jueves, 24 de marzo de 2011

Richard Feynman

                  


Por un viejo amigo supe de la existencia de  un físico americano  llamado  Richard P. Feynman (1918-1988).  No es nada corriente que mis amistades me hablen de gente de ciencia, por lo que me dije:  algo interesante tendrá ese chico. Lo cierto es que menudo curriculo tenía el chaval, no sólo le habían dado el Premio Nobel, sino que a lo largo de su vida había sido de  de lo más polifacético: profesor, pintor, músico y en algún lugar he leído que  hasta anecdotista. Me gustó.  Hasta pasé por alto que hubiese colaborado en el desarrollo de la primera bomba atómica. No crean que me dejé cautivar por su buen porte, a mí me gustan más bien los chicos normalillos, me  cautivaron  sus expresivas  manos,  yo nunca sé que hacer con las mías, su sentido del humor y sobre todo me gustó saber que a veces puedo , dentro de mi simpleza, coincidir en mi visión de  ciertas cosas con toda  una eminencia.

La primera bomba atómica fue detonada en el desierto de Nuevo México el 16 de Julio de 1945. Unos días más tarde Feynman escribe a su madre contando la experiencia. La carta viene recogida en un libro de cartas titulado en español: ¡Ojalá lo supiera!.


                Fragmento de una carta envia por Richard Feynman a su madre Lucille Feyman
                                                                      8 de agosto de 1945





EL PLACER DE DESCUBRIR COSAS (1981)

"Yo puedo vivir con la duda y la incertidumbre de no saber. Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que pueden estar mal. Tengo respuestas aproximadas, posibles creencias, diferentes grados de certeza sobre distintas cosas, pero no estoy absolutamente seguro de nada y de muchas cosas no sé nada. Como si significase algo preguntar ¿ Por qué estamos aquí? lo que la pregunta puede significar puedo pensarlo un poco, pero si no puedo sacarlo entonces paso a otra cosa... No tengo que saber una respuesta. No me siento atemorizado por no saber cosas, ni por estar perdido en el misterioso universo sin tener propósito, que posiblemente sea así, por lo que puedo ver, eso no me atemoriza".

The Pleasure of Finding Things Out  es un documental que recoge una entrevista realizada en 1981 por la BBC a Freynman. Dejo el vídeo de primera parte.  En You Tube  se pueden ver las otras cuatro partes del documental.





Ahora el Feynman artista:


http://www.museumsyndicate.com/artist.php?artist=380&start=50&sort_mode=1

Portrait of a Nude Woman (1975)

Female Posing (1968)




Cathy McAlpine Myers

 
                 

Contra la lluvia

Lady Augusta Gregory se ha referido una vez a ciertas prácticas mágicas de los gaélicos antiguos contra la lluvia. Algunas de las cuales exigen que previamente se identifique un culpable, que lo había, del temporal pluvioso. En tiempos de las persecuciones de los paganos contra los primeros cristianos, éstos eran acusados de los chaparrones y las inundaciones. Se refiere a ello Tertuliano, citando aquello de pluvia cadet, causa christiani sunt. Llueve, la culpa es de los cristianos. Y en seguida venía la degollina. Esto de los mártires y la meteorología está sin estudiar. Yo tengo tomadas algunas notas.

Ahora recuerdo aquel Teótimo de Adana —la ciudad episcopal del famoso clérigo Teófilos, cuya historia cuenta, entre otros, Gonzalo de Berceo—, que fue acusado de haber puesto en el cielo, desde el alba a la anochecida, un espléndido arco iris el día en que fueron quemadas allí unas vírgenes. Salieron guardas contra Teótimo, lo hubieron, y en su zurrón encontraron el arco iris doblado. Teótimo hubiera podido atar con él a los persecutores, y quemarlos, que el arco iris tenía partes de ardiente y terrible fuego, pero era un alma compasiva. El arco iris se perdió en lo alto, donde parpadean las estrellas, y Teótimo se dejó cortar a trocitos en la plaza de Adana, junto a la fuente, que eran cuatro leones que echaban agua por la boca, como en la antigua de la Plaza Mayor de Lugo.

