los vendedores de sustos o
mentiras, de flores y de cuanto se vende o no se vende en las cuatro esquinas,
larga cola y muy larga, añadían al numeroso grupo petrificado sobre los
umbrales de la Confitería del Aguila, y más compacta y apiñada sin poder
penetrarla, ni conseguir saber lo que había o no había.
Gritos y exclamaciones por
todas partes; la gangolina subía y crecía de diapasón, percibiéndose
apenas los ecos: "¿Qué hay?", "¡No es nada!", "¡Ya lo
agarraron!", sin [poder] nadie darse cuenta de la verdad, tan lejos se
estaba del principio...
A la otra cuadra se
comentaba:
-¡No es nada! ¡Si es una
negra vieja que resbaló en una cáscara de naranja, con su atado de desperdicios
llevados para sus negritos! Parece una merienda de negros.
-No insulte -contestó un
negro muy currutaco y encopetado que pasaba-, pues los blancos
lo hacen peor.
Pero como el cierra-puertas
se propalaba por toda la calle al oír el estrépito con que cerrábanse las de la
susodicha Confitería, y ruido como de cañones resonando hacia la calle
adyacente producido por la "artillería de Bollini", en retirada, y el
timbre de la comisaría inmediata seguía pidiendo auxilio, se divisó al confín
de la calle y a paso de carga, un piquete de bomberos con el activo coronel
Calaza a la cabeza, de quien se cuenta duerme sólo con un ojo y [con la] mano
en la manguera.
Allá por la Plaza del Retiro
hablábase de pedir fuerzas a Palermo. Los más asustados asomaban a las
barrancas, observando si la escuadra había cambiado de fondeadero, o ido a
echar anclas en Chivilcoy, como en otra ocasión leímos en la pizarra de la
Bolsa de Liverpool.
En el Departamento Central
de Policía se repetían los toques de alarma, reconcentrando allí todos los
vigilantes de las comisarías.
2
Y entre explicaciones mal
dadas y comentarios adulterados y exageraciones aumentadas, disputas de cívicos y radicales que a pretexto de cualquier cosa se enciende
el fuego cuando está el aire impregnado de materias inflamables, seguía y
proseguía aumentando aquella larga cola, sin cabeza.
Los más flojos de los
pasantes corrieron a guardar el sustazo en casita, mientras que los más guapos
-cuando no ven peligro- gritaban:
-¡Revolución! ¡Revolución!
¡Ya se armó la gorda! ¡Que se aten los calzones, ladronazos politiqueros!
-¡Hasta cuándo hemos de
vivir en perpetua revolución! -exclamaban-. ¡Si esto no es vivir!
Todos gritaban a un tiempo,
hormigueaban y gangolineaban; y unos porque nada sabían, y otros porque sabían
demasiado, el tumulto continuaba, oyéndose en los grupos más lejanos diversas
exclamaciones:
-¡Parece que es una bomba de
dinamita que ha reventado! -dijo uno.
-¡Es un revolucionario que
ha muerto a tres de un revés! -agregó otro.
-¡No es nada! Si es una
negra vieja que llevaba para sus negritos.. .
En esto se oyó en el confín
de la calle, al boletinero:
-¡Ultima hora! ¡Revolución
en la calle Florida! ... Boletín con el suceso ocurrido en la Confitería del
Aguila! ... ¡Revolución.. .
-A ver muchacho: ¿Qué llevas
ahí? trai pa cá esos papeles; ¿por qué gritas "revolución"? -decía, v
procedía el vigilante de más tonada, rompiendo los boletines, a tiempo que dos
ingleses que venían de la bolsa, comentaban entre sí, el porqué había subido el
oro quinientos por ciento.
Y el tumulto inexplicable
crecía y seguía y la cola se aumentaba, mientras los bomberos aseguraban mangueras
en las boca-mangas del agua corriente.
Una hora no había pasado del
malhadado resbalón de la negra vieja Marica, cuando distintos eran sus
comentarios en apartados barrios de la ciudad.
Como al través de inmenso
vidrio de aumento en anteojo de larga, pero de muy larga vista, que reprodujera
en gigantescas proporciones lo que lejano descubre, el primitivo grupo,
tropezón de los cinco en la puerta de la Confitería del Aguila, creíase en el
Retiro; bomba estallada en Palermo; motín del Cuartel en el Rosario; revolución
en la Capital (vista desde Mendoza) y derrocamiento del gobierno, oído desde
Londres, cuya Bolsa tiene largo oído para hacer subir hasta quinientos el
cambio de oro, según las vibraciones eléctricas que hasta allí llegan.
En la Casa Rosada, el
Intendente Don Manolito mandó trancar
las puertas y ventanas, menos para impedir entrasen los imaginarios
revolucionarios. que para evitar saliera el Presidente a la calle, ni sus
ministros, dispuestos a morir al pie de una silla que no ambicionaron.
En la casa de enfrente
(Congreso), el diputado general Mansilla m con su vehemente impetuosidad, al
oír la queja que exponía un boletinero:
-¿En qué país estamos?
-exclamó-. ¿En qué tiempos vivimos, señores diputados? ¿Por qué se coarta así
la libertad de la prensa, y se impide la circulación de la palabra impresa? ¿No
blasonamos ser apóstoles de la libertad? ¡Muramos por ella, y con ella! ...
Hago moción previa para que interpele al ministerio, con qué derecho agentes de
policía se permiten secuestrar boletines que circulan por las calles...
Del Rosario llegó un
telegrama al diario más mentiroso de esta capital:
"¿Digan qué hay? Aquí
corre que una negra bomba ha caído en el umbral de la Confitería del
Aguila."
Poco después, otro de
Mendoza:
"¡Listos! He mandado
encender la máquina, nos penemos ya en marcha. Parece que el movimiento
revolucionario que ha asomado en la calle Florida. tiene ramificaciones en
Santa Fe, Corrientes y Santiago. Aquí todos los amigos están prontos para concurrir
a la primera seña..".
…………………………………………………………………………………………
¡Mucho por nada, y todo porque al pasar una negra vieja con su atado de astillas y
virutas para calentar el puchero de sus negritos en el bajo de Colón, resbaló
en una cáscara de naranja!
Y chorros de agua, y cargas
de caballería, y vigilantes a todo escape, para deshacer el grupo primitivo
en que enredáronse sobre una negra caída, muchachos y marinos, caballeros y
reporteros, pasantes y espectadores, formando enmarañamiento tal, que
vigilantes, sargentos e inspectores, comisarios, oficiales y bomberos no
pudieron desenredar, aumentando la inacabable gangolinería de "¡No es
nada!, ¡No es nada!". y recién después de ímprobo trabajo consiguióse
apaciguar el tumulto.
En momentos de sobresaltos,
de intranquilidad intermitente, cuántas ocasiones los vende-mentiras, alarmistas
v politiqueros, creen ver una termpestad dentro de una tetera…
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