Volviendo a la magia gaélica, identificado el culpable de las grandes lluvias en la isla de San Patricio, se averiguaba por qué era pluvioso. Fagha Fiona, por ejemplo, producía nieblas y grandes lluvias cuando se ponía melancólico y añoraba los años pasados en Ceash como paje de la hermosa Guendola. Comenzaba la cenicienta neblina por envolverlo a él, espumilla de la memoria de los alegres días, y después envolvía su reino y finalmente toda la isla y el gran mar. Fagha pasa por ser el inventor, en Irlanda, de las tenacillas para rizar el pelo. El deán Swift se rió una vez de estas fábulas de las invenciones, a las que los gaélicos fueron tan aficionados como los griegos del tiempo pasado. Por ejemplo, de Lenke O'Donnell, inventor del colador. Y volviendo a Fagha Fiona, hubo que convencerlo de que hiciese un viaje a Ceash, donde todavía vivía Guendola, sentada en la solana, enrollando hojas de menta seca y diciendo adiós con un pañuelo rojo a los viajeros. Guendola era ya una anciana, el pelo blanco, pero conservaba toda la dentadura y aún tenía los labios frescos y colorados. Fagha no se atrevió a acercarse a ella, porque vestía un traje viejo y mendado, pero le habló desde detrás de la cerca que hacían al jardín de la dama los varales en los que se enredaba el lúpulo. Recordaron ambos veranos pasados y Guendola sonrió. Desde entonces Fagha dejó de ser pluvioso y cada vez que recordaba los días de Ceash recordaba la sonrisa de Guendola, y entonces, aunque fuese en el medio del cruel invierno, se abría sobre el mundo una hermosa hora de dulce sol.

Actualizando el pensamiento de aquellos magos célticos, siempre además poetas en voz alta y arpistas estrepitosos, se podría afirmar que una concentración en un punto determinado de media docena de tristes y angustiados puede producir un día de intensa lluvia. Probablemente si encima son literatos, las lluvias serán más fuertes. Habría que buscarles a los tristes memorias alegres para que cesasen las lluvias.
 
Viajes imaginarios y reales-Alvaro Cunqueiro

domingo, 20 de marzo de 2011

Vacas


Imaginemos un hipotético caso en que se me permitiese escoger un único animal de todos los que hay en este mundo para poder observarlo el resto de mis días. En un momento inicial e impulsivo, tal vez,  me dejase llevar por el físico y escogiese el tigre de Bengala, el Tigre de Malasia en sus años mozos tampoco desmerecia, pero no me voy a desviar del asunto, después de esos instantes iniciales de ofuscación seguro que elegía un animal que siempre he venerado: la vaca.  Nunca  he podido  resistirme a la tierna mirada de una vaca.
De pequeña pasaba los veranos es casa de mis abuelos, entre puchas,  amarelas, vermellas y rubias. Qué nombres más curiosos les ponen a las vacas. Cada mañana salían a pacer  en doble  fila india y  cada tarde regresaban mereando sus colas en un afán de espantar las molestas moscas,  igual de ordenadas. Sólo alguna jovenzuela díscola, de vez en cuando,  se exhibía,  rompiendo la monotonía y lanzando algún amago de coz que solía quedarse en nada.
Por mi  carácter diría que soy un poco vaca. No es la primera vez que me dicen "vaca, mueve el culo".  No me malinterpreten. No soy la persona  más vaga del mundo,  ni creo que las vacas lo sean. Pienso que las vacas son seres meditabundos que no han nacido para la acción.  Habrá quien crea que son un poco lelas pero yo más bien creo que son como el dios del que me hablaban las mojas en mis años infantiles. Ese ser que nos contempla a todo rato, pero no inteviene ni para bien ni para mal porque ha hecho de nosotros seres libres y  con su intervención violaría esa libertad. Las vacas igualito. Te observan y ni se inmutan, no mueven apenas ningún músculo que no sea para rumiar  y rara vez cambian su posición excepto que no respetes su espacio vital. No es vagueza, no señor,  es vivir y dejar vivir.

Les sorprendería a donde han llegado algunas vacas, desde posar como la mejor top model  a cantar , actuar  o  escribir un libro de memorias.



                                               Memorias de una vaca- Bernardo Atxaga
Una vaca que quiera ser vaca de verdad, y no una vaca tonta, acabará por toparse con el desierto; no conseguirá cumplir con el deseo sin antes conocer el amargo reino que, lejos de este mundo, sólo puede ofrecerle arena. Y entre la arena, sin una brizna de hierba, sin una gota de agua, la vaca que quiera ser vaca de verdad creerá enloquecer, y a veces, los días en que el sol castigue con más fuerza, se arrepentirá de haber comenzado el viaje y soñará con las dulzuras del establo que dejó. Pero ella, que recuerda bien lo tontas que suelen ser las vacas tontas, no cederá al desaliento; seguirá adelante hasta atravesar el desierto y tener antes sus ojos los montes húmedos y los bosques sombreados. Entonces, recordando lo que dijo el poeta, declarará así: Cela s´est passé, ya todo ha pasado, he salido del infierno, veo el mundo con ojos y corazón nuevos. Antes me faltaba la balanza de medir el valor de las cosas; pero ahora en el desierto, la he encontrado.
Yo también quería ser una vaca de verdad, y apartarme de la tontería lo más posible, reunirme de nuevo con La Vache, mi primera y única amiga; pero el camino que llevaba del grupo de las tontas hasta ella era un camino que cruzaba el desierto.
Y el desierto, en mi caso, tenía un nombre: Soledad. No Pobreza, Enfermedad o Cárcel, como se llaman los desiertos de tanta y tanta gente, sino Soledad. Por decirlo de otra manera, era un desierto opuesto al de Pauline Bernardette, pues el de ella era el que habitualmente se conoce con el nombre de Matrimonio.
                                                                           

He fotografiado algunas vacas a lo largo de mi vida,  no voy a decir que ninguna haya dicho ni mu, pues algún mu ha habido, pero ninguna se ha negado a ser retratada y todas han posado con naturalidad vacuna.

Leme-Brasil


Galicia-España

                                                                                           
Viñales-Cuba

Isla de Taquile-Perú

 
Yangshou-China

 

Isla de Pascua- Chile


Tal vez no se crean lo de las  habilidades artísticas, vean, vean: 

 


http://www.youtube.com/watch?v=MZqMGWcEv2Y


Una muestra de que Las vacas están haciéndose un lugar en este mundo de hombres es que han logrado tener una exhibición vacuna de carácter mundial: la CowParade. Las vacas más osadas han colaborado con artistas de todo el mundo permitiendo que en cada lugar que han visitado  los artistas locales las hayan disfrazado de lo más variopinto.

http://www.alonsoformula.com/foto3d/cow_parade_vigo_1.htm
http://www.cowparade.com/WorldwideGallery.php




El salto

Un navío regresaba al puerto después de dar la vuelta al mundo; el tiempo era bueno y todos los pasajeros estaban en el puente. Entre las personas, un mono, con sus gestos y sus saltos, era la diversión de todos. Aquel mono, viendo que era objeto de las miradas generales, cada vez hacía más gestos, daba más saltos y burlábase de las personas, imitándolas.
De pronto saltó sobre un muchacho de doce años, hijo del capitán del barco, quitóle su sombrero, púsoselo en la cabeza y gateó por el mástil. Todo el mundo reía; pero el niño, con la cabeza al aire, no sabía que hacer: si imitarlos o llorar.
El mono tomó asiento en la cofa, y con los dientes y las uñas empezó a romper el sombrero. Hubiérase dicho que su objeto era provocar la cólera del niño al ver los signos que le hacía mostrándole la prenda.
El jovenzuelo le amenazaba, le injuriaba; pero el mono seguía su obra.
Los marineros reían. De pronto el muchacho púsose rojo de cólera; luego, despojándose de alguna ropa, lanzóse tras el mono. De un salto estuvo a su lado; pero el animal, más ágil y más diestro, se le escapó.
- ¡No te irás! – gritó el muchacho, trepando por donde él. El mono le hacía subir, subir…; pero el niño no renunciaba a la lucha. En la cima del mástil, el mono, sosteniéndose de una cuerda con una mano, con la otra colgó el sombrero en la más elevada cofa y desde allí se echó a reír mostrando los dientes.
Del mástil donde estaba colgado el sombrero había más de dos metros; por lo tanto no podía cogerle sin grandísimo peligro. Todo el mundo reía viendo la lucha del pequeño contra el animal; pero al ver que el niño dejaba la cuerda y poníase sobre la cofa, los marineros quedaron paralizados por el espanto. Un falso movimiento y caería al puente. Aun cuando cogiera el sombrero no conseguiría bajar.
Todos esperaban ansiosamente el resultado de aquello. De repente alguien lanzó un grito de espanto. El niño miró abajo y vaciló. En aquel momento el capitán del barco, el padre del niño, salió de su camarote llevando en la mano una escopeta para matar gaviotas. Vió a su hijo en el mástil y apuntándole inmediatamente, exclamó:
- ¡Al agua!... ¡Al agua, o te mato!...- El niño vacilaba sin comprender. -¡Salta, o te mato!... ¡Uno, dos!...-
Y en el momento en que el capitán gritaba:
-¡Tres!...-, el niño se dejó caer hacia el mar.
Como una bala penetró su cuerpo en el agua; mas apenas habíanle cubierto las olas, cuando veinte bravos marineros le seguían.
En el espacio de cuarenta segundos, que parecieron un siglo a los espectadores, el cuerpo del muchacho apareció en la superficie. Trasportósele al barco y algunos minutos después empezó a echar agua por la boca y respiró.
Cuando su padre le vió salvado, exhaló un grito, como si algo le hubiese tenido algo ahogado, y escapó a su camarote.

León Tostoi

Desnudos: Venus


Aquí les muestro a una romana que me encontre en los Museos Capitolinos. Aunque les parezca una chica bastante púdica no se fien de las apariencias, que sé de buena fuente que la chica no es nada recatada. Andaba el marido cerca, de ahí el aparentar tapar y fallar en el intento, porque observarán, que acaba enseñando más de lo que esconde.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Porque éramos jóvenes

Tendría unos catorce años cuando descubrí  cuentos de Ignacio  Aldecoa. Me  encantó.
Bastantes años después me encontré con una escritora , de la que  no había oído  hablar,
que llevaba su mismo apellido y que resultó ser su esposa que había tomado  su apellido
después de quedar viuda en 1969. ¿ Por qué se puso ese apellido? Hoy se ha muerto
Josefina y ya no me podrá resolver esa duda tan trascendental , me hubiese gustado sa-
berlo. Por aquel entonces decidí leer uno de sus libros Porque éramos jóvenes. Me resultó
entretenido, a mí me entretiene casi todo y casi nada, depende lo despistada  que tenga la
mente en cada momento, lo que no logro recordar es como la tenía cuando gastaba mi
tiempo en esas lecturas.

Un matrimonio en una sociedad como la  vuestra es  para  siempre. Tiene que ser así, queréis
que sea así, necesitáis que sea así... Cada vez veo más claro que  todos  nos  movemos  por  el
deseo de estima. Queremos desesperadamente que nos quieran. Incluso  la  libido  y  el  ansia
de poderse derivan del deseo de estima. Y me asombra lo bajo que podemos colocar la propia
estima.
Te casas con Genoveva porque tienes miedo a  afrontar a una persona  que te  está  exigiendo
esfuerzos y superaciones constantes para conceder su estima. Te casas por miedo a una mujer
distinta, igual o superior a ti. También porque la estima que tú buscas es la que pueden dar a
tu inteligencia y a tu valía profesional gentes que la han comprado con su dinero. ¿No te das
cuenta que los ricos no  tienen  vidas  ricas? ¿No te avergüezas de la derrota que has sufrido
frente a ti mismo?
                                                                          Porque éramos Jóvenes- Josefina Aldecoa



domingo, 13 de marzo de 2011

La balsa de piedra

De un habitante del norte no oiríamos lo que vamos a oír, si nos paramos a preguntar a aquel hombre que va allí, a horcajadas en un burro, qué piensa del extraordinario caso de haberse separado de Europa la Península Ibérica, tirará del ronzal, Sooo, y responderá sin morderse la lengua, Todo esto es una payasada. Roque Lozano juzga por las apariencias, con ellas forma una razón que es suya y buena de entender, contémplese la serenidad bucólica de estos campos, la paz del cielo, el equilibrio de las piedras, las sierras Morena y Aracena igualitas desde que nacieron, o, si no tanto, desde que nacimos nosotros, Pero la televisión mostró que los Pirineos se abrieron como una sandía, argumentamos usando una metáfora al alcance de la comprensión del rústico, No me fío de la televisión si no lo veo con mis propios ojos, estos que se comerá la tierra, no me fío, responde Roque Lozano sin desmontar, y qué va a hacer, Dejé a la familia ocupándose de las cosas y voy a ver si es verdad, Con sus ojos que la tierra se comerá, Con estos ojos míos que la tierra todavía no se ha comido, Y espera llegar hasta allí en burro, Cuando él no pueda conmigo, iremos a pie los dos, Cómo se llama el burro, Un burro no se llama, le llaman, Entonces cómo llama a su burro, Platero, Y van de viaje, Platero y yo, Puede decirnos hacia dónde queda Orce, No señor, no lo sé, Parece que es pasada Granada, Ah, pues entonces les queda mucho que andar, y ahora adiós, señores portugueses, mucho mayor es mi jornada y voy en burro, Es probable que cuando llegue ya no vea Europa, Si no la veo es porque nunca ha existido. En definitiva, tiene entera razón Roque Lozano, que para que las cosas existan son necesarias dos condiciones, que el hombre las vea y que les ponga nombre.
                                                                                                                            José Saramago

jueves, 10 de marzo de 2011

La mirona

La primera vez que vio hacer el amor fue en esta playa. La primera vez no fue a propósito. Era sólo una niña que cogía moras en las zarzas acodadas en el sotavento de los muros de piedra que protegían los pastos del ganado y la primera trinchera de los cultivos. La adusta vanguardia de las coles con su verde cetrino. Espetaba las moras en la dureza de una paja seca como cuentas de un rosario tensado o bolas de una de las varillas de alambre del ábaco de aprender a contar.
La primera vez fue sin querer. Ella iba de retirada, hacia la aldea, y atajó por las dunas. Fue entonces cuando vio a la pareja, una pareja solitaria y medio desnuda en el inmenso lecho del arenal. Y se agachó. El mar le había devuelto la visión con una brisa colorada, de vergüenza y de miedo. Pero se quedó quieta. Comió con ansia una ristra de moras salvajes y volvió a mirar, mientras se lamía con la lengua el bozo tinto que pintaron los frutos.
El mar fue siempre una inmensa pantalla hacia la que se orientaba el mundo del valle, posado con esmero, como un cojín de funda bordada y con pompones, en la silla de alto respaldo de los montes rocosos. Todo, pues, en el valle miraba hacia el mar, desde los santos de piedra de la fachada de la iglesia, con su pana de musgo, hasta los espantapájaros de las tierras de cultivo, vestidos siempre a la moda. Ella los recordaba con sombrero de paja y chaquetas de remiendos, pero, en la última imagen, los espantapájaros gastaban visera puesta del revés y cubrían la cruz del esqueleto con sacos de plástico refulgente de los abonos químicos. Lo que no había en el valle eran pescadores. Nadie traspasaba esa pantalla de mar y cielo, tan abierta, con vertiginosas y espectaculares secuencias, y amenazadora como una ficción verdadera.
La primera vez que vio una película en el salón, que era también el de bailar, pensó que Moby Dick estaba allí de verdad, en el cuadro en movimiento de su mar. Y no andaba descaminada, porque pocos días después el mar vomitó una enorme ballena que quedó varada y agonizante en la playa. Y vino en peregrinaje gente de todos los alrededores con carros tirados por vacas donde cargaban las chuletas gigantes de Moby Dick. Un hormiguero humano, azuzado por las quejas y blasfemias de las aves, celosas de los despojos, fue despedazando el cetáceo hasta dejar en el arenal un oscuro, pringoso y maloliente vacío. El corazón ocupaba el remolque de un carro. Llevó detrás una comitiva fúnebre de rapiñas y perros cojos. El eje, al gemir, pingaba tinta roja.
El mar vomitaba a veces el atrezo de las películas. Cuando era muy pequeña, su padre trajo un gran cesto rebosante de mandarinas. Contó que todo el arenal había amanecido en alfombra anaranjada. Cuando ya era chica, el mar echó en un eructo paquetes de tabaco rubio y botes de leche condensada. Y otro invierno, al poco de casarse, botellas de champán francés y un ajuar de vajilla con cucharas de plata. Casi todos los años el mar daba una de esas sorpresas. La última vez, y fue el año pasado, el mar ofreció un cargamento de televisores y vídeos. Algunos parecían en buen estado. Hicieron una prueba en el único bar de la aldea. Ella esperaba ver islas de coral y peces de colores, pero en la película salió Bruce Lee, dio unos golpes con el filo de la mano, y se cortó la imagen.
El hombre del proyector de cine, que tenía una camioneta de chapa roja y morro muy alargado, era el hombre más feo del mundo.
Un día, en el salón, esta vez preparado para el baile, la niña, sentada en la escalera y con la cabeza engarzada en los barrotes de la balaustrada, vio bailar al hombre más feo del mundo con la mujer más hermosa del mundo. La nariz del hombre feo hacía juego con el morro de la camioneta. Era tan larga y afilada que tenía una sombra propia, independiente, que picoteaba entre las hojas de los acantos del papel pintado de las paredes. Entre pieza y pieza, cuando la pareja se paraba y se acariciaba con los ojos, la sombra de la nariz picoteaba las moscas del salón, de vuelo lento y trastornado.
Eran los dos, el hombre más feo y la mujer más linda del mundo, los que estaban haciendo el amor en la playa, protegidos por el lomo de una duna. Aquella primera vez, la niña, ya adolescente, vio todo lo que había que ver. De cerca. Sin ellos saberlo, hicieron el amor para ella en la pantalla del mar. Arrodillada tras la duna, compartía la más hermosa suite. El inmenso lecho en media luna, la franela de la finísima arena, la gran claraboya de la buhardilla del cielo, de la que apartan casi siempre las caravanas del oeste con sus pacas de borra y nube, lo que hace que el valle sea un paraíso en la dura y sombría comarca.
Se abrazaron, se dejaron caer, rodaron, se hacían y deshacían nudos con brazos y piernas, con la boca, con los dientes, con los cabellos. El altavoz del mar devolvía a los oídos de la mirona la violencia feliz de sus jadeos. Así, más, más, más. Llegó un momento en que temió que los latidos de su corazón se escuchasen por encima del compás de las olas. Fue la mujer la que venció. De rodillas, como ella estaba, ciñéndose al hombre con la horquilla de los muslos, alzó la cara hacia el sol hasta que le cerró los ojos, ladeó las crines en la cascada de luz, y los blancos senos aboyaron por fuera del sostén de lencería negra.
A ella le pareció que se había acortado la nariz del hombre más feo del mundo. Su sombra debía de andar entre los zarapitos, picoteando en el bordón que tejía la resaca de las olas.
Era una playa muy grande, de aguas bravas y olas de alta cresta que a veces combatían entre sí, como los clanes de un antiguo reino. Siempre fría, con la espuma tersa como carámbanos fugaces, y con la arena tan fina que cuando se retiraba el rollo de la marea dejaba un brillo de lago helado. Cuando envejeció, a ella le gustaba caminar hendiendo con los pies ese espejo húmedo y pasajero porque se decía que era muy bueno para las varices. Alguna vez, en el verano, siempre vestida y con una pañoleta sobre la cara, dormía la siesta sobre la manta cálida de la arena seca.
—¿Por qué siempre andas husmeando por la playa? —le riñó la hija.
—No ando husmeando —se defendió ella, aunque la verdad le enrojeció las mejillas—. ¡Es por las varices!
Aparte de esa costumbre de caminar en la orilla, nunca, nunca, se había bañado en esta playa. Nadie de la vecindad se bañaba en esa playa de aguas majaras hasta que llegaron los extranjeros. Venían del norte, con la casa a cuestas, en caravanas de lánguido rodar o en furgonetas estampadas de soles y flores, y acampaban al lado de la franja de dunas, esa tierra de nadie, frontera que amansaba los vientos entre la playa y el fértil valle. Más tarde, llegó la moda de los todoterrenos, que atravesaban las pistas levantando polvo, con la diligente indiferencia de los que corren un rally en el Sáhara.
No había ninguna relación entre los campesinos y los bañistas. Desde la posición de los labradores, y a partir del mediodía, los bañistas se desplazaban a contraluz. Eran, al fin y al cabo, extraterrestres. La época del año en que llegaban y brincaban desnudos, con las vergüenzas al aire, o enfundados en trajes de goma para cabalgar con tablas las olas, era también la época del trabajo más esclavo, cuando había que recoger las patatas y las cebollas, sachar los maizales, y segar y ensilar el heno. Las gotas de sudor asomaban como ojos de manantial y trazaban riachuelos en el tizne de tierra de sus brazos. A veces, el sudor bajaba de la frente por el canalón de los ojos. Ella levantaba la cabeza para enjugarlo con el dorso de la mano. La prisionera de la tierra contemplaba la playa entre las rejas verdes del maíz.
Cuando los demás se recogían en casa, ella todavía se marchaba hacia las dunas con la excusa de refrescar cerca de las olas. Pero siempre se escondía en su puesto de centinela, a la espera de que el mar le ofreciese una película de amor.
Su marido no era el hombre más feo del mundo. Ella tampoco era la más hermosa. La noche de bodas, a oscuras, no había sentido placer. Más bien al contrario. Pero después ella soñó que rodaban abrazados por la playa y despertó con un sabor salado en el paladar. Con ganas de volver a hacerlo. Le sucedía con frecuencia y su marido se iba cansado y feliz al trabajo. Se lo llevó una enfermedad traidora y tuvo un mal morir, insomne en las noches, porque no quería irse hasta después del amanecer.
Cuando su marido vivía, y la abrazaba en la cama, ella cerraba los ojos y follaba con un bañista de rostro cambiante y melenas rubias y húmedas, jaspeadas de algas. Después de su fallecimiento, cuando espiaba parejas desde el escondite de la duna, le parecía ver en la convulsión del cuerpo macho el perfil de su marido, trabajando el amor bien trabajado, en progresión de polca.
La última vez que acudió al puesto de centinela fue hace algunos años, un día de setiembre, ya bien entrado el mes. El verano tarda en llegar al valle, pero a veces regala, como un juerguista melancólico, un largo bis. En estas ocasiones, el crepúsculo dura lo que la sesión de cine y se pone en tecnicolor. Lo que ella vio fue también una escena de amor que le pareció interminable. Al fin, los dos amantes se levantaron y corrieron, riendo, hacia el mar. Se dio cuenta entonces de que eran su nieta y el novio. Pero no lo quiso creer. Ni lo cree. Los campesinos no se bañarían nunca en aquella playa tan peligrosa.
                                                                                              Las llamadas perdidas-Manuel Rivas

El ángel caído


Monumento del Ángel Caído

«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede disponer y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o intentar una vez más, con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»
                                                                                               El paraíso perdido- JohnMilton

martes, 8 de marzo de 2011

Día de la mujer

Lisístrata- Juramento inicial                                         
http://es.wikipedia.org/wiki/Lis%C3%ADstrata

Lisístrata: Lampito, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.

Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.

Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.

Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables. (¡Oh Lisístrata, esto me está matando!)

Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.

Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.

Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.

Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.

Lisístrata: Y haré que me desee.

Cleónica: Y haré que me desee.

Lisístrata: No me entregaré.

Cleónica: No me entregaré.

Lisístrata: Y si él me obliga.

Cleónica: Y si él me obliga.

Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.

Cleónica: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.

(...) Lisístrata: ¿Todas han jurado?

Mirrina: Todas.


Aún no había nacido Cristo, cuando Aristófanes  nos presenta,  aunque sólo sea en la ficción,  a un grupo de mujeres que se organiza  y a través de  una huelga sexual  hacen  entrar en razón a sus aguerridos hombres.
Hoy es el día internacional de la mujer, antaño día de la mujer trabajadora. No sé si eliminaron
el adjetivo por considerarlo una redundancia o porque consideraron que las que somos vagas
también tenemos derecho a nuestro día.
Dado que las cosas siguen  como siempre y que ninguna religión del mundo buscará para los
próximos cincuenta años una sociedad más justa e igualitaria,  pues animo desde aquí,  a  todas
las damas del mundo a organizarse y a hacer una gran huelga que pasé a  la historia como la
gran huelga del siglo XXI. No propongo una huelga sexual, sino todo lo contrario: durante toda
una semana no hacer ninguna otra actividad que no sea la meramente sexual. Nada de trabajo
fuera de casa, nada de trabajo en casa,  horas y horas de vida contemplativa. Todas las mujeres
del mundo de brazos caídos y sólo de vez en cuando salir de ese letargo para satisfacer sus
básicas necesidades sexuales y de cualquier otra índole , que tampoco se puede renunciar 
a todo en esta vida aunque sólo sea por una semana.
Sé lo dfícil que puede resultar organizar algo así. Propongo que cada de vosotras envíe un
mensaje de móvil a diez de sus contactos femeninos que puedan ser más favorables a esta
iniciativa y así sucesivamente.  En  unos cuantos años las chicas africanas seguramente no
habrán mejorado mucho sus condiciones de vida, pero hasta es posible, que empiecen a tener
móvil o internet, así que podremos llegar a todos los lugares del planeta tierra donde haya
una mujer.
Quedáis emplazadas aquí dentro de diez años para poner una fecha difinitiva a nuestra
gran huelga, mientras tanto,  sobrevivid lo mejor que podáis, sed mujeres lo mejor que sepáis,
y trabajad  lo menos posible.